El ayudante de dirección – Vladimir Nabokov


1.

¿Qué queremos decir con esto? Bueno, que la vida, a veces, es tan sólo eso: un ayudante de dirección. Esta noche vamos a ir al cine. Vamos a viajar hasta los años treinta, e incluso hasta los veinte, hasta el viejo Palacio del Cine de la vieja Europa. Ella era una cantante famosa. No cantaba ópera, ni siquiera Cavalleria Rusticana, ni nada que remotamente se le pareciera. La Slavska, así la llamaban los franceses. Estilo: un décimo de zíngara, un séptimo de campesina rusa (que era su origen real) y cinco novenos popular, y entiendo por popular una mezcolanza de folklore artificial, melodrama militar y patriotismo oficial. La fracción libre parece suficiente para representar el esplendor de su prodigiosa voz.

Procedía de lo que, geográficamente al menos, podemos considerar el corazón mismo de Rusia, pero finalmente consiguió llegar a las grandes ciudades, a Moscú, San Petersburgo, y al entorno del zar, donde aquel estilo suyo era muy apreciado. En el camerino de Feodor Chaliapin colgaba una fotografía suya: tocado ruso con perlas, la mano apoyada en la mejilla, dientes deslumbrantes entre sus labios carnosos, y unas torpes letras cruzando la foto: «Para ti, Fedyusha». Las estrellas de nieve, revelando su compleja simetría, antes de disolverse en la nieve, descansaban en los hombros, mangas, bigotes y capas de todos los que esperaban, haciendo cola, a que abrieran las taquillas. Hasta su misma muerte atesoró por encima de todos sus bienes, o al menos pretendió hacerlo, una lujosa medalla y un broche enorme que le había regalado la zarina. Eran de la firma de joyeros que solía hacer rentables negocios con la pareja imperial presentándoles en cada ocasión festiva este o aquel emblema (cada cual más valioso) de zarismo colosal: una enorme piedra de amatista con una troika de bronce incrustada de rubíes en su parte superior como un arca de Noé en el monte Ararat, o una esfera de cristal tamaño sandía montada en un águila de oro con ojos de diamantes cuadrados muy parecidos a los de Rasputín (muchos años más tarde algunas de estas joyas, las menos sim bélicas, las exhibieron los soviets en la Exposición Universal como ejemplos de su arte floreciente).

Si las cosas hubieran seguido desarrollándose según lo previsto, ella bien podría estar hoy cantando, esta misma noche, en cualquier salón de la aristocracia, de esos que gozan de calefacción central o incluso en la residencia del zar, mientras que yo estaría ahora apagando la radio que emite su voz en un rincón remoto de la madre esteparia Siberia. Pero el destino se equivocó al elegir su ruta y cuando estalló la Revolución, y la guerra consiguiente entre los Blancos y los Rojos, su astuta alma campesina eligió el bando más práctico.

A través del nombre evanescente del ayudante de dirección pueden distinguirse unas multitudes espectrales de cosacos también espectrales que cabalgan en corceles igualmente espectrales. Asimismo percibimos al apuesto general Golubkov explorando perezoso el campo de batalla con un par de prismáticos de ópera. Cuando el cine y también nosotros éramos jóvenes, nos solían mostrar las escenas limpiamente enmarcadas en dos círculos conectados. Pero ya no. Lo que vemos a continuación es al general Golubkov, perdido todo asomo de indolencia, que salta a su silla, erguido por un instante e incluso un punto amenazador sobre su corcel encabritado antes de lanzarse a un ataque enloquecido.

Pero lo inesperado es como los infrarrojos en el espectro del Arte: en lugar del reflejo condicional del rat-rat-ta-ta de las ametralladoras, lo que oímos es la voz de una mujer que canta en la distancia. Se acerca, cada vez más próxima, hasta envolverlo todo finalmente. Una maravillosa voz de contralto que abarca todo lo que un director de música hubiese podido encontrar en sus archivos referente a ritmos y melodías rusas. ¿Quién es esta persona que marcha a la cabeza de los infra-Rojos? Una mujer. El espíritu cantarín de aquel batallón específico, especialmente bien entrenado. A la cabeza, pisoteando la alfalfa y derramando su canción del Volga querido. El apuesto y arriesgado djighit Golubkov (ahora ya sabemos lo que ha divisado), aunque herido en varios lugares, consigue capturarla a galope tendido, y luchando voluptuosamente, se la lleva cautiva.

Por más extrañeza que nos cause, ese guión infame se rodo en la realidad de los hechos. Yo mismo he conocido a dos testigos fidedignos del suceso: y los centinelas de la historia lo han dejado pasar sin cuestionarlo. Muy pronto la encontramos enloqueciendo el cuarto de banderas de los oficiales con su oscura belleza de carnes espléndidas y sus violentas, impetuosas canciones. Era una Belle Dame con bastante Merci, y había en ella un cierto nervio del que carecían tanto Louise von Lenz como La Dama Verde. Ella fue quien dulcificó la retirada general del Ejército Blanco, que comenzó muy poco después de su mágica aparición en los cuarteles del general Golubkov. Vemos una melancólica escena de cuervos, o buitres, o de cualquier otro tipo de ave de presa, revoloteando en el crepúsculo y descendiendo lentamente sobre una llanura literalmente atiborrada de cadáveres en algún lugar de Ventura County. La mano muerta de un soldado Blanco se aferra todavía a un medallón con el rostro de su madre. Muy cerca, un soldado Rojo tiene en su pecho destrozado una carta de su casa con la misma anciana parpadeando entre las líneas que se disuelven.

Y luego, en típico contraste, oportunamente nos llega un poderoso estallido de música y canciones con rítmicas palmadas de manos y estampido de botas y vemos al general Golubkov y a su estado mayor, en plena jarana: un ágil georgiano bailando con una daga, rostros distorsionados que se reflejan en el tímido samovar, la Slavskaque echa la cabeza hacia atrás con una risa ronca, y el gordo del batallón, tremendamente borracho, con el cuello y los galones de la guerrera colgando, y los labios grasientos fruncidos a la espera de un beso animal, apoyado encima de la mesa (cerca de un vaso que ha tumbado con su cuerpo) para abrazar… la nada, porque el enjuto y sobrio general Golubkov la ha sacado con presteza de allí y ahora, los dos de pie frente a la tropa, les dice con voz clara y fría: «Señores, quiero presentarles a mi prometida», y en el silencio asombrado que sigue, una bala perdida los encuentra y estalla el paño de cristal azul de aurora de la ventana, tras lo cual un estallido de aplausos saluda a la encantadora pareja.

Apenas hay duda de que su captura no fue un acontecimiento enteramente fortuito. La indeterminación está proscrita del estudio. Y aún existen menos dudas acerca de su periplo posterior: cuando empezó el gran éxodo y ellos, como muchos otros, vagaron vía Sirkedji hasta Motzstrasse para acabar en la calle Vaugirard, el general y su esposa ya formaban un equipo, una canción, una cifra. Como era natural, él entró a formar parte del S.C.B. (Sindicato de los Combatientes Blancos), constituyéndose en uno de sus miembros más eficaces, viajando por todos lados, organizando cursillos militares para los niños rusos, planeando conciertos de ayuda a los refugiados, desenterrando barracones para los necesitados, arbitrando en las disputas locales y ejecutando todos estos menesteres de la forma más modesta y callada. Supongo que resultaba útil de alguna forma, aquel S.C.B. Desgraciadamente para su bienestar espiritual, fue absolutamente incapaz de cortar todo tipo de relación con los grupos monárquicos del extranjero y no se dio cuenta, como sí se la dio la intelligentsia del exilio, de la terrible vulgaridad, del protohitlerismo de aquellas ridiculas pero también perversas organizaciones. Cuando los americanos bienintencionados me preguntan si conozco al coronel tal o al gran conde de Kickoffsky, no tengo valor para contarles la triste verdad.

Pero también había otro tipo de personas relacionadas con el S.C.B. Pienso en aquellas almas aventureras que ayudaban a la causa cruzando la frontera a través de algún bosque de abedules, cuya nieve amortiguaba sus pasos, para hacer ciertos trabajillos inoperantes en su tierra natal bajo los distintos disfraces concebidos, curiosamente, por los revolucionarios sociales de antaño, y que tranquilamente traían al cafetín parisino llamado Esh-Bubliki, o a los pequeños Kneipe berlineses, las útiles insignificancias que se supone que los espías traen a sus amos. Algunos de aquellos hombres habían entrado a formar parte abstrusamente de los departamentos de espionaje de otras naciones y daban un salto extraño y divertido cuando llegabas hasta ellos por detrás y les dabas una palmadita en la espalda. Unos cuantos se dedicaron a hacer batidas de reconocimiento por el placer del trabajo mismo. Uno o dos realmente creían que, de alguna forma mística, estaban preparando la resurrección de un pasado sagrado, aunque ciertamente un poco anticuado.

2.

Ahora vamos a ser testigos de una serie de acontecimientos misteriosamente monótonos. El primer presidente del S.C.B. en morir fue el jefe de todo el Movimiento Blanco, con mucho el mejor hombre de todos ellos; y algunos de los oscuros síntomas que acompañaron a su repentina enfermedad sugieren la sombra del veneno. El presidente que le sucedió, un tipo inmenso y fuerte, con voz de trueno y una cabeza como una bala de cañón, fue secuestrado por personas desconocidas; y hay razones que nos llevan a pensar que murió de una sobredosis de cloroformo. El tercer presidente —pero mi bobina va demasiado deprisa. En realidad pasaron siete años hasta desprenderse de los dos primeros, no porque este tipo de cosa no pueda hacerse más diligentemente, sino porque existían circunstancias concretas que hacían necesaria una secuencia temporal muy precisa, para coordinar el ascenso seguro de uno con el ritmo y el espaciamiento de las vacantes repentinas. Expliquémonos.

Golubkov no era tan sólo un espía muy versátil (un triple agente para ser exactos); era también un tipo sumamente ambicioso. Por qué le resultaba tan querido el hecho de presidir una organización que no era sino un crepúsculo detrás de un cementerio constituye un enigma tan sólo para los que carezcan de hobbies o de pasiones. Lo deseaba con contumacia —eso es todo. Lo que resulta menos comprensible es su fe en su capacidad de salvaguardar su insignificante existencia en el combate a muerte entre temibles contrincantes cuyo peligroso dinero y peligrosa ayuda recibía. Y ahora quiero recabar toda vuestra atención, porque sería una pena perdernos las sutilezas de la situación. A los soviéticos no les podía perturbar demasiado la muy improbable perspectiva de que un Ejército Blanco fantasma fuera a lanzar una nueva ofensiva de guerra contra su fuerza considerable; pero les irritaba mucho el hecho de que un chorreo de información acerca de sus fuertes y de sus fábricas, recogida por los escurridizos entrometidos del S.C.B., fuera a caer automáticamente en agradecidas manos alemanas. A los alemanes les interesaban muy poco las variaciones de colores recónditos de la política de los exiliados, pero lo que les molestaba mucho era el romo patriotismo del presidente del S.C.B., que de tanto en tanto les impedía, en aras de una cierta ética, el suave flujo de la colaboración amistosa.

En este sentido, el general Golubkov era un don del cielo. Los soviéticos confiaban firmemente en que bajo su mandato todos los espías del S.C.B. les resultarían conocidos —también contaban con suministrarles información falsa para consumo de los ávidos alemanes. Los alemanes estaban igualmente seguros de que, a través del general, tenían garantizada una buena cosecha de agentes propios de absoluta confianza distribuidos entre los agentes habituales del S.C.B. Ninguno de los dos lados se hacía ilusión alguna acerca de la lealtad de Golubkov, pero cada uno de ellos asumía que las fluctuaciones del espionaje doble actuarían en su favor. Los sueños del sencillo pueblo ruso, de las familias trabajadoras dispersas por las remotas zonas de la diáspora rusa, dedicadas a sus humildes pero honrados menesteres, como lo habrían hecho en Saratov o en Tver, pariendo frágiles chiquillos, y creyendo inocentemente que el S.C.B. era una especie de Tabla Redonda con su rey Arturo al frente, representando todo lo que había sido, y sería, dulce, decente y fuerte en una Rusia de cuento de hadas —todos esos sueños les parecerán excrecencias del tema principal a los editores de películas.

Cuando se fundó el S.C.B., la candidatura del general Golubkov (puramente teórica, desde luego, porque nadie esperaba que el líder muriera) era de las últimas de la lista, no porque su galantería legendaria no fuera lo suficientemente apreciada por sus camaradas oficiales, sino porque resultaba ser el general más joven del ejército. En la época de la elección del segundo presidente, Golubkov ya había revelado tal capacidad de organización que consideró que podía tachar de la lista sin mayor problema unos cuantos nombres intermedios, con lo que, de paso, consiguió salvarles la vida. Después de que hubieran eliminado al segundo general, muchos de los miembros del S.C.B. se convencieron de que el general Fedchenko, el próximo candidato, cedería al hombre más joven y eficaz los derechos que su edad, su reputación y distinción académica le daban derecho a disfrutar. El anciano caballero, sin embargo, aunque tenía sus dudas acerca del placer que el cargo pudiera proporcionarle, pensó que era una cobardía por su parte tratar de eludir un trabajo que les había costado la vida a dos hombres. Así que Golubkov apretó los dientes y empezó a trabajar de nuevo.

Físicamente carecía de atractivos. No había en él nada que hiciera pensar en el típico general ruso que puebla la imaginación, aquellos tipos buenos, fornidos, de cuello de toro. Era delgado, frágil, de rasgos angulosos, con un bigote recortado y un corte de pelo en «seto» que decimos en Rusia, es decir, corto, en punta, tieso y compacto. Llevaba una fina pulsera de plata en su peluda muñeca, y ofrecía pulcros cigarrillos rusos o ingleses con sabor a ciruela, «Kapstens», que así los pronunciaba él, dispuestos con todo cuidado en una vieja y espaciosa petaca de piel negra que había llevado consigo a lo largo del presumible humo de innumerables batallas. Era extremadamente educado y extremadamente discreto.

Siempre que la Slavska«recibía», lo cual hacía en las casas de sus diversos Mecenas (una especie de barón del Báltico, un tal doctor Bachrach, cuya primera mujer había sido una Carmen famosa, o un comerciante ruso de la vieja escuela a quien, en la locura del Berlín inflacionista, le iba muy bien comprando manzanas enteras de casas a diez libras esterlinas cada una), su silencioso marido se abría discretamente camino entre los invitados, brindándote un sandwich de salchichón y pepino o un diminuto vaso escarchado de vodka; y mientras la Slavskacantaba (en aquellas ocasiones informales ella solía cantar sentada con la mejilla apoyada en la mano y el codo recogido en la palma de la otra), él se hacía a un lado, recostándose en algo, o también iba de puntillas a por un cenicero lejano que con todo cuidado colocaba en el ancho brazo del sillón donde te sentabas.

Considero que, artísticamente, exageraba su discreción, introduciendo sin querer una nota de servilismo, que ahora resulta singularmente apropiada; pero está claro que él basaba su existencia en el principio del contraste y era evidente que se estremecía de emoción al saber exactamente, a través de ciertos dulces signos, como una cabeza inclinada, la mirada de unos ojos, que fulanito de tal, sentado al otro extremo de la habitación, llamaba la atención de un recién llegado hacia el hecho fascinante de que un hombre tan oscuro y modesto fuera el héroe de hazañas increíbles en una guerra legendaria (habiendo tomado en solitario ciudades enteras y otras hazañas de calibre semejante).

3.

Las productoras de cine alemanas, que en aquellos días surgían de la nada como setas (justo antes de que el hijo de la luz aprendiera a hablar), se proveían de mano de obra barata contratando a aquellos exiliados rusos cuya única esperanza y profesión era su pasado, es decir, un conjunto de gente totalmente irreal que se utilizaba para representar a gente real en las películas. El ensamblaje de un fantasma dentro de otro producía en una persona sensible la impresión de estar viviendo en un salón de espejos, o más bien en una cárcel de espejos, sin saber siquiera cuál era el espejo y cuál era uno mismo.

Es verdad que cuando recuerdo las salas donde cantaba la Slavska, tanto en Berlín como en París, y el tipo de gente que allí se veía, siento como si estuviera tecnicoloreando y sonorizando alguna película muy antigua donde la vida hubiera sido una vibración en gris y los funerales un refugio, y donde sólo el mar tuviera cierto color (un azul enfermizo), mientras que una máquina manual imitara fuera de escena el siseo asincrónico de las olas. Un personaje siniestro, el terror de las organizaciones benéficas, un hombre calvo con ojos de loco, pasa flotando despacio por mi campo visual, encogido con las piernas dobladas como un feto viejo, para luego sentarse milagrosamente en un asiento de las últimas filas Nuestro amigo el conde está también allí, con cuello duro y polainas sucias. Un sacerdote venerable y mundano, con la cruz colgando suavemente sobre el torso, está sentado en la primera fila y mira fijamente hacia adelante.

Los elementos de estos festivales de derechas que el nombre de la Slavskaevoca en mi mente tenían la misma naturaleza irreal que su audiencia. Una variedad de artistas con falsos nombres eslavos, algún virtuoso de la guitarra, de esos que hacen de teloneros en los programas de las salas de conciertos, hubiera sido bienvenido en ellos; y la llamativa ornamentación de su instrumento tras su atril de cristal, y sus pantalones color azul cielo se maridarían muy bien con el resto del espectáculo. Luego, cualquier bribón con barba vestido con una levita raída, un antiguo miembro del Primer Capítulo de la Sagrada Rusia, tomaría la palabra y describiría con toda viveza las calamidades que los Hijos de Israel y los francmasones (dos secretas tribus semíticas) estaban infligiendo al pueblo ruso.

Y ahora, señoras y caballeros, tenemos el gran placer y el gran honor… Y al llegar ese momento ella se ponía en pie contra un horroroso fondo de palmeras y banderas nacionales, se humedecía los labios profusamente pintados con su pálida lengua, y sin prisas apretaba sus manos enguantadas contra su encorsetado estómago mientras que su acompañante habitual, Joseph Levinsky, con su cara de mármol, que la había seguido, en la sombra de su canción, hasta la sala de conciertos privada del zar y hasta el salón del camarada Lunacharsky y hasta indescriptibles lugares de Constantinopla, producía sus breves series introductorias de notas pasaderas.

A veces, si el salón era del tipo adecuado, ella cantaba el himno nacional antes de lanzarse a su limitado pero siempre bienvenido repertorio. Inevitablemente se cantaba aquel lúgubre El viejo camino de Kaluga (con un pino destruido por un rayo en la cuadragésimo novena versta), y la que empieza, en la traducción alemana publicada junto con el texto ruso: «Du bist im Schnee begraben, mein Russland», y la balada antigua popular (escrita por un individuo en los años ochenta) acerca de un jefe de una banda de ladrones y su maravillosa princesa persa, a quien arrojó al Volga cuando sus hombres le acusaron de haber perdido su fuerza y autoridad.

Su gusto artístico brillaba por su ausencia, su técnica era improvisada, su estilo en general atroz, pero la clase de gente que considera que la música y el sentimiento son una y la misma cosa, y también aquellos para quienes las canciones son tan sólo un medio para el espíritu de las circunstancias bajo las cuales las oyeron por primera vez en un momento de su pasado, agradecían las extraordinarias sonoridades de su voz porque encontraban en ellas tanto un solaz nostálgico como una energía patriótica. Se la consideraba particularmente efectiva cuando se apreciaba en su canción una veta de temeridad salvaje. Si aquel abandono con el que cantaba no hubiera sido tan claramente simulado hubiera podido salvarla de la absoluta vulgaridad. Aquella cosa pequeña y dura que era su alma surgía de su canción, pero su temperamento sólo llegaba a simular un remolino, jamás logró su voz convertirse en un torrente libre. Cuando hoy en día oigo en el gramófono de algunas casas rusas su enlatada voz de contralto, siento una especie de escalofrío al recordar con qué ampulosidad fingía haber llegado a su climax vocal, dejando al descubierto la totalidad de su anatomía bucal en un último grito apasionado, con su pelo negro azul hermosamente dispuesto en cascada, las manos cruzadas apretando la medalla llena de cintajos contra su pecho mientras agradecía la orgía de aplausos, su gran cuerpo moreno rígido incluso cuando se inclinaba a saludar, atiborrado como estaba dentro de aquel resistente satén de plata que la hacía parecer una matrona de nieve o una sirena de honor.

4.

La veréis a continuación (si el censor ño encuentra que mis palabras ofenden la piedad) de rodillas en la niebla color de miel de una atestada iglesia rusa, gimiendo ruidosamente junto a la esposa o la viuda (ella lo sabía exactamente) del general cuyo secuestro había sido tan convenientemente organizado por su marido y tan diestramente ejecutado por aquellos hombres corpulentos, eficientes y anónimos, que el jefe supremo había enviado a París.

La veréis también, otro día, dos o tres años más tarde, mientras canta en un cierto appartement, calle de George Sand, rodeada por amigos que la admiran, y mirad, sus ojos se estrechan ligeramente, la sonrisa de su canto se desvanece, mientras su marido, a quien habían retenido los detalles finales del negocio que tenía entre manos, entra ahora sigiloso y con un gesto suave rechaza el ofrecimiento de un coronel entrecano de cederle su asiento; y a través del flujo inconsciente de una canción cantada por enésima vez ella le mira fijamente (es ligeramente miope, como Ana Karenina) tratando de discernir algún signo específico, y luego, cuando ella se ahoga y los buques pintados de su marido navegan en la distancia y se dejan ver en las aguas las últimas olas visibles del río Volga, y el condado de Smara se disuelve en la monótona eternidad (porque ésta es la última canción que ella canta), su marido se le acerca y le dice en una voz que ningún aplauso humano puede ahogar: «¡Masha mañana van a talar el árbol!».

Aquel detalle acerca del árbol fue el único placer dramático que Golubkov se permitió durante su carrera gris. Pero perdonaremos su arrebato si recordamos que éste era el último general que se interponía en su camino y que el acontecimiento del día siguiente le brindaría automáticamente su elección. En los últimos tiempos sus amigos habían hecho chanzas (el humor ruso es un pajarillo que se contenta con una migaja de pan) acerca de la peleílla divertida que mantenían aquellos dos chicos grandes, ella pidiéndole petulantemente que talara el inmenso álamo viejo, que oscurecía la ventana de su estudio en su casa de verano en las afueras de la ciudad, y él argumentando que el robusto y viejo amigo era el admirador más verde (y al decirlo se partía de risa) y por lo tanto debían conmutarle la pena. Y es de notar también la picardía de la dama gruesa de la capa de armiño cuando se burla del galante general por ceder tan pronta y fácilmente a los deseos de su mujer y la sonrisa radiante de la Slavskaal extender sus brazos fríos cual gelatina hacia su marido.

Al día siguiente, a última hora de la tarde, el general Golubkov acompañó a su esposa a la modista, se quedó allí sentado un rato leyendo el Paris-Soir, y luego le enviaron a casa a buscar uno de los vestidos que su mujer quería que le ensancharan y que se había olvidado de traer consigo. A intervalos convenientes ella hacía como que llamaba a su casa por teléfono a dirigir la búsqueda del citado vestido. La modista, una señora armenia, y la costurera, la pequeña princesa Tumanov, estaban suficientemente ocupadas en el cuarto de al lado con la variedad de juramentos rústicos de la Slavska(que la ayudaban a no quedarse en silencio en el papel que estaba representando y en el que su imaginación no tenía suficiente capacidad de improvisación). Esta coartada tan poco sutil no había sido planeada para arreglar ninguna secuencia temporal de pretéritos indefinidos en caso de que algo fuera mal, porque nada podía ir mal; intentaba sencillamente proporcionar a un hombre de quien nadie podía ni siquiera soñar en sospechar, una serie dada de movimientos cuando la gente quisiera saber quién había visto al general Fedchenko por última vez. Tras registrar innumerables roperos imaginarios Golubkov regresó con el vestido (que hacía tiempo, evidentemente, había sido colocado en su coche). Siguió leyendo el periódico mientras que su mujer continuaba probándose todo tipo de ropa.

5.

Los treinta y cinco minutos más o menos durante los cuales estuvo fuera resultaron ser un margen muy cómodo. Para cuando ella empezó a jugar con aquel teléfono muerto, él ya había recogido al general en una esquina poco frecuentada y lo conducía hasta una cita imaginaria cuyas circunstancias habían sido preparadas de antemano de forma que su secreto pareciera natural y su cumplimiento un deber. Unos minutos más tarde detuvo el coche y ambos salieron a la calle. «Esta no es la calle que acordamos», dijo el general Fedchenko. «No», dijo el general Golubkov, «pero es conveniente para aparcar el coche. No me gustaría dejarlo delante mismo del café. Atajaremos por aquella calleja. Son sólo dos minutos». «Está bien, caminemos», dijo el anciano y se aclaró la garganta.

En aquel barrio concreto de París las calles llevan nombres de distintos filósofos, y la calleja por la que caminaban había sido bautizada por un culto padre de la ciudad como calle Pierre Labime. Discurría tranquilamente junto a una iglesia oscura y unos andamios para desembocar en una vaga región de casas particulares con los postigos cerrados que se mantenían como distantes en sus terrenos tras unas verjas de hierro en las que las hojas de los plátanos moribundos se detenían en su vuelo entre las desnudas ramas y las aceras húmedas. A lo largo del lado izquierdo de aquella calle había una larga pared con crucigramas de ladrillos, que interrumpían aquí y allá la aspereza del gris; y en algún lugar de aquel muro había una puerta verde. Al acercarse a la misma, el general Golubkov sacó su pitillera abollada en tantas batallas y detuvo el paso para encender un cigarrillo. El general Fedchenko, un no fumador cortés, también se detuvo. Las ráfagas de viento racheaban el crepúsculo y la primera cerilla se apagó. «Sigo pensando…», dijo el general Fedchenko refiriéndose a un asunto menor que habían estado discutiendo últimamente, «sigo pensando», dijo (por decir algo mientras esperaba junto a la puertecilla verde), «que si el padre Fedor insiste en pagar el alojamiento de toda esa gente de su presupuesto, lo menos que podemos hacer es proporcionarle la calefacción». La segunda cerilla también se apagó. La espalda de un transeúnte que se perdía indistinta en la distancia desapareció por fin completamente. El general Golubkov maldijo el viento a pleno pulmón, y como si aquella fuera la señal convenida la puerta verde se abrió y tres pares de manos hicieron desaparecer de la vista al anciano. La puerta se cerró de golpe. El general Golubkov encendió su cigarrillo y enérgicamente emprendió el camino de vuelta por donde había venido.

Al anciano ya no se le volvió a ver. Los tranquilos extranjeros que habían alquilado cierta casa tranquila durante un mes tranquilo eran unos inocentes holandeses o daneses. No era sino un truco óptico. No había puerta verde, sólo una puerta gris que ninguna fuerza humana puede abrir. La he buscado en vano por enciclopedias admirables: no existe ningún filósofo llamado Pierre Labime.

Pero he visto el sapo en la mirada de esa mujer. Tenemos un dicho en Rusia: «Vsevo dvoe i est; smert’ da sovest», que se puede traducir de la siguiente manera: «Sólo hay dos cosas que realmente existen, la muerte propia y la propia conciencia». Lo bonito de la humanidad es que a veces uno puede no darse cuenta de estar obrando bien, pero uno siempre se da cuenta cuando actúa mal. Un terrible criminal, cuya mujer había sido aún más malvada, me contó una vez, cuando yo era sacerdote, que lo que siempre le había perturbado era la vergüenza interna de verse impedido, precisamente a causa de otra vergüenza más profunda todavía, a discutir con su mujer el siguiente acertijo: si era ella quien de verdad le despreciaba en el fondo de su corazón o por el contrario ella se preguntaba a su vez y desde el fondo de su corazón si era él quien la despreciaba a ella. Y ésa es la razón por la que conozco perfectamente bien los rostros del general Golubkov y de su esposa cuando finalmente se encontraron solos y frente a frente.

6.

No por mucho tiempo, sin embargo. Hacia las diez de la noche, el general L., secretario del S.C.B., fue informado por el general R. de que la señora Fedchenko estaba muy preocupada por la ausencia inexplicable de su marido. Sólo entonces recordó el general L. que hacia la hora del almuerzo el presidente le había dicho, como de pasada (pero ésa era la manera de ser del viejo caballero), que tenía algo que hacer en la ciudad a última hora de la tarde y que si no volvía para las ocho de la noche, el general L. podría leer una nota que había dejado en el cajón central de su mesa presidencial. Los dos generales corrieron entonces al despacho, se pararon en seco ante la puerta, volvieron corriendo a por las llaves que el general L. se había olvidado, volvieron a correr y finalmente encontraron la nota. «Un sentimiento extraño me obsesiona del que quizá me avergüence más tarde. Tengo una cita a las cinco y media en un café en el número 45 de la calle Descartes. Tengo que encontrarme con un informante del otro lado. Sospecho que se trata de una emboscada. Quien lo ha organizado todo ha sido el general Golubkov, que es quien me va a llevar en su coche hasta mi cita.»

Nos saltaremos lo que dijo el general L. y lo que le contestó el general R., pero aparentemente eran lentos de pensamiento por lo que procedieron a perder un poco más de tiempo en una confusa conversación telefónica con el indignado propietario de un café. Era ya casi medianoche cuando la Slavska, vestida con una bata floreada y aparentando estar muy, pero muy dormida, les dejó entrar. No quería molestar a su marido quien, les dijo, estaba ya dormido. Quería saber qué ocurría y si le había sucedido algún percance al general Fedchenko. «Ha desaparecido», dijo el honrado general L. La Slavskaexclamó: «¡Ah!», y cayó al suelo desmayada, destrozando casi el vestíbulo en el proceso. La escena no había perdido con ella tanto como pensaban la mayoría de sus admiradores.

De una forma u otra los dos generales se las ingeniaron para no informar al general Golubkov de la nota que habían encontrado, de forma que cuando les acompañó hasta el cuartel general del S.C.B. creía que de verdad querían discutir con él si llamaban a la policía de inmediato o si por el contrario debían acudir primero a pedir consejo al octogenario almirante Gromoboyev, quien, por alguna oscura razón, era considerado el Salomón del S.C.B.

—¿Qué significa esto? —dijo el general L., entregándole a Golubkov la nota incriminatoria—. Léala, por favor.

Golubkov la leyó atentamente y se dio cuenta inmediata de que todo estaba perdido. No nos cebaremos en el abismo de sus sentimientos. Devolvió la nota con un encogimiento de hombros.

—Si esto ha sido escrito realmente por el general —dijo—, y debo admitir que parece verdaderamente escrito de su puño y letra, en ese caso todo lo que puedo decir es que hay alguien que se ha tomado la libertad de hacerse pasar por mi persona. No obstante, tengo razones para pensar que el almirante Gromoboyev podrá exonerarme de toda responsabilidad. Propongo que vayamos a verle inmediatamente.

—Sí —dijo el general L.—, será mejor que vayamos ahora mismo, aunque sea muy tarde.

El general Golubkov se enfundó en su gabardina como en un silbido y salió el primero a la calle. El general R. ayudó al general L. a recuperar su bufanda. Se había medio caído de una de esas sillas que hay en los vestíbulos condenadas a acomodar objetos en lugar de gente. El general L. suspiró y se puso su viejo sombrero de fieltro, utilizando ambas manos para realizar tan sencilla acción. Fue hasta la puerta. «Un momento, general», dijo el general R. en voz baja. «Quiero preguntarle algo. De oficial a oficial ¿está usted absolutamente seguro… bueno, de que el general Golubkov nos está diciendo la verdad?»

—Eso es lo que vamos a averiguar —contestó el general L., que era una de esas personas que creen que en tanto una frase sea una frase está destinada a tener algún significado.

Al llegar a la puerta de entrada se cedieron mutuamente el paso con una leve presión en el codo. Finalmente, la leve diferencia de años llevó al mayor de ambos a aceptar el privilegio de pasar primero y se apresuró a hacer una salida vigorosa. Luego ambos se detuvieron en el rellano desconcertados ante la inquietante quietud y silencio de la escalera. «¡General!», gritó el general L. proyectando la voz hacia abajo. Luego se miraron el uno al otro. A continuación, con premura, con torpeza, bajaron a trompicones las feas escaleras y emergieron a la calle donde se detuvieron bajo una llovizna negra y se pusieron a mirar en todas direcciones para terminar cruzándose las miradas, el uno con el otro.

A ella la arrestaron a la mañana siguiente, muy temprano. Durante el interrogatorio no abandonó ni un solo momento su actitud de inocencia dolorida. La policía francesa desplegó una extraña apatía a la hora de buscar posibles pistas y pruebas como si asumieran que la desaparición de generales rusos era una especie de curiosa costumbre local, un fenómeno oriental, un proceso de disolución que quizá no debía producirse pero que, en cualquier caso, no podía prevenirse. Sin embargo, la impresión era que la Sûretésabía bastante más sobre los mecanismos y entresijos de la mágica desaparición de lo que la prudencia diplomática estaba dispuesta a admitir. Los periódicos extranjeros trataron todo el asunto con benevolencia no exenta de un punto de humor que fue desembocando en puro tedio. En líneas generales, «El affaire de la Slavska» no consiguió convertirse en un buen titular de periódico, los exiliados rusos se habían pasado decididamente de moda. Por pura coincidencia, que no deja de tener su punto divertido, una agencia de prensa alemana y otra soviética informaron lacónicamente de que un par de generales rusos se habían fugado en París con los fondos del Ejército Blanco.

7.

El juicio no reveló nada, extrañamente, y no brilló tampoco la elocuencia de una serie de confusos testigos, por lo que la sentencia final, que condenaba a la Slavskabajo una acusación de secuestro, resultó cuestionable en términos legales. Surgían todo tipo de detalles irrelevantes que oscurecían la cuestión principal. Gente equivocada recordaba hechos correctos y viceversa. Había una factura, presentada por un cierto Gastón Coulot, labrador, «pour un arbre abattu». El general L. y el general R. sufrieron lo indecible bajo el verbo y la autoridad de un abogado sádico. Un clochard parisino, uno de esos tipos sin afeitar, de nariz encarnada y madura (un papel fácil, el suyo), que guardan todas sus pertenencias terrenales en sus voluminosos bolsillos y que se envuelven los pies en capa tras capa de periódicos rotos cuando se les acaba el último calcetín y a los que se les puede ver, confortablemente sentados, con las piernas abiertas y una botella de vino, apoyados contra las paredes ruinosas de algún edificio que nunca se ha acabado de construir, hizo una declaración sensacionalista en la que dijo haber observado desde un lugar privilegiado cómo maltrataban a un anciano. Dos mujeres rusas, una de las cuales había recibido hacía tiempo tratamiento por un ataque agudo de histeria, dijo que en el día del crimen vieron al general Golubkov y al general Fedchenko en el coche del primero. Un violinista ruso que estaba en el vagón restaurante de un tren alemán… pero es inútil volver a relatar todos esos rumores vacíos.

Las últimas pinceladas visuales de la Slavskacorresponden a la cárcel. Teje plácidamente en un rincón. Escribe a la señora Fedchenko unas cartas manchadas de lágrimas en las que le dice que ahora son hermanas, porque los maridos de ambas han sido capturados por los bolcheviques. Pide que le permitan utilizar carmín de labios. Gime y ruega en brazos de una joven y pálida monja rusa que ha ido a visitarla para contarle una visión que ha tenido que revela la inocencia del general Golubkov. Clama para que le dejen el Nuevo Testamento que guarda la policía —lo guarda fundamentalmente de los expertos que habían empezado a descifrar ciertas notas garrapateadas en los márgenes del Evangelio de San Juan. Algún tiempo después del estallido de la II Guerra Mundial desarrolló un oscuro malestar interno y cuando, una mañana de verano, llegaron al hospital de la cárcel tres oficiales alemanes para verla, les comunicaron que había muerto —lo cual posiblemente fuera verdad.

Uno se pregunta si, de una u otra forma, su marido consiguió mantenerla informada de su paradero, o si consideró más seguro el dejarla en la más completa ignorancia. ¿Adonde fue, aquel pobre perdu? Los espejos de la posibilidad no pueden nunca reemplazar la mirilla del conocimiento. Quizá encontrara un puerto seguro en Alemania donde le dieran un pequeño trabajo administrativo en la Escuela de Formación de Jóvenes Espías. Quizá volviera a la tierra donde en solitario había conquistado ciudades. Quizá no. Quizá fuera llamado por quienquiera que fuera su jefe máximo para ser informado con ese acento ligeramente extranjero y esa forma tan especial de amabilidad que tan bien conocemos todos: «Me temo, amigo mío, que ya no lo necesitamos», y mientras X se da la vuelta para irse, el delicado índice del director del Teatro de Marionetas aprieta un botón en el filo de su impasible mesa y una trampilla se abre bajo X, que cae hacia su muerte (él, que tanto sabía, que sabía «demasiado»), o quizá se rompa el cuello divertido al caerse directamente al cuarto de estar del viejo matrimonio que vive en el piso de abajo.

En cualquier caso, la película ha terminado. Ayudas a tu chica a ponerse el abrigo y te unes a la cola de salida que prefieras. Las puertas de seguridad se abren a inesperadas porciones laterales de la noche, iniciando nuevas rutas. Pero si, como yo, prefieres, por razones de orientación, salir por el mismo camino por el que has entrado, volverás a pasar por delante de aquellos carteles que parecían tan atractivos hace un par de horas. El oficial de caballería ruso con su uniforme medio-polaco se inclina desde su pony de jugar al polo para recoger amores e idilios de botas rojas, mientras que el cabello negro de la chica cae en cascada desde su sombrero de astracán. El Arco de Triunfo se roza con un Kremlin de cúpulas difusas. El agente con monóculo de una Potencia Extranjera se ve en posesión de un manojo de documentos secretos que le entrega el general Golubkov… Vamos, rápido, niños, salgamos de aquí a la noche discreta, a la paz lenta y arrastrada de las aceras familiares, al sólido mundo de los niños buenos con pecas y al espíritu de camaradería. ¡Bienvenida realidad! Este cigarrillo tangible será muy refrescante después de toda esta excitación de baja calidad. Mira, aquel hombre delgado y esbelto que camina delante de nosotros también se ilumina después de golpetear su Lucky contra su vieja pitillera de cuero.

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