El clac de Sarmiento – Fray Mocho



Era en 1874, creo que en mayo.

Unos cuantos muchachos que estábamos encerrados entre las cuatro paredes de aquel legendario colegio del Uruguay -que tantas glorias ha dado a la política, a la ciencia y a las letras argentinas- supimos con gran alborozo una mañana, que ese día no había clase.

¿No haber clase? ¿Recuerdan los lectores lo que es esta noticia para un colegial?

La muerte de un emperador, un crac en la bolsa, los amores de un papa… nada iguala en importancia:  ¡todo es pequeño no más ante ello !..

Enterada la clase de la fausta noticia, vinimos a saber que se festejaba la llegada al pueblo -¡nada menos que a la Concepción del Uruguay!- del excelentísimo señor Presidente de la República, doctor don Domingo Faustino Sarmiento, personaje cuyo nombre y significado eran para muchos de nosotros ­-payucases que nos estábamos limando y puliendo en aquel taller donde tantos, entrados en nuestras mismas condiciones, habían salido transformados en gallos- perfectos y totalmente desconocidos.

¿Acaso nosotros nos ocupábamos del presidente, de sus ministros, ni de nadie que no fuera relacionado con las cuatro paredes que nos encerraban, privándonos de libertad, que era nuestro anhelo? ¡Demasiado teníamos que hacer con los titeos a los profesores, los robos de comestibles al vecindario, las peleas caseras sobre si Mario tenía más valor que Sila o sobre si Yugurta tenía una o dos verrugas en la nariz, para ir a ocuparnos todavía de presidentes y gobernadores, de la política y de gente que no era colegial!  Porque para nosotros no ser colegial, era algo así como ser microorganismo insignificante.

Nuestros caudillos, los que nos apasionaban, eran hombres de la historia griega y romana, caballeros de la Edad Media, los convencionales del 93, y, finalmente, Napoleón, a quien le conocíamos la vida y milagros, llegando hasta inventarle frases ampulosas, de corte ciceroniano.

Los hombres de la vida contemporánea no existían para nosotros, y menos existían los del país. ¿Quién se iba a ocupar de ellos si no eran colegiales?

El rector, conociendo su gente, nos reunió en el patio y nos proclamó, queriendo infiltrarnos un poco del entusiasmo que a él lo dominaba; no era para menos: tenía un miedo bárbaro de que lo destituyeran, como después ocurrió.  A nosotros, del discurso, no nos quedó sino esto: que habría salida después que el encumbrado personaje nos visitara.

A la una de la tarde sonó la campana, tocada por Vizcacha, el portero legendario, y todos corrimos a formar en la galería.  Allí estábamos graves, atentos, esperando la visita.  De repente se abre la puerta de hierro, maciza y pesada, y aparece el encumbrado personaje seguido de una multitud de pecheras blancas y de caballeros engalonados.  Sarmiento, con su aire petulante que a la legua lo denunciaba, comenzó a mirarnos y a revistamos con ojos de persona entendida.  Le tomamos olor a maestro de escuela, instintivamente.  Tenía un clac en la mano, prenda que ninguno de nosotros conocía: eso, recuerdo, fue lo único que nos llamó la atención en el Presidente de la República.

Una frase comenzó a correr en las filas.

-¡ Mirá, che… qué sombrero! ¿Dónde se pondrá la cabeza?

Ya los ojos se me llevaban la curiosidad, tal era aquella prenda de rara y de una forma no soñada.  El señor Presidente, con su aire de suficiencia, nos examinaba y miraba al rector, que, sabiéndolo sordo -cosa que ignorábamos- se veía en aprietos para hablar sin ofender su susceptibilidad; de repente un indiscreto rayo de sol vino a quemar aquel cráneo presidencial, pelado como una piedra.  El personaje tocó el resorte de su sombrero y, éste, al armarse, satisfizo nuestra curiosidad y nos arrancó una carcajada homérica, y tras ella otra y otra.  Aquello era tremendo: el rector estaba pálido.  Sarmiento, indignado, nos dirigió una alocución en que nos dijo que éramos unos bárbaros, dignos hijos de una provincia que degollaba a sus gobernantes y donde los hombres buscaban la razón en el filo de sus dagas; ¡que más que estudiantes parecíamos indios!

Alguien ensayó una silba: fue la señal.

El Presidente y su comitiva traspusieron la pesada puerta en medio de una rechifla sin igual, que horas más tarde -durante la manifestación que el gobernador Echagüe y su ministro Febre le habían cuidadosamente preparado- se repitió, habiéndonos mezclado nosotros a la manifestación.

¡El rector por poco no lloraba!

Pasaron los días, y algunos diarios de Buenos Aires fueron al colegio. ¡Era de ver cómo nos pintaba, cómo nos ponía!  Nos calificaba de “horda salvaje que obedecía al látigo del caudillo Jordán”, y de “lobeznos que se alimentan con sangre”. ¡Y esto era lo de menos!

Se atribuía un móvil político, a lo que era sólo producto de un clac presidencial; ¡lo cierto es que este hecho nos enseñó a saber, por experiencia, cómo se escribe la historia!

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