LA CAZA DEL SNARK – Lewis Carroll


PREFACIO:

Si, y esto es algo desatinadamente posible, se acusara al autor de este breve, pero instructivo poema, de escribir tonterías, estoy convencido de que dicha acusación estaría basada en el siguiente verso:

Entonces el bauprés y el timón se confundían en ocasiones.

En vista de esta dolorosa posibilidad, no apelaré indignado (como podría hacer) a mis otros escritos para demostrar que soy incapaz de algo semejante; no aludiré (como podría hacer) al fuerte propósito moral de este poema, ni a los principios aritméticos tan precavidamente inculcados en él, ni a sus nobles enseñanzas de historia natural. Prefiero adoptar el procedimiento más prosaico de explicar simplemente cómo ocurrió todo.

El capitán, que era especialmente sensible en cuanto a las apariencias, solía hacer que el bauprés fuese desembarcado una o dos veces por semana para barnizarlo y en más de una ocasión, al llegar el momento de volverlo a poner en su sitio, no había nadie a bordo que supiese a qué extremo del barco pertenecía. Todos sabían que no servía de nada consultar al capitán, ya que éste simplemente se habría referido a su Código Naval y habría leído en voz alta y patética las Instrucciones del Almirantazgo, que nadie en el barco entendía, así que generalmente terminaban por sujetarlo, como podían, sobre el timón. El timonel solía observar todo esto con lágrimas en los ojos: él sabía que estaba mal hecho, pero, ¡ay!, el artículo 42 del Código: “Nadie hablará al Hombre del Timón”, había sido completado por el mismísimo capitán con la palabras: “y el Hombre del Timón no hablará con nadie”. Así que quejarse era imposible y hasta el siguiente día que tocase barnizar no podría realizarse ningún movimiento con el timón. Durante esos desconcertantes intervalos, el barco normalmente navegaba hacia atrás.

Como, de alguna forma, este poema está conectado con la balada de Jabberwock, dejadme aprovechar esta oportunidad para contestar a una pregunta que me han hecho a menudo: cómo pronunciar “deslizosos tovos”. La “i” de “deslizosos” es como la “i”; de “amistosos”, y “tovos” se pronuncia de manera que rime con “lodos”. Así mismo, la primera “o” de “borogovos” se pronuncia como la “o” de “loro”. He oído gente que trata de pronunciarla como la “o” de “ahoga”. Tal es la perversidad humana.

Ésta también me parece una buena ocasión para llamar la atención sobre otras palabras difíciles del poema. La Teoría de Humpty-Dumpty, la de dos significados metidos en una sola palabra como en un maletín, me parece una buena explicación para todas ellas.

Por ejemplo, tomemos las palabras “humeante” y “furioso”. Imaginad que deseáis decir las dos palabras, pero no sabéis cuál pronunciar primero Si vuestros pensamientos se inclinan, aunque sea levemente, hacia “humeante”, diréis “humeante-furioso”; si por un pelo, se inclinasen hacia “furioso”, diríais “furioso-humeante”: pero, si tuvieseis el extraño don de una mente en perfecto equilibrio, diríais “humioso”.

Supongamos que cuando Pistol pronunció la famosa frase:

¿Bajo qué rey bellaco? Habla o muere!

el juez Shallow hubiera sabido con certeza que se trataba de William o de Richard, pero, al no saber cuál de los dos exactamente, no podría decir primero uno y luego otro. No podemos dudar que para evitar morir habría exclamado: “¡Rilchiam!”

ESPASMO I

EL DESEMBARCO

 

“¡Éste es lugar del snark!”, gritóel capitán,
mientras desembarcaba con cuidado a su tripulación,
manteniendo a cada hombre por encima de las olas
con la ayuda de un dedo enredado en su pelo.

“¡Éste es lugar del snark! Lo he dicho dos veces:
eso alentará a la tripulación.
¡Este es lugar del snark!Lo he dicho tres veces:
lo que yo diga tres veces es verdad.”

La tripulación estaba completa. Incluía un limpiabotas,
un fabricante de gorras y bonetes,
un abogado, para que mediase en las disputas,
y un tasador, para que evaluase sus bienes.

Un jugador de billar, muy habilidoso,
que podría haberse hecho de oro,
de no ser por que un banquero, que resultaba un empleado muy caro,
cuidaba el dinero de todos.

También había un castor, que paseaba por la cubierta,
o que se sentaba en la proa a hacer encajes,
y que (según el capitán) les había salvado muchas veces de naufragar,
aunque ningún marinero sabía cómo.

Había uno que era famoso por el número de cosas
que se había olvidado al subir al barco:
su paraguas, su reloj, todas sus joyas y anillos,
y la ropa que había comprado para el viaje.

Tenía cuarenta y dos cajas, empaquetadas con gran cuidado,
con su nombre escrito claramente en ellas,
pero, como se le olvidaron,
todas se quedaron en la playa.

La pérdida de sus ropas no importaba casi nada, porque
cuando llegó al barco llevaba puestos siete abrigos
y tres pares de botas. Sin embargo, lo peor era
que había olvidado totalmente su nombre.

Contestaba a cualquier “¡Eh!” o a cualquier otro grito,
como “¡Morralla!” o “¡Buñuelo de pelos!”,
o “¡Sea cual sea tu nombre!” o “¡Como te llames!”,
pero, especialmente, a “¡Ese!”.

Mientras de aquellos que preferían usar expresiones más enérgicas
recibía distintos nombres,
sus amigos íntimos le llamaban “Cabo de vela”,
y sus enemigos, “Queso tostado”.

“Su apariencia es desgarbada, su inteligencia poca”
(así decía a menudo el capitán),
“¡pero su coraje es perfecto! Y al fin y al cabo,
eso es lo que se necesita para cazar un snark.”

Gastaba bromas a las hienas, devolviéndoles la mirada
con un descarado movimiento de cabeza,
y una vez fue a pasear, mano a mano, con un oso
“sólo para levantarle el ánimo”, dijo.

Vino como panadero, pero admitió, demasiado tarde,
y esto volvió medio loco al capitán,
que sólo sabía hacer pastel de boda, para el que, yo aseguro,
no tenían ingredientes.

El último tripulante merece una observación especial.
Aunque parecía un increíble asno,
sólo tenía una idea, pero como ésta era el snark,
el capitán le contrató de inmediato

Vino de carnicero, pero gravemente. declaró,
cuando el barco ya llevaba una semana navegando,
que sólo era capaz de matar castores. El capitán se asustó
ytan asustado estaba que ni una sola palabra pudo articular.

Pero, más tarde, explicó, con voz temblorosa,
que había sólo un castor a bordo,
que estaba amaestrado y que era suyo,
por lo que su muerte sería profundamente lamentada.

El castor, que por casualidad escuchó esta observación,
protestó, con lágrimas en los ojos,
diciendo que ni el éxtasis producido por la caza del snark
podría compensarle este tremendo disgusto.

Pidió insistentemente que el carnicero viajara
en otro barco distinto.
Pero el capitán dijo que esto no concordaba
con los planes que había hecho para el viaje.

Navegar era siempre un arte muy difícil,
aunque fuese con un barro y una sola campana,
por tanto se temía que debía negarse
a contratar a otro.

Lo mejor que podía hacer el castor era, sin duda, buscarse
un abrigo de segunda mano a prueba de cuchillos.
Eso le aconsejó el panadero, y después debería
asegurar su vida en una compañía respetable

Esto le sugirió el banquero, quien se ofreció a alquilarle
(en buenas condiciones), o a venderle,
dos excelentes pólizas: una contra el fuego
yotra contra los daños producidos por el granizo.

Sin embargo, todavía, desde ese triste día,
pase por donde pase el carnicero,
el castor mira hacia otro lado
y se muestra inexplicablemente reservado.

 

ESPASMO II

EL DISCURSO DEL CAPITÁN

Al mismísimo capitán todos ponían por las nubes.
¡Qué porte, qué naturalidad y qué gracia!
¡Qué solemnidad, también! ¡Cualquiera podía ver que era un hombre sabio,
con sólo mirarle a la cara!

Había comprado un gran mapa del mar,
sin un solo vestigio de tierra.
Y toda la tripulación estaba encantada, al ver que era
un mapa comprensible para ellos.

“¿Qué utilidad tienen el Ecuador, el Polo Norte y las zonas de Mercator,
los Trópicos y las líneas de los Meridianos?”
Así decía el capitán. Y la tripulación contestaba:
“¡Son solamente signos convencionales!”

“Otros mapas tienen formas, con las islas y los cabos,
pero nosotros debemos agradecer a nuestro valiente capitán
(así hablaba la tripulación) que nos haya comprado el mejor…
¡un perfecto y absoluto mapa blanco!”

Esto era maravilloso, sin duda, pero pronto averiguaron
que el capitán, al que ellos tenían en tan buena estima,
sólo tenía una idea para cruzar el océano,
y ésta era tocar su campana.

Era pensativo y serio, pero las ordenes que daba
eran suficientes para desorientar a la tripulación.
Cuando gritaba “¡Girad a estribor, pero dejad la proa a babor!”,
¿qué diablos podía hacer el timonel?

Entonces el bauprés y el timón se confundían en ocasiones,
algo que, como decía el capitán,
ocurre frecuentemente en climas tropicales,
cuando una nave está, por decirlo así, “snarkada”.

Pero el fallo principal ocurrió durante la navegación,
y el capitán, perplejo y afligido,
dijo que él había esperado, al menos, que cuando el viento soplara
hacia el Este, el barco no fuese rumbo alOeste.

Pero el peligro había pasado. Por fin habían desembarcado,
con sus cajas, maletas y bolsas.
Sin embargo, a primera vista, a la tripulación no le gustó el paisaje,
que estaba plagado de acantilados y rocas.

El capitán percibió que los ánimos estaban bajos
y contó, en tono melodioso,
algunas bromas que se había guardado para las ocasiones de aflicción.
Pero la tripulación no hacía más que gemir.

Les sirvió ponche con mano generosa
y les invitó a sentarse en la playa,
y ellos reconocieron que su capitán tenía un magnífico porte,
mientras permanecía de pie lanzándoles un discurso.

“¡Amigos, nobles y campesinos, prestadme atención!”
(A todos les gustaban las citas,
así que a su salud bebieron y gritaron tres hurras,
mientras él les servía otro vaso.)

“¡Hemos navegado varios meses, hemos navegado muchas semanas
(cuatro al mes, podéis anotar)
pero todavía, hasta este momento (y es vuestro capitán el que habla),
no hemos visto, ni por asomo, un snark!

¡Hemos navegado muchas semanas, muchos días
(siete por semana, lo reconozco),
pero nunca un snark, sobre el que nos encantaría poner la vista,
nos hemos encontrado hasta ahora!

Venid, escuchad, compañeros, mientras os vuelvo a decir
las cinco señas infalibles
por las que vosotros sabréis, donde quiera que vayáis,
que se trata de un genuino snark.

Vamos a conocerlas por orden. Primero, el sabor,
que es escaso y engañoso, pero crujiente,
como un abrigo que está demasiado ajustado a la cintura,
con un aroma a gusto de alfeñique.

Su hábito de levantarse tarde, estaréis de acuerdo conmigo
en que va demasiado lejos, cuando os digo
que normalmente desayuna a la hora del té
y cena al día siguiente.

Tercero, es lento para entender un chiste;
si os atrevéis, probad con alguno,
y suspirará como una criatura muy triste
y siempre estará serio ante un juego de palabras.

Cuarto, le encantan las cabinas de baño,
que constantemente lleva de uno a otro lado,
porque cree que le añaden belleza al paisaje…
Opinión que puede dudarse.

Quinto, es ambicioso. Pero debemos
describir dos grupos;
distinguir entre los que tienen plumas y pican,
y los que tienen bigote y arañan.

Porque, aunque normalmente un snark no hace daño,
es mi obligación deciros que algunos son boojums…
El capitán, alarmado, se quedó de repente callado
al ver que el panadero se había desmayado.

 

ESPASMO III

LA HISTORIA DEL PANADERO

Le reanimaron con panecillos, le reanimaron con hielo.
Le reanimaron con mostaza y con berros.
Le reanimaron con mermelada y con consejos juiciosos,
y le pusieron enigmas que resolver.

Cuando por fin se sentó y pudo hablar,
su triste historia se ofreció a contar.
Y el capitán gritó: “¡Silencio! ¡Ni un ruido!”,
y excitado su campana se puso a tañer.

¡Se hizo un completo silencio! Ni un ruido, ni una voz,
apenas un lamento o un gemido,
mientras el hombre al que llamaban “¡Eh!” contaba su desdichada
historia en tono antediluviano.

“Mi padre y mi madre eran honrados, aunque pobres…”
“¡Sáltate eso!”, interrumpió el capitán.
“Si se hace de noche, no podremos divisar un snark
y no tenemos ni un minuto que perder.”

“Me saltaré cuarenta años”, dijo el panadero llorando,”
y seguiré, sin más dilación, contando
el día en que me admitisteis en vuestro barco,
para ayudaros a cazar un snark.

Un tío mío muy querido (que me dio su nombre)
observó, cuando fui a despedirme de él…”
“¡Oh, sáltate a tu querido tío!”, exclamó el capitán,
tocando enfadado su campana.

“Él me dijo entonces”, siguió en tono amable,
“si tu snark es un snark, está bien:
tráelo a casa por todos los medios. Puedes servirlo con verdura,
y es útil para encender una vela.

Puedes buscarlo con dedales, buscarlo con cuidado,
cazarlo con tenedores y esperanza,
con acciones de los ferrocarriles amenazarlo
y hechizarlo con sonrisas y jabón…”

(“Ése es exactamente el método”, dijo, decidido,
el capitán en un paréntesis repentino,
“¡Esa es exactamente la forma que a mí siempre me han contado
para intentar la caza del snark!”)

“‘¡Pero, ay. radiante sobrino, guárdate de ese día,
si tu snark es un boojum!. ¡Porque entonces ese día.
suave y repentinamente, tú desaparecerás
y nadie podrá encontrarte otra vez!’

Esto es, esto es lo que oprime mi alma,
cuando pienso en las ultimas palabras de mi tío.
¡Y mi corazón no es más que un tazón
rebosante de temblorosa cuajada.

Esto es, esto es…” “Ya hemos oído esto antes”,
dijo el capitán indignado.
Y el panadero contestó: “Dejadme decirlo una vez más:
¡Esto es, esto es lo que yo me temía!

Entablo con el snark, cada noche cuando oscurece,
una delirante lucha en sueños.
Lo sirvo con verdura en esas escenas sombrías
y también lo uso para encender cerillas.

Pero si alguna vez me encuentro con un boojum, ese día,
en unmomento (estoy seguro de ello).
suave y repentinamente desapareceré
¡y esta idea es la que no puedo soportar!”

 

ESPASMO IV

LA CAZA

El capitán, encolerizado, frunció el ceño.
“¡Si tú hubieras hablado antes!
¡Ha sido inoportuno mencionar esto ahora,
con el snark, por así decirlo, a un paso de nosotros!

Todos lamentaríamos, puedes imaginarte,
otra vez no volver a encontrarte.
¿Pero, por qué, amigo, no sugeriste esto
cuando empezó el viaje?

Es excesivamente torpe mencionar esto ahora….
como creo que ya he dicho antes.”
Y el hombre de nombre “¡Eh!” contestó suspirando:
“Os informé de esto el día del embarque.

¡Podéis acusarme de asesinato o de falta de sentido
(todos somos débiles a veces):
pero ni el más leve acercamiento a la falsedad
se encuentra entre mis delitos!

Lo dije en hebreo, lo dije en holandés,
lo dije en alemán y en griego;
pero olvidé completamente (y eso me enfada mucho)
¡que vosotros habláis en inglés!”

“Es una triste historia”, dijo el capitán, cuya cara
se había alargado con cada palabra,
“pero ahora que nos has contado todo,
sería absurdo seguir hablando de ello.

El resto de mi discurso (les explicó a sus hombres)
lo oiréis cuando tenga tiempo,
pero ahora el snark esta cerca, ¡os lo vuelvo a repetir!,
y buscarlo es nuestro glorioso deber.

¡Buscarlo con dedales, buscarlo con cuidado,
perseguirlo con tenedores y esperanza,
con acciones del ferrocarril amenazarlo
y hechizarlo con sonrisas y jabón…!

Como el snark es una criatura peculiar, no lo cazaremos
de una manera normal.
Haced todo lo que ya sabéis y probad lo que no sabéis.
¡No podemos perder ni una oportunidad hoy!

Porque Inglaterra espera… me abstengo de seguir:
es una frase tremenda, aunque trivial.
Mejor será que vayáisdesempaquetando lo que necesitáis
y os preparéis para la lucha.

Entonces el banquero endosó un cheque en blanco (que había cruzado)
y cambió las monedas en billetes.
El panadero, con cuidado, se peinó los bigotes y el pelo,
y sacudió el polvo de sus abrigos.

El limpiabotas y el tasador afilaron el pico…
utilizando la muela por turnos.
Y el castor seguía haciendo encajes y no mostraba
ningún interés en el asunto.

El abogado trató de apelar a su orgullo
y en vano le citó
un gran número de casos, en los que hacer encaje
se había demostrado que era, de la ley, una violación.

El fabricante de bonetes planeaba ferozmente
una nueva disposición para los lazos.
Mientras el jugador de billar, con temblorosa mano,
se pintaba con tiza la punta de la nariz.

Mas el carnicero se puso nervioso y se vistió muy elegante,
con guantes de cabritilla amarillos y chorreras…
Dijo que se sentía exactamente como el que va a una cena,
a lo que el capitán observó: “¡Qué tontería!”

“¿Me presentaréis, ‘aquí, un buen tipo’, le decía,
si ocurre que nos los encontramos juntos?”
Y el capitán, sacudiendo sagazmente la cabeza,
dijo: “Eso dependerá del tiempo de ese día.”

El castor, simplemente, se puso a saltar de alegría,
al ver al carnicero tan nervioso,
e incluso el panadero, aunque estúpido y bobo,
trató de esforzarse para guiñar un ojo.

“¡Actúa como un hombre!”, gritó el capitán airado, al oír
que el carnicero estallaba en sollozos.
“¡Si nos encontramos con un jubjub, ese pájaro tan terrible,
necesitaremos todas nuestras fuerzas!”

 

ESPASMO V

LA LECCIÓN DEL CASTOR

Lo buscaron con dedales, con cuidado lo buscaron,
lo persiguieron con tenedores y esperanza,
con acciones del ferrocarril lo amenazaron
y lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Entonces el carnicero ideó un ingenioso plan
para hacer una incursión él solo,
y eligió un lugar no frecuentado por el hombre,
un valle tenebroso y desolado.

Pero el mismo plan se le ocurrió al castor,
que había elegido el mismo sitio,
mas ninguno demostró, con signos o palabras,
el disgusto que apareció en su cara.

Cada uno pensaba que el otro sólo tenía en su mente al snark
y el glorioso trabajo de ese día.

Y trataba de fingir que no se enteraba de que el otro
andaba por ese mismo camino.

Pero el valle se hizo cada vez más estrecho
y la tarde oscureció y hacía frío,
hasta que (por los nervios, no por buena voluntad)
ellos siguieron adelante, hombro con hombro.

Entonces un grito, agudo y estridente, estremeció el cielo,
y ellos supieron que algún peligro acechaba.
El castor palideció hasta la punta del rabo,
e incluso el carnicero se sintió un poco raro.

Pensó en su niñez, muy lejana en el tiempo,
un estado inocente y dichoso.
Y el sonido que le venía a la mente
era el del pizarrín rechinando en la pizarra

“¡Es la voz del jubjub!” grito de repente
(este hombre al que solían llamar “Asno”).
“Como diría el capitán”, añadió con orgullo,
“ya he explicado esta sensación anteriormente.

Es el canto del jubjub Sigue contando, te lo ruego:
con ésta, observarás que lo he dicho dos veces.
“Es la canción del jubjub! La prueba está completa
y sólo te lo he dicho tres veces.”

El castor había contado con escrupuloso cuidado
y cada palabra atentamente escuchaba,
pero se descorazonó completamente y le invadió la desesperación
al ver que se daba esa tercera repetición.

Sentía que, a pesar de todos sus posibles esfuerzos,
de alguna manera había perdido la cuenta,
y lo único que cabía era devanarse los sesos
tratando de volver a calcular dicha cuenta.

“Dos más uno… ¡si es que se puede contar eso…”,
dijo, “… con el pulgar y los dedos!”,
mientras recordaba, entre lágrimas, cómo en su juventud
no se había esforzado en aprender a sumar.

“Eso puede hacerse”, dijo el carnicero, “creo.”
“Debe hacerse, estoy seguro.
¡Se hará! Tráeme papel y tinta,
hay tiempo para hacerlo.”

El castor trajo papel, carpeta, pluma
y tinta en una gran provisión,
mientras unas horribles criaturas salieron de sus guaridas
y con ojos perplejos observaron aquella operación.

Tan absorto estaba el carnicero, que no les prestó atención,
mientras escribía con un lápiz en cada mano,
y con un lenguaje corriente explicaba todo
para que el castor pudiera entenderlo.

“Tomaremos el tres como base de este razonamiento…
una cifra muy fácil de escribir…
Le sumamos siete y diez, y después lo multiplicamos
por mil menos ocho.

Después, como ves, dividimos el resultado
entre novecientos noventa y dos.
Luego restamos diecisiete, y la respuesta debe

ser exacta y perfectamente cierta.

Me encantaría explicarte el método a seguir,
mientras lo tengo claro en mi mente,
si tuviéramos yo tiempo y tú cabeza…,
pero aún queda mucho por decir.

En un momento he visto lo que hasta ahora ha estado
oculto en un absoluto misterio
y ahora te daré, libremente y sin cargo adicional,
una lección de historia natural.”

De esta forma genial siguió hablando
(olvidando todas las leyes de la propiedad,
ya que dar instrucciones, sin introducción,
causaría un gran revuelo en la sociedad).

“Por su temperamento, el jubjub es un ave terrible,
porque vive perpetuamente en cólera.
Sus gustos son absurdos en cuanto a la ropa
y está a años luz por delante en la moda.

Recuerda a todos los amigos que ha conocido antes
y nunca se deja sobornar,
y en las reuniones benéficas se queda en la puerta
y recoge el dinero…, aunque nada se digna aportar.

Su sabor, cuando está cocinado, es mucho más sabroso
que el del cordero, las ostras o los huevos.
(Algunos piensan que se conserva mejor en una jarra de marfil,
aunque otros opinan que en un barril de caoba.)

Se hierve en serrín, se sazona con gluten,
se espesa con langosta y una cinta.
Pero todavía el principal objetivo que hay que tener…
es mantener su forma simétrica.”

El carnicero habría estado hablando encantado hasta el siguiente día,
pero se dio cuenta de que la lección debía terminar
y se atrevió a decir, llorando de alegría,
que al castor, su amigo había llegado a considerar.

Mientras el Castor confesó, con aspecto emocionado,
más elocuente incluso que las lágrimas,
que en diez minutos había aprendido mucho más que lo
que todos los libros, en setenta anos, le habían enseñado.

Volvieron de la mano, y el capitán desarmado
(durante un instante), y muy emocionado,
dijo: “¡Esto compensa ampliamente los aburridos días
que en el agitado océano hemos pasado!”

Tan amigos se hicieron, el castor y el carnicero,
que es algo nunca visto.
En invierno, o verano. siempre era lo mismo…
uno nunca podía ver al otro sin su amigo.

Y si alguna disputa surgía, como pasa a menudo
a pesar de que todos se esfuercen.
¡la canción del jubjub volvía a sus mentes
y cimentaba su amistad para siempre

 

ESPASMO VI

EL SUEÑO DEL ABOGADO

Lo buscaron con dedales, con cuidado lo buscaron,
lo persiguieron con tenedores y esperanza,
con acciones del ferrocarril lo amenazaron
y lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, cansado de probar en vano
que el castor con su encaje estaba delinquiendo,
se durmió y en sus sueños vio claramente a la criatura
que su imaginación había estado buscando tanto tiempo.

Soñó que estaba ante un sombrío tribunal,
donde el snark, con una lente sobre el ojo,
toga, faja y peluca, defendía a un cerdo,
acusado de haber abandonado su pocilga.

Los testigos demostraron, sin fallo o error,
que la pocilga cuando la encontraron estaba vacía.
Y el juez siguió explicando lo que la ley establecía
en un tono dulce y subterráneo de voz.

La acusación no había sido claramente explicada,
parecía que el snark había empezado,
y durante tres horas había comentado, antes de que alguien adivinara
lo que se suponía que había hecho el cerdo acusado.

Los miembros del jurado tenían puntos de vista diferentes
(antes de que se leyese la acusación),
y todos hablaban a la vez y ninguno sabía
qué era lo que decía el resto de la gente.

“Debéis saber…”, dijo el juez, pero el snark exclamó: “¡Tonterías!
¡Esta ley es bastante obsoleta!
Dejadme que os diga, amigos, que toda esta cuestión se basa
en un antiguo derecho feudal.

En cuanto a la traición, parecería que el cerdo
ha ayudado, pero no ha incitado.
Mientras que el cargo de insolvencia se descarta, eso esta claro,
si se admite como alegato nada hubo adeudado.

En cuanto a la deserción, no lo pongo en duda,
pero su culpa, creo, será anulada
(por lo menos en lo referente al coste de este pleito)
por la coartada que ha sido demostrada,

El destino de mi pobre cliente depende ahora de sus votos.”
Aquí, el orador se sentó en su sitio
y se dirigió al juez para que consultara sus notas
y brevemente resumiera el caso.

Pero el juez dijo que nunca había hecho un resumen antes.
Así que el snark ocupó su lugar
¡y lo hizo tan bien que llegó más allá
de lo que los testigos habían dicho

Cuando se pidió que dieran el veredicto, el jurado declinó
porque esa palabra era muy difícil de deletrear.
Pero se atrevieron a pedirle al snark
que se ocupase de eso también.

Así que el snark dio el veredicto, aunque, como confesó,
estaba cansado por el esfuerzo del día.
Cuando dijo la palabra “¡CULPABLE!”, todo el jurado gimió
y alguno incluso se desmayó.

Entonces el snark dictó sentencia, al estar el juez
demasiado nervioso para decirunasola palabra
Cuando se puso de pie, el silencio era tan total
que podía oírse una aguja caer.

“Destierro de por vida”, fue la sentencia que dictó,
“y luegouna multa de cuarenta libras tendrá que pagar.”
Todo el jurado aplaudió. aunque el juez dijo que había temido
que la frase no tuviese un sonido legal.

Pero su explosión de júbilo pronto se vio truncada
cuando el carcelero les informó. entre llantos.
que dicha sentencia no tendría el más mínimo efecto
porque el cerdo había muerto hacía ya algunos años.

El juez se marchó del tribunal, con aspecto de profundo disgusto,
pero el snark, aunque un poco consternado,
como era el abogado encargado de la defensa,
siguió hasta el final cantando.

Esto soñó el abogado, mientras el canto parecía
hacerse más audible a cada momento,
hasta que le despertó el tañer de una furiosa campana
que el capitán tocaba a su oído.

 

ESPASMO VII

EL DESTINO DEL BANQUERO

Lo buscaron con dedales, con cuidado lo buscaron,
lo persiguieron con tenedores y esperanza,
con acciones del ferrocarril lo amenazaron
y lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Y el banquero, movido por un coraje tan novedoso
que fue objeto de comentario general,
salió como un loco hasta perderle de vista,
en su empeño por cazar el snark.

Pero mientras lo buscaba con dedales y cuidado,
un bandersnatch rápidamente se le acercó
y capturó al banquero, que de miedo chilló,
porque sabía que era inútil tratar de escapar.

Le ofreció un gran descuento, también le ofreció un cheque
(pagadero “al portador”) por valor de más de siete libras,
pero el bandersnatch solamente estiró el cuello
y agarró de nuevo al banquero.

Sin descanso y sin pausa, mientras esas mandíbulas
no dejaban de chasquear alrededor,
se escapó, saltó, forcejeó y se desplomó,
hasta que, de un desmayo, al suelo cayó.

El bandersnatch se marchó mientras los otros venían,
atraídos por el grito de miedo,
y el capitán observó: “¡Es lo que me temía!”
Y solemnemente su campana tocó.

Tenía la cara negra y ellos apenas pudieron imaginar
el más mínimo parecido con lo que había sido antes,
porque tan grande era su miedo que su chaleco se había puesto blanco.
¡Algo realmente digno de ver!

Para horror de todos los que estaban presentes ese día,
se irguió vestido de etiqueta,
y por medio de muecas sin sentido procuró decir
lo que su lengua nunca más podría

Se hundió en una silla, pasándose las manos por el pelo,
y cantaba las más mísvolas canciones,
palabras que por necias demostraban su locura,
mientras hacía sonar dos huesos.

“¡Dejadlo a su suerte…, se esta haciendo tarde!”,
gritó el capitán asustado.
“Hemos perdido la mitad del día. Cualquier otro retraso,
y no cazaremos un snark y la noche habrá llegado!’.

 

ESPASMO VIII

LA DESAPARICIÓN

Lo buscaron con dedales, con cuidado lo buscaron,
lo persiguieron con tenedores y esperanza,
con acciones del ferrocarril lo amenazaron
y lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Temblaban al pensar que la caza podía fallar,
y el castor, muy excitado,
saltaba sobre la punta del rabo,
mientras la luz del día se había desvanecido.

“¡Ya se oye gritar a Ese!”,dijo el capitán.
“Grita como un loco, escuchad!
¡Agita los brazos y sacude la cabeza,
seguro que ha encontrado un snark!”

Miraban deleitados y el carnicero decía:
“¡Siempre fue un bromista terrible!”
Le vieron… a su panadero…, a su héroe sin nombre…
subido en una roca vecina.

Erguido y sublime, por un momento.
Al momento siguiente, la salvaje figura que miraban
(como presa de un espasmo) cayó en un abismo,
mientras todos asustados esperaban y escuchaban.

“¡Es un snark!”,fue lo primero que oyeron
y a todos les parecía demasiado bueno para ser cierto.
Después siguió un torrente de risas y hurras,
luego las temidas palabras: “¡Es un boo…!”

Después, silencio. Algunos se imaginaron que oían en el aire
un suspiro cansado y errante,
que sonaba algo así como “¡…jum!”,pero otros declararon
que sólo era el viento que soplaba.

Cazaron hasta que se hizo de noche, pero no encontraron
ni un botón, ni una pluma, ni una señal
que pudiera indicarles que estaban pasando
por donde el panadero había encontrado al snark.

En mitad de la palabra que trataba de decir,
en mitad de su risa y su júbilo,
suave y repentinamente desapareció…,
porque el snark era un boojum, ya veis.

 

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