EL POEMA DE ROBOT – Leopoldo Marechal


 

El ingeniero de Robot; se dijo:

“Hagamos a Robot a nuestra imagen

y nuestra semejanza”.

Y compuso a Robot, cierta noche de hierro,

bajo el signo del hierro y en usinas más tristes

que un parto mineral.

Sobre sus pies de alambre la Electrónica,

ciñendo los laureles robados a una musa,

lo amamantó en sus pechos agrios de logaritmos.

Pienso en mi alma: “El hombre que construye a Robot

necesita primero ser un Robot él mismo,

vale decir podarse y desvestirse

de todo su misterio primordial”.

Robot es un imbécil atorado de fichas,

hijo de un padre zurdo y una madre sin rosas.

No es bajo el soplo de la indignación

que refiero esta historia sucia como el uranio.

Yo no maté a Robot con la sal de la ira,

sino con los puñales de la ecuanimidad.

No me gusta el furor que se calza de viento

sólo para barrer golondrinas y hojas:

el furor es amable si responde a un teorema

serio como Pitágoras.

Yo viví en una charca de batracios

prudentes y sonoros en su limo.

Cierta vez pasó un águila sobre nuestras cabezas,

y todos opinaron: “Ese vuelo no existe”.

Yo me quedé admirando la excelsitud del águila,

y construí motores de volar.

Los batracios dijeron: “Es orgullo”.

Les respondí: “Batracios, la mía es altivez”.

El orgullo es un flato del Yo separativo,

mas la altivez declara su propia elevación.

Y aquí estoy, agradable de aforismos,

tal un árbol que empuja sus yemas reventonas.

La casa de Robot está en el polo

contrario del enigma,

y el que a Robot destruye vuelve a mirar el rostro

perdido de la ciencia.

Yo fui un ser como todos los que nacen de vientre:

rosa más rosa menos, era igual mi niñez

a todas las que gritan o han gritado

junto a ríos cordiales.

Un día mis tutores, fieles a la Didáctica,

me confiaron al arte de Robot.

Mis tutores murieron: eran santos idiotas.

Yo he regado sus tumbas con yoduro de sodio»

Pensando en el astuto cerebro de la Industria,

Robot era un brillante pedagogo sin hiel,

un conjunto de piezas anatómicas

imitadas en cobre y en tungsteno.

Su cabeza especiosa de válvulas y filtros

y su pecho habitado por un gran corazón

(obra de cien piedades fotoeléctricas)

hacían que Robot usase un alma

de mil quinientos voltios.

En rigor, era nulo su intelecto

y ajena su terrible voluntad.

Pero Robot, mirado en sus cabales,

era un hijo brutal de la memoria,

y un archivista loco, respondiendo a botones

o teclas numerados por la triste cordura.

A los que se deleitan con vistosos retratos

les diré que sin duda Robot no era un Adonis.

Visto de frente y con el ojo alerta,

parecía una cruza de marciano y reloj;

y visto de perfil, su hermosura era igual

a la de un ciclotrón en vendimia de isótopos.

No obstante lo que más imponía en Robot

era su honradez inexorable?

una honradez fundida y niquelada

por demiurgos envueltos en iones y sigilo.

Podría ser que atentos a mi ultima estrofa,

se dijesen algunos que aliviano el poema

con las fáciles plumas de la comicidad.

Advierto yo a esos héroes que naufragan

en el bacín lujoso de Aristóteles,

que mi poema es trágico y risible

como un final de siglo.

La risa visceral de la Comedia

no ha de ser inferior a los hipos del Drama.

Si lo cómico nace de cierta privación,

límite o quebradura de algún ser,

todo lo que se instala fuera del Gran Principio

ya es cómico en alguna medida razonable.

La muerte de Robot me ha dictado sentencias

que ya diré a su tiempo y en lugar exactos;

pues escandalizar a los mayores

también es evangélico.

Desde que yo, el aeda, perpetré mi laudable

quemazón, de teorías y cisnes literarios,

no se aburren las Musas, y el poema

recobra su abnegada vocación

de apresar lo decible y lo indecible.

A Robot entregaron mi puericia,

y en esa hora sollozó un arcángel

y se rió un demonio»

Yo lo ignoraba entonces, como es justo,

pues en la gloria de Robot no hay ángeles

ni demonologías en su infierno, sino la exaltación o la tristeza

del átomo de hidrógeno.

Se daba por sentado que yo era el Gran Vacío

y era Robot la Grande Plenitud.

De modo tal que abriendo la espita de Robot:,

llenaba mi vacío con la ciencia más pura,

según la ley alentadora

de los vasos comunicantes.

Los verdores del alma, sus trascendentes plumas

y toda irradiación que no registren

los contadores Geiger

eran para Robot y sus profetas

o un abolido ensueño de calvas teologales

o las divagaciones del mono progresista

con que soñaba Darwin midiendo calaveras.

Y así la Didascalia se dormía feliz

en su ostentosa cama de bronce y palosanto.

Mi primer incidente con Robot

(y el que abría en mi alma la gran desavenencia

que terminó en un crimen de piadosa factura)

sucedió cuando el noble pedagogo

me dictaba el Factor de Cohesión

de los núcleos estables e inestables.

A los que todavía sin grilletes

van del apio a la rosa, bellos como almirantes;

a los que aún entregan a la emoción del viento

una risa pentecostal

en la salud del Cristo vivo;

a todos esos “raros” que aún perfuman el cosmos

digo lo siguiente:

La Física Nuclear suelta el olor

de los gases livianos de la Tabla Periódica;

y ese olor, al obrar en un alma sensible,

nos da el precipitado de la Melancolía.

No es bueno descender a la materia

sin agarrar primero los tobillos del ángel:

Einstein, el matemático, se libró del abismo

porque midió la noche con el arco

de un violín pitagórico.

Digo que ante la frágil estructura

del helio, del neón y del argón,

una tristeza mineral

oscureció mi entendimiento:

cierta nostalgia de claveles

o de pichones exaltados.

Y sobre las costillas de Robot

sollocé largamente.

Robot, atento, consultó sus fichas,

y en el agua increíble de mis ojos

vio un absurdo licuado.

Luego, juicioso, evaporó mis lágrimas

a ciento veinte grados Fahrenheit.

Pero las estaciones discurrían

en circuios vivientes que Robot mensuraba

con el dos pi por radio,

Y en cierta primavera, golondrinas del norte

me trajeron un signo de su polo.

Se me cuajó de yemas el árbol de la sangre,

y un himno, todavía en sus embriones,

exigió de mi lengua no se que navidad.

Oprimí los teclados de Robot:

le pregunté la técnica y substancia

con que armar obedientes aparatos de música.

Inquirí de su numen si erá fácil

encordar a los pájaros del éter,

o agujerear las cañas y ponerles registros,

o hacer con el metal de las usinas

percusión y sonido que fuesen más allá

de su número atómico.

Solícito a la urgencia de mi alma,

Robot hizo marchar su fonógrafo interno,

y oí la sinfonía que habitaba su tórax:

era un largo ulular de corrientes magnéticas

a través de cien filtros y cien tubos de Geissler.

Y al escucharle, vi que partía el estío

y cerraban sus labios todas las azucenas.

Más tarde, cuando al fin hube reído

sobre la ya desecha carcasa de Robot,

entendí una verdad cuya justicia

me pareció un elogio de todas las balanzas.

A medida que pierde o niega el hombre

sus instrumentos de la intelección,

se recata y mezquina la natura

en su franco esplendor inteligible.

Si negaras al ángel su posibilidad,

te ha de esconder el ángel su pluma voladora.

De tal modo, la rosa que miraba David

no es la rosa que hoy mira la botánica.

Y eso no está en la ciencia de Robot,

sino en la epifanía de su muerte.

La dictadura fácil de Robot

ya no lograba en mi los humores del llanto,

sino la sequedad indubitable

que reina en un satélite desprovisto de atmósfera.

Una ganga silícea fue rodeando mi ser

en el curso de un Tiempo medido hasta lo inútil.

Y en mi conciencia de relojería

una felicidad bien aceitada

se instaló con el aire seguro de las diosas.

Mas, de pronto, no se que flechero imprevisto

desgarró mi cubierta.

Y, justamente, fue cuando Amarylis

entró en el perigeo de mi gravitación.

Bien sé que al sólo nombre de Amarylis

rechinan los filosos dientes de la Mecánica.

Su exaltación en Virgo me pareció tan bella

como la luz que descubría Newton

al recibir un golpe de manzana en el cráneo.

Ante mis ojos nuevos, Amarylis

era el múltiplo exacto de la rosa,

y sus pechos galaxias, donde mundos posibles

ardían ya en fusión de protones y nardos.

A mi ver, su ecuador o su cintura

delimitaba en ella dos limpios hemisferios

entregados a un baile de mazorcas.

Amarylis habló, y enriquecían

las orejas del viento;

Amarylis danzaba, y al golpe de su pie

saltaron las agujas del sismógrafo.

Borracho con las uvas de mi amada,

le declaré a Robot mis experiencias.

Le di a entender que el flanco de Amarylis

era la pieza justa que calzaba en mi flanco,

según la ingeniería.

Le juré por el muslo venerable de Euclides

que al integrar con ella los miembros

de una ecuación dorada,

ponía yo a la tierra en su equilibrio,

y toda medición era un canto al Demiurgo.

Y Robot escuchaba con el aire prudente

de un sordo a la deriva.

Luego me dio su fallo inapelable

y me justificó por las hormonas.

No culparé a Robot de su oficio tremendo:

si fue pulcro y brutal como una tuerca,

debe imputarse al numen que lo parió sin llanto.

En verdad, Amarylis era la poesía,

y falleció de prosa natural.

Yo la enterré y compuse un epitafio

que dice lo siguiente:

“Aquí yace un ensueño más real

que los cuatro electrones del berilio”.

Después volví a la usina de Robot

y a sus mutilaciones estudiadas.

En adelante se me fue aclarando

la diabólica esencia de Robot:

oculto tras las hojas de parra de la Industria,

era la imitación de un demonio perfecto.

La Demonología como ciencia

ya no deslumbra el ojo de pardos bachilleres.

Al cuervo prestigioso de la Duda

sucede ahora el ganso de la Incredulidad.

Y a favor de las cegueras que calculó el Abismo,

se destapa la olla por abajo

y el cielo, arriba, obstruye las acequias.

Es útil, por lo tanto, conocer a un demonio,

según la ontología que aprendieron los grandes.

Un demonio, en la Historia Natural,

es objeto de ciencia, como el átomo,

aunque se opongan en el signo

de sus valores absolutos.

El átomo, en las líneas ascendentes del ser,

construye y magnifica la expansión ontológica;

y el demonio, en la línea descendente,

ya toca la frontera de su ser con la nada.

Pero lo más notable de un demonio

es que disfraza y cubre su vacío

con la exterioridad de un aparato

lleno de trucos y vistosidades.

En el fondo, tal era la traza de Robot:

era el “no ser” disimulado

con mil astucias de ingeniero.

Y siendo yo un alumno de Robot el Vacío,

me forzaron también a la ciencia y conciencia

de una bien redondeada vacuidad.

No sin temblor del alma nuevamente aprendida,

recuerdo yo la hora en que mi ser,

por entre los resquicios de su trama exterior,

pudo ver las costillas de su propio desierto.

En su atomización de las arenas

y en su locura de la dispersión,

el desierto es la imagen terrible del Abismo,

y es el polo contrario de la Gracia

que todo lo concentra en la unidad.

Ahora bien, el desierto pide y corre al desierto,

según ya lo enseñaron las juiciosas Escrituras.

Y, por ser yo un desierto, me fui de las usinas

y abandoné la casa de Robot.

Me lancé a los eriales, con el talón en fuga

de un médano aventado.

Cuarenta días recorrí el desierto,

antes de la Visión y de su fruta.

El número cuarenta es el que rige

la mortificación y el retorno al Principio.

Si excedes el cuarenta o no lo alcanzas,

empezaras de nuevo tu contabilidad.

Y has de seguir el orden “regresivo”

que usan los disfrazados astronautas.

Porque sabrás que todas las empresas de altura

caminan de; lo múltiple a lo uno.

Si no temiese yo violentar el poema,

te alabaría el cero de la Gran Beatitud;

no el cero de Robot, instalado en la nada,

sino el que magnifica la plenitud del Todo.

¿Y quien me pone ahora en este juego

de santas aritméticas?

Yo medía el desierto, y era sólo un desierto

que pisaba el desierto.

Mas, en su hora y su lugar exactos,

apareció ante mí no sé yo qué figura

semejante al aspecto del hombre (y no lo era).

Entre civil y militar, su flanco

derecho recogía ya las plumas vibrantes

(que así se pliega el ala de un halcón en reposo)

y su costado izquierdo revestía las piezas

de no sé qué armadura forjada en oricalco.

El Hombre (y no lo era) me parecía un genio

que demoraba el ojo y el quehacer

entre la exaltación y un combate previsto.

Si su mano derecha lanzaba los perfumes,

en su izquierda nacía ya un olor astringente

de futuras matanzas.

Y yo lo vi de pie sobre las dunas,

y me observaba el Hombre (y no lo era).

Me preguntó mi nombre:

yo lo había olvidado.

La ruta que seguía en los eriales

inquirió, y mi silencio le contaba el vacío:

en la Edad de Robot ya no importan los nombres

y una ruta es asfalto que se piensa en quilómetros.

Y no le hablé, y el Hombre preguntaba,

y entendí que lo hacía pro formula tan sólo.

Pues no ignoraba él ni mi nombre olvidado

ni mi ruta perdida,

como si los leyera de toda la eternidad

en algún libro abierto delante de sus ojos.

Y preguntaba el Hombre, y no le hablé.

Tras de lo cual el Hombre me tomó de la mano

y me condujo sobre las arenas

a una región o sitio no espacial

donde un árbol erguía su mástil absoluto.

Un árbol sólo yergue su columna,

y es una ubicación y no un Espacio.

Y puesto yo debajo de la copa frutal,

advertí que llovía desde sus espesuras

un relente de oro (no es un árbol común),

y que: voces tremendas, junto al árbol,

cantaban un idioma semejante a la risa

y al elogio fundidos,

como si allí recién el silencio afirmara

su música posible (no es un árbol cualquiera).

Y yo, la hechura de Robot, al pie

de un árbol que llovía y que cantaba,

pude observar en mí los efectos que siguen:

El relente del árbol empapó mis tejidos,

ablandó mis tendones, osaturas y médulas,

y renovó el azufre de mi sangre

y el fósforo quemado de mis nervios.

En simultaneidad, el idioma del árbol

suscitó mis retoños del alma y sus potencias:

en el muñón de un pie vi formarse otro pie

y un ala nueva en el muñón de un ala.

Por fin, ya restaurado en estructuras,

gocé de mi flamante primavera

con sus hojas y vinos, ignoro cuantos días:

es un acontecer y no es un Tiempo,

sí es una ubicación y no un Espacio.

Hasta que me ganó la inquietud amorosa

de regresar al orbe de Robot

y al planisferio de sus mutilados,

con el solo designio de llevar a la usina

mi lección y experiencia de la Gracia.

Y desande mi vía en el desierto,

con el talón liviano y el alma sin roturas.

Pero ya meditaba la muerte de Robot,

según un plan cruel en su justicia.

Entonces, de camino,

recogí en el erial

un puñado de arena.

Digo que al enfrentarme con Robot

yo había calculado los dos riesgos que siguen:

uno, el de las preguntas contenciosas

que irían al fichero de su caja interior;

y otro, el de su dialéctica infernal,

tendiente a promover y medir el vacío.

Por lo cual, en presencia de Robot,

y cuando el pedagogo ya iniciaba el discurso,

yo le arrojé a la boca

mi puñado de arena.

Se oyó en los mecanismos internos de Robot

un estallar de alambre y válvulas heridos:

trastabilló un instante sobre sus pies tozudos

y al fin se desplomó con fragores de lata.

Después, con un martillo, lo reduje a fragmentos

y sobre su chatarra bailé piadosamente.

Aquella danza mía no fue un acto de triunfo,

sino un gesto ritual.

Porque la muerte de Robot no es bella,

sino feliz por su alecciónamiento.

No digo más ahora que logré mi equilibrio:

ya estoy en el deslinde peligroso

de la sublimidad con el absurdo.

Si doy un paso al frente, me asumirá la luz,

y si lo doy atrás volveré a la tiniebla.

Por eso guardo la inmovilidad

que me reprochan hoy los aventados.

La muerte injusta de un insecto

perturbaría mi balanza.

Y si escribí el Poema de Robot,

no fue tras un reclamo de la literatura,

sino con la pasión de alertar a los hombres

que pueblan el infierno de Robot

y en la materia crasa de sus laboratorios

han sospechado un lustre de metales alquímicos.

Gloria al Señor, paz del Señor. Amén.

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