Trotamundos (El espejo en el espejo) – Michael Ende



         El trotamundos decidió concluir su caminata por las callejuelas de aquella ciudad de puerto. Y con ello puso fin a su viaje por los barrios bajos y palacios de todas las demás ciudades, por los pueblos, campamentos y ermitas, por todos los desiertos y selvas de la tierra. Se sentó en los sucios escalones de piedras que conducían a la puerta de una casa estrecha y alta -un burdel chino, a juzgar por el farolillo que había encima de la puerta-, cruzó las manos sobre el puño de su bastón, apoyó la barbilla encima y miró fijamente, sin ver nada, los automóviles y tranvías que pasaban haciendo un ruido estruendoso. De un segundo a otro había perdido toda la curiosidad, todas las ganas de continuar su gran viaje. No se prometía ya lo más mínimo de ello.

        Había visto todas las maravillas y misterios del mundo. Conocía la columna flotante de adularia del templo de Tiamat y las torres de cristal de Manhattan; había bebido del geiser de sangre de la Isla de Hod y hablado sobre la naturaleza del destino con el caballero ciego de la biblioteca de Buenos Aires; había llevado en el dedo el anillo de la reina Mrabatan, que confiere poder sobre la memoria de la Humanidad, y había caminado por las calles en llamas de la ciudad de Eldis, cuya entrada jamás había sido permitida a ningún extranjero; le habían llevado en su litera de acero por las naves de maquinaria de Detroit y había logrado pasar la noche en el laberinto de la Cloaca Máxima de Roma sin perder la razón ante las apariciones del pasado y del futuro que libran allí todas las noches sus espectrales batallas. Había visto una infinidad de cosas, pero todos aquellos misterios no le importaban. El suyo no había estado entre ellos. Y como no lo había encontrado, todos los demás permanecieron mudos.

        Si no hubiese empezado nunca ese viaje, al menos le habría quedado el sueño de que en algún lugar del mundo existía la señal que estaba dirigida a él, que le hablaba en un idioma que sólo él comprendía, que era la clave del enigma de su propia existencia. Pero ahora tenía que admitir que no existía nada semejante. Si era verdad que esta tierra sólo reflejaba las infinitas fuerzas y formas del universo como una esfera de plata pulida, entonces era un error creer que la patria del hombre era el universo, ya que no había nada que uniese su naturaleza con éste. Pero si desde un principio y para siempre era un extraño en él, entonces el universo era muy pequeño, ¡demasiado pequeño!

        El viajero se asustó un poco y miró hacia atrás porque una muchacha asiática de piel oscura, que llevaba un sencillo vestido azul gris, le preguntó en voz baja y humilde si le permitía pedir al distinguido caballero que aceptase los deficientes servicios de su indigna persona. Al mismo tiempo señaló con un gesto obsequioso a un pequeño vehículo plano que ella había empujado a través de la puerta de la casa hasta cerca del borde superior de los peldaños de piedra. El viajero estaba un poco apurado, también enojado por el susto que le había dado la muchacha y explicó, brusco, que no era su intención visitar un prostíbulo.

        La muchacha, muy pequeña y de delicadeza infantil, le miró fijamente con ojos de luna nueva, pero no pareció comprender, se inclinó profundamente y permaneció así mientras seguía señalando con gesto tímido y obsequioso los cómodos cojines bellamente bordados de su cochecito. El viajero, que lamentaba ya haber ofendido tal vez a la muchacha, tomó asiento en el vehículo y se dejó empujar al interior de la casa.

        Primero se movieron por una nave alargada cuyos suelos, techos y paredes estaban revestidos con una piedra pulida de vetas multicolores. Las piezas elegidas parecían escogidas cuidadosamente según un carácter común, pues las finas vetas invitaban por todas partes a la imaginación del contemplador a ver en las formas casuales rostros y caras grotescas, ornamentos vegetales, dioses y demonios, animales zancudos, bailarinas en llamas, jinetes sobre insectos en larga procesión, paisajes enteros de cuerpos, mares agitados llenos de barcos y monstruos, palacios de flores de escarcha y ciudades en ruina invadidas por musgos gigantes. Pero la atención del viajero seguía paralizada aún por aquella profunda desgana. Todavía no veía nada.

        En las siguientes salas, sin embargo, su mente cerrada en sí misma fue despertándose poco a poco e indeciso y todavía incrédulo empezó a descifrar el alfabeto de los signos que él creaba y al mismo tiempo no creaba. Las formas hasta entonces planas adquirieron progresivamente un carácter plástico y espacial. Por todas partes había extravagantes formas rocosas, estalactitas y estalagmitas, raíces, troncos de árboles, lava solidificada y trozos informes de metal fundido que las fuerzas fortuitas de la naturaleza habían convertido, con perfección cada vez mayor, en las formas más sorprendentes y al mismo tiempo más convincentes. Costaba creer que todas aquellas cosas pudiesen ser sólo el fruto de los juegos arbitrarios del azar, sin embargo, no era ninguna otra fuerza, sino la que actuaba en el propio contemplador, la que de aquellas formas casuales creaba las obras de arte más sorprendentes. Más y más se le borraron al viajero las fronteras entre su interior y el exterior, entre lo que creaba y lo que había realmente delante de sus ojos, hasta que finalmente no pudo distinguir lo uno de lo otro y vivió su propio espíritu como algo externo y los objetos como su interior. De pronto tuvo la sensación de verse a sí mismo, su propia figura sentada allí en el cochecito, por dentro y por fuera al mismo tiempo, como si ella tampoco fuese otra cosa que una forma surgida casualmente, en la que su espíritu creador veía un ser. Pero precisamente de esta manera aquel ser se volvía realidad. Aquello le asustó, pero fue un susto placentero.

        A partir de ese momento, cuando por fin empezó a ver, no hubiese podido decir si lo que veía dependía aún de lo que tenía delante. Le pareció más bien que de una sala a otra los objetos externos se volvían más sencillos y generales, pero ahora que la fuerza secreta había desplegado sus alas, se elevaba más y más transformando el aspecto de todas las cosas. De una hoja marchita, de un huevo blanco, de una pluma de ave salían mundos a su encuentro. Y él estaba profundamente unido a todos ellos, era su creador y su criatura al mismo tiempo. Comprendió que ahora que abandonaba del todo lo que había llamado hasta entonces realidad, empezaba a acercarse a la realidad.

        Cuando su silenciosa acompañante le llevó ante una pared de un azul lapislázuli oscuro, casi negro, tuvo la siguiente visión: a través de innumerables cortes de diverso tamaño que había en aquella pared vio espacialmente el mismo número de distintos paisajes en miniatura de indescriptible gracia y delicadeza. Allí había montañas, lagos y cascadas como sedosas bandas azules, cuyos saltos y espumas veía en movimiento. Las diminutas cascadas caían y corrían sobre rocas, a la misma escala, es decir, muy despacio. También parecía cambiar la iluminación de las escenas. Luz lunar que las nubes que pasaban oscurecían y aclaraban, amaneceres y atardeceres violetas. Y donde la luz del sol caía sobre la neblina del agua pulverizada, aparecían los juegos del arco iris.

        Por fin el viajero se dio cuenta de que oía incluso el fragor y el estrépito de los saltos de agua, aunque muy delicada y lejanamente. Cuanto más intensamente escuchaba ese sonido, con mayor claridad percibía una especie de música dulce y cristalina.

        – ¿Qué es esto? -preguntó asustándose de nuevo un poco, esta vez de su propia voz, que le había sonado alta y burda.

        La muchacha sonrió y respondió dulcemente:

        – Lo que percibe el distinguido señor son los delicados brotes de su propia existencia futura.

        El viajero no comprendió esa respuesta, pero no sintió la necesidad de seguir preguntando, sino que se abandonó de nuevo a los sonidos etéreos. De una manera completamente nueva para él su corazón se llenó de una ternura casi dolorosa, incluso de voluptuosidad.

        – Así que -murmuró- ¿sólo yo puedo oír esta música?

        – Excepto tú, señor, y yo, ningún mortal -contestó la muchacha con los labios muy cerca de su oído.

        Él la miró.

        – ¿Cómo que tú también?

        – Yo -dijo la muchacha tan quedo que apenas pudo oírla, y bajó la mirada- no soy nadie.

        Mucho más tarde se detuvieron delante de una pared amarilla clara, casi blanca, sobre la que se encontraban cuatro discos, tres de ellos en fila, juntos, el cuarto un poco más alto.

        El primero de estos discos transmitía al contemplador la impresión de mirar desde arriba verticalmente sobre una superficie de agua movida. Ininterrumpidamente pasaban como líneas blancas irregulares crestas de olas plateadas. Éstas eran atravesadas en oblicuo por una anguila negra que parecía avanzar culebreando y que, sin embargo, permanecía siempre en el centro de la imagen. El viajero contempló asombrado el espectáculo siempre cambiante y, sin embargo, siempre igual. Quiso volverse hacia el siguiente disco, pero entonces sonó del primero una voz susurrante no verdaderamente humana, sino como si del fragor de las olas se formasen algo así como palabras:

        – A mí me creó el mar.

        Este mensaje inesperado volvió a sobresaltar de nuevo al viajero. Sintió que algo en su fondo había comprendido su sentido, sin embargo, no logró alcanzar consciencia de esa comprensión. Se volvió con cara interrogante a su acompañante, pero ésta sólo inclinó sonriente la cabeza. Intuyó que no obtendría respuesta a una pregunta directa, por eso permaneció también en silencio y centró su atención en el segundo disco, que estaba colgado junto al primero.

        Primero distinguió sobre él algo así como una cumbre nevada que desaparecía hacia abajo en una neblina cada vez más densa. Sólo tras una larga contemplación descubrió que la montaña era más bien una cabeza humana vuelta hacia él, pero con el rostro ligeramente inclinado hacia abajo. La parte superior de la cabeza era extraordinariamente alta y de ella caía por ambos lados pelo blanco como la nieve. Sin embargo, el rostro en sí parecía el de un niño, aunque no se distinguía si era de un niño o de una niña. La calma que emanaba ese rostro era tan profunda que el contemplador ni siquiera quiso interrumpirla parpadeando. Así permaneció inmóvil, hasta que oyó casi sin voz las palabras:

        – Yo soy niño-anciano.

        Otra vez a la derecha y a la misma altura colgaba el tercer disco. Cuando el viajero se volvió hacia él, le pareció como sí contemplase a través de una pared vertical de cristal un paisaje submarino dorado-crepuscular con plantas ondulantes. En un primer plano vio la cabeza de un castor que avanzaba del lado inferior izquierdo al lado superior derecho expulsando de cuando en cuando perlas de aire por los orificios de su hocico como si estuviese a punto de emerger. Después de contemplar absorto esta escena durante mucho tiempo, el viajero percibió del ancestral crepúsculo dorado las palabras:

        – Yo crearé el lago.

        Durante el tiempo que había pasado ya en aquella casa, al parecer infinitamente grande, el viajero había sufrido una transformación que sólo empezaba a notar ahora. Lo que había experimentado varias veces ya y experimentaba también ahora ante aquellos discos-imágenes como una especie de susto delicado, se había convertido mientras tanto en un estado permanente de ligero ensimismamiento. Esta sensación era completamente nueva e insólita para él, y sin embargo no dudó en entregarse a ella sin reservas, pues sintió que algo en su interior se ajustaba y equilibraba suavemente.

        El cuarto disco estaba colgado a la derecha, pero un diámetro entero por encima de los demás. Su borde tampoco era redondo, sino ondulado desigualmente y con un movimiento irregular como una piedra lavada. Sobre la superficie misma no se veía nada, estaba vacía.

        El viajero la contempló con la misma atención que había dedicado a las tres anteriores, pero lo único que pudo percibir al cabo de un rato fue un cambio quieto indefinible, como si se elevase y desplomase humo. Al mismo tiempo le sobrevino una cierta ansiedad, pues sintió que precisamente aquella fuerza recién despertada dentro de él era absorbida por el vacío de esa imagen que la arrastraba a una especie de abismo sin fondo, sin causar nada. No obstante, resistió y esperó paciente a que también ese disco le hablase, pero en vano. Finalmente cogió la mano de la muchacha como si quisiese sujetarla y susurró:

        – ¿Por qué permanece en silencio?

        – Ya ha hablado -contestó ella.

        – ¿Por qué no lo he oído?

        – Sí que lo has oído, señor. Pero sólo lo encontrarás en tu recuerdo.

        – ¡Pero deseo oírlo ahora!

        – Señor -dijo la muchacha en voz muy baja-, ¿cómo podría suceder eso mientras lo deseas? No desear nada significa no haber diferencias. No haber diferencias significa mirar lo invisible y oír lo callado. ¿Por qué quieres hacerme desgraciada?

        El viajero se avergonzó entonces sin saber bien por qué.

        – Sabes mucho -dijo él-. ¿De dónde?

        La muchacha sonrió.

        – Porque inmerecidamente se me considera la indigna propietaria de esta colección de cosas poseíbles.

        El viajero permaneció callado y la miró largo tiempo de soslayo. Ella dejó que la mirase o no se dio cuenta, pues mantenía los ojos bajados. El admiró la línea extraordinariamente noble de su frente, de su nariz y de sus labios. Sólo entonces descubrió la rara belleza de sus rasgos. Al cabo de un rato ella se tapó la cara con la manga y le rogó que le permitiera mostrarle por fin sus verdaderos tesoros, pues lo anterior apenas había sido digno de la atención del señor. A continuación el viajero se levantó del pequeño vehículo, se inclinó, aunque un poco torpe, tan profundamente ante ella como lo había hecho ella antes y contestó que si la bondadosa señora de los signos y milagros condescendía a mostrarle a él, bárbaro inculto, tesoros más secretos, aceptaría ese ofrecimiento con respeto y agradecimiento, aunque tendría que insistir en no ser llevado por ella sino que, ahora que sabía cuán noble dama le invitaba, consideraría la máxima aunque inmerecida distinción poder ir detrás o a lo mejor al lado de ella.

        La muchacha protestó inclinándose, el viajero se inclinó a su vez e insistió y por fin impuso su voluntad. Dejaron el pequeño vehículo, y la muchacha cogió delicadamente con las puntas de los dedos la mano del invitado, que era mucho más alto que ella, y así caminaron en silencio uno al lado del otro hacia las salas interiores, al encuentro de continentes vírgenes y océanos del alba.

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