El jardín del mago – Alberto Laiseca


alberto laiseca 1

Salimos, pues, al jardín. Mi terreno mide cincuenta por doscientos, vale decir: diez mil metros cuadrados. No soy rico, ni acomodado, ni nada. Hace cuatro años compré el terreno gracias a una herencia. Pude adquirir la tierra con su casa; los muebles, los cristales anti-chichi y la mayoría de los caros dispositivos que me defienden. Además viví dos años sin trabajar con lo que me sobró. Ahora me ocupo de corregir pruebas de galera en un diario de Tollan: el Quétzal Toltecalt. Como mi casa queda a cincuenta kilómetros de la capital de Guatimotzín, para ir a mi ocupación tengo un lindo viajecito. Equivale a tener dos trabajos y que te paguen por uno.
He transformado a mi territorio en una verdadera floresta. Hay ligustros, enredaderas, plantas de todo tamaño y, por sectores, pequeños biombos de selva. Esto me ayuda a enmascarar algunos dispositivos. Igual mis vecinos me ven, aunque muchas cosas, por suerte, están bien seguras. Pero no se crea que a mi jardín lo hice por motivos exclusivamente funcionales. Combino cromatismos de la manera más estética posible. Pétalos rojos, amarillos y naranjas forman islas entre los verdes. Pero también violetas de fuego y azules escarchados. Corolas blancas, anteras de cromita ondeando como estandartes en el vértice de los pistilos, cáliz de plata libre, estambres azufre crustáceos y, en la última región (cóncava, silenciosa y secreta), los ovarios fanerógamos, flotando cerca de la cuenca entre fosforescencias azuladas, tenues, marinas.
Como siempre que salgo al patio para atender a mis pájaros, me recibieron mis dos Dóberman con grandes muestras de felicidad y algarabía. Ella se llama Iguanodonta y él Tiranosaurio. Igua y Tirán, para simplificar. Son malísimos. Su implacabilidad no es de este planeta. Me costó una enormidad hacerles comprender que algunos seres humanos son amigos míos. Los hice amaestrar en mis épocas de gloria y tienen capacidad de sobra para matar a cualquier intruso. Están a salvo del envenenamiento pues sólo comen de mi mano. Esta enseñanza fue difícil. Según un libro que leí, nada más eficaz que dejarles —como al descuido— carne chasco: supuestamente escarmientan y no vuelven a probar bocados extraños. Yo sembré por el jardín, de manera disimulada, ocho albóndigas con pimienta. Reía para mis adentros, seguro de escarmentarlos. Ante mi sorpresa las encontraron deliciosas. Entonces opté por el sistema de las carnes electrizadas: suculentos trozos conectados a baterías. Al principio se mostraron algo recalcitrantes, pero por fin se convencieron de que sólo es saludable la comida del amo. Aquello llevó tiempo, esfuerzo y dinero, pero era otra época y yo podía hacerlo. El fin de mi herencia y mi sueldo misérrimo hacen que me mueva con un dinero tan pequeño que no me alcanza ni para eso. Otro problema que debí solucionar fueron los gatos. Yo nunca tuve menos de veinticinco o treinta de estos animalitos. Mis Dóberman, cada tanto, mataban uno o dos para hacer ejercicio. Inútiles eran golpes, calaboceadas y castigos varios. Insistían. Me vi obligado a vigilarlos, desde distintos lugares ocultos, con mi rifle de aire comprimido. Previamente rellenaba los balines con sal. Optaron entonces por dejar en paz a los felinos durante el día… pero los carneaban durante la noche. Compré una mira infrarroja, la adapté al rifle —eran otros tiempos, insisto— y los aceché varias noches. Triunfé por fin en todos los frentes, aunque al borde de la desesperación y la histeria. Luego de larga lucha conseguí que los gatos comieran pájaros silvestres —no los míos— y que Igua y Tirán no se dedicaran a matanzas diurnas o nocturnas de gatos o gallinas. En cambio, no tuve ninguna dificultad para impedir que los Dóberman atacasen a mis plantaciones de “ve” cortas o al gólem. Lo aprendieron solos. Pero ya hablaré de ello más adelante.
Igua y Tirán saltaban a mi alrededor sin atreverse a realizar su único deseo: subírseme (otra fea costumbre, anti-ropa, que les quité luego de larga lucha). Mis Dóberman tenían las patas mojadas hasta el pecho por el rocío. Una de las cosas más impresionantes de esta raza de perros son sus uñas: negras, largas, fuertes y perfectas. Parecen el oscuro acero del guantelete de una armadura. Tirán acostumbra —gesto que repite su hembra— mirarme con la cabeza apoyada en el suelo, sus patas delanteras bajas y las traseras altas, en tensión, como si se dispusiera a efectuar un ataque. Es una especie de cortejo amoroso para con el amo. Allí estaban los dos: húmedos y soberbios, despidiendo vapor, canturreando ancestros paleolíticos. Era éste un bramido continuo, como de gemido ronco. El viejo sueño de la caza, la carne sangrienta, la muerte del enemigo y la pelea. Yo pensaba para mis adentros: “Estos bichos serían felices si los llevase a combatir al oso gris o cualquier otra cosa imposible, aunque después el otro nos destripara”.
Igua, con la femineidad de una novia de Atila, parecía decirme: “¿Qué esperas, sahib, para llevarnos a producir una poca de selección natural? Como regalo de Reyes, una expedición punitiva en los zapatitos. Tus tropas aguardan la hora, día, mes y año sublime en que des la orden de ponernos en marcha e iniciar la progresión. Tirán y yo, por separados, somos dos divisiones; juntos, dos ejércitos. Basta de práctica y orden cerrado. Ley darwiniana, clavar las banderas a los postes y a la batalla”. En verdad mis perros son como dos coordenadas cartesianas: en el punto donde se cruzan siempre hay una víctima. Pero, para enorme frustración de ellos, esa mañana yo no me proponía la conducción de grandes unidades de combate sino tareas enteramente domésticas. De pronto Igua y Tirán gruñeron desconfiados y furiosos: habían visto a mi usina, invisible y en flotación, siguiéndome a un metro del suelo. Si bien los seres más extraordinarios rondan mi terreno, a aquélla no la conocían, de modo que debí tranquilizarlos. Mis perros logran ver lo que seres humanos en general no consiguen. Así como son aptos para luchar en el plano físico, también pueden hacerlo en el mágico, igual que todos los animales. De modo que siempre se producen conflictos con cada nueva entidad que introduzco.
Seguido por los perros y mi nueva máquina, pasé entre macetas de rosas blancas y rojas. Entre dos de estas agrupaciones reposaban tres toneladas de oro en barras. Claro que tratábase de oro astral. No puedo materializarlo y con él comprar cosas de la vida diaria. Me es muy útil, en cambio, para mis transacciones mágicas de máquinas, tierras raras, mercurio o cualquier otra cosa que necesite para mis trabajos. Dentro del mundo del esoterismo soy un hombre rico, respetado y poderoso. Aquí uno puede ser un magnate pero afuera trabajar corrigiendo galeras pues la plata no le alcanza. A determinadas horas del atardecer el oro pierde parte de su enmascaramiento, pero no me preocupa pues mis vecinos —que no son magos ni nada—, a lo sumo llegan a percibir un resplandor amarillento sin poder determinar qué lo produce.
Llegamos al centro de mi territorio. Por todas partes salían gatos pidiendo su comida. Tengo de muchos colores: desde absolutamente negros hasta blancos en su totalidad, pasando por amarillos, naranjas y cualquier otra combinación. Ni siquiera faltan gatos de albañal, horribles y hermosos a la vez. Todos descienden de Benito y la Colorada, la pareja original. A la Colorada la destrozó un ovejero alemán y a Benito me lo mató un esoterista, para vengarse, luego de una guerra que él perdió conmigo. Un día encontré en la puerta de mi casa una cruz celeste. Algunos meses antes ya lo habían querido liquidar metiéndole una bolsa de celofán en la cabeza para que muriese asfixiado. En esa ocasión pude salvarlo a tiempo. Fue en abril cuando el chichi logró salirse con la suya y darle caza. Curioso cómo en ese mes me han ocurrido una cantidad de cosas desagradables a lo largo de mi vida. La furia, el dolor y la impotencia fueron tan grandes que la única forma de alivio (aparte de la venganza mágica que, por supuesto, no demoré) fue escribir un poema a la manera china, titulado:
Diablo extranjero
    Mi Emperador murió en rebelión contra el Falso Emperador, en el mes que apaga la primavera. Mi querido pájaro negro sirvió de escudo el mismo día; y ayer, años después pero en la misma época fatídica, alguien destruyó a mi gato atigrado, el patriarca de mis gatos, que se acostaba al sol como un Buda sabio e irritable. Marco Polo, mi amigo, el diablo extranjero, nombra a los meses con su extraña manera bárbara. La muerte, con su deshonra, me transforma en intruso apátrida. Quisiera morir en abril, junto a mis amigos.
Ahora tengo tres madres (hijas a la vez de Benito y la Colorada): Camila, Frutecia y Desposia. Camila es francamente de albañal, con pelaje de tres colores en filigrana, que se mezclan reticulando toda su superficie. En ella el blanco está en desventaja, el negro predominante en lucha frontal con el rojo ladrillo. Tiene ojos verdes y dulces. Frutecia también tiene tres tonalidades pero con grandes superficies de terciopelo color helado de limón; gris delicado en otras partes, y manchas de arenoso cobre. Desposia parece la sombra de Benito, pero sin sus bordes nítidos. Benito era como un azteca que decidió vivir en la casa del hombre blanco a la manera de una concesión graciosa. El salvajismo de Desposia es más incontrolable. Asustadiza y reacia, rara vez se rinde a las caricias. No puedo describir a los otros pues son tantos como las legiones de César.
Me mostré insensible al coro de maullidos pues siempre atiendo primero a mis pájaros. Guardo sus jaulas en el dormidero que construí para las gallinas: una casita espaciosa, con una puerta por la cual puedo penetrar para hacer la limpieza cuando hace falta, llena de palos cercanos al piso y paralelos a éste, donde por las noches reposa el gallo con su harén. Todas las mañanas, no bien hay luz, saco las jaulas para que los pájaros tomen sol, les cambio la comida y el agua, lleno sus bañaderas a fin de que chapoteen a gusto, pongo a cada uno su hoja de lechuga, etcétera. También improviso techitos sobre las jaulas para que el sol, si es demasiado fuerte, no me mate los pájaros. Dejo espacios de sombra y otros de luz: y ellos mismos optan por lo que más les conviene.
Viniendo desde la casa, a unos treinta metros a la izquierda del dormidero de las gallinas, están mis “ve” cortas o vurros. Parecen plantas. Cada uno posee un pequeño cercado hecho con tejido romboidal. El gato es un animal tan amoroso como se quiera, pero más tonto que lo que la gente supone. Es curioso, confianzudo y jamás escarmienta en cabeza ajena. No aprende salvo cuando le pasan cosas. El problema es que… a veces no sobrevive. Yo quiero mucho a mis gatos y no deseo que sufran ni mueran. Aunque estos felinos tienen poderes mágicos —como todo animal, ya lo dije— la curiosidad nativa y su espíritu de juego es más fuerte que toda advertencia sobrenatural. No dan bola, simplemente, y eso los pierde. Por tal motivo hice los pequeños cercos de alambre tejido en forma romboidal: para que ellos no se acerquen a mis “ve” cortas o vurros. Estos cercos, parecidos a jaulas, poseen en la parte superior una especie de arcos hacia afuera, a fin de que los gatos no puedan ingresar aunque trepen. Tengo dieciocho vurros tapados con arpilleras o con plásticos, según los casos. La gente es distraída y no tiene espíritu policial. Como estamos en invierno, si alguien los viese, pensaría que son plantas que cubro para protegerlas del frío de la noche, sin reparar en que también están cubiertos durante el día… y hasta en verano. Son entidades maléficas, así de simple y sin vueltas. Su empleo está a la orden del día en el esoterismo. Me cuesta bastante dominarlos. Digamos que para controlarlos me veo obligado a efectuar conjuros por partida doble. Algunos esotes no tiene dificultad alguna para manejarlos por la actividad misma que realizan. Si un ocultista está al servicio del Anti-ser, los “ve” lo toman como a su dueño natural. Pero yo tengo otro signo y el dominio se me vuelve arduo. Un mago, por más a favor del Ser que esté, debe ser capaz de trabajar con fuerzas oscuras. A veces resulta inevitable, o más expeditivo y se ahorra tiempo. El ocultista debe labrar con la mano derecha pero también con la izquierda, llegado el caso. A estos chichis (porque lo son, y en grado superlativo) se los denomina “ve” corta porque muchos de ellos seméjanse a un burro verdadero. Entonces, para diferenciarlos del animalito natural de “be” larga, se los llama como se los llama. Sirven exclusivamente para atacar. Ya desde su nacimiento tienen un pene enorme, el cual va creciendo a medida que pasan los años y aumenta la estatura general del cuerpo. Llegan a ser tan altos como un hombre. Pueden volar, aunque sólo poseen rudimentos de falsas alas. Levitan. Su poder esotérico se basa en las enormes dimensiones de su pene. Cuando un mago desea destruir a alguien moviliza al vurro mediante una invocación y el chichi de inmediato se eleva y parte como una flecha. Posee siempre a sus víctimas contra natura (aunque se trate de una mujer). La consecuencia es, comúnmente, la muerte, pocos veces quien sufre la agresión, queda lisiado per secula. Igua y Tirán atacaron a mis “ves” cuando éstos eran chicos. Si hubieran sido grandes, mis perros hubieran muerto. Recibieron, no obstante, una terrible enseñanza y nunca volvieron a acercarse. Tampoco hizo falta que les prohibiera atacar al gólem.
De las tres clases de gólem que se pueden construir yo tengo dos. Uno de ellos vive en el jardín. Es alto como un hombre (mide dos metros diez, en realidad). No pude hacerlo más pequeño y tampoco sé de ningún esote que haya podido. Por alguna extraña razón, cuando sacás vísceras de un lado para ponerlas en otro siempre necesitás más espacio. Mi gólem sabe que debe ocultarse de los hombres —y sobre todo de las mujeres—, de modo que vive en el último biombo de la selva y de allí no sale a menos que yo se lo ordene. Basta verlo para llevarse una impresión terrible. No es feo físicamente, pero algo interior lo transforma en una entidad tan diferencial como un ser de otro planeta. El gólem está entre las armas mágicas más poderosas que existen. Es invulnerable al fuego y a las balas; no lo afectan invocaciones, vurros ni pistolas de avellano. También es inmortal: sólo puede destruirlo su creador. El que fabriqué tiene la orden de cuidarme y defender mi casa. Si yo muriese de viejo o en un combate, sin haber modificado dicha orden, él continuaría protegiendo el lugar hasta el fin de los tiempos, sin permitir la entrada de intrusos, así se tratara de la policía o el ejército; mientras mi cadáver se transformaría en polvo y la casa en un montón de ruinas.
Los gólem poseen sendos tornillos en las sienes. Sacando uno, el golem queda desconectado; quitando ambos, cada parte de su cuerpo vuelve a su lugar de origen y se destruye. Uno de los procesos es reversible, el otro no. En el mundo de la magia no existen certezas de ninguna especie, y nadie tiene la vida asegurada, pues a cada arma se le opone una contraarma. No obstante, la posesión de uno de estos bichos aumenta las probabilidades de supervivencia.
Mis pobres perros lo atacaron un día porque entendieron que su deber así lo ordenaba. Pasaron por alto las advertencias telepáticas que el prodigio les había hecho (ya dije que los animales a veces se niegan a reparar en un signo celestial y siguen adelante pues hay otro principio que les importa más). Cuando entonces Igua y Tirán se le fueron al humo, una sola cachetada le bastó para revolcarlos y que salieran a los aullidos, y eso que usó un fragmento casi inexistente de su poderío físico. A partir de ese momento nunca más se metieron con ya sabemos quién.
    Dije al comienzo que hay tres tipos de gólem. El primero es el clásico, igual al que construyó el rabino Loew en Praga. Se puede hacer con distintos materiales: barro, porcelana, madera. El pergamino y la invocación lo tornan inmortal e indestructible. El segundo es de factura técnica y resulta el más fácil de construir: un armazón de varios jardines de arena, muy pequeños, superpuestos, en cada uno de los cuales se depositan tectitas o piedras mágicas. Tiene la apariencia de un objeto decorativo de más o menos un metro de alto, compuesto por varios cajoncitos o gavetas (que pueden sacarse cada tanto para efectuar limpieza); distribuidos regularmente sobre arena limpia reposan, en cada cajón, las tectitas: pequeñas esferas de vidrio con marcas o registros. Este gólem es más bien un robot. El tercer tipo es de carne y hueso. Se cortan miembros y vísceras de distintos cadáveres; no importa si en vida fueron buenos o malos: rostro, brazos, piernas, etcétera; elegidos por su armonía y belleza. La única exigencia es para el corazón, el cual en ningún caso provendrá de un ser malvado. Luego de que las partes han sido cosidas (abierto sólo queda el pecho), el esote debe quitar un fragmento de piel de su propia lengua utilizando para tal efecto una espina de rosa. Adhiere el trozo al buen corazón en el pecho de la criatura y vierte encima determinada sustancia; luego cose el tórax. en noche de tormenta conecta el gólem a un pararrayos y debe tener una relación sexual con esa carne inanimada, pues en caso contrario el milagro no tiene lugar. Este difícil acto de amor es indispensable, pues así fue creado el universo, y la creación del gólem es espejo del todo. Sólo puede fabricarse repitiendo el milagro del origen. Cuando el mago eyacula, siempre y en el acto se descarga el martillo de Thor. Un rayo pasa a través de la conexión y el gólem cobra vida. El esote nunca muere, por extraño que parezca, pese a la descarga de miles de voltios.
No obstante la extraordinaria protección que significa poseer uno de estos fieles servidores, muchos ocultistas desisten de fabricarlo aunque tengan el coraje y la habilidad para hacerlo; la razón es elemental: tendrían que vivir solos para siempre, pues ninguna mujer —a menos que sea maga— aceptaría vivir en la casa del hombre que tiene uno de estos bichos aterradores. Trascendentes hasta la empuñadura, cualquiera advierte su rareza por más estúpido y distraído que sea. Yo pude hacerlo sin renunciar a mi vida de relación por las dimensiones de mi terreno, que me permite aislarlo. Si una de mis novias lo viese siempre puedo decirle que es un débil mental inofensivo, al cual por compasión contraté para efectuar trabajos pesados. Observado desde lejos es menos terrible que de cerca. Además de este gólem tengo otro, del tipo robot, pero dentro de mi casa. Con los de esta clase no hay peligro: siempre digo que se trata de objetos decorativos, jardines colgantes de meditación en miniatura o algo así.
Tengo cincuenta pájaros distribuidos en treinta jaulas; algunas, de cría. Un mirlo maina muy charlatán (habla dos mil palabras), calafates gorriones chinos, diamantes mandarín, jilgueros españoles, loros de Sumatra, tordos del Chaco argentino, cotorritas australianas (éstas son mayoría; empecé con tres pajaritos pero se multiplicaron hasta cantidades imposibles), dos loros enanos de Tanganica o de Fisher y una cotorra barranquera paranaense —rara avis vulgaris, yo diría— llamada Horrigonio que pertenece al sexo masculino, es terriblemente cascarrabias, lanza unos chillidos horrísonos si no se le da bola, y es el más viejo de todos mis pájaros. Fue el único que sobrevivió a las viejas luchas, pues en los combates esotéricos las aves hacen un cerrojo protector en torno a su amo y son las primeras que mueren. No es cosa fácil matar a un loro pues poseen un astral muy fuerte; si acaso logran liquidarlo al enemigo le cuesta muchas bajas, tanto en hombres como en máquinas, pues lo sobrenatural no está capacitado para violar impunemente lo natural. Cierto que la vida flota sobre una infraestructura mágica, pero cuidado con equivocarse: la ley es la ley. Los pájaros, según los principios del mundo denso, sólo pueden morir de enfermedad, de vejez o comidos por otros animales. No obstante es factible destruir un ser mediante una maldición o una pistola de avellano, pero entonces el propio cuerpo del maldiciente se coloca fuera de la ley. Es como si un principio cósmico le dijera: “Ya que apelaste a medios celestiales para quitar una vida, la tuya propia padecerá enfermedad y muerte del mismo origen”. No se puede joder con ciertas cosas. En cuanto al referido Horrigonio, por ser el patriarca de mis pájaros, al principio (cuando me mudé a esta nueva casa) lo tenía en mi propio cuarto. Fue imposible: absolutamente convencido de su realeza se volvió terriblemente dictador. Me despertaba al alba con sus chillidos destemplados para que me levantase, lo sacara de su jaula y lo pusiera sobre mi hombro. No podía escribir, ni tomar mate, ni atender mis asuntos sin que se ofendiese. Las disonantes protestas del señor feudal llenaban los diez mil metros cuadrados de terreno. De modo que, con gran dolor de mi alma, debí confinarlo con los otros pájaros. Para finalizar diré que también tengo dos tucanes y un quétzal tótotl.
Quizás alguien se asombre de que un número tan grande de jaulas quepa en un dormidero para gallinas. Es que lo hice inmenso: una verdadera casa capaz de cobijar a una familia. En realidad sólo tengo veinte gallinas, pero al principio pensaba poner un criadero hasta que me di cuenta del delirio. Sacar a mis pájaros para que tomen sol, cambiarles la comida y agua y poner sus bañaderas me lleva casi dos horas. Cuando estoy de franco nunca dejo de hacerlo, pero si debo salir a mi trabajo el gólem se encarga de ellos y de los otros animales. Al principio eran medio reacios a aceptar alimento de su mano. Especialmente los gatos, que huían horrorizados. Igua y Tirán fueron los primeros en aflojar.
Luego que terminé con los pajaritos y también con los pajarazos (al quétzal lo dejé posado en la rama de un árbol atado con una cuerdita: tiene cortadas las plumas de las alas, y además no creo que se escapase aunque pudiera pues ese bicho me ama, pero, por las dudas, para evitar cualquiera manija) volví a casa para salir en seguida con una fuente repleta de bofe, pedazos de hígado, tripas divididas en fragmentos, etcétera. Todo para mis gatos. Cómo saben los hijos de puta: solos empezaron a venir, atraídos por el olor y la onda: cientos de ellos; todos con la cola parada, absolutamente vertical al plano de la tierra. El problema, siempre, es que ni siquiera me dejan salir por la puerta; se abalanzan como un remolino policromo y maullante. Después se quejan y ofenden si atropello o piso a alguno. Además los felinos tienen una detestable costumbre que nadie, jamás, podrá quitarles así sea hechicero cafre: meterse entre las piernas del amo estorbándole el paso y casi impidiéndole avanzar, con lo cual ellos mismos se joden. Porque no estoy dispuesto a echarles su comida delante de mi casa, sino en el fondo (en un claro especial que tienen para comer). Igua y Tirán, a todo esto, inmóviles. No importa cuán hambrientos puedan estar. Saben que les toca después que a los gatos, y se quedan haciendo imaginaria como soldados. Saben a la perfección que si tocaran el más insignificante trozo perteneciente al área gatal, les iría peor que a los egipcios cuando los invadió Cambises, rey de Persia. A lo sumo los recorre un temblor, se relamen y gimen con un desconsuelo completamente exagerado, como diciendo: “¡Apuráte!” .
Vierto el contenido del fuentón sobre la tierra cuidando de trazar un reguero lo más largo posible, caso contrario podría quedar algún cadáver, aun así, no bien empiezo, se abalanzan con bramido ancestral, dando bufidos y zarpazos, con el típico aliento del felino que muerde a su presa. Cuando he largado todo me quedo un ratito mirándolos, sin hacer caso alguno al clamor de los Dóberman que redoblan sus súplicas y angustias. Porque si no los observo en ese momento me pierdo la parte más interesante y salvaje. Los gatos comen casi en silencio. Sólo dejan oír el ruido de la masticación. Una vez echado todo el alimento, con rapidez se distribuyen las zonas de influencia y alcanzan el equilibrio. A lo sumo un gruñido aquí o allá; una advertencia llena de odio cuando alguien intenta invadir jurisdicciones. Rara vez llegan al enfrentamiento armado, pues basta con la amenaza diplomática. Mientras el grupo esta distraído aprovecho para favorecer con algún bocadillo especial a mis gatas preñadas. No espero a que terminen con todo y vuelvo en busca de lo que les pertenece a mis perros. Hay una razón para que a ellos alimente después. Si les diese primero, los gatos, envalentonados por su número (todo animal cambia cuando su grupo aumenta y pasa ciertos límites), tratarían de quitarles la comida. Si los Dóberman se defienden y matan a los más atrevidos, no tendré derecho a quejarme. Es posible disciplinar a un par de perros, pero nunca a un gato, y menos que menos a muchos.

Anuncios