La olla repleta de oro – John Cheever


En justicia no puede decirse que Ralph y Laura Whittemore tuvieran los defectos y las características propios de los incorregibles buscadores de tesoros, pero sí cabe afirmar, sin faltar a la verdad, que el brillo, el olor, el peculiar poder y la posibilidad de llegar a poseer dinero ejercieron una desfavorable influencia en su vida. Siempre se hallaban en el umbral de la fortuna; siempre parecían tener algo en perspectiva. Ralph era un joven rubio con una incansable imaginación comercial y una fe evangélica en el atractivo y en la magia del éxito en los negocios, y aunque trabajaba oscuramente para un fabricante de tejidos, esto sólo le pareció un punto de partida.

Los Whittemore no eran personas importunas ni arrogantes, y conservaban una inflexible fidelidad a los corteses modales de la clase media. Laura era una chica agradable, no particularmente bonita, que había llegado de Wisconsin a Nueva York aproximadamente por la misma época en que Ralph lo había hecho desde Illinois, pero tuvieron que transcurrir dos años de idas y venidas hasta que se encontraron una tarde a última hora, en el vestíbulo de un edificio de oficinas en la parte baja de la Quinta Avenida. El corazón de Ralph era tan constante, le sirvió tan bien en aquella ocasión, que nada más ver los cabellos claros de Laura y su rostro agradable y melancólico quedó extasiado. La siguió hasta la calle, abriéndose camino entre la multitud, y como no se le había caído nada, como no tenía ninguna excusa legítima para hablar con ella, empezó a gritar: «¡Louise! ¡Louise! ¡Louise!», y la vehemencia de su voz hizo que Laura se detuviese.

Ralph dijo que se había equivocado, que lo sentía. Dijo que Laura se parecía mucho a una chica llamada Louise Hatcher. Todo esto sucedía una noche del mes de enero en que el aire sabía a humo, y como Laura era una chica razonable y estaba muy sola, le permitió invitarla a una copa.

Transcurrían los años treinta, y su noviazgo fue breve: se casaron tres meses más tarde. Laura trasladó sus pertenencias al apartamento sin ascensor de Madison Avenue, encima de una tintorería y de una tienda de flores, donde Ralph vivía. Ella trabajaba de secretaria, y su sueldo, junto con lo que él traía a casa del negocio de tejidos, era apenas bastante para mantenerlos a flote, pero nunca pareció afectarles la monotonía de una infructuosa vida de ahorro. Cenaban en drugstores. Laura colgó una reproducción de los Girasoles de Van Gogh sobre el sofá que había comprado con parte de la modesta suma de dinero que sus padres le dejaron. Cuando sus tías y sus tíos venían a Nueva York —tanto Ralph como ella habían perdido a sus padres—, cenaban en el Ritz y acudían al teatro. Laura cosía cortinas y sacaba brillo a los zapatos de Ralph, y los domingos se quedaban en la cama hasta las doce. Parecían encontrarse en el umbral de la abundancia, y Laura le decía con frecuencia a la gente lo contenta que estaba pensando en el maravilloso empleo que Ralph tenía en perspectiva.

Durante el primer año de su matrimonio, Ralph trabajaba por las noches en un plan que iba a asegurarle un puesto muy bien pagado en Texas, pero, sin culpa alguna por su parte, aquella promesa nunca llegó a materializarse. Hubo una vacante en Siracusa al año siguiente, pero le dieron el empleo a una persona de más edad. Entre estos dos existieron también otros muchos proyectos y vacantes tan ventajosos como esquivos. En el tercer año de su matrimonio, una firma que era casi idéntica en tamaño y características a la que empleaba a Ralph cambió de propietario, y a él lo abordaron y le preguntaron si le interesaría trabajar en la empresa reestructurada. Su empleo del momento le ofrecía tan sólo una mezquina estabilidad después de una lenta serie de ascensos, y Ralph recibió con los brazos abiertos aquella posibilidad de escaparse. Se entrevistó con los nuevos propietarios, que parecían entusiasmados con él. Estaban dispuestos a hacerlo encargado de un departamento y a pagarle el doble de lo que ganaba entonces. El acuerdo tardaría un mes o dos en hacerse público, hasta que los nuevos propietarios hubiesen afirmado su posición, pero se estrecharon la mano con calor y se tomaron una copa para celebrarlo. Aquella noche, Ralph llevó a Laura a cenar a un restaurante de lujo.

Sentados a ambos lados de la mesa, decidieron buscar un apartamento más grande, tener un hijo y comprar un coche de segunda mano. Aceptaron su buena suerte con perfecta calma, porque era lo que siempre habían esperado. La ciudad les parecía un lugar generoso, donde las personas se veían recompensadas por un repentino y merecido acontecimiento como aquél o por la caprichosa munificencia de algún pleito, por arriesgados negocios de carácter excéntrico y marginal, por herencias inesperadas, o por otros inesperados golpes de suerte. Después de la cena, pasearon por Central Park a la luz de la luna, mientras Ralph fumaba un cigarrillo. Más tarde, cuando Laura se había dormido ya, él siguió sentado en pijama junto a la ventana abierta del dormitorio.

La peculiar agitación que parece impregnar el aire de la ciudad después de la medianoche, cuando su vida cae en manos de vigilantes y borrachos, siempre le había gustado. Ralph conocía a fondo los ruidos nocturnos de la calle: los frenos de los autobuses, las remotas sirenas y el sonido del agua girando a bastante altura (moviendo una rueda de molino); la suma, suponía, de diferentes ecos, aunque, a pesar de las muchas veces que había oído el sonido, nunca llegaba a una conclusión sobre su origen. Ahora lo escuchaba todo con mayor atención porque la noche le parecía una realidad prodigiosa.

Tenía veintiocho años; según su experiencia vital, pobreza y juventud eran inseparables, y una iba a terminar con la otra. La vida que estaban a punto de abandonar no había sido dura, y pensó con ternura en el mantel sucio del restaurante italiano al que iban de ordinario cuando tenían algo que celebrar, y en el buen humor con que en las noches lluviosas Laura corría desde el metro hasta la parada del autobús. Pero iban a alejarse de todo aquello. Saldos de camisas en los sótanos de los grandes almacenes, colas para comprar carne, whiskys con demasiada agua, las rosas que él le compraba a Laura en el metro durante la primavera, cuando las rosas estaban baratas: todos aquéllos eran indudablemente los recuerdos de los pobres, y si bien le resultaban agradables, se alegraba de que muy pronto pasaran a ser únicamente recuerdos.

Laura dejó su empleo cuando quedó embarazada. La reorganización de la firma y el nuevo puesto de Ralph iban para largo, pero los Whittemore hablaban de ello sin reservas de ninguna clase cuando se hallaban con amigos.

—Estamos muy contentos con la marcha de las cosas —decía Laura—. Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia.

Se produjeron retrasos y aplazamientos, y ellos esperaban con la paciencia de las personas que aguardan a que se les haga justicia. Llegó un momento en que los dos necesitaban ropa, y una noche Ralph sugirió que gastaran algo del dinero que habían ahorrado. Laura se negó a hacerlo. Cuando sacó el tema a colación, ella no respondió y pareció no oírlo. Él alzó la voz y se enfadó. Gritó. Ella lloró. Él se acordó de todas las otras chicas con las que podría haberse casado: la rubia de tez morena, la cubana que lo veneraba, la otra, guapa y con dinero, que tenía un ojo estrábico. Todos sus deseos parecían hallarse fuera del pequeño apartamento que Laura había decorado. A la mañana siguiente seguían sin hablarse, y para fortalecer su posición, Ralph telefoneó a sus futuros patronos. Su secretaria le dijo que ninguno de los dos estaba en su despacho. Esto le preocupó. Llamó varias veces más desde la cabina telefónica que había en el vestíbulo del edificio donde trabajaba, pero le dijeron que estaban ocupados, que habían salido, que estaban en una reunión con unos abogados o manteniendo una conferencia telefónica. La diversidad de excusas lo asustó. Aquella noche no le dijo nada a Laura e intentó llamarlos de nuevo al día siguiente. A última hora de la tarde, después de muchos intentos, uno de ellos se puso al teléfono.

—Le hemos dado el empleo a otra persona, hijo —declaró. Como un padre apesadumbrado, le habló a Ralph con voz ronca y amable—: No siga insistiendo en que nos pongamos al teléfono. Tenemos otras cosas que hacer, además de contestar a sus llamadas. La otra persona parecía más adecuada para el empleo, hijo. Eso es todo lo que puedo decirle, así que no insista en llamar por teléfono.

Aquella noche, Ralph recorrió andando los kilómetros que separaban su despacho del apartamento, con la esperanza de librarse así de parte del peso de su desengaño. Se hallaba tan poco preparado para aquel golpe que le afectó como un vértigo, y anduvo con pasos de viejo, levantando mucho los pies, como si el pavimento estuviese hecho de arenas movedizas. Se quedó parado delante del edificio en que vivían, tratando de decidir cómo describirle el desastre a Laura, pero al entrar en el apartamento, se lo dijo de sopetón.

—Lo siento, cariño —respondió ella, y se inclinó para besarlo—. Lo siento muchísimo.

Luego se alejó de él y empezó a acomodar los cojines del sofá. La frustración de Ralph era tan violenta, se sentía tan prisionero de sus planes y sus expectativas que le asombró la serenidad con que ella aceptó el fracaso. No había ningún motivo para preocuparse, dijo Laura. Todavía le quedaban unos cientos de dólares en el banco del dinero que le habían dejado sus padres. No había ningún motivo para preocuparse.

Cuando nació la niña, le pusieron Rachel, y una semana después del parto Laura regresó al edificio sin ascensor de Madison Avenue. Ella se ocupaba de todo lo relativo al bebé, y siguió cocinando y haciendo las tareas del hogar.

La imaginación de Ralph siguió siendo adaptable y fértil, pero no parecía capaz de encontrar un plan que encajase dentro de su falta de tiempo y de capital. Laura y él, como el ejército de los pobres en todas partes, llevaban una vida muy sencilla. Seguían yendo al teatro con los parientes que los visitaban, y de vez en cuando acudían a fiestas, pero el único contacto continuo de Laura con las brillantes luces que los rodeaban era indirecto, a través de una amiga que hizo en Central Park.

Laura pasó muchas tardes en un banco del parque durante los primeros años de la vida de Rachel; era al mismo tiempo esclavitud y placer: le molestaba su encadenamiento, pero disfrutaba con el cielo abierto y el aire libre. Una tarde de invierno reconoció a una mujer que había conocido en una fiesta, y poco antes de que oscureciera, mientras Laura y las otras madres recogían los muñecos de trapo y preparaban a sus hijos para el frío trayecto hasta el hogar, la mujer cruzó la zona del parque reservada a los niños y habló con ella. Era Alice Holinshed, dijo. Se habían conocido en casa de los Galvin. Era bonita y muy simpática, y acompañó a Laura hasta la salida del parque. Tenía un niño de la edad de Rachel aproximadamente. Las dos madres se encontraron de nuevo al día siguiente y se hicieron amigas.

La señora Holinshed era mayor que Laura, pero poseía una belleza más juvenil y llamativa. Tenía los ojos y el cabello negros, su rostro pálido y perfectamente ovalado poseía un cutis envidiable, y su voz resultaba de una pureza extraordinaria. Encendía los cigarrillos con cerillas del Stok Club y hablaba de los inconvenientes de vivir con un niño en un hotel. Si Laura albergaba algún pesar acerca de su propia vida, encontraba una clara compensación en su amistad con aquella mujer tan hermosa, que se movía con tanta libertad por tiendas y restaurantes caros.

Se trataba de una amistad circunscrita, con la excepción de los Galvin, al triste y conmovedor paisaje de Central Park. Las dos mujeres hablaban sobre todo acerca de sus maridos, y aquél era un juego en el que Laura podía participar con los bolsillos vacíos. De manera vaga pero algo jactanciosa, ambas analizaban las posibilidades que sus maridos tenían entre manos. Compartían sentadas con sus niños los contaminados atardeceres, cuando hacia el sur la ciudad arde como un alto horno, el aire huele a carbón, las grandes piedras húmedas brillan como escorias, y el parque mismo parece una franja de árboles en el límite de una ciudad minera. Luego la señora Holinshed recordaba que se le hacía tarde —siempre se le hacía tarde para algo misterioso y espléndido—, y las dos mujeres iban juntas hasta donde terminaban los árboles. Este contacto indirecto con el mundo del lujo agradaba a Laura, y el placer que le producía se prolongaba mientras empujaba el cochecito de la niña hacia Madison Avenue; luego empezaba a preparar la cena oyendo el ruido sordo de la plancha de vapor y oliendo el líquido quitamanchas de la tintorería de la planta baja.

Una noche, cuando Rachel tenía dos años aproximadamente, la frustración por la inútil búsqueda de la estrecha senda que había de llevarlo a él y a su familia a un mundo de razonable bienestar mantuvo despierto a Ralph. Necesitaba dormir con urgencia, y cuando aquella bendición no le era concedida, salía de la cama y se sentaba a oscuras. La magia y la agitación de la calle después de la medianoche se le escapaba. Los explosivos frenos del autobús de Madison Avenue lo hacían saltar. Cerró la ventana, pero el ruido del tráfico continuaba pasando a través de él. Le pareció que la voz penetrante de la ciudad tenía un efecto mortal sobre las preciosas vidas de sus habitantes y que habría que amortiguarlo.

Imaginó una persiana veneciana cuyas superficies exteriores se trataran con una sustancia que refractara o absorbiera las ondas sonoras. Con una persiana así, los amigos que vinieran de visita una tarde de primavera no tendrían que gritar para que se los oyera, tratando de imponerse al ruido de los camiones que pasaban por la calle. Los dormitorios también podrían quedar en silencio de aquella misma manera: los dormitorios, sobre todo, porque le parecía que el sueño era lo que todo el mundo buscaba en la ciudad y sólo conseguía a medias. Todos los rostros atormentados que circulaban por las calles al anochecer, cuando incluso las chicas guapas hablaban solas, iban en busca del sueño. Las cantantes de los night clubs y sus afables clientes, las personas que esperaban un taxi enfrente del Waldorf en una noche lluviosa, los policías, los cajeros, los que limpiaban las ventanas: el sueño se les escapaba a todos.

La noche siguiente habló con Laura de esa persiana veneciana, y a ella le pareció una idea razonable. Ralph compró una persiana que encajara en la ventana de su dormitorio, e hizo experimentos con diferentes mezclas de pintura. Finalmente dio por casualidad con una que al secarse adquiría la consistencia del fieltro y que era porosa. La mezcla en cuestión tenía un olor repugnante, que invadió su apartamento durante los cuatro días que tardó en pintar y repintar la superficie exterior de las tablillas. Cuando la pintura se hubo secado, colgó la persiana y abrieron la ventana para hacer una prueba. El silencio —un silencio relativo— cautivó sus oídos. Ralph apuntó la fórmula y la llevó durante la hora del almuerzo a un abogado especializado en patentes. El abogado tardó varias semanas en descubrir que una fórmula semejante había sido patentada varios años atrás. El dueño de la patente, un hombre llamado Fellows, tenía una dirección en Nueva York, y el abogado sugirió que Ralph se pusiera en contacto con él y tratara de llegar a un acuerdo.

La búsqueda del señor Fellows empezó una noche, después de que Ralph terminó de trabajar, y lo llevó primero al ático de una casa de huéspedes de Hudson Street, donde la patrona le enseñó un par de calcetines que el señor Fellows había dejado al mudarse. Ralph fue de allí hacia el sur en busca de otra casa de huéspedes, y luego al oeste, al barrio de los comerciantes de efectos navales y de las pensiones para marineros. La búsqueda nocturna se prolongó durante una semana. Ralph siguió la pista de las andanzas del señor Fellows al sur del Bowery, y luego en la parte alta del West Side. Subió escaleras que lo hicieron pasar ante puertas abiertas donde se daban lecciones de baile español, y dejar atrás prostitutas y mujeres que practicaban el concierto Emperador, hasta que una noche encontró al señor Fellows sentado en el borde de la cama en un ático, frotándose las manchas de su corbata con un trapo empapado de gasolina.

El señor Fellows era avaricioso: quería cien dólares en metálico y el cincuenta por ciento de los derechos de patente. Ralph consiguió que redujera esto último al veinte por ciento, pero no hubo forma de que disminuyera el pago inicial. El abogado redactó un documento definiendo la participación de Ralph y la del señor Fellows, y unos días más tarde Ralph fue a Brooklyn y consiguió llegar a una fábrica de persianas venecianas cuando las puertas estaban ya cerradas pero antes de que apagaran las luces de la oficina. El encargado aceptó fabricar algunas de acuerdo con la descripción de Ralph, pero tenía que hacerles un pedido por valor de cien dólares como mínimo. Ralph aceptó esta condición y también se comprometió a proporcionarles la mezcla de pintura para la superficie exterior de las tablillas. Todos aquellos gastos se llevaron más de tres cuartas partes del capital de los Whittemore, y ahora al problema del dinero se añadía el elemento tiempo. Pusieron un pequeño anuncio en el periódico solicitando un vendedor de artículos para el hogar, y durante una semana Ralph recibió a los candidatos en el cuarto de estar después de la cena. Eligió a un joven que salía para el Medio Oeste a finales de semana. Quería un adelanto de cincuenta dólares, y les hizo ver que Pittsburgh y Chicago eran ciudades exactamente igual de ruidosas que Nueva York. El departamento de cobros de unos grandes almacenes los amenazaba por entonces con llevarlos a juicio por deudas, y los Whittemore habían llegado a un punto en el que cualquier enfermedad, cualquier caída, cualquier daño que se hicieran a sí mismos o a la poca ropa que poseían resultarían funestos. El vendedor prometió escribirles desde Chicago al cabo de una semana, y ellos contaban con que las noticias fueran buenas, pero de Chicago no les llegó nada en absoluto. Ralph telegrafió dos veces al vendedor, y debieron de reexpedir los cables, porque les contestó desde Pittsburgh: «Imposible vender persianas. Devuelvo muestras transporte rápido.» Pusieron otro anuncio en el periódico para encontrar un nuevo vendedor, y Ralph aceptó al primero que llamó a la puerta, un caballero de avanzada edad con un aciano en el ojal de la solapa. Tenía también otras representaciones —papeleras decoradas con espejos, exprimidores de naranjas—, y dijo que conocía a fondo a todas las personas de Manhattan que compraban artículos para el hogar. Era parlanchín, y cuando descubrió que las persianas no se vendían, fue al apartamento de los Whittemore y analizó su producto detenidamente, con la mezcla de espíritu crítico y de caridad que reservamos habitualmente para los seres humanos.

Ralph necesitaba dinero, pero ni su salario ni su patente se consideraban adecuadas garantías para un préstamo si no era con un tanto por ciento de interés absolutamente ruinoso, y un día, en el despacho donde trabajaba, le hicieron entrega de una citación cursada por el departamento de cobros de los grandes almacenes. Ralph volvió a Brooklyn y ofreció las persianas venecianas al fabricante que se las había hecho. El encargado le dio sesenta dólares por lo que le había costado cien, y Ralph pudo pagar a los grandes almacenes. Los Whittemore colgaron las muestras en sus ventanas, y trataron de olvidar todo aquel asunto.

Ahora eran más pobres que nunca, y comían lentejas para cenar todos los lunes, y en ocasiones también los martes. Laura lavaba los platos después de la cena mientras Ralph le leía algo a Rachel. Cuando la niña se quedaba dormida, él iba a su escritorio en el cuarto de estar y trabajaba en uno de sus proyectos. Siempre había expectativas de algo. Un empleo en Dallas y otro en Perú. Y también el protector de plástico para superficies curvas, el mecanismo para cerrar automáticamente las puertas de las neveras, y el plan para apoderarse sin permiso de descripciones detalladas de proyectos navales y competir con la marina. Durante un mes, Ralph estuvo a punto de comprar unos terrenos en barbecho al norte del estado de Nueva York para plantar allí árboles de Navidad, y luego, con uno de sus amigos, proyectó un negocio para enviar contra reembolso objetos de lujo, pero no lograron el menor apoyo financiero. Cuando los Whittemore se reunieron de nuevo con tío George y tía Helen en el Ritz, parecían encantados de cómo les iban las cosas. Les había ilusionado mucho, dijo Laura, una oferta que le habían hecho a Ralph para encargarse de una representación comercial en París, pero habían decidido rechazarla, por temor a que estallara la guerra.

Los Whittemore permanecieron dos años separados durante la contienda. Laura consiguió un empleo. Iba con Rachel al colegio por las mañanas y la recogía al terminar el día. Trabajando y ahorrando, pudo comprar alguna ropa para Rachel y para ella. Cuando Ralph regresó al terminar la guerra, sus asuntos estaban en perfecto orden. La vida en el ejército parecía haberle dado nuevos ánimos, y aunque aceptó su antiguo trabajo como un refugio contra el mal tiempo, como un triunfo en la manga, nunca habían hablado tanto sobre empleos, empleos en Venezuela y en Irán. Reanudaron todas sus antiguas costumbres y métodos de ahorro. Y siguieron siendo pobres.

Laura dejó su trabajo y volvió por las tardes a Central Park con Rachel. Alice Holinshed también estaba allí. Hablaron de las mismas cosas. Los Holinshed vivían en un hotel. El marido de Alice era vicepresidente de una nueva compañía que fabricaba refrescos, pero el vestido que la señora Holinshed llevaba día tras día era uno que Laura recordaba de antes de la guerra. Su hijo estaba muy delgado y tenía mal genio. Llevaba ropa de sarga, igual que los escolares ingleses, pero sus prendas, como el vestido de su madre, parecían gastadas y se le habían quedado pequeñas. Una tarde, cuando la señora Holinshed y su hijo llegaron al parque, el niño lloraba.

—He hecho una cosa terrible, —le dijo a Laura—. Hemos ido al médico y me he olvidado de coger dinero, y quería pedirte que me prestaras unos dólares para coger un taxi y volver al hotel.

Laura dijo que lo haría con mucho gusto. No tenía más que un billete de cincuenta dólares, y se lo dio. El niño seguía llorando, y su madre lo llevó a rastras hacia la Quinta Avenida. Laura nunca volvió a verlos por el parque.

La vida de Ralph seguía estando, como siempre, dominada por las esperanzas. En los primeros años después de la guerra, Nueva York parecía ser inmensamente rica. Daba la impresión de que había dinero por todas partes, y los Whittemore, que dormían en invierno extendiendo sobre la cama sus gastados abrigos para no pasar frío, sentían que para disfrutar de su parte en la prosperidad general sólo necesitaban un poco de paciencia, de iniciativa y de suerte. Los domingos, cuando hacía buen tiempo, paseaban con las multitudes de gentes bien vestidas por la parte alta de la Quinta Avenida. A Ralph le parecía que quizá hiciera falta sólo otro mes, todo lo más un año, para encontrar la llave de la prosperidad que tanto se merecían. Paseaban por la Quinta Avenida hasta que se hacía de noche, y luego se iban a casa y cenaban una lata de judías y, para que la comida estuviese equilibrada, una manzana de postre.

Un domingo, al volver de uno de aquellos paseos, empezó a sonar el teléfono mientras subían la escalera hacia el apartamento. Ralph se adelantó y contestó a la llamada.

Oyó la voz de su tío George, un hombre de una generación que todavía conserva el sentido de la distancia, y que hablaba por teléfono como si llamara desde la orilla a un barco que pasase por el mar.

—¡Soy tu tío George, Ralph! —gritó, y su sobrino supuso que tía Helen y él habían venido inesperadamente a Nueva York, hasta que se dio cuenta de que lo estaba llamando desde Illinois—. ¿Me oyes bien? —vociferó tío George—. ¿Me oyes bien, Ralphie…? Te llamo para hablarte de un empleo, por si acaso estás buscando un trabajo nuevo. Paul Hadaam pasó por aquí, ¿me oyes, Ralphie? Paul Hadaam pasó por aquí camino del este la semana pasada, y vino a hacerme una visita. Tiene mucho dinero, Ralphie, es muy rico, y va a montar una empresa en el oeste para fabricar lana sintética. ¿Me oyes, Ralphie…? Yo le hablé de ti, y se va a hospedar en el Waldorf, así que ve a verlo. Una vez le salvé la vida: lo saqué del lago Erie. Ve a verlo mañana al Waldorf, Ralphie. ¿Sabes dónde está? El hotel Waldorf… Espera un momento, aquí está tía Helen. Quiere hablar contigo.

Ahora le llegó una voz femenina, pero mucho más débilmente. Todos sus hijos habían cenado con ellos, le dijo su tía. Habían comido pavo. Sus nietos también estaban allí, y se portaban muy bien. George se los había llevado a dar un paseo después de cenar. Hacía calor, pero si se sentaban en el porche no lo notaban. Tía Helen vio interrumpido el relato del domingo por su marido, que le quitó el auricular para continuar su cantinela sobre la visita al señor Hadaam en el Waldorf.

—Ve a verlo mañana, Ralphie, mañana, que es 19, en el Waldorf. Te está esperando. ¿Me oyes…? El hotel Waldorf. Es millonario. Me despido ya, ¿eh? Adiós.

El señor Hadaam tenía una suite en The Waldorf Towers, y cuando Ralph fue a verlo al día siguiente a última hora de la tarde, al volver a casa del trabajo, el millonario estaba solo. A Ralph le pareció un hombre muy viejo, pero muy terco, y por su manera de estrecharle la mano, de tirarse de los lóbulos de las orejas, de desperezarse y de pasearse por el saloncito con sus piernas arqueadas, Ralph comprendió que se hallaba ante un espíritu en plena posesión de sus facultades, independiente y tenaz. A Ralph le ofreció un whisky apenas sin agua y él se sirvió otro más flojo. Iba a ocuparse de la fabricación de lana sintética en la costa oeste, explicó, y había venido al este en busca de personas con experiencia en la comercialización de la lana. George le había dado el nombre de Ralph, y él quería un hombre con su experiencia. Encontraría una casa adecuada para los Whittemore, se ocuparía de facilitarles los medios de transporte, y Ralph comenzaría con un sueldo de quince mil dólares. Fue la cuantía del sueldo lo que le hizo darse cuenta a Ralph de que el ofrecimiento del señor Hadaam era una manera indirecta de recompensar a su tío por haberle salvado la vida, y el anciano pareció comprender sus sentimientos.

—Esto no tiene nada que ver con el hecho de que su tío me salvara la vida —dijo bruscamente—. Le estoy agradecido, ¿quién no lo estaría?, pero esto no tiene nada que ver con su tío, si es eso lo que está pensando. Cuando se llega a ser tan viejo y tan rico como yo, resulta difícil conocer gente. Todos mis viejos amigos han muerto…, todos menos George. Estoy rodeado por una cadena de asociados y parientes que resulta prácticamente impenetrable, y si no fuera por George, que me da un nombre de vez en cuando, nunca llegaría a ver una cara nueva. El año pasado tuve un accidente de tráfico. Fue culpa mía: soy muy mal conductor. Choqué con el coche de un joven, me apeé inmediatamente, me acerqué a él y me presenté. Como tuvimos que esperar unos veinte minutos hasta que llegaron las grúas, estuvimos hablando. Bien, en la actualidad trabaja para mí y es uno de los mejores amigos que tengo, y si no hubiera chocado con él nunca lo hubiese conocido. Cuando uno llega a ser tan viejo como yo, ésa es la única manera de conocer gente…, accidentes de tráfico, fuegos, cosas así.

Se irguió, se recostó contra el respaldo de la silla y saboreó el whisky. Sus habitaciones se hallaban muy por encima del ruido del tráfico, y el silencio era casi total. La respiración del señor Hadaam era fuerte y regular y, durante una pausa, sonó como la tranquila respiración de alguien que duerme.

—Bueno, no quiero que tome usted una decisión precipitada —dijo—. Vuelvo a la costa oeste pasado mañana. Piénselo y yo le telefonearé. —Sacó una agenda y escribió el nombre de Ralph y su número de teléfono—. Lo llamaré el 27 por la noche, que es martes, a eso de las nueve…, a las nueve según el horario de aquí. George me ha dicho que tiene usted una mujer encantadora, pero en este momento no tengo tiempo para conocerla. La veré en la costa. —Pasó a hablar sobre béisbol y luego llevó otra vez la conversación al tío George—: Me salvó la vida. El maldito bote se dio la vuelta, luego se enderezó y empezó a hundirse inmediatamente. Todavía lo siento, hundiéndose bajo mis pies. No sabía nadar entonces, y sigo sin saber ahora. Bueno, hasta la vista.

Se dieron la mano, y nada más cerrarse la puerta, Ralph oyó cómo el señor Hadaam empezaba a toser. Era la tos irreverente y machacona de un anciano, llena de amargas quejas y de achaques, y siguió castigándolo sin compasión durante todo el tiempo que Ralph tuvo que esperar en el descansillo hasta que llegó el ascensor.

Camino de casa, Ralph pensó que aquélla podía ser la ocasión, que aquella absurda cadena de casualidades que había empezado con su tío sacando a un amigo del lago Erie podía ser la que los salvara. Al menos él, personalmente, no tenía motivos para considerarla inverosímil. Ralph reconocía que la proposición era el capricho de un anciano y que surgía de la gratitud que el señor Hadaam sentía hacia su tío: una gratitud que parecía haber aumentado con los años. Al llegar a casa, le contó a Laura los detalles de la entrevista y su propia opinión sobre la conducta del señor Hadaam, y con cierta sorpresa por su parte, Laura dijo que a ella le parecía la oportunidad que llevaban tanto tiempo esperando. Ambos se mostraron extraordinariamente tranquilos, teniendo en cuenta el cambio que los esperaba. No se habló de celebración, y Ralph ayudó a su mujer a fregar los platos. Buscó en un atlas el emplazamiento de la fábrica del señor Hadaam, y el nombre español en la costa norte de San Francisco les permitió vislumbrar una vida de razonable bienestar.

Quedaba un lapso de ocho días entre la entrevista y la llamada telefónica, y Ralph se dio cuenta de que no habría nada definitivo hasta el martes, y que existía la posibilidad de que el anciano señor Hadaam, mientras cruzaba el país, pudiera, bajo la sutil influencia del viaje, cambiar de idea. También podía intoxicarse con un sándwich de pescado, y morir en un hospital de Chicago, al tener que bajarlo allí del tren. Entre las personas que lo esperasen en San Francisco podía estar su abogado, con la noticia de que se había arruinado o de que su mujer le había abandonado. Pero al final Ralph fue incapaz de inventar nuevos desastres o de creer en los que ya se le habían ocurrido.

Esta incapacidad para seguir dudando de su buena suerte ponía de manifiesto la existencia de un fallo en su carácter. Apenas había pasado un solo día de su vida en el que no se le hubiera hecho sentir el poder del dinero, pero Ralph descubría que su fuerza resultaba especialmente irresistible cuando tomaba la forma de una promesa, y que los años de decidida autorrenuncia, en lugar de recompensarlo con mayores reservas de fortaleza, lo habían hecho especialmente susceptible a la tentación. Puesto que el cambio en sus vidas dependía aún de una llamada telefónica, se abstuvo de hablar —de pensar, dentro de lo posible— de la vida que podrían llevar en California. Llegaba a decir que le gustaría tener algunas camisas blancas, pero no iba más allá de este deseo deliberadamente pesaroso, y, en aquel caso, cuando creía ejercitar su comedimiento y su inteligencia, lo que en realidad hacía era empezar a sentir respeto por todo el cúmulo de supersticiones a las que se considera acompañantes de la buena suerte, y cuando deseaba camisas blancas, no era un deseo auténticamente modesto sino tan sólo una forma de recordar —él mismo no hubiese sido capaz de expresarlo con palabras— que los dioses de la fortuna son celosos y se los engaña fácilmente con la falsa modestia. Ralph no había sido nunca supersticioso, pero el martes vertió el dinero que tenía en la mesa de café y se alborozó al descubrir una mariquita en el alféizar de la ventana del cuarto de baño. No recordaba cuándo había oído asociar a aquel insecto con el dinero, pero tampoco podría haber explicado ninguno de los otros presagios que empezaron a gobernar sus movimientos.

Laura advertía este cambio sutil que la esperanza iba operando en su marido, pero no podía decir nada. Ralph no hablaba ni del señor Hadaam ni de California. Permanecía en silencio; se mostraba amable con Rachel; paulatinamente, fue poniéndose pálido. El miércoles se hizo cortar el pelo. Se puso su mejor traje. El sábado le cortaron de nuevo el pelo y le hicieron la manicura. Se bañaba dos veces al día, se cambiaba de camisa para cenar, e iba con frecuencia al cuarto de baño para lavarse las manos y los dientes y alisarse con agua el remolino que tenía en el pelo. El desmedido cuidado con que trataba su cuerpo hacía pensar a Laura en un adolescente sorprendido por un temprano amor.

Los invitaron a una fiesta el lunes por la noche, y Laura insistió en que fueran. Los invitados eran los supervivientes de un grupo formado diez años antes, y si alguien hubiese pasado lista con los nombres de los asistentes a otras fiestas en la misma habitación, como se hace en la ceremonia de retreta de un regimiento roto y diezmado, «Desaparecido… Desaparecido… Desaparecido», hubiese sido la respuesta de la patrulla enviada a Westchester. «Desaparecido… Desaparecido… Desaparecido», habrían sido las palabras del pelotón que el divorcio, la bebida, las enfermedades nerviosas y la adversidad habían asesinado o herido. Como Laura había ido a la fiesta sin ganas, fue consciente de los que faltaban.

Llevaba menos de una hora allí cuando oyó llegar a algunas personas y, al volver la cabeza, vio a Alice Holinshed y a su marido. El salón estaba abarrotado, y Laura decidió esperar hasta más tarde para hablar con ella. Mucho tiempo después fue al cuarto de baño, y al salir otra vez al dormitorio se encontró con Alice sentada en la cama. Parecía estar esperándola. Laura se instaló ante el tocador para peinarse, y vio la imagen de su amiga reflejada en el espejo.

—He oído que os vais a California —dijo Alice.

—Eso esperamos. Lo sabremos mañana.

—¿Es cierto que el tío de Ralph le salvó la vida?

—Sí, es cierto.

—Tenéis suerte.

—Supongo que sí.

—Tenéis suerte, no cabe duda.

Alice se levantó de la cama, cruzó la habitación, cerró la puerta, y volvió a sentarse en la cama. Laura la contempló a través del espejo, pero ella no miraba a Laura. Se la veía encogida y parecía nerviosa.

—Tenéis suerte —repitió—. Tenéis mucha suerte. ¿Te das cuenta de la suerte que tenéis? Déjame que te hable de mi pastilla de jabón —siguió—. Es una pastilla de jabón que tengo; que tenía, mejor dicho. Alguien me la regaló cuando me casé, hace quince años. No recuerdo quién; alguna criada, una profesora de música, alguien así. Era jabón de buena calidad, inglés, del tipo que me gusta, y decidí guardarlo para el día en que Larry tuviera un gran éxito, para cuando me llevara a las Bermudas. Primero pensé usarlo cuando consiguió el trabajo en Bound Brook. Luego se me ocurrió que podría usarlo cuando nos íbamos a Boston, y luego a Washington, y más tarde, cuando consiguió este nuevo puesto; quizá sea esta vez, pensé, quizá sea ahora cuando pueda sacar al chico de esa horrible escuela, y pague las cuentas atrasadas y dejemos esos hoteles de mala muerte en los que hemos estado viviendo. Durante quince años he planeado cuándo utilizar la pastilla de jabón. Bien, pues la semana pasada, mirando en los cajones de la cómoda, la vi. Estaba toda cuarteada. La tiré; la tiré porque sabía que nunca tendré una oportunidad para utilizarla. ¿Te das cuenta de lo que quiere decir eso? ¿Sabes cómo se siente una después de eso? Vivir durante quince años de promesas, esperanzas, préstamos y a crédito en hoteles que no están hechos para seres humanos, sin verse libre de deudas ni un solo día, y sin embargo fingir, creer que cada año, cada invierno, cada empleo, cada reunión va a ser la definitiva. Vivir así durante quince años y luego darse cuenta de que todo seguirá siempre igual. ¿Tienes idea de cómo se siente una? —Se levantó para acercarse al tocador y se detuvo delante de Laura. Tenía los ojos llenos de lágrimas y su voz era ronca y fuerte—. Nunca iré a las Bermudas —dijo—. No iré nunca a Florida. Nunca conseguiré soltarme del anzuelo, nunca, nunca, nunca. Sé que no tendré nunca una casa decente y que tendré que seguir usando todo lo que poseo, que está gastado y roto y que no es de buena calidad. Sé que durante lo que me queda de vida, todo lo que me quede de vida, llevaré combinaciones raídas, camisones rotos, ropa interior hecha un desastre y zapatos que me hacen daño. Sé que en lo que me queda de vida nadie se acercará a mí para decirme que llevo un vestido muy bonito, porque nunca podré comprarme un vestido así. Sé que durante el resto de mi vida todos los taxistas, los porteros y los camareros de esta ciudad van a saber al cabo de un minuto que no llevo ni cinco dólares en ese bolso negro de imitación de ante que durante diez años he cepillado y cepillado y cepillado, llevándolo conmigo a todas partes. ¿Cómo lo consigues? ¿Qué valor le das? ¿Qué tienes de maravilloso para conseguir una oportunidad como ésta? —Recorrió con los dedos el brazo desnudo de Laura. El vestido que llevaba puesto olía a gasolina—. ¿Lo conseguiré si te toco? ¿Hará eso que tenga suerte? Te juro por Dios que mataría a cualquiera si creyera que con ello conseguiríamos algún dinero. Le retorcería el cuello a alguien, a ti, a cualquiera. Te juro que lo haría…

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Alice fue a abrirla y salió del cuarto. Entró una mujer, una desconocida que buscaba el cuarto de baño. Laura encendió un cigarrillo y esperó unos diez minutos en el dormitorio antes de volver a la fiesta. Los Holinshed ya se habían marchado para entonces. Pidió un whisky, se sentó y trató de mantener una conversación, pero se le iba de la cabeza lo que estaba diciendo.

La caza, la búsqueda del dinero que había considerado una actividad tan natural, tan grata, tan justa cuando al principio se consagraron a ella, le parecía ahora una expedición corsaria llena de riesgos. A primera hora de la noche había pensado en los desaparecidos. Ahora pensó de nuevo en ellos. La adversidad y el fracaso explicaban más de la mitad de las ausencias, como si, debajo de los modales corteses en aquella agradable habitación, estuviera en marcha una despiadada carrera en la que las penalidades impuestas al que perdía fuesen extremas. Laura sintió frío. Con los dedos sacó el cubito de hielo que tenía en el vaso y lo puso en un jarrón de flores, pero el whisky no logró hacerla entrar en calor. Y le pidió a Ralph que la llevara a casa.

El martes, después de cenar, Laura lavó los platos y Ralph los secó. Él leyó el periódico y ella cosió un poco. A las ocho menos cuarto sonó el teléfono en el dormitorio, y Ralph fue a cogerlo sin apresurarse. Era alguien con dos entradas para una obra de teatro que estaban a punto de quitar. El teléfono no volvió a sonar, y a las nueve y media Ralph le dijo a Laura que iba a llamar a California. No hizo falta mucho tiempo para establecer la comunicación, y una juvenil voz femenina le respondió desde el número del señor Hadaam.

—Ah, sí, el señor Whittemore —dijo—. Hace un rato hemos intentado ponernos en contacto con usted, pero la línea estaba ocupada.

—¿Puedo hablar con el señor Hadaam?

—No, señor Whittemore. Soy la secretaria del señor Hadaam. Sé que él tenía intención de telefonearle porque lo apuntó en su agenda. El señor Hadaam me ha pedido que explique la situación al mayor número posible de personas, y he procurado ocuparme de todas las llamadas y las citas que tenía anotadas en su agenda. El señor Hadaam sufrió un ataque de apoplejía el domingo. No tenemos esperanzas de que se restablezca. Imagino que le había hecho a usted algún tipo de promesa, pero me temo que no estará en condiciones de mantenerla.

—Lo siento mucho —dijo Ralph. Luego colgó.

Laura había entrado en el dormitorio cuando estaba hablando la secretaria.

—¡Cariño! —exclamó.

Dejó el cesto de las labores sobre la cómoda y se dirigió hacia el armario. Luego volvió y buscó algo en el costurero y lo dejó sobre su tocador. Después se quitó los zapatos, los puso en la horma, se sacó el vestido por la cabeza y lo colgó muy bien doblado. Luego se dirigió a la cómoda, buscando el costurero, lo encontró sobre el tocador, se lo llevó al armario y lo dejó en un estante. A continuación se llevó el cepillo y el peine al cuarto de baño y abrió el agua para bañarse.

El latigazo de la frustración había azotado a Ralph, y el dolor lo atontó. No llegó a saber cuánto tiempo se quedó sentado junto al teléfono. Oyó salir a Laura del cuarto de baño. Se volvió hacia ella cuando oyó su voz:

—Siento terriblemente lo que le ha pasado al pobre señor Hadaam. Me gustaría que hubiese algo que pudiésemos hacer. —Llevaba puesto el camisón, y se instaló delante del tocador como una mujer hábil y paciente situándose delante de un telar, y cogió y dejó horquillas y frascos y peines y cepillos con la fácil destreza de una experta hilandera, como si el tiempo que pasaba allí fuese todo él parte de una continua operación—. Sí que parecía ser el tesoro…

La palabra sorprendió a Ralph, y por un momento vio la quimera, la olla repleta de monedas de oro, el vellocino, el tesoro enterrado en los suaves colores de un arco iris, y el primitivismo de su búsqueda lo sorprendió. Armado con una azada bien afilada y una varita mágica de fabricación casera, había recorrido colinas y valles, entre sequías y aguaceros, cavando dondequiera que los mapas dibujados por él mismo prometían oro. Seis pasos al este del pino muerto, cinco paneles a partir de la puerta de la biblioteca, debajo del escalón que cruje, en las raíces del peral, debajo de la parra, está escondida la olla llena de doblones y de lingotes de oro.

Laura se volvió en el taburete y extendió los brazos en su dirección, como había hecho más de un millar de veces. Ya no era joven, y estaba más pálida y delgada que si él hubiese encontrado los doblones que le habrían ahorrado preocupaciones y tener que trabajar incansablemente. Su sonrisa, sus hombros desnudos, habían empezado a crear las indescifrables formas y símbolos que constituyen la piedra de toque del deseo, y la luz de la lámpara parecía dar brillo y calor, y derramar esa inexplicable complacencia, esa benevolencia que trae la luz del sol en primavera sobre cualquier especie de fatiga y de desesperación. Desearla alegró y turbó a Ralph al mismo tiempo. Allí estaba, allí estaba todo, y le pareció entonces que el brillo del oro se encontraba todo él alrededor de los brazos de Laura.

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