Sueños de invierno – Francis Scott Fitzgerald


 

Algunos de los caddies eran miserables como el pescado y se alojaban en viviendas de una sola habitación con un espacio libre al frente donde tenían una vaca neurasténica, pero el padre de Dexter Green era el dueño del segundo almacén de comestibles de Black Bear1 (el más importante era The Hub,2 cuya clientela estaba formada por la gente más adinerada de Sherry Island) y Dexter trabajaba sólo para disponer de dinero propio. En el otoño, cuando los días se tornaban destemplados y grises y el largo invierno de Minnesota se cerraba como la blanca tapa de un cajón, los esquíes de Dexter se deslizaban sobre la nieve que escondía los cuidados terrenos donde se jugaba. En estas ocasiones la campiña le producía un sentimiento de profunda melancolía. Le molestaba que los campos de golf debieran permanecer en forzosa inactividad, frecuentados solamente por vulgares gorriones durante la larga estación. Era triste también que en los sitios donde tan alegres colores se agitaban en verano, quedaran sólo los desolados ‘hoyos de arena llenos de escarcha hasta la altura de la rodilla. Cuando cruzaba las colinas el viento soplaba helado como la miseria y si había salido el sol, él vagabundeaba esquivando los ojos a la dura y brillante superficie ¡limitada.

En abril el viento cesaba bruscamente. Apenas se deslizaba la nieve en el lago Black Bear los primeros jugadores de golf desafiaban a la esta ción con sus pelotas rojas y negras. Sin transición, sin un intervalo de deleitosa humedad, el frío había pasado.

Dexter sabía que algo funesto se ocultaba en esa primavera nórdica en la misma forma en que experimentaba la magnificencia del otoño. Esta estación lo hacía restregarse las manos y estremecerse, repetirse frases necias y hacer repentis y enérgicos ademanes dirigidos a ejércitos y auditorios imaginarios. Octubre lo colmaba de esperanza que noviembre acrecentaba y convertía en una especie de éxtasis triunfal y en ese estado de ánimo las rápidas y brillantes impresiones del verano de Sherry Island constituían un material excelente para ser plasmado en su imaginación. Se convertía en un campeón de golf que derrotaba a Mr. T. A. Hedrick en un partido maravilloso jugado cien veces en los campos de su fantasía y cuyos detalles él cambiaba incansablemente (algunas veces ganaba con una facilidad que casi movía a risa, otras después de quedar rezagado se recuperaba magistralmente). Otra vez bajaba de un automóvil Pierce-Arrow, como el de Mr. Mortimer Jones y entraba a grandes pasos y con expresión indiferente a la sala del Sherry Island Golf Club o quizás, rodeado por un grupo de admiradores, hacia una exhibición ornamental al zambullirse desde el trampolín de la balsa del club. Entre los que lo observaban con la boca abierta de admiración estaba Mr. Mortimer Jones.

Y ocurrió cierto día que Mr. Jones (en persona, no su espectro) vino al encuentro de Dexter con lágrimas en los ojos y dijo que Dexter era el mejor caddy del club y que si estaba dispuesto a no abandonar su puesto si Mr. Jones le hacía reconocer sus méritos, porque cualquier otro caddy del club le perdía regularmente una pelota por hoyo.

-No, señor -dijo Dexter con tono decidido-. No quiero continuar más como caddy. – Y después de una pausa-: Ya tengo demasiada edad para eso.

-Tú no tienes más de catorce años. ¿Por qué diablos has decidido justamente esta mañana que quieres abandonar? Me prometiste que ¡rías conmigo al torneo del estado la semana próxima.

-He llegado a la ‘conclusión de que tengo demasiada edad.

Dexter entregó su insignia de la “Clase A”, recibió el dinero que se le debía del jefe de los caddies y se volvió a su casa en la villa de Black Bear.

-El mejor caddy que he conocido -gritaba Mr. Mortimer Jones mientras bebía esa tarde-. ¡Nunca perdía una pelotal ¡Inteligente! ¡Tranquilo! ¡Honesto! ¡Agradecido! La jovencita causante de esto tenía once años (era deliciosamente fea, como suelen ser las niñas que están destinadas a convertirse después de unos pocos años en indeciblemente encantadoras y acarrear miserias sin fin sobre un gran número de hombres). La chispa, sin embargo, era ya perceptible. Había cierta perversidad en la forma en que sus labios se curvaban criando sonreía y en la (¡el cielo nos ampare!) en la casi apasionada expresión de sus ojos. La vitalidad se manifiesta temprano en tales mujeres. Y en ella esto se evidenciaba entonces en grado sumo, al brillar a través de su fina figura como una especie de nimbo. Había llegado ansiosamente al campo a las nueve de la mañana con una gobernanta vestida de blanco y cinco palos de golf pequeños y nuevos dentro de una bolsa de lona blanca que llevaba la gobernanta. Cuando Dexter la vio estaba parada junto al edificio de los caddies, evidentemente intranquila y para disimularlo mantenía con su acompañante una conversación sin duda forzada que matizaba con gestos bruscos y fuera de lugar.

-Bueno, por cierto que es un lindo día, Hilda -le oyó decir Dexter y vio cómo curvaba la comisura de los labios, sonreía y miraba furtivamente a su alrededor. Sus ojos al girar se detuvieron un instante en Dexter. Después se dirigió a la gobernanta:

-Bueno, supongo que no habrá venido mucha gente esta mañana, ¿no?

Otra vez la sonrisa radiante, artificiosa, convincente.

-No sé qué podemos hacer, ahora -dijo la gobernanta sin mirar a ninguna parte en particular.

-Oh, no hay que preocuparse. Yo lo arreglaré.

Dexter permanecía inmóvil, con los labios ligeramente entreabiertos. Sabía que si se adelantaba un paso su mirada se encontraría con la de ella y si retrocedía no podría verle la cara por completo. Al principio no se había dado cuenta de que era tan niña. Entonces recordó haberla visto varias veces el año anterior mostrando las bombachas bajo la diminuta falda. Repentinamente y sin quererlo, se rió en forma brusca y breve. Después se moderó, dio media vuelta y empezó a alejarse con pasos rápidos.

-¡Oye, niño!

Dexter se detuvo. -Niño…

Sin duda alguna se trataba de él. Y no era solamente eso, sino que le dirigía esa sonrisa absurda, esa sonrisa ridícula que por lo menos una docena de hombres llevarían grabada en la memoria hasta la edad madura.

-Niño, ¿sabes dónde se encuentra el profesor de golf?

-Está dando una lección.

-Bueno, ¿sabes dónde está el jefe de los caddies?

-Aún no ha llegado.

-¡Oh! -Eso la desconcertó por un momento. Se apoyaba alternativamente sobre uno y otro pie.

-Quisiéramos un caddy -dijo la gobernanta-. La señora de Mortimer Jones nos hizo venir a jugar el golf, pero no podremos hacerlo sin un caddy.

Se detuvo ante una mirada cortante de la señorita Jones, seguida de inmediato por la sonrisa.

-No está ninguno de los caddies, salvo yo -le contestó Dexter a la -gobernanta-, y tengo que permanecer aquí hasta que llegue el jefe de los caddies.

-Oh.

La señorita Jones y su acompañante se alejaron y a cierta distancia de Dexter iniciaron una acalorada conversación a la que dio término la señorita Jones cuando tomó uno de los palos y lo arrojó al suelo con violencia. Para dar mayor énfasis a su actitud lo levantó e hizo ademán de dar con él en el pecho de la gobernanta, pero ésta lo tomó y se lo arrancó de las manos.

-¡Maldita vieja inútil! -gritó desaforadamente la señorita Jones.

Sobrevino otra discusión. Consciente de que la escena tenía las características de una comedia, Dexter empezó a reírse varias veces, pero se contenía antes de que su risa pudiera oírse. No podía resistirse a la monstruosa convicción de que la chiquilla tenía sobrados motivos para pegarle a la gobernanta. La situación se resolvió por la fortuita aparición del jefe de los caddies, a quien recurrió inmediatamente la gobernanta.

-La señorita Jones necesita un caddy y éste dice que no puede ir.

-El señor McKenna me dijo que esperara aquí hasta que usted llegara -intervino Dexter con rapidez.

-Bueno, ahora él está aquí. -La señorita Jones le sonrió amablemente al jefe de los caddies. Después dejó caer el bolso y se alejó con afectada arrogancia hacia el campo de juego.

-¿Y bien? -el jefe de los caddies se volvió hacia Dexter-. ¿Por qué te quedas ahí parado como un maniquí? Levanta los palos de la señorita.

-Creo que no saldré hoy -contestó Dexter.

-Que no.

-Creo que dejaré el trabajo.

La enormidad de su decisión lo asustaba. Era uno de los caddies favoritos y los treinta dólares mensuales que ganaba durante el verano no era posible obtenerlos en ningún otro trabajo en las proximidades del lago. Pero había recibido una fuerte impresión emocional y su perturbación necesitaba desahogarse en forma violenta e inmediata. Pero no es tan simple como parece, sin embargo. Casos análogos se repetirían frecuentemente en el futuro, porque inconscientemente Dexter obedecía los dictados de sus sueños del invierno. Claro que la condición y la oportunidad de estos sueños del invierno variaban, pero su material era el mismo. Ellos impulsaron a Dexter, varios años después, a desdeñar una carrera comercial en la Universidad de su estado donde su padre, que se encontraba ya en buena situación económica, le hubiese pagado los gastos, por la dudosa ventaja de asistir a una Universidad del este, más antigua y famosa, donde se veía constreñido por la escasez de sus recursos. Pero esto no le afectaba, porque al principio sus sueños del invierno lo llevaron a la meditación acerca de la riqueza y además no había en su modo de ser nada de vulgar ni de presuntuoso. No deseaba estar relacionado con gente ostentosa ni con cosas relucientes. Estas cosas le gustaban, pero en sí mismas. A menudo se esforzaba por obtener lo mejor sin saber porqué lo quería y algunas veces subía la cuesta en contra de las misteriosas negaciones y prohibiciones en las que es pródiga la vida. Es con una de aquellas negaciones y con su carrera en sí con lo que se conecta esta historia. Ganó dinero. Fue realmente interesante. Cuando salió de la Universidad se trasladó a la ciudad de donde procedían los ricos deportistas que daban vida al lago Black Bear. Cuando cumplió los veintidós años y no tenía aún dos de residencia allí había ya gente a quien le placía decir:

-Ahora hay un muchacho.

A su alrededor todos los hijos de la gente adinerada actuaban como agentes en la Bolsa o invertían arriesgadamente sus patrimonios o se afanaban para aprobar los veinticinco volúmenes del “Curso Comercia) George Washington”; en cambio Dexter pidió un préstamo de mil dólares sobre un título universitario y su buena fe y entró como socio en un lavadero. Entonces era una empresa pequeña, pero Dexter se hizo una especialidad al aprender la forma en que los ingleses lavaban sus medias de golf da fina lana sin que éstas encogieran y al cabo de un año la aplicaba como un sistema propio de la casa. Los hombres insistían en que sus medias Shetland y sus sweaters fueran enviados a ese lavadero en la misma forma en que habían insistido en pedir un caddy capaz de encontrar las pelotas de golf. Al poco tiempo se lavaba también allí la ropa de sus esposas y se abrieron cinco sucursales del lavadero en distintas partes de la ciudad. Antes de cumplir les veintisiete años poseía la cadena de lavaderos más extensa de esa parte del país. Entonces la vendió y se fue a Nueva York. Pero la parte de esta historia que nos interesa se refiere al tiempo en que él empezaba a tener éxito en el negocio. Cuando Dexter tenía veintitrés años el señor Hart, uno de aquellos hombres de cabellos grises a quienes les gustaba decir “Ahora hay un muchacho” le dio una tarjeta de invitación para un fin de semana en el Golf Club de Sherry Island. Así que un día escribió su nombre en el registro y esa tarde jugó al golf en un cuarteto con los señores Hart, Sandwood y T. A. Hedrick. No le pareció necesario hacer notar que una vez había llevado la bolsa -del señor Hart sobre ese mismo campo -de juego y que a ojos cerrados sabía donde estaba cada trampa y cada zanja, pero se encontró mirando a los cuatro caddies que los acompañaban a ver si sorprendía una mirada o un ademán que lo hiciera recordar de sí mismo, que aminorara el vacío que se había abierto entre su presente y su pasado. Para él fue un día curioso, con bruscos matices de impresiones rápidas y familiares. Había momentos en que tenía la impresión de ser un advenedizo para sentirse invadido después por una tremenda sensación de superioridad con relación al señor T. A. Hedrick, que era un hombre fastidioso y hasta había dejado de ser un buen jugador de golf. Entonces, con motivo de la pérdida de una pelota por parte del señor Hart, sucedió una enormidad. Mientras revolvían el duro césped sin recortar oyeron un grito agudo que provenía de detras de una colina a sus espaldas.

-¡Cuatro!

Todos se incorporaron y se volvieron bruscamente en el momento en que una pelota nueva y brillante saltó sobre la colina y le dio en el abdomen al señor T. A. Hedrick.

-¡Por Dios! -gritó el afectado por el golpe-. Deberían expulsar del campo de juego a algunas de estas locas. ¡Esto es ultrajante! Una cabeza y una voz asomaron por sobre la colina.

-¿Les molesta que crucemos?

-¡Me ha golpeado en el estómago! -gritó desaforadamente el señor Hedrick.

-¿Eso hice? -la joven se aproximó a ellos-. Lo siento. Yo grité ¡cuatro!

Deslizó su mirada por cada uno de los hombres y se puso a observar el pasto para buscar la pelota.

-¿La hice rebotar hacia la parte inculta?

Era imposible determinar si ésa era una pregunta ingenua o maliciosa. Después de un momento, sin embargo, ella misma los sacó de dudas, porque cuando llegó su compañero le gritó risueñamente.

-¡Aquí estoy! La mandé al pasto después de golpear contra algo.

En tanto ella adoptó una pose para un breve coqueteo, Dexter la observó  detenidamente. Usaba un vestido de algodón azul con un ribete blanco en los bordes del cuello y ‘los hombros que acentuaba su color tostado por el sol. Aquella manera de exagerar, lo mismo que su delgadez, que hacían aparecer apasionados sus ojos y absurda la curva de su boca cuando tenía once años, habían desaparecido. Poseía una belleza llamativa. El color de sus mejillas estaba centrado como en un retrato no era un color “subido”, sino una tonalidad suave, fluctuante y afiebrada, tan tenue que parecía quede un momento a otro empalidecia hasta desaparecer. Ese color y la movilidad de la boca le daban una expresión de fluir continuo, de vida intensa, de apasionada vitalidad que sólo parcialmente equilibraba la tristeza superflua de sus ojos. Golpeó con impaciencia y sin interés y envió la pelota a un hoyo de arena al otro lado del césped. Con una sonrisa rápida y fingida la siguió después de decir con descuido:

-Gracias.

-¡Esa Judy Jones! -comentó el señor Hedrick al acercarse al próximo hoyo después que esperaron un momento para que ella jugara más adelante-. Todo lo que necesita es que le den palmadas durante seis meses y después la casen con un capitán de caballería de la vieja escuela.

-¡Por Dios, es tan bien parecida! -contestó el señor Sandwood que tenía alrededor de treinta años.

-¡Bien parecida! -gritó enfáticamente el señor Hedrick-. ¡Siempre se ve como si estuviera deseando que la besaran! ¡Mira con sus ojos de vaca a todos los terneros de la ciudad!

Era dudoso que el señor Hedrick se hubiese referido al instinto maternal.

-Ella jugaría muy bien al golf si se lo propusiera -adujo el señor Sandwood.

-No tiene estilo -contestó el señor Hedrick con solemnidad.

-Tiene una bonita figura -continuó el señor Sandwood.

-Es mejor dar gracias a Dios porque ella no impulsa la pelota con mayor rapidez – terció el señor Hart haciéndole un guiño a Dexter.

Al promediar la tarde el sol se puso entre un desordenado remolino de oro y variantes tonos azules y escarlatas y sobrevino la seca y susurrante noche de verano en el oeste. Dexter observaba desde la terraza del Golf Club, miraba la leve espuma que una brisa suave levantaba sobre el agua, como melaza de plata que cosechara la luna. Entonces ésta se llevó un dedo a los labios y el lago se convirtió en una piscina clara, pálida y quieta. Dexter se puso la malla y nadó hasta la alejada balsa donde se extendió para escurrirse sobre la lona húmeda del trampolín. Había un pez que daba saltos sobre el agua y una estrella brillante y alrededor del lago las luces parpadeaban. Desde una oscura península llegaba la música de un piano donde tocaban las canciones de moda del último verano y las del verano anterior, trozos de “Chin-Chin”, del “Conde de Luxemburgo” y del “Soldado de Chocolate”, y como la música de un pian sobre la superficie del agua le había parecido hermosa a Dexter, él se quedó escuchando en completa inmovilidad. La canción que tocaban en ese momento había gustado y estuvo muy de moda cinco años antes, cuando Dexter estaba en segundo año de la Facultad. La habían tocado una vez en una fiesta cuando él no podía permitirse el lujo de asistir a ellas y se había detenido a escuchar fuera del gimnasio. La melodía lo hizo entrar en una especie de éxtasis y en ese estado apreció lo que estaba sucediendo en ese momento. Era un estado de ánimo que le permitía una intensa comprensión, la sensación de que, por una vez, armonizaba en forma magnífica con la vida y que cuanto lo rodeaba emitía una brillantez y un encanto que nunca volvería a encontrar. Una forma oblonga, baja y tenue se destacó desde la oscuridad de la isla haciendo que se le adelantara la trepidación del motor de una lancha de carrera. Dos blancas estelas de agua se hendían detrás y casi inmediatamente la lancha estuvo a su lado y ahogó el cálido sonido del piano con el zumbido que producía al pulverizar el agua. Al levantarse sobre los brazos Dexter pudo distinguir una figura de pie junto al timón y dos ojos oscuros que lo ‘miraban a través de la extensión del agua y ya la lancha había pasado y sin rumbo fijo, describía un inmenso círculo de espuma dando giros y más giros en el centro del lago. Con la misma excentricidad aplanó uno de aquellos círculos y se encaminó hacia la balsa.

-¿Quién está allí? -gritó ella después de parar el motor. Estaba tan cerca entonces que Dexter podía verle la malla de color rosa.

La proa de la lancha golpeó la balsa, y como ésta se balanceara desordenadamente él fue precipitado hacia la joven. Con diferentes grados de interés se reconocieron uno al otro.

-¿No era usted uno -de los que estaban jugando esta tarde? -le preguntó.

-Era.

-Bueno. ¿Sabe manejar una lancha a motor? Porque si puede hacerlo me gustaría que manejara ésta para subir yo a un esquí detrás. Me llamo Judy Jones.

Lo favoreció con una sonrisa absurda y afectada más bien, que trataba de ser afectada, porque curvar los labios en la forma en que ella podía hacerlo, no era grotesco sino sencillamente hermoso.

-Y vivo en una casa allá, sobre la isla -agregó-, donde me está esperando un hombre. Cuando él llegó a la puerta yo salí del dique para que no me diga que soy su ideal. Había un pez que daba saltos por sobre el agua y una estrella brillante y alrededor del lago las luces parpadeaban. Dexter se sentó al lado de Judy Jones y ella le explicó la manera de manejar su lancha. Después se arrojó al agua y nadó hacia el flotante esquí con un crawl sinuoso. La miró sin esforzarse la vista como se mira una rama ondulante o una gaviota en vuelo. Sus brazos, tostados como el nogal, se movían sinuosamente entre el platino de las rizadas aguas; primero aparecía el codo, lanzaba hacia atrás el antebrazo con la cadencia de una caída de agua, subía y bajaba y cortaba un camino hacia adelante. Se internaron en el lago; Dexter se volvió y la vio que apoyaba las rodillas en la parte baja de atrás del esquí que se hallaba inclinado.

-Vaya más rápido -le gritó ella-. A toda velocidad.

Dócilmente él apretó el acelerador y la blanca estela cubrió la proa. Cuando volvió a mirarla la joven estaba parada sobre el impetuoso esquí, con los brazos extendidos en una línea amplia y los ojos levantados -hacia la luna.

-Está terriblemente fría -le gritó-. ¿Cómo se llama usted?

El se lo dijo.

-Bueno. ¿Por qué no viene a cenar mañana por la noche?

El corazón le dio un vuelco semejante al giro de la rueda de la lancha y por segunda vez cambió la dirección de su vida por un capricho casual de la joven. A la noche siguiente, mientras esperaba que ella bajara, Dexter animó con ;la imaginación aquella habitación de verano profundamente suave y el pórtico iluminado por el sol que había dado paso a los hombres que ya habían amado a Judy Jones. Sabía qué clase -de hombres eran. .. los hombres que cuando él había ido por primera vez a la Facultad llegaron de la gran escuela preparatoria con ropas a la última moda y el color tostado oscuro de los veranos al aire libre. Había notado que en cierto sentido él era mejor que esos hombres. El era más adelantado y más fuerte. Sin embargo, al reconocer que desearía que sus hijos fueran como ellos admitía que él no era más que ¡la materia prima tosca y tenaz sobre la cual ellos surgirían eternamente. Cuando llegó el momento de que él pudiera usar buenas ropas, había sabido quiénes eran los mejores sastres de América y ellos le habían hecho el traje que llevaba esa noche. Había adquirido esa reserva particular que era peculiar en su Universidad y que había sido desplazada de otras. Conocía el valor que para él tenía ese amaneramiento y lo había adoptado. Sabía que ser despreocupado en el vestir y en el modo de actuar requería más confianza en sí mismo que ser cuidadoso. Pero la despreocupación era para los chicos. El apellido de su madre era Krimslich. Ella había sido natural -de Bohemia y pertenecía a la clase campesina. Habló muy mal el inglés hasta el fin de sus días. Su hijo debía cuidar la pureza del lenguaje. Algo después de las siete Judy Jones bajó del piso superior. Llevaba un vestido de tarde de seda azul y él estuvo desconcertado al principio porque no se habla puesto algo de más vestir. Esta sensación fue acentuada cuando después de un breve saludo ella fue hasta la puerta de una pequeña despensa y después de abrirla, gritó:

-Puedes servir la cena, Marta.

El había esperado que un mayordomo anunciara la cena, que se sirviera un cocktail. Pero dejó de lado esos pensamientos cuando se sentaron juntos en un sillón y se miraron uno al otro.

-Ni mi padre ni mi madre estarán aquí –dijo ella pensativamente.

El recordó la última vez que había visto al padre de la joven y se alegró de que ellos no estuvieran allí esa noche porque podrían imaginar quién era él. Había nacido en Keeble, una villa de Minnesota distante ochenta kilómetros hacia el norte y él siempre daba aquel domicilio en vez de mencionar el de la villa de Black Bear. Los pueblos del campo eran bastante buenos como lugar de procedencia si no estaban a la vista en forma inconveniente y eran usados como lugares de servicio por los lagos de moda. Hablaron de su Universidad, que él había visitado con frecuencia durante los dos últimos años y de la ciudad próxima que proveía de parroquianos a Sherry Island y de que Dexter regresaría de mala gana al día siguiente a sus prósperos lavaderos. Durante la cena ella se mostró desanimada y provocó en Dexter una sensación de desasosiego. Cualquier petulancia que ella extremara con el tono alto de su voz lo afligía. Cada vez que ella se sonreía con él o mientras miraba un hígado de pollo o sin mirar nada él se perturbaba porque quizás esa sonrisa no era alegre, ni siquiera divertida. Cuando las comisuras de sus labios se inclinaban hacia abajo, el gesto tenía menos de sonrisa que de invitación al beso. Después de la cena lo condujo a la oscura galería y deliberadamente cambió de actitud.

-¿Le importa si lloro un poco? -le dijo.

-Temo estarla fastidiando -contestó él rápidamente.

-Usted no. Usted me gusta. Sólo que he pasado una tarde terrible. Había un hombre que me interesaba y esta tarde me dijo con toda tranquilidad que es más pobre que una rata de iglesia. El ni lo había insinuado nunca antes. ¿No le parece horriblemente mundano?

-Quizás él temía decírselo.

-Supongamos que sea así -contestó ella-. El no empezó bien. Usted ve, si yo hubiera pensado en él como si fuera pobre bueno, he estado loca por una cantidad de hombres pobres y tenía la plena intención de casarme con todos ellos. Pero en este caso, no lo había considerado a él como tal y mi interés no era lo bastante fuerte para sobrevivir a la impresión. Como si una chica le informara tranquilamente a su novio que había sido viuda, pero… -se interrumpió de pronto-. Vamos a empezar bien. ¿Quién es usted, de cualquier modo?

-Yo no soy nadie -le anticipó-; mi carrera es más que nada cosa del futuro.

-¿Es usted pobre?

-No -contestó él con franqueza-. Probablemente estoy ganando más dinero que cualquier hombre de mi edad en el noroeste. Sé que ésta es una observación inconveniente, pero usted me ha aconsejado empezar con la verdad.

Hubo una pausa. Después ella sonrió y se inclinaron las comisuras de sus labios. Con un movimiento casi imperceptible se acercó más a él y lo miró en los ojos. A Dexter se le hizo un nudo en la garganta y contuvo la respiración a la espera de la experiencia, pronto para encarar la combinación de los elementos que sus labios unidos aportarían y cuyo resultado era imposible predecir. Entonces vio que ella le comunicaba su excitación pródiga, hondamente, con besos que no eran una promesa sino una realización. Estos despertaron en él no el apetito que demanda la satisfacción sino el exceso que reclamaría otro exceso besos que eran como una limosna, que creaban el deseo porque no representaban absolutamente nada. A las pocas horas estaba convencido de que había querido a Judy Jones desde que era un chiquillo orgulloso y decidido.

Empezó así y continuó, con matices que hacían variar la intensidad, con una nota que iba directamente al desenlace. Dexter rindió una parte de sí mismo a la personalidad más absorbente y falta de principios con que había estado en contacto. Cualquier cosa que Judy quisiera, él la buscaba completamente apremiado por su hechizo. No había divergencia en el método, no había nada engañoso en la posición ni premeditado en los efectos, Judy ponía muy poca mentalidad en sus asuntos. Simplemente ‘despertaba en los hombres hasta el más alto grado la conciencia de su encanto físico. Dexter tenía que desear cambiarla. Pero ella entretejía sus deficiencias con una energía pasional que trascendía y las justificaba. Así, cuando Judy, con la cabeza apoyada en su hombro esa primera noche le susurró:

-Yo no sé qué me pasa. Anoche creía que estaba enamorada de un hombre y hoy creo que lo estoy de ti.

A él le pareció una expresión hermosa y romántica. Era la exquisita excitabilidad que por el momento él controlaba y poseía. Pero una semana después fue compelido a ver la misma cualidad bajo una luz diferente. Lo ‘llevó en su bicicleta a cenar a un picnic y después de la cena ella desapareció en la misma bicicleta, pero con otro hombre. Dexter se puso casi fuera de sí y apenas pudo controlarse para aparecer amable con las otras personas que se hallaban presentes. Cuando ella le aseguró que no había besado al otro, se dio cuenta de que le estaba mintiendo y sin embargo estaba contento de que ella se tomara la molestia de mentirle.

El era, como descubrió antes de que terminara el verano, uno entre la cambiante docena que circulaban alrededor de Judy. Cada uno había sido a su tiempo favorito entre los otros una media docena de ellos aún se solazaban en el rescoldo de ocasionales reminiscencias sentimentales. Siempre que alguno daba señales -de salirse de la órbita con una prolongada actitud negligente, le concedía una breve hora de dulzura con lo que lo alentaba para seguir en pos de ella durante todo un año. Judy llevaba a cabo estas correrías sobre la desesperanza y la derrota sin malicia, sin tener conciencia exacta de que había algo de perversidad en lo que hacía. Cuando llegaba un forastero al pueblo todos los demás caían en desgracia las citas se cancelaban automáticamente. La imposibilidad de tratar de hacer algo residía en que ella lo hacía todo por sí misma. No era una joven que pudiera ser “ganada” en el sentido dinámico estaba hecha a prueba de capacidad, a prueba de seducción; si cualquiera de los galanes la atacaba –con demasiada violencia ella llevaba inmediatamente el problema al terreno físico y bajo la magia de su esplendorosa atracción tanto el jugador enérgico como el brillante hacían su juego y descuidaban el propio. Ella se complacía solamente en la satisfacción de sus deseos y por el ejercicio directo de su propio encanto. Quizás a causa de tanto amor juvenil, de tantos jóvenes amantes, ella había concluido, en autodefensa, por satisfacerse enteramente a sí misma.

Pasados los primeros momentos de regocijo, Dexter empezó a sentir el desasosiego y después la ansiedad no satisfecha. El desolado éxtasis de perderse en ella era aletargante más que tónico. Afortunadamente a causa de su trabajo durante el invierno esos momentos de éxtasis se hicieron cada vez menos frecuentes. Al comienzo de sus relaciones hubo un momento en que pareció que entre ellos habla una atracción mutua y profunda aquel primer mes de agosto, por ejemplo. Tres días de largas veladas en la oscura galería, de extraños besos apagados durante la tarde en sombreadas alcobas o detrás del respaldo protector de las plantas del jardín, de mañanas en que ella estaba fresca como un sueño y casi vergonzosa de encontrarse con él a la claridad del nuevo día. Hubo todo el éxtasis de un compromiso, desgarrado por su comprobación de que en realidad el mismo no existía. Fue durante aquellos tres días que por primera vez le había pedido que se casara con él. Ella había contestado:

-Puede ser algún día. -Y después-: Bésame. -Y agregó-: Me gustaría casarme contigo; -y prosiguió-: Te quiero. . . -ella dijo. no dijo nada.

Los tres días fueron interrumpidos por la llegada de un joven de Nueva York que fue de visita a casa de Judy durante la primera quincena de septiembre. Para la agonía de Dexter los rumores la daban por comprometida con el forastero Este era hijo del presidente de un “trust” muy importante. Pero a fin de mes se murmuró que Judy estaba bostezando. Una noche durante un baile ella pasó toda la velada sentada en una lancha a motor con un galán de la localidad mientras el neoyorquino la buscaba frenéticamente por todo el club. Judy le dijo al galán local que estaba cansada del visitante y dos días después éste se fue. La vieron con él en la estación y se dijo que el joven parecía apenado de verdad.

Con esta nota terminó el verano. Dexter tenía veinticuatro años y cada vez más su situación económica lo colocaba en condiciones de poder hacer cuanto deseaba. Pertenecía a dos clubes de la ciudad y vivía en uno de ellos. Aunque bajo ningún concepto podía integrar los círculos de los miembros más conspicuos de dichas instituciones, se ingeniaba para asistir a los bailes en que era probable que apareciera Judy. Podía haber avanzado desde el punto de vista social tanto como hubiera querido, era un partido, entonces, popular entre los padres del barrio céntrico. Su confesada devoción por Judy Jones tendía a afianzar su posición. Pero no tenía aspiraciones sociales y más bien despreciaba a aquellos amantes de la danza que estaban siempre pendientes de las reuniones de los jueves y sábados y que en las cenas llenaban blancos entre dos matrimonios más jóvenes. Ya acariciaba la idea de irse al este, a Nueva York, y quería llevar a Judy Jones con él. La desilusión que le causaba el mundo en que ella había crecido no podía destruir la ilusión que le engendraba el deseo.

Dieciocho meses después de su primer encuentro con Judy Jones se comprometió con otra joven. Se llamaba Irene Scheerer y su padre era uno de los hombres que siempre habían tenido confianza en Dexter. Irene tenía los cabellos claros, era dulce y honesta y un poquito fornida. Tenía dos pretendientes a quienes desairó gustosa cuando Dexter le pidió formalmente que se casara con él.

Verano, otoño, invierno, primavera, otro verano, el otoño siguiente. . . había dado tanto de su vida activa a los labios incorregibles de Judy Jones. Ella lo había tratado con interés, lo había alentado, lo había hecho víctima de su maldad, de su indiferencia, de su desagrado. Lo había herido con las innumerables pequeñeces e indignidades posibles en tal casa como si se hubiera vengado por haberlo querido completamente. Lo había llamado por señas para bostezar en su compañía y lo había vuelto a llamar. A menudo él había respondido con amargura entrecerrando los ojos. Ella le había proporcionado una felicidad extática y una intolerable agonía de espíritu. Le había causado inconvenientes indecibles y no pocos trastornos. Lo había insultado, lo había tratado con arrogancia, había jugado a hacerle descuidar su trabajo por ella para divertirse. Le había hecho de todo a excepción de criticarlo, eso no lo había hecho, a él le parecía que solamente por no desvirtuar la suprema indiferencia que demostraba hacia él y que sentía sinceramente.

Cuando llegó el otoño y hubo pasado otra vez se le ocurrió que no podría tener a Judy Jones. Había combatido esa idea en su pensamiento, pero por último se había convencido a sí mismo. Yacía despierto por la noche durante un rato y razonaba sobre el tema. Recordó todos los problemas y la pena que ella le había causado, enumeró sus evidentes deficiencias como esposa. Después se volvía a decir que -la amaba y se dormía. Durante una semana, por temor de imaginar su voz aguda en el teléfono o sus ojos mirándolo durante el almuerzo trabajaba con ahínco y hasta tarde y por la noche iba a la oficina a trazar planes.

Al cabo de una semana fue a una reunión y bailó con ella una vez. Y no le pidió, como había hecho siempre desde que se habían conocido, que se sentara con él afuera ni le dijo que era adorable. Lo mortificó que ella no extrañara esas cosas, y eso fue todo. No sintió celos cuando vio que había un hombre nuevo esa noche. Había desarrollado una defensa contra los celos desde hacía mucho tiempo. Se quedó hasta tarde en el baile. Se sentó durante una hora con Irene Scheerer y hablaron de libros y de música, temas sobre los que él sabía muy poco. Pero estaba empezando a disponer de su tiempo y tuvo la noción un tanto pedante de que él, el joven y ya decididamente triunfador Dexter Green debería saber más acerca de tales cosas.

Eso fue en octubre, cuando él tenía veinticinco años. En enero Dexter e Irene se comprometieron. Dispusieron anunciarlo en junio y casarse tres meses después. El invierno de Minnesota se prolongaba interminablemente y era casi mayo cuando empezaron a aminorar los vientos y la nieve se deslizó por fin al lago Black Bear. Por primera vez y durante todo un año Dexter disfrutó de cierta tranquilidad de espíritu. Judy Jones había estado en Florida y después en Hot Springs, en alguna parte se había comprometido y en alguna otra había roto el compromiso. Al principio, cuando Dexter la dejó definitivamente, lo había entristecido que la gente los siguiera relacionando y le preguntara si tenía noticias de ella, pero cuando se le empezó a asignar el lugar para la cena al lado de Irene Scheerer, no volvieron a hacerle esa pregunta sino que empezaron a hablarle de ella. Había dejado de tener autoridad sobre Judy. Por fin llegó mayo. Dexter caminaba de noche por las calles cuando la oscuridad estaba húmeda como si lloviera y cavilaba sobre cómo tan pronto, con tan poco esfuerzo, el estado de éxtasis había cesado en él casi por completo. Un año atrás, mayo había sido marcado por la turbulencia ponzoñosa, imperdonable y, sin embargo, ya perdonada de Judy, había sido uno de esos raros períodos en que él había podido imaginar que ella había nacido para quererlo. Bien valía el viejo penique de felicidad que había gastado por la medida de satisfacción de que disfrutaba en ese momento. Sabía que Irene no podría ser más que una cortina extendida tras él, una mano que se movería entre el reluciente juego de té, una voz que llamaría a los chicos, el fuego y el encantamiento habían pasado, la magia de las noches y el prodigio de ‘las horas diferentes y las estaciones labios finos, curvados hacia abajo que caían sobre los suyos y lo conducían al cielo de dos ojos. La pasión había arraigado muy hondo, y su vigor y vitalidad le impedían hacerla desaparecer rápidamente.

A mediados de mayo, cuando el tiempo se equilibró durante unos pocos días sobre el delgado puente que lo conducía al pleno verano, él entró a la casa de Irene. Su compromiso iba a ser anunciado dentro de una semana nadie se sorprendería. Y esa noche iban a sentarse juntos en un sillón en el Club Universitario para observar a los bailarines durante una hora. Le daba una sensación de solidez el ir con ella, Irene gozaba de una popularidad tan firme, era tan intensamente “grande”.

Subió los escalones de acceso a la casa y entró.

-Irene -llamó.

La señora Scheerer salió del living-room para recibirlo.

-Dexter -le dijo-, Irene se ha ido arriba con un fuerte dolor de cabeza. Quería salir con usted, pero yo la hice acostar.

-¿No es nada serio? Yo …

-Oh, no. Irá a jugar al golf con usted por la mañana. ¿Puede pasar una noche sin ella, verdad, Dexter?

Le sonreía amablemente. Ella y Dexter simpatizaban. Hablaron un momento en el living-room antes de que él se despidiera.

Al regresar al Club Universitario, donde se alojaba, se detuvo un momento en la puerta para observar a los bailarines. Se apoyó contra el marco de la puerta, saludó con la cabeza a un hombre o dos, bostezó.

-Hola, querido.

La voz familiar a su lado lo sorprendió. Judy Jones había dejado a un hombre y cruzó la habitación hacia él. Judy Jones, una fina muñeca esmaltada, vestida de oro: oro en una banda sobre la cabeza, oro en las puntas de las sandalias bajo el ruedo del vestido. La frágil vivacidad de su rostro pareció florecer cuando le sonrió. Una ráfaga de calor y de luz se desplazó a través de la habitación. Las manos de Dexter se cerraron espásmódicamente en los bolsillos de su traje de etiqueta. Se sintió invadido por una repentina excitación.

-¿Cuándo regresaste? -le preguntó con expresión indiferente.

-Ven y te hablaré de eso.

Ella se dio vuelta y él la siguió. Había estado lejos, él podía haber llorado ansiando su regreso. Ella había pasado a través de calles encantadas haciendo cosas que eran como una música provocativa. Todos los sucesos misteriosos, todas las esperanzas nuevas y presurosas se habían alejado con ella y con ella volvían otra vez. En la puerta de calle se volvió hacia él.

-¿Tienes un coche aquí? Sino yo tengo uno.

-Tengo una “coupé”.

Subió entonces, con un crujido de tela dorada. El cerró con un golpe la puerta. ¡A cuántos coches había subido ella, como éste… como aquél… con la espalda apoyada en el cuero de la tapicería, el codo sobre la ventanilla… esperando! Hubiera estado manchada desde hacía mucho si hubiese habido alguna cosa que la manchara excepto ella misma, pero eso era su propio yo que se desbordaba. Con un esfuerzo él pudo poner el coche en marcha y retroceder hacia la calle. Ella había hecho eso antes y él la había dejado a un lado como si hubiese cruzado un asiento equivocado en sus libros. Se dirigió lentamente hacia el centro y se hizo el distraído cuando cruzó las desiertas calles del barrio comercial donde había gente en ciertos lugares, a la salida de una sección de cine o frente a los halls de apuestas, en cuyas puertas holgazaneaban jóvenes consumidos o pugilistas. Desde el interior de los salones les llegaba el tintineo de los vasos y el golpeteo de las manos sobre los bares, recuadros de vidrios de ventanas y sucia luz amarilla. Ella lo miraba de cerca, y el silencio era embarazoso, pero en esa crisis él no podía encontrar la palabra casual que profanara el momento. En una oportuna curva empezó a zigzaguear de regreso al Club Universitario.

-¿No me has extrañado? -le preguntó ella de pronto.

-Todo el mundo te ha extrañado.

Se preguntó si ella sabría de Irene Scheerer. Hacía solamente un día que había regresado y su partida había coincidido casi con el compromiso de Dexter.

-¡Qué observación! -Judy se rió tristemente, sin tristeza. Lo miró de manera inquisitiva. Permaneció absorto en el tablero.

-Estás más buen mozo que antes -dijo ella, pensativamente-; Dexter, tienes unos ojos que no se pueden olvidar.

El se pudo reír entonces pero no se rió. Cosas así les decían a los estudiantes de segundo año. Sin embargo, lo emocionó.

-Estoy terriblemente cansada de todo, querido -les daba ese tratamiento a todos y dotaba así a la palabra cariñosa de una expresión descuidada de camaradería individual-. Desearía que te casaras conmigo.

Su llaneza lo confundió. Entonces debió haberle dicho que iba a casarse con otra joven pero no pudo hacerlo. Hubiese sido como jurar que nunca la había amado.

-Creo que congeniaríamos -continuó ella en el mismo tono-, salvo la probabilidad de que me hayas olvidado y estés enamorado de otra.

Evidentemente, su confianza en sí misma era enorme. Había dicho, en efecto, que para eso era imposible de creer y que si fuera verdad él había cometido una indiscreción de chiquilín. . . probablemente nada más que para hacer alarde. Ella lo perdonaría porque eso no era algo que le llevara tiempo sino que podría sacudirlo ligeramente a u n lado.

-Por supuesto que tú no podrías querer a nadie más que a mí -continuó ella-. Me gusta la forma en que me quieres. Oh, Dexter, ¿te has olvidado del año pasado?

-No, no lo he olvidado.

-¡Ni yo tampoco!

¿Sería sincera o estaría representando un papel?

-Mi deseo es que pudiéramos volver a ser como antes -dijo Judy, y él hizo un esfuerzo para contestarle:

-No creo que podamos.

-Supongo que no… He oído que haces objeto de un violento asedio a Irene Scheerer.

No hubo ni el más ligero énfasis sobre el nombre y, sin embargo, Dexter se sintió repentinamente avergonzado.

-Oh, llévame a casa -gritó de pronto Judy-. No quiero volver a ese baile estúpido entre aquellos chicos.

Entonces, cuando él dio vuelta por la calle que los conduciría al distrito residencial, Judy empezó a llorar silenciosamente. El nunca la había visto llorar antes.

La oscura calle se aclaró y se vislumbraron las moradas de los ricos. Detuvo la “coupé” delante del gran edificio blanco de la familia de Mortimer Jones, que aparecía soñoliento, suntuoso, bañado por el esplendor de la húmeda luz de la luna. Su solidez lo sorprendió. Las gruesas paredes, el acero de las vigas, su aire, destellos y pompa estaban allí solamente para hacer resaltar el contraste con la joven belleza que tenía a su lado. Era porfía insistir sobre su pequeñez, como pretender que la brisa pudiera ser generada por el ala de una mariposa.

Se quedó sentado completamente quieto, con los nervios estremecidos, temeroso de que si se movía iba a encontrarla irresistiblemente entre sus brazos. Dos lágrimas se habían deslizado por el húmedo rostro de ella y temblaban sobre su labio superior.

-Soy más linda que cualquier otra -dijo entrecortadamente-. ¿Por qué no puedo ser feliz?- Sus ojos llorosos le hicieron perder la serenidad, su boca se curvó lentamente hacía abajo con una exquisita tristeza-. Me gustaría casarme contigo, si tú me quisieras, Dexter. Supongo que piensas que no merezco que me quieras, pero seré tan linda para ti, Dexter.

Innumerables expresiones de enojo, orgullo, pasión, odio, ternura se disputaron el lugar sobre los labios del joven. Después lo invadió una inmensa ola de emoción que arrastró consigo el sedimento de juicio, de convencionalismo, de duda, de honor. Esta que hablaba era su novia, la que él poseía, su beldad, su orgullo.

-¿No quieres entrar?

El oyó cómo contuvo la respiración. A la espera.

-Está bien -le temblaba la voz-. Entraré.

Era extraño pero no lamentó esa noche ni cuando eso se terminó, ni aún mucho tiempo después. Al mirarlo a través de la perspectiva de diez años, el hecho de que el entusiasmo de Judy por él durara solamente un mes, parecía de poca importancia. No importaba que por esa complacencia se hubiera sometido al final a una agonía más honda y hubiese inferido una sería ofensa a Irene Scheerer y a sus padres que lo habían ayudado. En la pena de Irene no había nada suficientemente vivido como para impresionarlo. En el fondo Dexter era testarudo. La actitud de la gente por su acción no tenía importancia para él, no porque iba a dejar la ciudad, sino porque cualquier opinión extraña sobre la situación le parecía superficial. La opinión pública le era completamente indiferente. Ni tampoco, cuando hubo visto que todo era inútil, que él no poseía el poder de conmover profundamente o de sujetar a Judy Jones, hizo uso de ninguna maldad contra ella. La quería y la querría hasta que fuera un anciano sin capacidad alguna para querer. . . pero no podía retenerla. Había probado la honda pena que se reserva únicamente para los fuertes así como por un instante probó la más honda felicidad. Aun la última falsedad de principios que usó Judy para romper el compromiso al aducir que no quería “quitárselo” a Irene. Judy que no había querido más que eso, no lo sublevó. El estaba más allá de la indignación y de la alegría.

En febrero viajó al este con la intención de vender sus lavaderos y establecerse en Nueva York pero en marzo llegó la guerra a América y cambió sus planes. Regresó al oeste, dejó el manejo del negocio en manos de su socio y en abril ingresó al primer campo de entrenamiento para oficiales. Fue uno de aquellos miles de jóvenes que acogieron la guerra con cierto alivio porque les permitía salir de un laberinto de emociones encontradas.

Esta historia no es su biografía, recuerden, aunque las cosas que suceden en la misma no tienen nada que ver con aquellos sueños de su infancia. Ya casi hemos terminado con los acontecimientos y con él. Sólo queda por relatar un incidente y éste sucedió siete años después. Tuvo lugar en Nueva York, donde a él le había ido bien, tan bien que ya no encontraba barreras demasiado altas. Tenía treinta y dos años y salvo un viaje en avión inmediatamente después de la guerra, no había estado en el oeste durante siete años. Vino a su oficina un hombre de Detroit, llamado Devlin, por un asunto de negocios y en ese momento y lugar ocurrió el incidente que cerró, por decirlo así, esa faceta particular de su vida.

-Así que usted es del Medio Oeste -dijo Devlin sin mayor curiosidad-. Es gracioso, yo pensaba que los hombres como usted nacían y se criaban en Wall Street. Sabe que la esposa de uno de mis mejores amigos en Detroit vino de su ciudad. Fui testigo de la boda. Dexter lo escuchaba sin presentir lo que venía.

-Judy Simms -continuó Devlin sin dar importancia a sus palabras-. De soltera Judy Jones.

-Sí, la he conocido -lo invadió una sorda impaciencia. Había oído decir, por supuesto, que ella estaba casada, quizás deliberadamente no había oído más.

-Una chica terriblemente linda -insinuó Devlin sin ninguna intención-. Le tengo un poco de lástima.

-¿Por qué? -en Dexter se despertó algo sensible y alerta a la vez.

-Oh, Lud Simms se ha arruinado en cierto sentido. No quiero decir que esté enfermo; vive con ella, pero bebe y sale de parranda.

-¿No sale ella de parranda?

-No. Se queda en casa con los chicos.

-Oh.

-Ella le lleva demasiados años -dijo Devlin.

-¡Demasiados años! -gritó Dexter-. Pero, hombre, si sólo tiene veintisiete.

Se posesionó de él la idea descabellada de precipitarse en las calles y tomar un tren para Detroit. Se puso de pie con un movimiento espasmódico.

-Supongo que está ocupado -se disculpó Devlin rápidamente-. No se me ocurrió.

-No, no estoy ocupado -contestó Dexter, y trató de hablar serenamente-. No estoy ocupado en absoluto. ¿Dijo usted que ella tenía veintisiete años? No, eso lo dije yo.

-Sí, lo dijo usted -acordó fríamente Devlin. -Prosiga, entonces, prosiga. -¿A qué se refiere?

-A Judy Jones.

Devlin le dirigió una mirada desalentadora.

-Bueno, eso es, ya se lo he dicho todo. El la trata como el diablo. Oh, no van a divorciarse ni nada por el estilo. Cuando él se conduce de manera decididamente ultrajante, ella lo perdona. De hecho, me inclino a pensar que lo quiere. Era una chica encantadora cuando llegó a Detroit.

“¡Una chica encantadora!” La frase le pareció ridícula a Dexter.

-¿Ya no es más una chica encantadora?

-Oh, aún está muy bien.

-Escúcheme -dijo Dexter, y de pronto se sentó-. No le entiendo. Usted dice que era una “chica encantadora” y ahora dice que está “muy bien”. No entiendo lo que quiere decir. Judy Jones no era de ninguna manera una chica encantadora. Ella era una gran belleza. Porque yo la conocí, la conocí. Era…

Devlin se rió complacido.

-No trato de iniciar una disputa -dijo-. Creo que Judy es una linda chica y me gusta. No puedo comprender cómo un hombre como Lud Simms pudo enamorarse locamente de ella, pero lo hizo. -Después agregó-: La mayoría de las mujeres como ella.

Dexter miró de cerca a Devlin y pensó desatinadamente que debía haber una razón para eso, cierta insensibilidad en ese hombre o cierta maldad innata.

-Muchas mujeres se marchitan en la misma forma que ésa. -Devlin hizo sonar los dedos-. Quizás he olvidado lo bonita que estaba en la boda. La he visto tan a menudo desde entonces, usted comprende. Tiene lindos ojos.

Una especie de embotamiento se apoderó de Dexter. Por primera vez en su vida se sintió como si estuviera completamente ebrio. Sabía que se reía a carcajadas por algo que había dicho Devlin, pero no sabía qué era ni porqué era gracioso. Cuando al cabo de unos minutos se fue Devlin, se sentó en un sillón y miró por la ventana al cielo de Nueva York donde el sol se estaba poniendo entre suaves y encantadoras sombras rosáceas y doradas. Había creído que al no tener nada más que perder se había vuelto invulnerable al fin, pero ahora sabia que había perdido algo más, tan seguramente como si se hubiera casado con Judy Jones y la hubiera visto desaparecer de delante suyo. El sueño se había desvanecido. Le había quitado algo. Con una especie de pánico se apretó los ojos con las palmas de las manos y trató de revivir el susurro de las aguas junto a Sherry Island y la galería bañada por la luna y el colorido de los vestidos en el campo de golf y el calor del sol y el tono dorado del cuello cuando ella se inclinaba. Y su boca húmeda bajo sus besos y sus ojos de expresión melancólica y su frescura semejante a la del lino nuevo por la mañana Porque esas cosas no estaban más en el mundo! Hablan existido pero desaparecieron. Por primera vez en muchos años las lágrimas corrieron por su rostro. Pero ahora lloraba por si mismo. Ya no le importaban una boca ni unos ojos ni unas manos expresivas. Quería que le importaran, pero ya no podía. Porque él se habla alejado y ya no podría regresar nunca más. Los portales estaban cerrados, el sol se había puesto y no había más belleza que la belleza gris del acero que perdura siempre. Hasta la pena que podía haber sentido fue dejada atrás, en el país de la ilusión, de la juventud, de la plenitud de la vida donde una vez florecieron sus sueños de invierno.

-Hace mucho tiempo -se dijo-, hace mucho tiempo había algo en mí, pero ahora eso se ha desvanecido. Eso se ha ido, eso se ha ido. No puedo llorar, no puede importarme. Eso no retornará nunca más.

1 Black Bear: Oso Negro.

2 The Hub: La ciudad de Boston.

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