Aké (Los años de la ñiñez) – Wole Soyinka


Capitulo I

Aké ya no es más que un terreno extendido y ondulante. Fue algo más que una mera lealtad a los te­rrenos de la vicaría lo que dio origen a un enigma, y a un resentimiento, a que Dios escogiera contemplar desde arriba su propia avanzada de religiosidad, los terrenos de la vicaría, desde las alturas profanas de Itoko. Claro que existía el misterio del establo del Jefe, donde vivían los caballos cerca de la cima del cerro, pero más allá aquel camino mareante seguía subiendo y subiendo, de un mercado ruidoso a otro, y contemplaba desde arriba Ibarapa e Ita Aké, y más allá hasta los lugares más recónditos de la vicaría en sí.

Los días de niebla, la cuesta que subía hasta Itoko se juntaba con el cielo. Si bien era posible que Dios no viviera efectivamente allí, no cabía duda de que donde primero había descendido era a aquella cima, de que después había dado un único paso gigan­tesco por encima de los mercados tumultuosos —que osaban vender en domingo— hasta llegar a la Iglesia de San Pedro, y que después había llegado a los terrenos de la vicaría a tomar el té con el Canónigo. Quedaba el pequeño consuelo de que, pese a la tentación de lle­gar a caballo, no se había parado primero a ver al Jefe, que se sabía era pagano; desde luego, al Jefe nunca lo veíamos en la iglesia más que en los aniver­sarios de la coronación del Alake. Por el contrario, Dios llegaba directamente a la Iglesia de San Pedro a los oficios matutinos, hacía una breve parada duran­te los oficios de la tarde, pero reservaba su presencia más exótica y formal para los oficios vespertinos, que en honor suyo siempre se celebraban en idioma in­glés. En los oficios vespertinos, el órgano adquiría una sonoridad oscura y ahumada, y no cabía duda de que el órgano iba adaptando sus sonidos normales para acompañar a las respuestas sepulcrales del propio Dios, con su timbre de egúngún [Ceremonia ancestral de varias máscaras], a las plegarias que se le ofrecían.

La residencia del Canónigo era la única que po­día alojar al Invitado semanal. Para empezar, era el único edificio de un piso de toda la vicaría, cuadrado y sólido como el propio Canónigo, lleno de ventanas negras con marcos de madera. BishopsCourt tam­bién era un edificio de un piso, pero en él no vivían más que alumnos, de manera que no era una casa. Desde el piso de arriba de la casa del Canónigo casi se podía mirar directamente a los ojos paganos de Itoko. Estaba en el punto habitado más alto de los terrenos de la vicaría y casi miraba por encima de la puerta principal de éstos. Tenía la espalda vuelta al mundo de los espíritus y de los ghommids [Espíritus de los árboles que, según se cree, también pueden vivir en tierra]  que ha­bitaban el denso bosque y que perseguían hasta su casa a los niños que se habían aventurado demasiado lejos en busca de leña, setas y caracoles. El edificio cuadrado y blanco del Canónigo era un baluarte contra la amenaza y el asedio de los espíritus del bosque. Su muro trasero demarcaba el territorio de aquéllos y les impedía tomarse libertades con el mundo de los seres humanos.

Las aulas de la escuela primaria eran las únicas que compartían aquella proximidad al bosque, y por la noche estaban vacías. Encerrada por muros rugosos y encalados, por las traseras sin ventanas de las ca­sas, por túmulos de piedras que en vano trataban de oscurecer los árboles gigantescos, la vicaría de Aké, con sus tejados de plancha ondulada, tenía el aspecto de una fortaleza. A salvo en su interior, bajábamos o subíamos según nos apetecía por planos imbricados, superpuestos, por pendientes de peñascos que caían a pico, entre matojos de monte bajo y por en medio de huertos de frutales que aparecían repentinamente. Por todas partes había plantas de quingombó. El aire se llenaba del perfume de los limoneros, las guayabas, los mangos, se ponía pegajoso con la resina del bum-bum y las secreciones del árbol de la lluvia. Los re­cintos escolares estaban rodeados por aquellos árbo­les de la lluvia, con sus anchas ramas que esparcían sombra. Por encima de las acacias se erguían los pinos aciculares, y los bosques de bambú siempre nos po­nían nerviosos; si las serpientes monstruosas pudieran escoger, seguro que los matorrales de bambú serían su residencia ideal.

Entre el lado izquierdo de la casa del Canónigo y los campos de juego de la Escuela estaba el Plantío. Era demasiado variado, demasiado profuso para lla­marlo jardín, o ni siquiera huerto. Y en él había plan­tas y frutas que convertían al Plantío en una exten­sión de las clases de Historia Sagrada, las lecciones o los sermones de la iglesia. Había una planta de hojas moteadas blancas y rojas a la que llamábamos lirio de Cana. Cuando clavaron a Cristo en la Cruz y de sus heridas saltó la sangre, unas cuantas gotas se que­daron pegadas en las hojas del lirio y lo estigmatiza­ron para siempre. Nadie se molestaba en explicar la causa de las abundantes manchas blancas que también aparecían en cada una de las hojas. Quizá tuvieran que ver con el lavado de los pecados en la sangre de Cris­to, que dejaban incluso las manchas más oscuras del alma de una persona blancas como la nieve. También había la fruta de la Pasión, producto de otra parte de la misma historia, y que sin embargo no nos gus­taba a ninguno de los niños. Era agradable frotarse la palma de la mano con su turgente piel verde, pero al madurar se ponía de un amarillo marchito, y su ter­sura se hundía como las caras de los ancianos de am­bos sexos a los que conocíamos. Y apenas si era dul­ce, con lo cual no pasaba por la prueba infalible de lo que era una fruta de verdad. Pero el rey del plantío era el granado, que no era producto de una semilla de la iglesia de piedra sino más bien de la lírica Escuela Dominical. Pues era en la Escuela Dominical donde se contaban las historias de verdad, las historias que vi­vían realmente por sí solas y que traspasaban la fron­tera del tiempo de los domingos o de las hojas de la Biblia y penetraban en el mundo de los países, los hombres y las mujeres de fábula. El granado tenía una producción de lo más mezquino. No rendía su fruto, aparentemente duro, sino muy de tarde en tar­de, pese a la paciencia con que lo cuidaban las manos y la cara de venas abultadas pertenecientes a alguien a quien sólo conocíamos por el nombre de Jardinero. Jardinero era la única persona en quien se podía con­fiar para que compartiese aquella rara fruta entre la banda, pequeña y fiel, de observadores del granado, pero aunque nos diera el trozo más pequeño, servía para trasladarnos al mundo ilustrado de la Historia Sagrada. El granado era la Reina de Saba, rebeliones y guerras, la pasión de Salomé, el Sitio de Troya, el elogio de la belleza en el Cantar de los Cantares. Aquella fruta, con su aspecto y su tacto pedregoso, abría las cuevas de Ali Baba, sacaba al genio de la lámpara de Aladino, tocaba las cuerdas del arpa que devolvió la cordura a David, separaba las aguas del Nilo y llenaba nuestra vicaría de incienso procedente del sombrío templo de Jerusalén.

Jardinero decía que sólo crecía en el Plantío. El granado venía de fuera de la tierra del negro, pero algún obispo anterior, un hombre blanco, había traí­do las semillas y las había plantado en el Plantío. Preguntamos si aquéllo era lamanzana, pero Jardine­ro se echó a reír y dijo que no. Y añadió que aquella manzana tampoco se encontraría en la tierra del ne­gro. Pensábamos que Jardinero era un ignorante. Era evidente que la granada era la única manzana que podía hacer perder a Adán y Eva las delicias del pa­raíso. Había otra fruta a la que nosotros también lla­mábamos manzana, suave pero turgente, con una piel de un rosa pálido y bastante jugosa. Antes de que lle­gara la granada se le había asignado la identidad de la manzana que acabó con la pareja desnuda. El primer mordisco de granada sirvió para desenmascarar a la impostora, a la cual sustituyó.

En la higuera habitaban bandadas de murciéla­gos, cuyas deyecciones llenas de semillas cubrían las piedras, las praderas, los senderos y los arbustos antes del amanecer. Había un tilo, suave e inmenso, al bor­de del campo de juegos del lado del recinto del li­brero, que desafiaba al harmattan[ viento muy cálido y seco]; llenaba los terre­nos de la vicaría con un concierto infatigable de pája­ros tejedores.

Algo terrible ha ocurrido en los terrenos de la vicaría de Aké. La tierra está erosionada, las praderas agostadas y de sus techumbres, que antes eran tan discretas, ha desaparecido todo misterio. Antes, a cada nuevo día aparecía un lugar nunca visto, un montoncillo de piedras, un seto y una colonia de caracoles. El esqueleto del automóvil no se ha movido de su punto de partida, donde los niños nos metíamos en él para hacer viajes a lugares fabulosos; ahora no es más que un cadáver, con sus ojos convertidos en huecos oxidados, su cara de dragón hundida por la pérdida progresiva de los dientes. Del incinerador abandona­do, con sus malas hierbas tan grandes y sus serpientes relucientes, no queda más huella que un montón de barro. Las casas supervivientes, casas que formaron los baluartes de la vicaría de Aké, se han convertido en cajas de embalar, en medio de un paisaje vacío, lleno de chirridos, desnudo y sin nervios.

Y también han desaparecido las sensaciones de antes. Incluso las praderas abiertas y los anchos cami­nos, bordeados de piedras encaladas, lirios y matojos de citronela que cambiaban de naturaleza según las estaciones, según que fuera día de semana o domingo y que fuera mediodía o el atardecer. Y los ecos que re­botaban en los muros de la parte baja de la vicaría iban adquiriendo nuevas tonalidades con las estacio­nes, cambiaban al irse vaciando las praderas cuando las escuelas cerraban por vacaciones.

Si yo me echaba boca arriba en la pradera de­lante de nuestra casa, mirando al cielo, con la cabeza en dirección a Bishops Court, cada una de mis piernas apuntaba a los recintos internos de la Vicaría Baja. La mitad de la Escuela Anglicana de Muchachas ocupaba uno de aquellos espacios inferiores, y la otra mitad había pasado a ocupar Bishops Court. La parte inferior contenía las aulas para las niñas más pequeñas, una residencia, un pequeño plantío de papayas, guayabas, algo de bambú y malas hierbas. En la estación de las lluvias siempre se encontraban caracoles. En el otro recinto bajo estaba el librero de la misión, un hombre­cillo arrugado, casado con una esposa muy tranquila sobre cuya inmensa espalda todos nosotros habíamos, en algún momento, dormido o contemplado el mundo. Su recinto se convirtió en un atajo hacia la carretera que conducía a Ibará, Lafenwá o Igbéin y su Escuela Media, dirigida por Ransome-Kuti quien vivía en ella con su familia. El recinto del librero contenía el único pozo de la vicaría; en la estación seca nunca estaba vacío. Y sus tierras parecían ser las únicas que pro­ducían cocoteros.

Bishops Court, de la Vicaría Alta, ya no existe. A veces aparecía allí el Obispo Ajayi Crorwther entre dos arbustos de hortensias y buganvillas, un rostro de gnomo con ojos saltones cuya fotografía oficial habíamos visto por primera vez en el frontispicio de su biografía. El maestro nos dijo que había vivido en Bishops Court, y a partir de aquel momento empezó a contemplarnos entre las plantas siempre que yo pa­saba junto a la casa a llevar un recado a nuestra Tía Abuela, la Sra. Lijadu. Bishops Court se había conver­tido en dormitorio anexo a la escuela de las niñas y en un campo de juego más para nosotros durante las vacaciones. El Obispo estaba sentado, en silencio, en el banco que había bajo el porche de madera sobre la entrada, con las túnicas todas enredadas entre los ta­llos cada vez más largos de la buganvilla. Cuando los ojos se le convirtieron en meras cuencas me acerqué más a él. Entonces mis ideas se desviaron hacia otra fotografía en la cual él llevaba un traje de cura, con chaleco, y yo me preguntaba dónde mantenía en reali­dad el extremo de la cadena de plata que le desapa­recía en el bolsillo. El me sonreía y decía: «Acércate, que te lo enseño.» Cuando yo avanzaba hacia el por­che él iba sacando la cadena hasta extraer un reloj de bolsillo totalmente redondo que brillaba como plata maciza. Apretaba un botón que tenía en la tapa y ésta se abría y no revelaba el cristal y la esfera, sino un espacio profundo lleno de nubes. Después me gui­ñaba un ojo y éste se le caía de la cara al hueco del reloj. Guiñaba el otro y éste se reunía con su compa­ñero dentro del reloj. Volvía a tapar el reloj, volvía a hacer un gesto con la cabeza y ésta se quedaba calva, le desaparecían los dientes, y la piel se le iba estirando hasta que quedaban al aire los pómulos blancos. En­tonces se ponía de pie y tras volverse a meter el reloj en el bolsillo del chaleco, daba un paso hacia mí. Yo huía a casa.

A veces parecía que Bishops Court quería rivali­zar con la casa del Canónigo. Parecía ser una casa-bar­co, pese a su protección de piedras encaladas y de flores relucientes, a su fachada de madera tallada casi total­mente sumergida entre buganvillas. Y también estaba bajo la sombra de aquellos peñascos omnipresentes, entre cuyas hendiduras crecían milagrosamente árboles altos de grandes copas. Iban llegando las nubes, y los peñascos se confundían en la habitual turbulencia gris de ellas, y después los árboles se mecían adelante y atrás hasta quedar suspendidos sobre Bishops Court. Aquéllo sólo ocurría cuando había grandes tormentas. Bishops Court, al contrario que la casa del Canónigo, no daba a las peñas ni a los bosques. Estaba separada de ellos por los campos de juego de las niñas, y sa­bíamos que aquella separación siempre había existi­do. Era evidente que los obispos no sentían inclina­ción a desafiar a los espíritus. Sólo podían hacerlo los vicarios. El que el Obispo Ajayi Crowther me hubiera hecho salir muerto de miedo de aquel recinto con sus extrañas transformaciones sólo servía para confirmar que los Obispos, cuando morían, se iban al mundo de los espíritus y los fantasmas. Yo no podía creer que el Canónigo se fuera a ir deshaciendo así ante mis ojos, ni tampoco el Rev. J. J. que había ocupado an­tes aquella casa, hacía muchos años, cuando mi madre era todavía una niña como nosotros. De hecho, en sus tiempos J. J. Ransome-Kuti había rechazado a varios ghommids; mi madre lo confirmaba. Era su sobrina nieta, y hasta que vino a vivir a nuestra casa, había vivido con la familia del Rev. J. J. También su her­mano Sanya había vivido allí, y todo el mundo reco­nocía que era un oró, de modo que se sentía en casa en los bosques, incluso de noche. Sin embargo, en una ocasión debe de haber ido demasiado lejos.

—Ya nos habían visitado antes para quejarse —decía ella—. Claro que no entraban de hecho en el recinto, sino que se quedaban en el borde, donde termi­naba el bosque. Su jefe, el que hablaba, lanzaba chis­pas de la cabeza, que parecía ser una esfera toda de ascuas, no (estoy mezclando dos ocasiones) aquello fue la segunda vez, cuando nos persiguió hasta casa. La primera vez no hicieron más que enviar un emisario. Era muy negro, bajito y de gesto adusto. Vino hasta el patio y se quedó allí mientras nos ordenaba que llamásemos al Reverendo.

»Era como si el Tío hubiera estado esperando aquella visita. Salió de la casa y le preguntó qué que­ría. Nos amontonamos todos en la cocina a mirar fur­tivamente.»

—¿Qué voz tenía? ¿Hablaba igual que un egún-gún?

—Eso viene ahora. Aquel hombre, … bueno, supongo que habría que decir que era un hombre… No era del todo humano, y se le notaba. Tenía la cabeza demasiado grande y siempre miraba al suelo. Enton­ces dijo que había venido a acusarnos. No les impor­taba que fuéramos al bosque ni siquiera de noche, pero no querían que entrásemos en ninguna parte más allá de las peñas y del bosquecillo de bambú junto al arroyo.

—Bueno, y, ¿qué dijo el Tío? Y no nos has dicho qué voz tenía.

Tinu me echó su mirada de hermana mayor.

—Deja que Mamá termine la historia.

—Quieres saberlo todo. Muy bien, hablaba exactamente igual que tu padre. ¿Estás contento?

No lo creí, pero lo dejé pasar:

—Sigue. ¿Qué hizo el Tío Abuelo?

—Nos llamó a todos y nos dijo que no volvié­ramos a aquel sitio.

—¡Pero volvisteis!

—Bueno, ya conoces a tu Tío Sanya. Se había enfadado. Para empezar, los mejores caracoles son los que hay al otro lado del arroyo. Así que siguió queján­dose de que aquellos oró estaban siendo unos egoístas, y diciendo que iba a enseñarles quién era él. Y eso fue lo que hizo. Una semana después, más o menos, nos volvió a llevar allí. Y la verdad era que tenía razón. Llenamos una banasta y media de los caracoles más grandes que habéis visto en vuestra vida. Bueno, para entonces ya nos habíamos olvidado del aviso, había una luna muy grande, y además ya os he dicho que el propio Sanya es un oró…

—Pero, ¿por qué? Parece normal, como tú y como nosotros.

—Todavía no lo comprendes. En todo caso, es un oró. Así que con él nos sentíamos a salvo. Hasta que de pronto empezó a brillar a lo lejos una especie de luz, como una bola de fuego. Aunque todavía esta­ba muy lejos, no parábamos de oír voces, como si en torno a nosotros hubiera un montón de personas que gruñeran lo mismo. Decían algo así como: «Niños tercos e insolentes, os hemos avisado y avisado, pero no queréis escuchar…»

La Cristiana Salvaje miró por encima de nues­tras cabezas, frunciendo el ceño para recordar mejor:

«Ni siquiera se puede decir “ellos”. Lo único que vi yo fue aquella figura de fuego, y todavía estaba muy lejos. Pero la oía con toda claridad, como si tu­viera muchas bocas y me las apretara todas contra las orejas. Y la bola de fuego se iba haciendo cada vez mayor a cada momento.»

—¿Qué hizo el Tío Sanya? ¿Se peleó con él?

—¿Sanya wo ni yen? Fue el primero que se echó a correr. ¡Bo o ló o yá mi, o di kítipá kítlpá! [¡Si no queréis correr, apartaos de mi camino!] Nadie se acordó de aquellos caracoles tan grandes. Aquel iwin nos siguió hasta que llegamos a casa. Nuestros chillidos habían llegado antes que nosotros, y toda la casa estaba… bueno, ya os podéis imaginar el jaleo que había. El Tío ya había bajado las escaleras a toda prisa y estaba en el patio de atrás. Pasamos corriendo a su lado mientras él salía a enfrentarse con aquel ser. Aquella vez el iwin llegó a pasar del borde del bosque, y siguió adelante como si quisiera seguir­nos hasta dentro de la casa, ya sabéis, que no corría, sino que nos perseguía con toda la paciencia del mundo.

Esperamos. ¡Ahora venía lo gordo! La Cristia­na Salvaje se quedó pensativa mientras nosotros per­manecíamos en el suspense. Después dio un hondo suspiro y meneó la cabeza con una extraña tristeza:

—Ya ha acabado la era de la fe. Entre nues­tros primeros cristianos abundaba mucho la fe, de la de verdad, no sólo de esa que consiste en ir a la iglesia y cantar himnos. La fe. Igbagbó. Y esa fe es la que pro­duce la verdadera fuerza. El Tío se quedó allí como una piedra, sacó la Biblia y ordenó: «¡Atrás! Vuélvete al bosque que es tu casa. ¡Atrás, te digo en nombre de Dios!» Ejém. Y se acabó. Aquel ser sencillamente se dio la vuelta y se echó a correr, y las chispas le salían cada vez más rápido, hasta que ya no quedó más que un débil resplandor que iba desapareciendo por en medio del bosque —dio un suspiro—. Claro que aquella noche, después de rezar, hubo que pagar el precio. Seis correazos a cada uno. Y a Sanya doce. Y nos pasamos toda la semana cortando la hierba.

Yo no pude por menos de pensar que ya el sus­to era bastante castigo. Sin embargo, la Cristiana Sal­vaje, mirando a lo lejos en dirección a la casa cuadra­da, pareció advertir lo que estaba pensando yo, y añadió:

—Fe y Disciplina. Aquello era lo fundamental para los primeros creyentes. ¡Bah! Dios ya no crea gente como aquella. Cuando pienso en el que ocupa ahora esa casa… —y pareció recordar que estábamos nosotros allí:

—¿Qué estáis haciendo aquí los dos a estas horas? ¿No es hora de que os bañéis? ¡Lawanle!

Desde una parte remota de la casa, la «Tía» Lawanle replicó:

—Ma.

Antes de que apareciese recordé a la Cristiana Salvaje:

—Pero no nos has dicho por qué el Tío Sanya es un oró.

Ella se encogió de hombros:

—Lo es. Lo he visto con mis propios ojos.

Ambos gritamos:

—¿Cuándo?  ¿Cuándo?

Nos sonrió:

—No lo comprenderíais. Pero ya os lo contaré alguna vez. O que os lo cuente él la próxima vez que venga.

—¿Quieres decir que lo viste transformarse en oro?

Justo en aquel momento llegó Lawanle y se dispuso a hacerse cargo de nosotros:

—¿No es hora ya de que se bañen los niños?

Imploré:

—No, espera, Tita Lawanle —aunque sabía que era perder el tiempo. Ya nos había agarrado a cada uno de un brazo. Volví a gritar—: ¿Era el Obis­po Crowether un oró?

La Cristiana Salvaje se echó a reír:

—Y, ¿qué vais a preguntar ahora? Ah, ya veo. Ya os han hablado de él en la Escuela Dominical, ¿no?

—Yo lo he visto —dije, tirando de la puerta para cerrarla y obligando a Lawanle a detenerse—. Yo lo veo todo el tiempo. Viene a sentarse bajo el porche de la Escuela de Niñas. Lo he visto cuando cruzaba el recinto camino de la Tía Lijadu.

—Muy bien —suspiró la Cristiana Salvaje—. Id a tomar vuestro baño.

—Se esconde entre las buganvillas… —y La­wanle me alejó para que no me siguiera oyendo.

Aquella misma tarde, después, nos contó el res­to de la historia. En aquella ocasión, el Rev. J. J. esta­ba fuera de Aké, en uno de sus muchos viajes a las mi­siones. Se iba muchas veces, unas a pie y otras en bicicleta, con objeto de mantenerse en contacto con todos los grupos de su diócesis y de difundir la Pala­bra de Dios. Tropezaba con oposición muy a menudo, pero nada lo disuadía. Tuvo una experiencia aterrado­ra en una de las aldeas de Ijebu. Le habían advertido que no predicase en un día determinado, que era el día de una salida de los egúngún, pero persistió y ce­lebró los oficios. El desfile de los egúngún pasó mien­tras estaban en marcha los oficios, y uno de ellos, uti­lizando la voz de los antepasados, exhortó al predica­dor a que se detuviera inmediatamente, dispersara a su gente y saliera a rendir homenaje. El Rev. J. J. no le hizo caso. Entonces el egúngún se marchó y se llevó consigo a sus seguidores, pero al pasar junto a la puer­ta principal la golpeó tres veces con su varita. Apenas había salido del local de la iglesia el último miembro de su procesión cuando el edificio se derrumbó. Sen­cillamente, las paredes se cayeron y el techo se desin­tegró. Sin embargo, de manera milagrosa, las paredes se derrumbaron hacia afuera, mientras que los sopor­tes del techo cayeron entre los pasillos o salieron vo­lando por cualquier parte, pero no sobre los feligreses. El Rev. J. J. calmó a los fieles, hizo una pausa en su prédica para entonar una plegaria de acción de gra­cias y continuó con su sermón.

Quizá fuera aquello a lo que aludía la Cristiana Salvaje cuando hablaba de la Fe. Y aquello tendía a confundir las cosas, porque, después de todo, el egún­gún había hecho que se derrumbara el edificio de la iglesia. La Cristiana Salvaje no hizo ninguna tentativa de explicar cómo había ocurrido aquello, de manera que la hazaña tendía a ser del mismo género que la Fe que movía montañas o que permitía a la Cristiana Salvaje echar aceite de cacahuete de un cuenco de boca ancha a una botella vacía sin verter una gota. Tenía ella la extraña costumbre de suspirar con una especie de éxtasis, y de atribuir la firmeza de sus ma­nos a la Fe y a que daba gracias a Dios. Sin embargo, si se le resbalaba la vasija y se desparramaban una o dos gotas, entonces murmuraba que sus pecados em­pezaban a pesar sobre ella, y que tenía que rezar más.

Pero si bien el Rev. J. J. tenía la Fe, también parecía compartir la Terquedad con nuestro Tío Sanya. La terquedad era uno de los primeros pecados que aprendimos a reconocer con facilidad, y por mucho que la Cristiana Salvaje intentara explicarnos por qué el Rev. J. J. predicaba el día en que salían los egún-gún, a pesar de los avisos, aquello se parecía mucho a la terquedad. En cuanto al Tío Sanya, no parecía haber muchas dudas acerca de su caso: apenas si se había ido pedaleando el Rev. J. J. para cumplir con sus deberes pastorales cuando él desaparecía en el bosque con uno u otro pretexto y se largaba hacia la misma zona que el oró había declarado prohibida. Sus objetivos reales eran las setas y los caracoles, y como excusa obligada utilizaba la de ir a recoger leña.

Pero incluso Sanya dejó de aventurarse por el bosque de noche, pues reconoció que era demasiado pe­ligroso; durante el día y al atardecer no había dema­siado peligro, porque la mayor parte de los espíritus del bosque no salían más que por la noche. Madre nos dijo que en aquella ocasión ella y Sanya habían estado recogiendo setas y no estaban separados más que por unos cuantos matorrales. Ella podía oír perfectamente los movimientos de él, y de hecho habían tomado la precaución de mantenerse siempre muy cerca el uno del otro.

De pronto, nos dijo, oyó la voz de Sanya que hablaba con alguien en tono muy animado. Tras escu­char durante un rato, llamó a Sanya, pero éste no res­pondió. No se oía otra voz que la de él, pero parecía estar hablando en tono amistoso y excitado con otra persona. Entonces ella miró por entre los arbustos y vio al Tío Sanya sentado en tierra y hablando muy rápido con alguien a quien ella no lograba ver. Trató de penetrar en los arbustos próximos con la mirada, pero en el bosque seguía sin haber nadie más que ellos dos. Y entonces su mirada se detuvo en la banas­ta de él.

Según dijo, era algo que ya había observado ella antes. Siempre ocurría lo mismo, independientemente de cuántos fueran los niños que fueran al bosque a coger caracoles, bayas o lo que fuera; Sanya se pasaba casi todo el tiempo jugando y subiéndose a las peñas y a los árboles. Se iba a vagabundear solo, y dejaba su cesto por cualquier parte. Aquella vez fue como de costumbre. Ella se fue acercando y alarmó a nuestro Tío, que dejó de parlotear e hizo como que estaba buscando caracoles por la tierra.

Madre dijo que se asustó. La banasta estaba llena hasta los bordes, a reventar. También se sentía desalentada, de manera que recogió su banasta casi va­cía e insistió en que volvieran inmediatamente a casa. Abrió ella el camino, pero al cabo de un rato miró atrás y pareció que Sanya intentaba seguirla, pero no lo conseguía, como si se lo impidieran unas manos invisibles. De vez en cuando, Sanya se soltaba un bra­zo y gritaba:

—¡Dejadme en paz! ¿No veis que tengo que irme a casa? He dicho que tengo que irme.

Madre se echó a correr y Sanya hizo igual. Fue­ron corriendo hasta llegar a casa.

Aquella noche Sanya se puso malo. Rompió a sudar, se pasó la noche dándose vueltas en la estera y hablando a solas. Al día siguiente toda la familia es­taba asustadísima. Tenía la frente ardiendo, y nadie podía conseguir que dijera una palabra con sentido. Por fin llegó a la casa una anciana, una de las conver­sas de J. J., que iba a hacer una visita de rutina. Cuan­do se enteró de cómo estaba Sanya, hizo un gesto de comprensión y empezó a actuar como alguien que sabe exactamente lo que hay que hacer. Tras averiguar en primer lugar lo último que había hecho antes de caer enfermo, llamó a mi madre y la interrogó. Mi madre se lo contó todo mientras la anciana seguía haciendo gestos de comprensión. Después dio sus instruccio­nes:

—Necesito un cesto de agidi con cincuenta en­voltorios. Después me tenéis que preparar algo de ékuru en un cuenco grande. Aseguraos de que el es­tofado de ékuru esté preparado con bien de alubias grandes y cangrejo. Tiene que tener el olor más apeti­toso posible.

Los niños se dispersaron en varias direcciones, algunos al mercado a buscar el ágidi, otros a empezar a moler las alubias para la cantidad de ékuru necesaria para acompañar cincuenta envoltorios de agidi. A los niños se les hizo la boca agua, pues supusieron inme­diatamente que se iba a tratar de una fiesta de apaci­guamiento, una saará  a algún espíritu ofendido.

Pero cuando todo estuvo preparado, la anciana se lo llevó a la habitación en que estaba acostado Sanya, con una cántara de agua fría y unas tazas, cerró la puerta y ordenó marcharse a todo el mundo de fuera.

—Haced lo mismo que todos los días y no os acerquéis en absoluto a esta habitación. Si queréis que vuestro hermano se ponga bueno, haced lo que os digo. No tratéis de hablar con él y no miréis por el ojo de la cerradura.

También cerró las ventanas y se marchó a un extremo distante del patio, desde donde podía vigilar los desplazamientos de los niños. Sin embargo, poco después se fue quedando dormida, de manera que ma­dre y los otros niños podían pegar las orejas a la puer­ta y las ventanas, aunque no pudieran ver al inválido en sí. Parecía que Tío Sanya ya no estaba solo. Le oían decir cosas como: «portaos bien, hay bastante para todos. De acuerdo, tómate tú este otro envoltorio… Abre la boca… así… no tenéis que pelearos por eso, aquí hay otro cangrejo… Que os portéis bien, he di­cho…».

Y oían ruidos como si alguien pegara en la mu­ñeca a otro, ruidos de platos en el suelo o de agua al ir vertiéndose en una taza.

Cuando la mujer consideró que ya había pasado suficiente tiempo, lo cual ocurrió bastante después del atardecer, casi seis horas después de haber cerrado la puerta de Sanya, fue a abrirla. Allí estaba Sanya, dor­mido como un tronco, pero esta vez muy tranquilo. Le tocó la frente y pareció quedar satisfecha con el cambio producido. Sin embargo, la familia que había entrado en pelotón con ella no se interesaba en abso­luto por Sanya. Lo único que contemplaba, con gran asombro, eran las hojas esparcidas de cincuenta envol­torios de ágidi vaciados de su contenido, una gran bandeja vacía que antes estaba llena de ékuru, y una cántara de agua casi vacía.

No, no cabía duda, nuestro Tío Sanya era un oró; la Cristiana Salvaje había visto y oído pruebas de ello muchísimas veces. Evidentemente, sus amigos eran del tipo benévolo, o si no él hubiera tenido graves pro­blemas en más de una ocasión, pese a la Fe protectora de J. J. En aquella época, Tío Sanya pasaba muy poco tiempo con nosotros, de manera que no le podíamos hacer ninguna de la preguntas que la Cristiana Salva­je se negaba a contestar. La vez siguiente que vino a visitarnos en los terrenos de la vicaría, advertí lo raros que tenía los ojos, que casi nunca parecía cerrar, sino que siempre miraba frente a sí por encima de nuestras cabezas, incluso cuando nos estaba hablando. Pero pa­recía demasiado activo para ser un oró; de hecho, du­rante mucho tiempo lo confundí con un jefe local de boy scouts al que dábamos el apodo de Actividad. Entonces empecé a observar a los scouts más pequeños, que parecían ser los más próximos al tipo de amigos secretos que nuestro Tío Sanya podía haber tenido de niño. Cuando formaban círculos con sus caritas tensas en las praderas de Alcé, hacían pequeñas hogueras, intercambiaban señales secretas con las manos y con palitos, con piedras especialmente colocadas unas con­tra otras durante sus reuniones, creí haber detectado a los amigos ocultos que se habían deslizado invisibles en la casa por las hendiduras de la puerta e incluso del suelo, al lado de las narices ofendidas de la Cristiana Salvaje y de los otros niños de la familia de J. J. y se habían dado un banquetazo de cincuenta envoltorios de agidi y un enorme cuenco de ékuru.

La Misión dejó los terrenos de la vicaría con sólo el vicario y su catequista, Aké ya no merecía un obispo. Pero incluso el «patio» del Vicario es una mera ruina de lo que fue. El plantío ha desaparecido, hace mucho tiempo que las cabras se han comido las hileras de citronela. La citronela, la cura para las fie­bres y los dolores de cabeza: una o dos aspirinas, una taza de infusión bien caliente de citronela y a la cama. Pero su olor era verdaderamente fragante, y normal­mente la bebíamos como variante del té corriente. Está aislado, escogido por la edad, aquel monumento cuadrado blanco que, enmarcado en los peñascos, se erguía sobre los terrenos de la vicaría, obligaba a los visitantes a mirarlo cuando pasaban por la puerta del complejo. El dueño de la casa era como un pedazo de aquellas peñas, negro, enorme, de cabeza de gra­nito y unos pies gigantescos.

Casi siempre lo llamaban Pastor. O Vicario, Ca­nónigo, Reverendo. O, como hacía mi madre, sencilla­mente, Pa Delumo. Padre prefería llamarlo Canónigo, y lo mismo decidí yo, pero sólo debido a una visita a Ibara. Hacíamos aquellas excursiones con cierta fre­cuencia: a visitar a los parientes o a acompañar a la Cristiana Salvaje en sus expediciones de compras, o para algún otro objetivo que nunca podíamos com­prender. Sin embargo, al final de aquellas excursiones, teníamos como una vaga idea de que nos habían lleva­do a ver algo, a experimentar algo. Nos quedábamos muy contentos, y naturalmente agotados, pues la ma­yor parte del camino íbamos a pie. Pero a veces resul­taba difícil recordar qué era lo que habíamos visto concretamente. Cuál había sido el objetivo de nuestra salida, con ropa de gala y peinados especiales, y con tantos jaleos y preparativos.

Habíamos subido una cuesta muy empinada y llegado a la imponente entrada: a los pilares blancos y la placa que decía: la residencia. Era evidente que allí vivía un hombre blanco, pues la puerta estaba vigilada por un policía de pantalones cortos y anchos que miraba por encima de nuestras cabezas. La casa en sí estaba bastante más atrás, en un cerro, oculta en parte por los árboles, pero los objetos en que se fija­ron mis ojos fueron dos tubos negros de grandes bocas montados en ruedas de madera. Estaban colocados contra los pilares, apuntando hacia nosotros, y al lado de cada uno había un montón de bolas redondas de metal, casi tan grandes como balones de fútbol. Son armas, dijo mi madre, se llaman cañones y se usan para las guerras.

—Pero, ¿por qué Papá llama cañón a Pa Delumo?

Nos explicó la diferencia, pero yo ya había en­contrado mi propia respuesta. Era por la cabeza, por­que Pa Delumo tenía la cabeza en forma de bala de ca­ñón, y por eso mi padre lo llamaba cañón. Todo el aspecto de los cañones recordaba el de aquel hombre, su fuerza y su solidez. Los cañones parecían inmóvi­les, indestructibles, y él también. Parecía dominarlo todo; cuando venía a visitarnos él solo llenaba total­mente la salita. Lo único que parecía adecuado para sus dimensiones era la sala grande, pues cuando se hundía en uno de los butacones resultaba más fácil verlo entero. A mí me daban pena sus catequistas y su vicario adjunto o coadjutor —parecía que sus ayudan­tes también cambiaban de nombre—, pues parecían parodias insípidas y famélicas de él y de un espíritu aparentemente tan pobre que más adelante me recor­darían a las ratas de iglesia. De los hombres que ve­nían a nuestra casa y que llevaban cuello eclesiástico sólo nuestro tío Ransome-Kuti —a quien todo el mun­do llamaba Daodu— tenía una personalidad compara­ble e incluso mayor. El aspecto de Pa Delumo me pro­ducía un temor reverencial: no dominaba solamente la vicaría, sino todo Alcé, y ello con mucha más efica­cia que nuestro Oba, Kabiyesi, a cuyos pies veía pos­trarse a muchos hombres. A veces me encontraba con clérigos mucho más misteriosos y huidizos, con un aire imponente propio, como el Obispo Howells que vivía jubilado a poca distancia de nuestra casa. Pero el Ca­nónigo era el vicario de San Pedro, y llenaba total­mente los caminos y las praderas cuando bajaba de su cerro a visitar a su rebaño o a pronunciar sus ser­mones atronadores.

El Canónigo venía a menudo a charlar con pa­dre. A veces la conversación era seria, y otras su risa resonaba por toda la casa. Pero nunca discutían. Des­de luego, nunca los oí discutir acerca de Dios como dis­cutía mi padre con el librero o con sus otros amigos. Al principio daba miedo oírlos hablar de Dios de aque­lla forma. Especialmente el librero, con su voz aguda y su cuello de pavo, parecía estar mal dotado físicamen­te, para hacer afirmaciones tan despreocupadas acerca de tamaña Fuerza. A veces el Canónigo parecía ser esa Fuerza, de manera que aunque la disputa se realizaba indirectamente, parecía ser muy desigual y peligrosa para el librero. Naturalmente, yo suponía que mi pa­dre gozaba de una invulnerabilidad especial. Una vez que el Canónigo iba paseándose por los terrenos de la vicaría ellos estaban discutiendo de algo que tenía que ver con el nacimiento de Cristo. Hablaban a voz en cuello, y a veces todos a la vez. El Canónigo no estaba separado de ellos más que por la pradera, y cuando se paró de repente me pregunté si había oído e iba a venir a reñirlos.

Pero sólo se había parado para hablar con un niño que iba de la mano de una mujer, que quizá fuera su madre. Se paró a darle una palmadita en la cabeza, con aquella boca enorme abierta en una sonrisa inaca­bable, y las comisuras de los ojos se le llenaron de arruguitas. También se le arrugó la frente; a veces re­sultaba difícil saber si estaba contento de algo o le había dado un dolor repentino de cabeza. Llevaba una chaqueta demasiado pequeña, los pantalones sólo le llegaban hasta encima de los tobillos y el cuello cleri­cal parecía estar a punto de estrangularlo. El sombre­ro de teja, de ala ancha, rebajaba su figura gigantes­ca, y yo miré rápidamente a ver si era que de pronto había bajado de estatura y me sentí tranquilizado al ver aquellos zapatones que, según me dijo un primo, se llamaban No-Hay-Esa-Talla-en-Londres. Di un rá­pido vistazo final a su enorme trasero antes de que él volviera a enderezarse y la mano de la mujer desapare­ciera totalmente de la vista cuando él se la estrechó. Aquellas alternativas entre posibilidades sobrehuma­nas y una vestimenta corriente y demasiado pequeña me ponían nervioso, y hubiera preferido que fuera siempre vestido con la sotana y la casulla.

La posición favorita de Essay en todas las discusiones era la del abogado del diablo (lo llama­ban S. A. por sus iniciales, je o Jefe de Escuela, o Está-Seguro era lo que lo llamaban sus amigos más cachondos). No sé por qué, pero había muy poca gente que lo llamara por su verdadero nombre y durante mucho tiempo me pregunté si de verdad lo tenía. No tardé mucho tiempo en introducirlo en mi conciencia sencillamente con el nombre de Essay, como uno de esos ejercicios de prosa cuidadosamente estilizados que siguen normas fijas de composición, son productos de la minuciosidad y la elegancia y se escriben con una caligrafía preciosa que sería la envidia de casi cual­quier copista de cualquier época. El se sentía verda­deramente desesperado de haber engendrado un hijo que, desde un principio, mostró claramente que no ha­bía heredado en absoluto su letra. La misma elegancia exhibía en el atuendo. Sus modales a la mesa eran una fuente de asombro para madre, a quien por el contraste pronto atribuí el nombre de la Cristiana Sal­vaje. Cuando Essay diseccionaba un trozo de ñame, lo sopesaba cuidadosamente, se lo llevaba al plato, hacía una pausa, le daba la vuelta, cortaba un trozo y lo devolvía a la bandeja, y después iniciaba el mismo ritual con la carne y el estofado, ella meneaba la ca­beza y preguntaba:

—¿Tanta importancia tiene un trocito más o menos?

Essay se limitaba a sonreír, procedía a masticar metódicamente, cortaba cada trozo de carne y de ñame como si fuera un ejercicio de geometría, levantaba un poco del estofado con el filo del cuchillo y lo trasla­daba a la raja de ñame como si fuera un maestro albañil. Nunca bebía entre bocados, ni siquiera un sorbito. Sin embargo, cuando se ponía a discutir, en seguida, se ponía tan excitado que el librero, que era quien más chillaba de todos, con sus ojillos parpadeantes. Parecía que siempre le estuviera dando el sol en los ojos. El librero traía a casa aquel aura de galli­nas de guinea, pavos, ovejas y cabras, animales todos que criaba en su extenso recinto. Constantemente había que salir a recoger las ovejas; o bien un visi­tante había dejado la puerta abierta por un descuido o aquellos tercos animales habían encontrado otra vez un hueco en las paredes de piedra y adobe. Era un hombre delgado y animado, y siempre proyectaba hacia adelante unos pómulos tensos como el cuero y puntuaba su discurso con gestos parecidos a los de un pájaro. Incluso cuando estaba más agresivo iba con la espalda encorvada y sus dedos se negaban a soltar la gorra de paño que, cuando salía, nunca se quitaba, quizá porque era completamente calvo. Podíamos dis­tinguir su risa, aguda y rasposa, que revelaba unos huecos en la dentadura que, a fin de cuentas, le im­partían a la cara el aspecto de una vieja silla de junco.

La mujer del librero era una de nuestras mu­chas madres; si lo hubiéramos sometido a votación, ella sería la primera de todas, incluida la de verdad. Era una belleza de aspecto bovino, piel negra como el azabache y una bondad inagotable, que sin embargo me metía ideas inquietantes en la cabeza, y todo por culpa de su marido. Al contrario que él, era muy grande, y a veces, cuando el librero desaparecía durante varios días, yo estaba seguro de que ella sencilla­mente se lo había tragado. Me sentía muy aliviado cuando veía la cabeza calva de él moverse animada­mente por algún lugar de su casa o en la librería. De todas las mujeres que me llevaron a la espalda, nin­guna era tan segura ni tan cómoda como la Sra. L. Te­nía una espalda amplia, blanda y tranquilizante, que irradiaba el mismo reposo y la misma bondad que le habíamos observado en la cara.

Muchas veces nos quedábamos a dormir en casa del librero. La señora L. enviaba a una criada a informar en nuestra casa de que aquella noche nos quedaríamos a comer y a dormir en la suya, y se acabó. Cuando nos metíamos en líos nos echábamos a correr para ponernos tras ella, y ella nos protegía:

—No no, a quien hay que pegar es a mí…

La Cristiana Salvaje trataba de alcanzar por de­trás de ella con el palo, pero la verdad es que ella era demasiado voluminosa. Salvo que el delito fuera es­pecialmente grave, allí acababa el problema. Bukola, su hija única, no pertenecía a nuestro mundo. Cuando proyectábamos nuestras voces contra las paredes de la escuela de la Vicaría Baja y escuchábamos el eco desde muy lejos, a mí me parecía que Bukola era una de las residentes de aquel otro mundo donde la voz se veía atrapada, filtrada, vuelta a tejer y devuelta en copias cada vez menores. Permanecía en el mundo gracias a una serie de amuletos, pulseras, cascabelillos y anillos de cobre oscuro retorcido que la anclaban a tierra por los tobillos, los dedos, las muñecas y la cintura. Ella sabía que era una ábikú. Las dos dimi­nutas cicatrices que tenía en la cara formaban también parte de las múltiples formas de anular las induccio­nes de sus compañeros del otro mundo. Como todos los ábikú, era un ser privilegiado, aparte. Sus padres no se atrevían a reñirla mucho tiempo ni muy en serio.

De pronto, volvía los ojos hacia dentro y no se le veían más que los blancos. Lo hacía por agradarnos siempre que se lo pedíamos. Tinu se apartaba, dis­puesta a echarse a correr, pues no se sabe cómo preveía que iban a pasar cosas horribles. Yo le pregun­taba a Bukola:

—¿Y puedes ver cuando haces eso con los ojos?

—Sólo la oscuridad.

—¿Te acuerdas de algo del otro mundo?

—No. Pero ahí es donde voy cuando caigo en trance.

—¿Puedes caer en trance ahora mismo?

Desde su distancia, bien a salvo, Tinu amena­zaba con acusarme a nuestros padres si yo la alentaba. Bukola se limitaba a contestar que sí podía, pero úni­camente si yo estaba seguro de que podía hacerla vol­ver en sí.

Yo no estaba muy seguro de poder. Cuando la miraba, me preguntaba cómo se las arreglaba la se­ñora L. con tamaño ser sobrenatural que moría, vol­vía a nacer, volvía a morir y seguía yendo y viniendo siempre que se le antojaba. Cuando nos paseábamos tintineaban los cascabeles que llevaba en los tobillos para alejar a sus amigos del otro mundo que no hacían más que darle la lata y decirle que fuera a reunirse con ellos.

—¿Es verdad que los oyes?

—Muchas veces.

—¿Qué dicen?

—Nada más que vaya a jugar con ellos.

—¿No tienen a nadie con quien jugar? ¿Por qué te molestan?

Ella se encogía de hombros. Yo me enfadaba. Después de todo, Bukola era nuestra propia compañe­ra de juegos. Una vez tuve una idea:

—¿Por qué no los haces venir a ellos aquí? La próxima vez que te llamen los invitas a venir a jugar con nosotros en nuestro propio recinto.

Ella negó con la cabeza:

—No pueden.

—¿Por qué no?

—No pueden ir de un lado para otro como nosotros. Igual que tú tampoco puedes ir allí.

¡Qué raro era aquel ser privilegiado que, al contrario que Tinu y que yo, e incluso que sus amigos de aquel otro sitio, podía pasar fácilmente de una esfera a la otra! La vi una vez cuando cayó en tran­ce, con los ojos vueltos del revés y los dientes apre­tados mientras se desmayaba. La señora L. no hacía más que gritar:

—¡Egbá mi, ara é ma ntutu! ¡Ara é ma ntu-tu! [¡Socorro, está quedándose helada!] —mientras le frotaba desesperadamente las ex­tremidades para devolverla a la vida. El librero vino corriendo de la tienda por la puerta de comunicación y le abrió la boca a la fuerza. La criada ya había sacado un frasco del aparador, y los tres juntos le vertieron un líquido en la garganta. La abikú no recuperó la conciencia inmediatamente, pero al cabo de un rato advertí que el peligro había pasado. En la casa dis­minuyó la tensión, la pusieron en la cama y ella se relajó totalmente, con la cara invadida por una be­lleza que no era natural. Tinu y yo nos quedamos sentados a su lado, mirándola hasta que se despertó. Después su madre le hizo beber una sopa clara de pescado que había estado preparando mientras la niña dormía. Normalmente, todos comíamos del mismo cuenco, pero aquella vez la señora L. pasó algo de la sopa a un cazo más pequeño, al que después agregó un líquido espeso de otro frasco. Era turbio y tenía un olor penetrante. Mientras nosotros íbamos toman­do nuestra sopa de un cuenco distinto, la señora L. echaba atrás la cabeza de su hija y le hacía beberse su propia sopa de un solo golpe. Era evidente que Bukola lo estaba esperando; se bebió su mejunje sin quejarse.

Después salimos a jugar. La crisis había pasado totalmente. Sin embargo, la señora L, insistió en que nos quedáramos en el recinto de ellos. Recordé a Bukola el trance en que había caído:

—¿Fueron tus otros compañeros de juegos los que te llamaron entonces?

—No me acuerdo.

—Pero puedes hacerlo siempre que quieres.

—Sí, sobre todo cuando mis padres hacen algo que fastidia. O la criada.

—Pero, ¿cómo lo haces?, ¿cómo es que lo con­sigues?Ya sé que primero se te ponen los ojos todos blancos…

—¿De verdad? Lo único que sé es que si… por ejemplo, si quiero algo y mi madre dice que no… no pasa todas las veces, no creáis, pero a veces mi padre y mi madre me niegan algo. Entonces, a lo mejor oigo que los otros amigos dicen: «Ya ves, no quieren que estés con ellos, eso es lo que te hemos estado dicien­do». Dicen eso, y entonces me da la sensación de que quiero irme. De que de verdad quieroirme. Siempre digo a mis padres que me voy y me voy si no hacen tal o cual cosa. Si no la hacen, entonces voy y me desmayo.

—Y, ¿qué pasa si no vuelves?

—Pero siempre vuelvo.

Aquello me ponía nervioso. La señora L. era una mujer demasiado buena para cargar con una niña tan difícil. Sin embargo, sabíamos que no era cruel; los abikú eran así, no podían evitarlo. Pensé en todas las cosas que podía pedir Bukola, cosas que sus pa­dres a lo mejor no se podían permitir.

—Imagínate que un día pides algo y no te lo pueden dar. Como el coche del Alake.

—Tienen que darme lo que les pida —insis­tió ella.

—Pero hay cosas que no pueden darte. Ni si­quiera un rey lo tiene todo.

—La última vez que pasó no había pedido más que una saará. Mi padre me dijo que no. Dijo que hacía poco tiempo de la última, así que me des­mayé. Me iba a ir de verdad.

Tinu protestó:

—Pero no se puede tener una saara todos los días.

—A mí no me hacen una saara todos los días —persistió Bukola—. Y la saara que pedí aquella vez no era para mí, era para mis amigos. Me dijeron que si no podía ir a jugar con ellos todavía, debería hacer­les una saara. Se lo dije a mi madre y ella estaba de acuerdo, pero padre se negó. —Se encogió de hom­bros—. Eso es lo que pasa cuando los mayores no quieren comprender. Papá tuvo que matar una gallina más, porque tardé más que de costumbre en volver.

Por aquella cara oval y solemne se iban suce­diendo los gestos de inocencia y los de autoridad mien­tras hablaba. La observé muy atento, preguntándome si estaba proyectando otra despedida. Por natural que pareciera todo aquello, también existía una vaga in­quietud porque se trataba de un poder excesivo para que lo tuviera una niña sobre sus padres. Recordé todas las caras de los asistentes a la saara, los recorri­dos que hacían la comida y de las bebidas, las dispu­tas repentinas que surgían mientras comíamos y las voces con que los mayores ponían paz; no parecía que había pasado nada raro. Había sido una saara como otra cualquiera. Estábamos sentados en grupos en esteras extendidas en el jardín, todos con trajes de fiesta, y Bukola llevaba un vestido especialmente bo­nito. Estaba comiendo en nuestra estera, del mismo plato, y no se le notaba nada de aquel otro mundo; desde luego, yo no la había visto dar comida en se­creto a compañeros invisibles, y, sin embargo, la saara era para ellos.

A veces me preguntaba si el señor L. se refu­giaba en nuestra casa para huir de la tiranía de aquella niña. Pese a lo aficionado que era padre a las discusio­nes, sobre cualquier tema del cielo o la tierra, era el li­brero quien generalmente prolongaba las polémicas hasta que estaba bien entrada la noche. Iba sacando las briznas al esqueleto de las discusiones con unas ga­rras como las del halcón, no cedía en un ápice sino con la mayor renuencia, y sólo para volver a una posición que hacía tiempo había descartado o que había queda­do desplazada por nuevos argumentos. Incluso yo me daba cuenta de aquello, y la paciencia exagerada con que hablaba Essay sólo servía para confirmarlo.

Y a veces sus discusiones tomaban un giro ate­rrador. Un día el librero, Fowokan, que era el subdirec­tor de la escuela primaria, el catequista y otro de los amigos de Essay lo siguieron a casa desde la iglesia. A Osibo, el farmacéutico, le encantaba asistir a aque­llas sesiones, pero participaba poco en ellas. Las voces los habían precedido desde hacía rato a la casa, esta­ban todos sumidos en un ardiente debate, hablaban todos al mismo tiempo y se negaban a reconocer ni una sola cosa. Aquello continuó mientras bebían bo­tellas de cerveza caliente y bebidas refrescantes y ago­taban las reservas de chin-chin y galletas de la Cristia­na Salvaje, y continuó hasta la hora del almuerzo. Aunque madre meneaba la cabeza desesperada con «esos amigos de vuestro padre» y se preguntaba por qué él lograba tener siempre amigos tan aficionados a las discusiones y a la comida, era evidente que la Cristiana Salvaje disfrutaba con el papel que desempeñaba la casa del Jefe de Escuelas como centro inte­lectual de Aké y alrededores.

A media tarde repostaban su capacidad orato­ria con té y bocadillos y pasteles para la polémica final, pues se acercaba la hora de los oficios vespertinos, y todos tenían que volver a sus casas a cambiarse de ropa. Generalmente era a esa hora cuando el padre de Bukola parecía correr más peligro. Las discusiones iban acercándose al enfrentamiento físico, y el libre­ro, siempre el librero, estaba a punto de convertirse en el chivo expiatorio de algún desacuerdo. Mi lealtad hacia su mujer me creaba un dilema terrible. Me con­sideraba obligado a ir corriendo a advertirla de que su marido estaba a punto de ser vendido como es­clavo, expulsado de Abeokuta, tirado de un aeropla­no, defenestrado desde la torre de la iglesia, atado a un árbol en lo más profundo de la noche y a solas con espíritus del mal, enviado a una misión de inves­tigación al infierno o a una misión de paz ante Hitler… lo que siempre era consecuencia peligrosa de una larga discusión y la única forma en que todos decidirían que se podía resolver. Aquel día, los ami­gos de hecho querían cortarle un brazo al señor L.

—De acuerdo, ¿le digo a Joseph que afile el machete?

La discusión había comenzado a partir del ser­món de la mañana. Había recorrido cien caminos dife­rentes en momentos diferentes y, como de costumbre, los brazos gesticulantes del librero habían reanimado el debate cuando todos los argumentos se habían ago­tado. Ahora parecía a punto de perder un brazo. Sin embargo, se defendió. Siempre lo hacía.

—¿Os he dicho que mi brazo derecho me había sido ocasión de caer?

En medio de risas (y aquello era lo más raro, que siempre se echaban a reír), Essay llamó a Joseph para que trajera el machete.

El Sr. Fowokan intervino:

—O un hacha. Lo que esté más afilado.

El señor L. movió las manos agitadamente, con gestos todavía más desesperados:

—Esperad, esperad. ¿Os he dicho que el bra­zo me había sido ocasión de caer?

—¿Vas a decir ahora que están libre de pe­cado?  —replicó el Catequista.

—No, pero, ¿quién puede decir con toda se­guridad que fue mi mano la que cometió el pecado? Y, ¿qué brazo me vais a cortar, el izquierdo o el de­recho?

—Bueno… —Mi padre reflexionó algo sobre el asunto—. Eres zurdo. De manera que lo más proba­ble es que fuera tu mano izquierda la que cometió el pecado. ¡Joseph!

—No tan aprisa. Vamos a ver otra vez lo que dijo Dios… si tu mano derecha te es ocasión de caer… observad, ocasión de caer… no dice nada de come­ter un pecado. Mi mano derecha puede cometer un pecado, o quizá sea la izquierda. Eso lo convierte en una ocasión de caer ante Dios. Pero no significa que yo haya caído. Es posible que Dios me considere caído, pero es a El a quien corresponde hacer lo que quiera.

Essay pareció escandalizarse.

—¿Vas a decir ahora que una caída ante Dios no debe considerarse como una caída ante el hombre? ¿Te niegas a ponerte de parte de Dios y en contra del pecado?

El librero tranquilizó rápidamente a Dios:

—No, no me hagas decir cosas que no he di­cho. Nunca he dicho eso…

Todos de acuerdo exclamaron:

—¡Muy bien!, en tal caso no perdamos más tiempo.

Ya había llegado Joseph, que estaba esperan­do junto a la puerta. Mi padre tomó el machete y los otros agarraron al librero.

—¡Esperad, esperad! —rogó él. Yo me volví a Tinu, con la que estaba escuchando desde el rincón de la sala y le dije:

—Uno de los dos tendría que ir corriendo a buscar a la señora L. —Pero ella nunca se interesaba de verdad en aquellas conversaciones, de forma que no podía ver cuando llegaba una discusión a una fase peligrosa.

Essay probó el filo del machete con la punta del pulgar. El librero gritó:

—¡Pero os digo que no me han hecho caer la mano izquierda ni la derecha!

Mi padre suspiró:

—Hoy es domingo, el día de Dios. Imagínate que estás ante El. Eres su siervo, un ayudante respe­table de su iglesia de San Pedro. Insistes en que las instrucciones de Cristo han de entenderse literalmente. Muy bien, ahora Dios te pregunta: ¿te ha sido oca­sión de caer alguna vez tu mano derecha?, ¿sí o no?

Era el tipo de lenguaje que me daba todavía más miedo que la violencia que estaban a punto de in­fligir al librero. Mi padre tenía la costumbre de hablar como si tuviera relaciones de amistad personal con Dios. ¿Por qué, si no, sugerir que Dios iba a venir a nuestra salita sólo para perseguir al librero? Yo esperaba que en cualquier momento llegara un casti­go mucho más terrible de lo que jamás pudiera expe­rimentar el librero en aquel combate desigual.

Tinu se marchó a escondidas. El grupo de la salita estaba riéndose del librero, que luchaba furioso, especialmente con la voz. Las risas de los otros hacían que todo aquello resultara todavía más perverso. Essay avanzó un poco hacia adelante con el machete raspando el piso de cemento. El librero se soltó de repente, abrió la puerta de golpe y huyó. Con gritos de: «¡a por él! ¡a por él!» se dispersaron todos, pero no se olvidaron de volver la cabeza atrás para dar las gracias a la Cristiana Salvaje por el banquete dominical. Yo salí corriendo por el comedor y el patio de atrás hasta la puerta, a ver la persecución por los terrenos de la vicaría. Terminó donde se separaban los caminos, uno hacia el recinto del librero y el otro hacia la puerta de los terrenos, por la que los demás se dirigirían ha­cia sus propias casas. Sus risas resonaron en el recinto cuando se despidieron. Yo no aprecié en lo más míni­mo su ligereza, pues me sentía demasiado hondamente agradecido porque la señora L. no tuviera ya que lidiar con un marido manco, además de aquella abikú tan voluntariosa.

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