LOS CAMINOS DE LA NIEBLA – Milan Kundera


¿Qué es la ironía?

En la cuarta parte de El libro de la risa y el olvido, Tamina, la protagonista, necesita la ayuda de su amiga Bibi, una joven grafómana; para ganarse su simpatía, le organiza un encuentro con un escritor provinciano llamado Banaka. Este explica a la grafómana que los verdaderos escritores de hoy han renunciado al anticuado arte de la novela: «Mire usted, la novela es fruto de la ilusoria idea de que podemos comprender a los demás. ¿Pero qué sabemos de los demás? […] Lo único que podemos hacer es dar testimonio cada uno sobre sí mismo. […] Todo lo demás es mentira». Y el amigo de Banaka, un profesor de filosofía: «Desde los tiempos de James Joyce sabemos que la mayor aventura de nuestra vida es la falta de aventuras. […] La odisea de Homero se trasladó al interior. Se ha interiorizado». Poco tiempo después de la publicación del libro, encontré estas palabras en forma de epígrafe a una novela francesa. Esto me halagó mucho, pero también me azoró porque, para mí, lo que decían Banaka y su amigo no eran sino sofisticadas cretineces. En aquella época, en los años setenta, las oí por todas partes a mi alrededor: parloteo universitario hilado con vestigios de estructuralismo y psicoanálisis.

Después de la publicación en separata de esta misma cuarta parte de El libro de la risa y del olvido en Checoslovaquia (primera publicación de uno de mis textos tras veinte años de prohibición), me enviaron a París un recorte de prensa: el crítico estaba satisfecho de mí y, como prueba de mi inteligencia, citaba estas palabras que él encontraba brillantes: «Desde los tiempos de James Joyce sabemos que la mayor aventura de nuestra vida es la falta de aventuras», etc. Sentí un extraño placer maligno al verme volver al país natal montado en un burro de malentendido.

El malentendido es comprensible: no intenté ridiculizar a mi Banaka y a su amigo profesor. No expresé mi reserva con respecto a ellos. Por el contrario, hice lo que pude para disimularlo, pues quería dar a sus opiniones la elegancia del discurso intelectual que todo el mundo, entonces, respetaba e imitaba con furor. Si hubiera hecho que sus palabras fueran ridículas, exagerando sus excesos, habría hecho lo que se llama una sátira. La sátira es arte con tesis; segura de su propia verdad, ridiculiza lo que decide combatir. La relación del novelista con sus personajes jamás es satírica; es irónica. Pero ¿cómo se deja ver la ironía, discreta por definición? Mediante el contexto: los comentarios de Banaka y su amigo están situados en un espacio de gestos, acciones y palabras que los relativizan. El pequeño mundo provinciano que rodea a Tamina se distingue por un inocente egocentrismo: cada cual siente una sincera simpatía por ella y, no obstante, nadie intenta comprenderla, pues nadie sabe siquiera qué es comprender. Si Banaka dice que el arte de la novela está anticuado porque la comprensión de los demás no es más que una ilusión, no expresa tan sólo una actitud estética a la moda, sino, sin saberlo, también su propia miseria y la de todo su entorno: una desgana por comprender al otro; una egocéntrica ceguera frente al mundo real.

La ironía quiere decir: ninguna de las afirmaciones que encontramos en una novela puede tomarse aisladamente, cada una de ellas se encuentra en compleja y contradictoria confrontación con las demás afirmaciones, las demás situaciones, los demás gestos, las demás ideas, los demás hechos. Sólo una lectura lenta, una o varias veces repetida, pondrá en evidencia todas las relaciones irónicas en el interior de la novela, sin las cuales la novela no sería comprendida.

Curioso comportamiento de K. durante su detención

K. se levanta por la mañana y, todavía en la cama, llama para que le traigan el desayuno. En lugar de la criada se presentan unos desconocidos, dos hombres normales, normalmente vestidos, pero que inmediatamente se comportan con tal soberanía que K. no puede evitar sentir su fuerza, su poder. Aunque harto, no se ve capaz de echarlos y les pregunta educadamente: «¿Quiénes son ustedes?».

Desde el principio, el comportamiento de K. oscila entre su debilidad dispuesta a inclinarse ante la increíble desfachatez de los intrusos (han ido a notificarle que estaba detenido) y su temor de hacer el ridículo. Dice, por ejemplo, con firmeza: «No quiero ni quedarme aquí, ni que ustedes me dirijan la palabra sin haberse presentado». Bastaría con arrancar estas palabras de sus relaciones irónicas, con tomarlas al pie de la letra (como mi lector tomó las palabras de Banaka) para que K. fuera para nosotros (como lo fue para Orson Welles, quien transcribió El proceso en una película) un hombre-que-se-rebela-contra-la-violencia. Sin embargo, basta con leer atentamente el texto para ver que ese hombre pretendidamente rebelde sigue obedeciendo a los intrusos, quienes no sólo no se dignan presentarse, sino que se toman su desayuno y le obligan a permanecer todo el tiempo de pie, en camisón.

Al final de esta escena de extraña humillación (él les tiende la mano y ellos se niegan a estrechársela), uno de ellos dice a K.:

«—Supongo que querrá ir a su banco.

»— ¿A mi banco? —dice K.—. ¡Creía que estaba detenido!».

¡He aquí de nuevo el hombre-que-se-rebela-contra-la-violencia! ¡Es sarcástico! ¡Provoca! Como por otra parte lo explícita el comentario de Kafka:

«K. ponía en su pregunta una especie de desafío, porque, a pesar de que se hubieran negado a darle la mano, se sentía, sobre todo desde que el vigilante se había levantado, cada vez más independiente de toda esa gente. Jugaba con ellos. Tenía la intención, en el caso de que se fueran, de correr tras ellos hasta la entrada del edificio y proponerles que le detuvieran».

He aquí una ironía muy sutil: K. capitula pero quiere verse a sí mismo como alguien fuerte que «juega con ellos», que se burla de ellos haciendo como si, en broma, se tomara en serio su detención; capitula pero interpreta enseguida su capitulación de manera que pueda conservar, ante sí mismo, su dignidad.

Primero, habíamos leído a Kafka con el rostro impregnado de una expresión trágica. Después, supimos que Kafka, cuando leyó a sus amigos el primer capítulo de El proceso, los hizo reír a todos. Entonces empezamos también a forzamos a reír, pero sin saber exactamente por qué. En efecto, ¿qué es tan gracioso en este capítulo? El comportamiento de K. Pero ¿en qué es cómico este comportamiento?

Esta cuestión me recuerda los años en que estuve en la facultad de cine en Praga. Un amigo y yo, durante las reuniones de los docentes, mirábamos siempre con maliciosa simpatía a uno de nuestros colegas, un escritor de unos cincuenta años, hombre sutil y correcto, pero que sospechábamos era de una enorme e indomable cobardía. Soñamos con la siguiente situación, que (¡ay!) nunca realizamos:

Uno de nosotros, de pronto, en medio de la reunión, se dirigiría a él: «¡De rodillas!».

Primero, él no comprendería lo que queríamos; más exactamente, en su pusilánime lucidez, comprendería enseguida, pero creería posible ganar un poco de tiempo simulando no comprender.

Estaríamos obligados a levantar la voz: «¡De rodillas!».

En ese momento él ya no podría simular que no entendía. Estaría dispuesto a obedecer, pero tendría que resolver un único problema: ¿cómo hacerlo? ¿Cómo ponerse de rodillas, allí, ante sus colegas, sin rebajarse? Buscaría desesperadamente una fórmula divertida para acompañar el acto de ponerse de rodillas:

«—¿Me permiten, estimados colegas —diría por fin—, que ponga un cojín debajo de las rodillas?

»—¡De rodillas y cállate!».

Se excusaría juntando las manos e inclinando ligeramente la cabeza hacia la izquierda: «Estimados colegas, si han estudiado detenidamente la pintura del Renacimiento, así es como Rafael pintó a san Francisco de Asís».

Cada día imaginábamos nuevas variantes de esta escena deleitable inventando muchas otras fórmulas espirituales mediante las cuales nuestro colega intentaría salvar su dignidad.

El segundo proceso de Joseph K.

Contrariamente a Orson Welles, los primeros intérpretes de Kafka estaban lejos de considerar a K. como un inocente que se rebela contra lo arbitrario. Para Max Brod no cabe la menor duda, Joseph K. es culpable. ¿Qué ha hecho? Según Brod (La desesperación y la salvación en la obra de Kafka, 1959), es culpable de su Lieblosigkeit, de su incapacidad de amar. «Joseph K. liebt niemand, er liebeit nur, deshalb muss ersterben.» Joseph K. no quiere a nadie, tan sólo coquetea, por lo tanto debe morir. (¡Conservemos para siempre en la memoria la sublime tontería de esta frase!) Brod aporta enseguida dos pruebas de la Lieblosigkeit: según un capítulo inacabado y desechado de la novela (que se acostumbra a publicar en apéndice), Joseph K., desde hace ya tres años, no ha ido a ver a su madre; tan sólo le envía dinero, informándose de su salud por mediación de un primo (curiosa semejanza: a Meursault, en El extranjero de Camus, también se le acusa de no querer a su madre). La segunda prueba es la relación con la señorita Bürstner, relación, según Brod, de la «más rastrera sexualidad» (die niedrigste Sexualitat). «Obnubilado por la sexualidad, Joseph K. no ve en la mujer a un ser humano.»

Eduardo Goldstücker, kafkólogo checo, en su prólogo a la edición praguense de El proceso en 1964, condenó a K. con parecida severidad, aunque su vocabulario no estuviera salpicado, como el de Brod, de teología, sino de sociología marxizante: «Joseph K. es culpable porque ha permitido que su vida se mecanizara, automatizara, alienara, que se adaptara al ritmo estereotipado de la máquina social, que se dejara despojar de todo lo que es humano; así, K. ha trasgredido la ley a la que, según Kafka, toda humanidad está sometida y que es: “Sé humano”». Tras padecer un terrible proceso estalinista en el que se le acusó de crímenes imaginarios, Goldstücker estuvo, en los años cincuenta, cuatro años en prisión. Me pregunto: en cuanto víctima él mismo de un proceso, ¿cómo pudo, diez años después, procesar a otro acusado tan poco culpable como él?

Según Alexandre Vialatte (L’histoire secrete du «Procés», 1947), el proceso en la novela de Kafka es el que Kafka incoa contra sí mismo, al no ser K. otro que su alter ego: Kafka había roto su noviazgo con Felice, y el futuro suegro «había vuelto adrede de Malmö para juzgar al culpable. La habitación del Askanien-Hotel en el que se desarrolla la escena (en julio de 1914) causó en Kafka el efecto de un tribunal. […] Al día siguiente empezó a escribir La colonia penitenciaria y El proceso. Ignoramos el crimen de K., y la moral comente lo absuelve. Sin embargo, su “inocencia” es diabólica. […] K. ha contravenido misteriosamente las leyes de una misteriosa justicia que no tiene comparación alguna con la nuestra. […] El juez es el doctor Kafka, el acusado el doctor Kafka. Se declara culpable de diabólica inocencia».

Durante el primer proceso (el que cuenta Kafka en su novela), el tribunal acusa a K. sin señalar el crimen. Los kafkólogos no se extrañan de que se pueda acusar a alguien sin decir por qué y no se apresuran a meditar la sabiduría ni apreciar la belleza de esta inaudita invención. Por el contrario, se ponen a desempeñar el papel de fiscales en un nuevo proceso que incoan ellos mismos contra K. intentando esta vez identificar la verdadera falta del acusado. Brod: ¡no es capaz de amar! Goldstücker: ¡consintió que su vida se mecanizara! Vialatte: ¡rompió su noviazgo! Hay que concederles este mérito: su proceso contra K. es tan kafkiano como el primero. Pues, si en su primer proceso K. no es acusado de nada, en el segundo es acusado de cualquier cosa, lo cual vuelve a ser lo mismo ya que en los dos casos algo queda claro: K. es culpable no porque haya cometido una falta, sino porque ha sido acusado. Ha sido acusado, por lo tanto debe morir.

Culpabilización

No hay más que un único método para comprender las novelas de Kafka. Leerlas como se leen las novelas. En lugar de buscar en el personaje de K. el retrato del autor y en las palabras de K. un misterioso mensaje cifrado, seguir atentamente el comportamiento de los personajes, sus comentarios, su pensamiento, e intentar imaginarlos ante nosotros. Si se lee así El proceso, se queda uno, desde el principio, intrigado por la extraña reacción de K. a la acusación: sin haber hecho nada malo (o sin saber qué ha hecho mal), K. empieza enseguida a comportarse como si fuera culpable. Se siente culpable. Se le ha hecho culpable. Se le ha culpabilizado.

Antes, entre «ser culpable» y «sentirse culpable» no se veía más que una relación muy simple: se siente culpable el que es culpable. La palabra «culpabilizar», en efecto, es relativamente reciente; en francés fue empleada por primera vez en 1966 gracias al psicoanálisis y a sus innovaciones terminológicas; el sustantivo derivado de este verbo («culpabilización») se creó dos años después, en 1968. Ahora bien, mucho tiempo antes, la situación hasta entonces inexplorada de la culpabilización fue expuesta, descrita, desarrollada en la novela de Kafka, en el personaje de K., y ello en las distintas fases de su evolución:

Fase 1: Vana lucha por la dignidad perdida. Un hombre absurdamente acusado y que todavía no pone en duda su inocencia se encuentra molesto al ver que se comporta como si fuera culpable. Comportarse como un culpable y no serlo tiene algo de humillante, por lo que se esfuerza en disimularlo. Esta situación expuesta en la primera escena de la novela está condensada, en el siguiente capítulo, en esta broma de una enorme ironía:

Una voz desconocida llama por teléfono a K.: deberá ser interrogado el domingo siguiente en una casa de la periferia. Sin dudar, decide ir; ¿por obediencia?, ¿por miedo?, oh no, la automistificación funciona automáticamente: quiere ir para acabar de una vez con los pelmazos que le hacen perder el tiempo con su estúpido proceso («el proceso se tramaba y había que enfrentarse a él, para que esta primera sesión fuera también la última»). Una hora después, el director del banco en el que trabaja le invita a su casa el mismo domingo. La invitación es importante para la carrera de K. ¿Renunciará, pues, a la grotesca citación? No; declina la invitación del director porque, sin querer confesárselo, ya está subyugado por el proceso.

Así pues, el domingo, va. Se da cuenta de que la voz que le dio por teléfono la dirección olvidó indicarle la hora. No importa; se apresura y corre (sí, literalmente, corre, en alemán: er lief) atravesando la ciudad. Corre para llegar a tiempo, aunque no le indicaran ninguna hora. Admitamos que tiene razones para llegar lo antes posible; pero, en tal caso, en vez de correr, ¿por qué no tomar un tranvía que, por cierto, pasa por su propia calle? La razón es ésta: se niega a tomar el tranvía porque «no tenía ningunas ganas de rebajarse delante de la comisión dando prueba de una excesiva puntualidad». Corre hacia el tribunal, pero corre hacia él como un hombre orgulloso que no se rebaja.

Fase 2: Prueba de fuerza. Por fin llega a una sala donde le esperan. «Así que es usted pintor de brocha gorda», dice el juez, y K., ante el público que llena la sala, reacciona con brío al ridículo error: «No, soy el primer apoderado de un gran banco», y a continuación, en un largo discurso, fustiga la incompetencia del tribunal. Envalentonado por los aplausos, se siente fuerte y, según el conocido tópico del acusado que se convierte en acusador (Welles, admirablemente sordo a la ironía kafkiana, se dejó engañar por este tópico), desafía a sus jueces. El primer choque se produce cuando descubre las insignias en el cuello de todos los participantes y comprende que el público a quien él creía seducir está formado tan sólo por «funcionarios del tribunal […] reunidos allí para escuchar y espiar». Se va y, al llegar a la puerta, le espera el juez de instrucción, que le advierte: «Ha perdido usted la ventaja que un interrogatorio representa siempre para un acusado». K. exclama: «¡Sinvergüenzas! ¡Podéis quedaros con todos vuestros interrogatorios!».

No comprenderemos nada de esta escena si no la vemos a la luz de sus relaciones irónicas con lo que ocurre inmediatamente después de la rebelde exclamación de K. con la que termina el capítulo: «K. esperó la semana siguiente día tras día a recibir una nueva citación; no conseguía imaginar que se hubieran tomado al pie de la letra su negativa a ser juzgado, y, al no haber todavía recibido nada el sábado por la noche, supuso que estaba tácitamente citado para la misma hora en el mismo edificio. Por eso, volvió a ir el domingo…».

Fase 3: Socialización del proceso. El tío de K. llega un día del campo, alarmado por el proceso que se está llevando a cabo contra su sobrino. Hecho notable: el proceso es de lo más secreto, clandestino, podría decirse, y, no obstante, todo el mundo está al corriente. Otro hecho notable: nadie duda de que K. es culpable. La sociedad ha adoptado ya la acusación aportando además el peso de su aprobación tácita (o de su no desacuerdo). Cabría esperar una indignada sorpresa: «¿Cómo han podido acusarlo? Por cierto, ¿de qué crimen?». Ahora bien, el tío no se sorprende. Está tan sólo asustado ante la idea de las consecuencias que el proceso tendrá para todos los familiares.

Fase 4: Autocrítica. Para defenderse contra el proceso que se niega a formular la acusación, K. acaba por encontrar él mismo su falta. ¿Dónde estará escondida? Sin duda en algún lugar de su curriculum vitae. «Tenía que recordar toda su vida, hasta los actos y hechos más ínfimos, para exponerla y examinarla bajo todos los aspectos.»

La situación está lejos de ser irreal: en efecto, así es como una mujer simple, acorralada por el infortunio, se preguntará: ¿qué mal habré hecho yo? y se pondrá a hurgar en su pasado, examinando no sólo sus actos, sino también sus palabras y sus pensamientos secretos para comprender la ira de Dios.

La práctica política del comunismo creó para semejante actitud la palabra autocrítica (palabra utilizada en francés, en su sentido político, hacia 1930; Kafka no la utilizaba). El uso que se hizo de esta palabra no responde exactamente a su etimología. No se trata de criticarse (separar los lados buenos de los malos con la intención de enmendar los defectos), se trata de encontrar cada uno su culpa para poder ayudar al acusador, para poder aceptar y aprobar la acusación.

Fase 5: Identificación de la víctima con su verdugo. En el último capítulo, la ironía de Kafka alcanza su horrible culminación: dos individuos con levita van a por K. y lo sacan a la calle. Primero se resiste, pero pronto se dice: «Lo único que puedo hacer […] es conservar hasta el final la claridad de mi razonamiento […]. ¿Debo mostrar ahora que no he aprendido nada durante un año de proceso? ¿Debo irme como un imbécil que no ha entendido nada?…».

Luego, ve de lejos a dos guardias municipales caminando. Uno de ellos se acerca al grupo, que le parece sospechoso. En ese momento, K., por su propia iniciativa, se lleva a la fuerza a los dos individuos, poniéndose incluso a correr con ellos con el fin de escapar de los guardias, quienes, no obstante, habrían podido entorpecer y tal vez, ¿quién sabe?, impedir la ejecución que le espera.

Por fin llegan a su destino; los individuos se preparan para degollarlo y, en este momento, una idea (su última autocrítica) atraviesa la cabeza de K.: «Su deber hubiera sido el de empuñar él mismo ese cuchillo […] y hundírselo en el cuerpo». Y deplora su debilidad: «El no podía crear del todo sus pruebas, no podía descargar a las autoridades de todo el trabajo; la responsabilidad de esta última falta incumbía al que le había negado el resto de fuerza necesario».

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