La Gioconda del mediodía crepuscular – J.G. Ballard


—¡ESAS MALDITAS GAVIOTAS! —se quejó Richard Mait-land—. ¿No puedes alejarlas?

Judith estaba detrás de la silla de ruedas y las manos se le movían alrededor de los ojos vendados de Maitland como palomas nerviosas. Miró la orilla del río, en el extremo del prado.

—Trata de pensar en otra cosa, querido. Están ahí posadas, nada más.

—¿Nada más? ]Eso es lo que me molesta! —Maitland levantó el bastón y golpeó el aire vigorosamente—. ¡Siento que están todas ahí, mirándome!

Habían elegido la casa de la madre de Richard como sitio de descanso, en parte porque suponían que la abundante provisión de recuerdos visuales compensaría de algún modo la ceguera temporal de Maitland, una trivial”lesión ocular que se había infectado, obligándolo finalmente a operarse y a pasar un mes entero con una venda en los ojos. No habían tenido en cuenta, sin embargo, la amplia extensión de los otros sentidos. La casa estaba a ocho kilómetros de la costa, pero en la marea baja una bandada de voraces aves marinas volaba río arriba y se posaba en el barro a cincuenta metros del prado, donde Maitland descansaba en la silla de ruedas. Judith apenas oía las gaviotas, pero para Maitland el rapaz picoteo llenaba el aire cálido como los gritos de un salvaje coro dionisíaco. Imaginaba a veces vividamente la sangre de miles de peces desmembrados que empapaba las orillas. Lamentándose, impotente, Maitland escuchaba con atención cuando de pronto los chillidos se apagaron. En seguida, con un sonido agudo, como una tela que se desgarra, la bandada entera se alzó en el aire. Mait-lant se enderezó en la silla de ruedas, y apretó el bastón en la mano derecha como si fuera un garrote, casi esperando que las gaviotas descendieran volando en aquel césped apacible y le arrancaran a picotazos las vendas de los ojos. En las dos últimas semanas, desde que Maitland había regresado del hospital, Judith le había leído en voz alta casi todas las primeras obras de Eliot. La bandada de gaviotas invisibles parecía salir directamente de ese horrendo paisaje arcaico. Las aves se posaron de nuevo, y Judith dio unos pocos pasos vacilantes por el prado. La borrosa figura interrumpió el círculo uniforme de luz en los ojos de Maitland.

—Suenan como un cardumen de pirañas —dijo Maitland riendo forzadamente—. ¿Qué hacen? ¿Desgarran un toro?

—No hacen nada, querido, que yo vea…

La voz de Judith se apagó con esta última palabra. Aunque la ceguera de Maitland era sólo temporaria —torciendo un poco los vendajes llegaba a tener una imagen borrosa pero coherente del jardín y los sauces que ocultaban el río—, Judith lo trataba con todos los circunloquios tradicionales, rodeándolo con esos elaborados tabúes que inventan los videntes para ocultarse de los ciegos. Los únicos inválidos reales, reflexionó Maitland, son quienes no tienen ninguna imperfección física.

—Dick, tengo que ir al pueblo con el coche a buscar los comestibles. ¿Podrá solo media hora?

—Claro que sí. Cuando vuelvas toca la bocina.

La tarea de cuidar sola la enorme quinta —la madre de Richard, que había enviudado recientemente, estaba embarcada en una travesía por el Mediterráneo— limitaba el tiempo que Judith podía dedicar al enfermo. Afortunadamente, el largo conocimiento que Richard tenia de la casa le ahorraba a Judith tener que guiarlo de un lado a otro. Había bastado con unos pocos pasamanos de cuerda y uno o dos parachoques de algodón atados a las peligrosas esquinas de las mesas. En realidad, una vez en el piso de arriba Maitland se movía por los retorcidos corredores y las oscuras escaleras con más naturalidad que Judith, y seguramente con más placer: a veces, de noche, ella iba a buscarlo y el marido ciego la asustaba saliendo en silencio por una puerta a menos de un metro de distancia, en una de las recorridas de Maitland por los viejos desvanes y los pisos polvorientos. La expresión de éxtasis de Richard, que perseguía algún recuerdo de la niñez, le recordaba a fudith el rostro de la madre, una mujer alta y elegante, cuya dulce sonrisa parecía ocultar un potente mundo secreto. En un principio, cuando los vendajes irritaban aún a Maitland, Judith se había pasado las mañanas y las tardes leyéndole en voz alta los diarios. Luego había intentado un libro de poemas y hasta, heroicamente, el comienzo de una novela, Moby Dick. Sin embargo, a los pocos días Maitland había aceptado la ceguera, y la necesidad constante de estímulos exteriores había desaparecido. Descubrió lo que pronto descubre toda persona ciega: las imágenes externas que llegan al ojo son sólo una parte de la inmensa actividad visual de la mente. Maitland había esperado verse sumergido en una profunda oscuridad infernal, pero en cambio la mente se le había poblado de incesantes reflejos de luz y color. A veces, de mañana, cuando se recostaba en el sillón a la luz del sol, veía unas exquisitas figuras giratorias de color naranja, como inmensos discos solares. Gradualmente, esas figuras se alejaban hasta convertirse en unas brillantes puntas de alfiler, y en el paisaje velado se movían unas formas borrosas, como animales en el atardecer de una pradera africana. Otras veces subían a esa pantalla unos recuerdos olvidados que eran como vestigios visuales de la niñez, enterrados mucho tiempo en la mente. Esas imágenes, con todas sus atormentadoras asociaciones, eran las que más intrigaban a Maitland. Casi podía evocarlas a voluntad, dejando vagar los pensamientos y mirando sin intervenir, mientras esos paisajes esquivos se materializaban como espectros visitantes ante el ojo interior. Una imagen en particular, compuesta por las fufares visiones de unos farallones empinados, un oscuro corredor de espejos y una casa alta, de paredes elevadas, rodeada de un muro, se repetía con insistencia, aunque esos detalles inconexos no tenían ninguna relación con los recuerdos de Maitland. Trató de explorar esa imagen, inmovilizando en la mente los acantilados azules o la casa alta y esperando a que las asociaciones se acumulasen. Pero el ruido de las gaviotas y las idas y venidas de Judith por el jardín lo distrajeron del todo.

— ¡Adiós, querido! ¡Hasta luego!

Maitland respondió levantando el bastón. Escuchó cómo el coche se alejaba por el camino, alterando sutilmente el perfil auditivo de la casa. Entre las hiedras, debajo de las ventanas de la cocina, zumbaban unas avispas, dando vueltas sobre las manchas de aceite que había en el sendero. Una hilera de árboles se meció en el aire cálido, apagando la última onda de aceleración del coche. Al fin las gaviotas habían callado. En ocasiones similares, Maitland se hubiese mostrado inquieto, pero esta vez se recostó en la silla, moviendo las ruedas para ponerse de cara al sol, y miró las silenciosas aureolas de luz que le crecían en la mente. De vez en cuando los movimientos de los sauces o los sonidos de una abeja que chocaba contra la jarra de agua que había sobre la mesa, al lado de Maitland, interrumpían la cadena de imágenes. Esta extrema sensibilidad al ruido o movimiento más leves le recordó la hipersensibilidad de los epilépticos, o de las víctimas da la rabia durante las horrendas convulsiones finales. Era casi como si le hubiesen sacado las barreras que guardaban los niveles más profundos del sistema nervioso, protegiéndolos de las asechanzas del mundo exterior; esas capas amortiguadoras de sangre y hueso, reflejos y costumbres… Maitland contuvo el aliento, apenas un instante, y se aflojó cuidadosamente en la silla. Proyectada allí en la pantalla, dentro de la mente, estaba la imagen que había vislumbrado antes: una costa rocosa cuyos acantilados oscuros asomaban entre la niebla del mar. En conjunto, la escena era apagada y monótona. Encima, unas nubes bajas reflejaban la superficie plomiza del agua. Cuando la niebla se despejó, Maitland se acercó más a la orilla, y miró las olas que rompían en las rocas. Los penachos de espuma se escurrían como serpientes blancas entre los charcos y las grietas, escondiéndose en las cuevas del acantilado. Desolada y solitaria, la costa era para Maitland más parecida a las frías orillas de Tierra del Fuego y los cementerios de barcos del Cabo de Hornos que a cualquiera de los propios recuerdos. Los acantilados se acercaron, subiendo en el aire, como si reflejaran alguna imagen profunda de la mente de Maitland. Separado aún de los acantilados por el trecho de agua gris, Maitland siguió la línea de la costa hasta que las elevaciones se abrieron en la boca de un pequeño estuario. Instantáneamente la luz se aclaró. El agua del estuario resplandeció con una vibración casi espectral. Alrededor, las rocas azules de los acantilados, atravesados por pequeñas grutas y cavernas, emitieron una suave luz prismática, como iluminadas por una linterna subterránea. Reteniendo esa escena, Maitland exploró las orillas del estuario. No había nada en las cavernas, pero cuando se acercó un poco más, las arcadas empezaron a reflejar la luz como una galería de espejos. Al mismo tiempo se encontró entrando en la casa oscura de paredes altas que ya había visto antes, y que ahora se superponía a la imagen dentro del sueño. En algún lugar de aquella casa, disimulada por los espejos, había una figura alta que lo miraba; una figura vestida de verde, que retrocedía por las cuevas y los peñascos… Se oyó una bocina, una alegre sucesión de notas estridentes. La grava chirrió bajo las ruedas de un coche, que entró en el camino de la casa.

—Soy Judith, querido —gritó la mujer—. ¿Todo bien?

Maldiciendo en voz baja, Maitland buscó a tientas el bastón. La imagen de la costa oscura y el estuario de las cuevas había desaparecido. Como un gusano, ciego, Maitland volvió la cabeza embotada a las formas y sonidos poco familiares del jardín.

—¿Estás bien? —los pasos de Judith atravesaron el césped—. ¿Qué te pasa? Estás todo torcido… ¿Te han molestado esos pájaros?

—No, déjalos.

Maitland bajó el bastón, comprendiendo que, aunque no parecían del todo presentes, las gaviotas habían colaborado indirectamente en la creación de las visiones. Las aves marinas blancas como la espuma, cazadoras de albatros… Hizo un esfuerzo y dijo:

—Me quedé dormido.

Judith se arrodilló y le tomó las manos.

—Lo siento. Le pediré a uno de los hombres que haga un espantapájaros. Eso las… —¡No! —Maitland retiró las manos con violencia—. No me preocupan nada. —Bajando la voz continuó: —¿Viste a alguien en el pueblo?

—Al doctor Phillips. Dijo que quizá te puedas sacar las vendas dentro de diez días.

—Muy bien. Aunque no tengo prisa. Quiero que todo se haga del mejor modo posible.

Luego que Judith se fue para la casa, Maitland trató de volver al ensueño, pero la imagen continuó escondida detrás del escudo de la conciencia.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban juntos, Judith le leyó el correo.

—Hay una tarjeta postal de tu madre. Están cerca de Malta, en un lugar llamado Gozo.

—Dámela —Maitland palpó la tarjeta con las manos—. Gozo… la isla de Calipso. Retuvo allí a Ulises durante siete años y le prometió juventud eterna si se quedaba con ella para siempre.

—No me sorprende —Judith se inclinó mirando la tarjeta—. Si tuviéramos tiempo tú y yo deberíamos ir allí a pasar unas vacaciones. Mares oscuros como el vino, un cielo paradisíaco, rocas azules. Felicidad.

—¿Azules?

—Sí. Un defecto de impresión, sin duda. No pueden ser así.

—Son así, de veras.

Todavía con la tarjeta en la mano, Maitland salió al jardín, guiándose por la baranda de cuerda. Mientras se acomodaba en la silla de ruedas pensó que había otras correspondencias en las artes gráficas. Las mismas rocas azules y las mismas grutas espectrales podían verse en La Virgen de las rocas, una de las pinturas más peculiares y más enigmáticas de Leonardo. La madona sentada en un arrecife desnudo, junto al agua, bajo el oscuro alero de la boca de la caverna, era como el espíritu soberano de algún encantado reino marino, aguardando a los que llegaban a las costas rocosas de ese extremo del mundo. Como en tantos de los cuadros de Leonardo, todas las ansias y terrores característicos se encontraban en el fondo. Allí, a través de un pasaje entre las rocas, se veían los acantilados azules que Maitland había vislumbrado en aquella visión.

-¿Te la leo?

Judith había atravesado el prado.

-¿Qué?

—La postal de tu madre. La tienes en la mano.

—Perdón. Sí, léela por favor.

Mientras escuchaba el breve mensaje, Maitland esperó a que Judith volviese a la casa. Luego se quedó unos pocos minutos sentado en silencio. A través de los árboles llegaban los sonidos distantes del río, y los gritos tenues de las gaviotas que descendían más abajo, en las orillas del estuario. Esta vez, como si reconociera la necesidad de Maitland, la visión llegó rápidamente. Maitland dejó atrás los oscuros acantilados y las rocas que saltaban en las bocas de las cuevas, y entró en el mundo crepuscular de las grutas junto al río. Afuera, del otro lado de las galerías de piedra, la superficie del agua centelleaba como una sábana de prismas, y la suave luz azul se reflejaba en los espejos vitreos de las paredes. Al mismo tiempo sintió que entraba en la casa de paredes altas; el muro alrededor era la cara del acantilado que había visto desde el mar. En las bóvedas diamantinas de la casa resplandecía el color negro oliváceo de las profundidades del mar, y en las puertas y las ventanas colgaban cortinas de encaje, como redes antiguas. Una escalera atravesaba la gruta; los recodos familiares llevaban a los sitios más recónditos. Maitland alzó los ojos y vio la figura vestida de verde que lo miraba desde una arcada. La cara estaba oculta, velada por la luz que reflejaban los espejos húmedos de las paredes. Maitland subió rápidamente por las escaleras, acercándose, y el rostro de la figura se aclaró un instante…

—¡Judithl

Maitland se inclinó hacia adelante en la silla y buscó inútilmente la jarra de agua que había sobre la mesa. Se golpeó la frente con la mano izquierda, tratando de ahuyentar la visión y aquel espantoso demonio femenino.

—¡Richard! ¿Qué te pasa?

Maitland oyó los pasos precipitados que cruzaban el césped y luego sintió que Judith le tomaba las manos.

—Querido, ¿qué diablos te ocurre? ¡Estás empapado!

Aquella tarde, cuando se quedó solo otra vez, Maitland se acercó al laberinto. La marea estaba baja, y las gaviotas habían vuelto a los bancos de lodo, en el extremo

del jardín; los gritos arcaicos llevaron la mente de Maitland a las profundidades de sí misma, como aves mortuorias que transportaban el cuerpo de Tristán. Atento a sus propios temores, Maitland anduvo lentamente por los luminosos cuartos de la casa subterránea, apartando los ojos de la hechicera vestida de verde que lo miraba de lo alto de la escalera. Luego, cuando Judith le trajo el té en una bandeja, Maitland comió lentamente, conversando en un tono mesurado.

—¿Qué viste en la pesadilla? —preguntó Judith.

—Una casa de espejos debajo del agua, y una caverna profunda —dijo Maitland—. Lo veía todo, pero de un modo extraño, como en los sueños de las personas que han estado ciegas mucho tiempo. Durante toda la tarde y la noche, Maitland volvió a ratos a la gruta, moviéndose con cautela por los cuartos exteriores, sintiendo siempre la presencia de esa figura que lo esperaba a la entrada del más íntimo paraje sagrado de la casa. A la mañana siguiente el doctor Phillips le fue a cambiar las vendas.

—Excelente, excelente —dijo, sosteniendo la pequeña linterna en una mano mientras le apretaba la venda sobre los párpados—. Otra semana y esto habrá quedado atrás. Al menos sabe cómo se sienten los ciegos.

—Son envidiables.

—¿De veras?

—Sí, ven con un ojo interior. En cierto sentido todo es allí más real.

—Es posible. —El doctor Phillips le acomodó las vendas.— ¿Qué vio usted con el suyo?

Maitland no respondió. El doctor Phillips lo había examinado en el estudio oscurecido, pero el fino rayo luminoso y las pocas agujas de luz alrededor de las cortinas le habían inundado el cerebro como lámparas de arco voltaico. Esperó a que disminuyese el resplandor, comprendiendo que la luz del sol le había quemado en la mente aquel mundo interior de la gruta, la casa de espejos y la hechicera.

—Son imágenes hipnagógicas —dijo el doctor Phillips, cerrando el maletín—. Ha estado usted viviendo en una zona insólita, sentado por ahí sin hacer nada, pero con los nervios ópticos despiertos, en la región que separa el sueño del estado consciente. Yo esperaría todo tipo de cosas extrañas. Cuando el médico se fue Maitland les dijo a las paredes invisibles, susurrando:

—Doctor, devuélvame los ojos.

Maitland tardó dos días enteros en recobrarse del breve intervalo de luz exterior. Laboriosamente, roca por roca, exploró otra vez la costa escondida, adelantándose a través de la envolvente niebla marina, en busca del estuario perdido. Al fin aparecieron otra vez las playas luminosas.

—Creo que es mejor que duerma solo esta noche —le dijo a Judith—. Usaré el cuarto de mamá.

—Claro que sí, Richard. ¿Qué ocurre?

—Creo que estoy inquieto. No hago mucho ejercicio y sólo faltan tres días para irnos. No quiero molestarte.

Maitland se las arregló para llegar sin ayuda al dormitorio de la madre; en los años que llevaba de casado sólo lo había visto unas pocas veces, fugazmente. La cama alta, el profundo crujido de las sedas, y los ecos de perfumes olvidados lo devolvieron a los primeros años de la infancia. Estuvo despierto toda la noche, escuchando los sonidos del río, reflejados por los adornos de cristal tallado, sobre la chimenea. Al amanecer, cuando las gaviotas alzaron el vuelo en el estuario, Maitland visitó otra vez las grutas azules, y la casa alta del acantilado. Conociendo ahora a la moradora, la figura vestida de verde que lo miraba desde la escalera, decidió esperar a la luz de la mañana. Los ojos que lo llamaban, el pálido farol de la sonrisa, flotaban ahora allí delante. No lo esperaban, pero el doctor Phillips volvió después del desayuno.

—Sí —le dijo animadamente a Maitland, guiándolo hacia la casa—. Vamos a sacar esas vendas.

—¿Es la última vez, doctor? —preguntó Judith—. ¿Está usted seguro?

—Claro que sí. No queremos que esto se prolongue eternamente, ¿no es cierto? — el doctor Phillips llevó a Maitland hasta el estudio.— Siéntese aquí, Richard. Usted baje las cortinas, Judith.

Maitland se puso de pie y buscó la mesa con la mano.

—Pero usted dijo que necesitaría otros tres días, doctor.

—Es cierto. Pero no quiero que se excite usted demasiado. ¿Qué pasa? Está usted indeciso como una vieja. ¿No quiere ver de nuevo?

—¿Ver? —repitió Maitland torpemente—. Por supuesto. —Se hundió flojamente en una silla mientras las manos del doctor Phillips desprendían las vendas. Se sentía ahora invadido por una profunda impresión de pérdida.— Doctor, se podría aplazar hasta…

—¡Bahl Usted ve perfectamente. No se preocupe, no voy a levantar las cortinas. Pasará un día entero antes que pueda mirarlo todo sin impedimentos. Le voy a dar un juego de filtros. De cualquier modo, esas vendas dejan pasar más luz de lo que usted imagina. A las once de la mañana siguiente, los ojos apenas protegidos por unos lentes de sol, Maitland salió al prado. Judith estaba en la terraza y vio cómo se alejaba. Cuando llegó junto a los sauces, Judith le gritó:

—¿Estás bien, querido? ¿Me ves?

Maitland se volvió y miró hacia la casa, sin responder. Se quitó los lentes oscuros y los dejó caer en el césped. Miró por entre los árboles el estuario, la superficie azul del agua que se extendía hasta la otra orilla. Había cientos de gaviotas al borde del agua, las cabezas vueltas de perfil, revelando la curva completa de los picos. Maitland miró por encima del hombro la casa de paredes altas, y reconoció la que había visto en aquel estado de ensoñación. Todo lo de alrededor, lo mismo que el río próximo, parecía muerto. De pronto las gaviotas se alzaron en el aire, ahogando con sus gritos la voz de Judith, que lo llamaba otra vez desde la terraza. En una espiral compacta que salía del suelo corno una guadaña inmensa, las gaviotas giraron encima de Maitland y se arremolinaron sobre la casa. Rápidamente, Maitland apartó las ramas de los sauces y caminó hasta la orilla. Un momento después, Judith oyó el grito de Maitland por encima de los chillidos de las gaviotas. El sonido era mitad de dolor y mitad de triunfo, y Judith corrió hacia los árboles, sin alcanzar a saber si Maitland se había lastimado o había descubierto alguna cosa agradable. Lo vio de pronto de pie en la orilla, la cabeza alzada a la luz del sol, las mejillas y las manos encendidas, de brillante color carmesí, como un Edipo angustiado e impenitente.

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