SENSATEZ DEL CÍRCULO – Angélica Gorodischer


Angélica Gorodischer

Encore n’ y, a il cliemin qui n’aye son issue.

Montaigne

¿Han visto esas casas del boulevard Otoño, sobre todo las que miran al este, esas casas secas, frías, serias, pesadas con rejas pero sin jardines, con a lo sumo un patio embaldosado como la vereda? En una de esas casas vive Ciro Vázquez Leiva, Cirito. Excelente tipo, un poco cansino, pasablemente rico, casado con una mujer abrumadora y exasperante, Fina Ereñú. Cada vez que Fina se va a Salta a ver a la hija y a los nietos, y por suerte se va lo suficiente a menudo como para que él no enmudezca del todo, Cirito deja de ir a la noche al jockey y ahí es cuando algunos amigos de esos que interpretan correctamente las señales, van a la casa fría y seca y juegan al póker en el comedor, Reuniones exclusivamente masculinas y hasta un poco solemnes en las que se toma whisky con moderación y uno que otro café o litros de café si está Trafalgar Medrano como el jueves pasado.

No es que yo haya estado allí porque como les digo las mujeres sobran, pero Goro suele encontrarse en lo de Raúl con el Payo Gamen que sí estaba. Cirito tiene una suerte infernal. Por lo menos eso es lo que dicen los amigos que no quieren reconocer que lo que pasa es que obligado por las circunstancias ha desarrollado un infinito sentido de la oportunidad y una habilidad infinita para distorsionar la verdad lo necesario, apenas lo necesario. Y esa noche a pesar de que juegan con tanta moderación como toman whisky, ganó montones de plata. Sobre todo a costa de Payo y del doctor Flynn, el médico, no el abogado. Trafalgar Medrano que es más circunspecto, salió mano a mano. Después de una revancha catastrófica el Payo dijo basta y Flynn dijo sos un animal Cirito, y Trafalgar Medrano dijo ¿no hay más café? Había. Los otros se sirvieron whisky y Cirito acomodaba las cartas. El Payo dijo que al día siguiente él iba a llevar un naipe nuevo y alguien propuso que fuera español a ver si al truco Cirito seguía arrasando con todo.

– Traé el naipe que quieras – dijo Cirito que estaba contento -, español o chino o lo que sea.

– Los naipes son chinos – dijo el Payo.

– Puede ser – dijo Flynn que es culto -, pero fueron los árabes los que los trajeron a occidente. Viterbo dice que a fines del siglo XIV los árabes los llevaron a España y que se llamaban naib.

– Y ese Viterbo quién es – preguntó el Payo.

– Y que – siguió Flynn – los oros son la burguesía, las copas el clero, las espadas el ejército y los bastos el pueblo.

– Como siempre y como en todas partes – dijo Cirito.

– Conocí a unos tipos que eran todos todo eso y nada al mismo tiempo – dijo Trafalgar.

– Sé – dijo el Payo -, ¿y entonces quién hacía las revoluciones, eh?

– No había – dijo Trafalgar -. Ni revoluciones ni nada.

– Contá – dijo Cirito.

Observación retórica porque a Trafalgar, cuando empieza a contar algo así despacito y como quien no quiere la cosa, no hay quien lo pare.

– ¿Alguno de ustedes estuvo en Anandaha-A?

Nunca nadie como era de esperar. No es fácil andar por los lugares por los que anda él.

– Es horrible – dijo -. El mundo más horrible que se puedan imaginar. Cuando es de día parece que es de noche y cuando es de noche uno prende la luz más potente que tiene y apenas si alcanza a verse las manos porque la oscuridad se lo traga todo. No hay árboles, no hay plantas, no hay animales, no hay ciudades, no hay nada. El terreno es ondulado, con montañitas chatas. El aire es pegajoso; hay algunos ríos finitos y haraganes y la poca gente que vive allí, y a primera vista uno duda de que se le pueda llamar gente, saca unas hojas grises o unos gusanos, no sé, del fondo de los ríos, los machaca entre los dedos, los mezcla con agua y se los come. Un asco. El suelo es frío y húmedo, como de barro apisonado. Nunca hay viento, nunca llueve, nunca hace frío, nunca hace calor. Un sol color borravino hace siempre el mismo recorrido en el mismo cielo sucio sin que a nadie le importe, y no hay lunas.

– Te habrás divertido una barbaridad – dijo el Pavo Gamen.

– Bastante – confesó Trafalgar -. Hace un par de años yo había ganado un vagón de guita vendiendo bombitas de luz en Prattolva donde acaban de descubrir la electricidad y como algo sabía del sol inútil de Anandaha-A, se me ocurrió que podría ganar otro vagón vendiéndoles lámparas, linternas, esas cosas que se comieran la oscuridad. Pero claro que lo que yo no sabía era que los tipos ésos no tenían intención de comprar nada pero nada. Fui a Prattolva con otra carga y al volver bajé en Anandaha-A cerca de lo que parecía una ciudad chica y que no era una ciudad ni chica ni grande sino un campamento pero algo es algo. El recibimiento no pudo ser más efusivo, los del campamento habían empezado a aburrirse como pingüinos y yo era la gran novedad. No sé por qué a la gente se le da por estudiar cosas tan desagradables. A menos que sea lo de siempre: la esperanza de ganar algo, actitud a la que adhiero y que me parece muy loable. Y así era como había en el campamento doce o quince personas todas con títulos rimbombantes y que por suerte también se daban maña para cocinar, arreglar una canilla, tocar la armónica o contar cuentos verdes. Y simpáticos y corteses todos. Estaba este geólogo sueco, Lundgren, que se desilusionó mucho cuando supo que yo no jugaba al ajedrez pero que se le pasó cuando le dije que le iba a enseñar las tres variedades del sintu, la combativo, la contemplativa y la fraternal que se juegan en el sistema de Ldora, una en cada uno de los tres mundos. Al lado de eso el ajedrez parece tatetí. Y se las enseñé y me ganó un solo partido, a la combativo. Yo prefiero la fraternal. Estaba el doctor Simónides, un griego chiquito y calvo que hacía de todo, hasta psicoanálisis, y que se divertía con todo. Había un químico, no sé muy bien para qué, el doctor Carlos Fineschi, especialista en aguas fluviales, decime vos. Un ingeniero, Pablo María Dalmas. Una antropóloga, Marina Solim. Un sociólogo, un astrofísico, ingenieros mecánicos, todo eso. La Liga de las Naciones, tanto como para tratar de convencerlo a Dios Padre que somos buenos y nos queremos. Y estaba Veri Halabi que no sé de qué nacionalidad era pero qué cosa tan linda, por favor. Casi tan linda como las matriarcas de Veroboar pero con el pelo negro. Experta en lingüística comparada, no hay derecho. A los cinco minutos uno se daba cuenta que todos estaban metejoneados con ella y Fineschi más que todos porque lo que es Marina Solim que es eficiente y maternal y simpática como ella sola, no tiene para nada un físico que invite a los ensueños eróticos. Pero entre que la Halabi era macanuda pero no te las mandaba decir y que el doctor Simónides los arrinconaba y los convencía de cualquier cosa, la gente se llevaba bien y estaba tranquila. Y si habían empezado a aburrirse era porque habían terminado lo que tenían que hacer o lo que faltaba podía hacerse acá en los gabinetes de la universidad o sobre la mesa de la cocina de casa. Menos Veri Halabi que seguía descubriendo cosas pero que no sabía lo que significaban, pobre chica.

Y Trafalgar enchufó la cafetera eléctrica otra vez y se quedó esperando. El es así: cuando le contó a Páez el asunto de las máquinas para hacer el amor casi lo vuelve loco y eso que el Gordo es más bien pachorriento. Después volvió a la mesa y se tomó el café y los otros ni chistaban esperando el próximo capítulo.

– El primer día nomás me quisieron sacar del mate la idea de vender algo. No les hice caso porque los doctores sabrán mucho de ciencia, no digo que no, pero de vender y comprar nada, viejo, nada. Marina Solim me agarró y me contó que los habitantes de Anandaha-A eran prácticamente una especie extinguida, desgraciadamente según ella, aunque con franqueza era difícil entender qué les veía pero si es por eso también fue difícil entender lo que pasó después. Me dijo Marina que eran de un primitivismo lindante con la bestialidad. No construían herramientas, vivían a la intemperie, se habían olvidado del fuego si es que alguna vez habían sabido prender fuego, ni siquiera hablaban. Se vestían, hombres y mujeres iguales, con unas fundas astrosas abiertas a los costados que las sacaban, eso creía Marina, a los muertos, porque tejerlas no las tejían ellos. Comían, dormían tirados en cualquier parte, hacían sus cosas y hasta se acoplaban a la vista de todos, casi no habían chicos ni mujeres preñadas, y se pasaban el día echados sin hacer nada. Y bailaban.

Flynn se sorprendió con eso del baile y dice el Payo que intentó una conferencia sobre el baile como expresión refinada, así mismo dijo, refinada, de un sistema de civilización etcétera, pero que Trafalgar no lo dejó hablar mucho.

– Si querés – le dijo – te doy la dirección y el teléfono de Marina Solim. Es chilena pero vive en París y trabaja en el Museo del Hombre. Vas y le preguntas y te vas a caer de espaldas con lo que te cuente.

– Yo lo único que digo es – empezó Flynn.

– Eran cono animales, yo los vi – dijo Trafalgar -. Los del campamento, que no se llamaba campamento sino Unidad Interdisciplinaria de Evaluación, decían que eran feos, pero a mí me parecieron muy bellos. Claro que yo he visto muchas más cosas que los doctorcitos y las doctorcitas y sé qué es lo feo y qué es lo lindo. No hay casi nada que sea feo, en eso Marina y yo estamos de acuerdo. Muy altos y muy, flacos, de piel blanca y pelo negro, caras afiladas y ojos muy grandes, muy abiertos. Ojos de sapo decía Veri Halabi que los odiaba. Los otros no los odiaban; peor, les eran indiferentes, menos a Marina Solim. Al principio, me contó el doctor Simónides, habían tratado de hablar con ellos, pero ellos como si no los vieran ni los oyeran. Después se habían dado cuenta que o no tenían o habían perdido la capacidad de comunicarse y empezaron a tratarlos como animalitos: les llevaban comida y les hacían chasquidos con la lengua y los dedos. Pero los tipos nada: ni miraban, ni olfateaban, ni daban vuelta la cabeza cuando ellos se acercaban, ni comían y eso que Dalmas hacía unos chupines de locura. Entonces decretaron que eran bestias y se desentendieron de ellos. Hasta Marina Solim se descorazonó un poco porque lo único que podía hacer era sentarse cerca de ellos y pasarse las horas mirando lo que hacían que no hacían nada.

Vivir nada más, si vivir es respirar y comer y cagar y acoplarse y dormir.

– Y bailar – dijo Flynn.

– Y bailar. Hasta que en una de ésas Lundgren y Dalmas que a veces trabajaban juntos encontraron algo. ¿Saben lo que encontraron? Un libro, eso encontraron.

– Ya sé – dijo el Payo -, las Memorias de una Princesa Rusa.

– Qué imaginación tenés, ché. No. Algo muy distinto aunque claro que tampoco era un libro.

– En qué quedamos – dijo Flynn que ya les dije que es culto pero que también es impaciente.

– Algo como un libro. Unas hojas muy delgadas, casi transparentes, de un metal que parecía aluminio brillante, perforadas en uno de los lados más largos, el izquierdo y sujetas allí con aros del mismo material pero grueso, filiforme y soldado no se sabía cómo o tal vez cortados de una sola pieza. Y cubiertas de algo que cualquiera podía darse cuenta que era escritura. Lo encontraron cavando al pie de una colina. Revolvieron alrededor buscando algo más pero no había nada. Y ahí a Lundgren que él sí tiene imaginación porque si no no hubiera podido aprenderse las tres versiones del sintu y hasta ganarse un partido a la combativo el muy cretino que todavía me pregunto cómo hizo porque en el sintu no hay casualidades, se le ocurrió cavar directamente en la colina. Casi se mueren todos: no eran colinas, eran ruinas. Cubiertas desde hacía miles y miles de años por el barro duro de Anandaha-A. Ni tiempo de festejar tuvieron, ocupados en sacar cosas. Cada colina era una casa o mejor un complejo de varias casas que se comunicaban. Había no sólo utensilios sino aparatos, máquinas, muebles, más libros, vajilla, vehículos, adornos. Bastante fané estaba todo pero reconocible aunque no identificable. Se dieron la gran panzada sobre todo Marina Solim y la preciosidad de la Halabi. Dalmas y los ingenieros mecánicos se rompieron las cabezas estudiando las máquinas y los artefactos pero no sacaron nada en limpio. Clasificaron todo y lo acondicionaron para traerlo y Marina empezó a reconstruir una civilización como decía ella, prodigiosa, y la única que seguía en banda era Veri Halabi que por muy experta que fuera en lingüística comparada no entendía nada. Trabajaba mañana tarde y noche y se ponía de mal humor y Simónides le daba palmaditas en el hombro, literales y figuradas. Solamente pudo descifrar el alfabeto, los alfabetos porque había cinco aunque todos los libros según Fineschi que les hacía la reacción de noséquién, eran de la misma época. Les aviso que eso de la misma época para ellos significaba cuatro o cinco siglos. En fin, dejaron de revolver en las colinas salvo para sacar los libros que Veri Halabi decía que necesitaba, porque las cosas se repetían más o menos en todas y ellos ya no podían abarcar más. La chica seguía trabajando, los demás hacían lo que podían o lo que les daba la gana y ahí llegué yo.

Parece que se acordó del café y ofreció a los demás pero el único que aceptó fue el Payo porque Flynn tenía un vaso con whisky y Cirito es poco lo que toma.

– A todo esto Marina dividía su atención entre la civilización prodigiosa y los monos flacos que bailaban. El día que oyeron por primera vez la música casi se infartan porque no se la esperaban y fueron a ver qué pasaba. Armados, por si acaso. Todos menos Veri Halabi que de entrada les había tomado repugnancia y que dijo que esa música era irritante. Y cada vez que la oía cerraba todo y se quedaba adentro y si le parecía que oía algo se tapaba los oídos. Eso me lo contó Simónides después. Para cuando yo llegué estaban acostumbrados a la música y al baile y les gustaba. Me contó Marina que de repente, no todos los días sino de vez en cuando y a intervalos irregulares, sin que hubiera ninguna señal ni pasara nada, sacaban palos, cuerdas, unos instrumentos muy simples que ella describió y que yo vi pero ni me acuerdo, y algunos tocaban música y todos los demás bailaban. Bailaban horas y horas sin cansarse y era increíble la resistencia que tenían, tan flacos y arruinados, alimentados a gusanos molidos y agua. Pero bailaban a veces todo el día, a veces toda la noche. ¿Ustedes han probado bailar una noche entera sin parar? Bueno, ellos podían. Bailaban en la oscuridad más completa, sin verse, sin empujarse, sin caerse. O bailaban de día, eso que era día bajo el sol púrpura. O bailaban parte del día y parte de la noche. Y de pronto, porque sí, la música se terminaba y se tiraban por ahí mirando vaya a saber qué y se quedaban sin hacer nada horas o días. Impresionante. Les juro que era Impresionante.

A esa altura de la noche y del cuento a nadie le parecía necesario seguir tomando nada pero Trafalgar no abandonaba la cafetera eléctrica. Hacía frío y Cirito se levantó a prender la calefacción mientras Flynn y el Payo esperaban y Trafalgar pensaba a lo mejor en los días oscuros de Anandaha-A.

– El baile también me gustó, como me gustaban ellos aunque no les haya podido vender nada – siguió cuando lo vio entrar a Cirito -. Y a los del campamento también les gustaba. No digo a Marina Solim que es una tipa dispuesta a que todo le guste, ni a Lundgren que aprendió el sintu y eso ya habla en favor de la buena disposición de cualquier individuo, ni al sociólogo que acepta lo que venga y, compone un cuadro sinóptico en segundos y que no me acuerdo cómo se llama pero sí que se pasa las horas fumando Craven A y escribiendo a máquina. A todos les gustaba y cada vez que oían la música se iban a mirar. Todos menos Halabi.

La música era aguda, áspera, casi hiriente y con un ritmo que si la oyen los rockeros se suicidan de la envidia. Era… la pucha, no es fácil describir una música. No era inhumana. Miren, creo que si alguien la tocara en una de esas confitería bailables los mocosos se pondrían a bailar encantados de la vida. Eso. Era una música que transformaba todo en música, aunque Lundgren decía que era trágica y sí, era trágica. Parecía que era la primera vez que te dabas cuenta que estabas vivo y que habías estado vivo mucho antes y que quizás ibas a volver a estarlo pero te ibas a morir en cualquier momento y tenías que bailar para que las piernas y los brazos y las caderas y los hombros no se te confundieran en un solo cuerpo rígido, inmóvil. Pensé que era por eso que ellos bailaban. En vez de fabricar cosas, bulones o ciudades o sistemas filosóficos, bailaban para darse cuenta y decir que estaban vivos. Se lo pregunté a Simónides y me dijo que ésa era justamente una de sus teorías sobre el baile. Las otras eran que el baile era un lenguaje, que era un rito de adoración, que era la memoria de algo perdido. A raíz de eso último, como el sociólogo y como Marina Solim, él se había preguntado si estos habitantes de ese mundo oscuro y casi muerto no se reían de los descendientes de los que habían construido y habitado eso que ahora estaba en ruinas. Pero Veri Halabi se había puesto furiosa. Violenta, inexplicable y desproporcionadamente furiosa, me dijo Simónides, y había dicho que pensar que esas bestias pertenecían a la misma raza que los dueños de los alfabetos era casi sacrílego. La dejaron en paz porque sabían que la tensión de un trabajo que no podía resolver la tenía a mal traer. Pero no Simónides. El doctorcito calvo no se engañó nunca. En ese momento no sabía lo que pasaba, no podía saberlo, pero sí sabía que ahí se cocinaba algo más que el amor propio de una experta en lingüística comparada, linda y quisquillosa.

A lo mejor e gustaban los tipos que bailaban y no lo quería confesar – dijo el Payo Gamen.

– Payo, sos un genio – dijo Trafalgar.

– ¿Le gustaban? – preguntó Cirito alarmadísimo.

– Gustarle – dijo Trafalgar -. Ahora les cuento cómo pasaron las cosas. Lo primero que le había llamado la atención a Simónides fue que la Halabi dijo que la música era irritante y que no quisiera ir a ver que era ya aquella primera vez. Y se había quedado sola en el campamento zurciendo medias me imagino o memorizando el capítulo cuarto de algún tratado de lingüística comparada porque todavía no habían encontrado los libros. El doctor almacenó el dato en su cerebrito chismoso porque ese era su oficio: fijarse en lo que hacían y decían los demás, juntarlo todo, sacar conclusiones y mantener una charla con su víctima para explicarle que tenía que elaborar sus frustraciones o cualquiera de esas cosas que dicen estos tipos. No digo que no sea útil, al contrario, y la prueba está en que todo andaba como la seda, hasta el pobre Fineschi que aparte de babearse cuando la miraba a la morochita, estaba razonablemente contento. Y fuera del trabajo que tenía que hacer cada uno, el baile era la atracción principal. El único inconveniente era que había función muy de vez en cuando. Y cuando había la Halabi se ponía nerviosa así que empezó a encerrarse apenas se oía la música y los otros se iban a ver. En eso encontraron las ruinas y todos se pusieron a laburar como enanos y ella más que todos. Las cosas se fueron resolviendo, menos lo de la escritura, y para cuando yo llegué los tipos de Anandaha-A habían empezado a bailar cada vez más seguido. Cuando vi el espectáculo me quedé embobado y creo que hasta soñé y de ahí en adelante no me perdí uno. Simónides me contó sus teorías, Marina también, jugué al sintu con Lundgren que para mi que hizo trampa aunque en el sintu no se puede hacer trampa, me tiré discretos lancecitos verbales, como todos, con la Halabi que si uno la sacaba de la lingüística y de su odio por los nativos era muy sociable y sonriente, y me resigné a no vender nada pero me quedé.

El comedor estaba tibio y lleno de humo y el Payo se sacó el saco. Cirito tenía puesto un suéter viejo roto en los codos, que si Fina lo ve se nos muere. En la sala que da a la calle el reloj dio las tres pero ellos no lo oyeron.

– Una vez – dijo Trafalgar – nos pasamos casi todo el día viéndolos bailar. Había solamente dos músicos, uno que soplaba y otro que raspaba y golpeaba. Todos los demás bailaban. Era una obsesión: no nos podíamos mover de donde estábamos. Fuimos a almorzar muy tarde y Marina que fue a verla nos dijo que la Halabi dormía encerrada en su cuarto. Me pareció raro y a Simónides también porque últimamente la chica dormía muy poco. enloquecida como estaba por descifrar los libros. Volvimos a seguir mirando el baile y cuando no dimos más nos fuimos a dormir y ellos seguían bailando y el cuarto de Veri Halabi seguía cerrado y tenía la luz apagada. Simónides se asomó y me dijo que sí, que dormía pero que estaba muy inquieta. Me contaba algunas cosas el doctor, no sé por qué; será porque ellos también necesitan alguien que los oiga. Al día siguiente, a pesar de haber dormido tanto, la mina tenía unas ojeras hasta acá y estaba pálida y demacrada. No digo que estaba fea porque para eso hacía falta mucho, pero estaba menos linda. Ese día no hubo baile. Al otro no pudo más y le contó a Simónides que había soñado horas y horas con los textos y Simónides le dijo que claro y que no tenía nada de raro. Que no le entendía, dijo ella, con los textos descifrados y traducidos. Pero que no, que no podía ser, que todo era un disparate y se empezó a poner histérica. Simónides se la llevó a la cama, no con intenciones libidinosas sino terapéuticas, lo que es la ética profesional, mi Dios. La estuvo charlando un rato y la tranquiliza y entonces ella le dijo que encerrada y todo seguía oyendo la música y que tapándose los oídos seguía oyendo la música y que casi se había puesto a bailar. Y que para no bailar se había acostado y, se había dormido enseguida y había soñado adivinen con qué, acertaron, con la música y los tipos bailando. Y que como pasa en los sueños los tipos bailando se habían convertido en las letras desconocidas de los cinco alfabetos solamente que el sueño ella las conocía y las podía leer. Simónides le dijo lo que le hubiera dicho cualquiera: que a veces, pocas veces pero sucede, soñando uno encuentra la solución a un problema en el que ha pensado tanto que ya ni siquiera lo puede ver claramente mientras está despierto. Pero ella le dijo, ella a él fijensé, que estaba loco y que abriera el cajón de su escritorio, el de ella. El doctor lo abrió y se encontró con un montón de papeles escritos por la Halabi: era la traducción que ella había soñado y que al despertarse había ido corriendo a anotar no sabía por qué si total estaba convencida que no era más que una pesadilla. Simónides no alcanzó a leer todo, una lástima. Se acordaba de algunas cosas nomás. Había por ejemplo la descripción de un círculo.

– ¿La descripción de qué? – saltó Flynn.

– De un círculo.

Flynn le quiso tomar el pelo:

– Figura geométrica formada por los puntos interiores de una circunferencia si no me equivoco.

– Lamento comunicarte que te equivocas. Te voy a decir lo que es un círculo según el protocolo de la sensatez de Anandaha-A.

Aquí interrumpieron todos porque nadie entendía eso del protocolo de la sensatez. Pero Trafalgar Medrano no sabía lo que quería decir. Simónides tampoco y en ese momento Veri Halabi tampoco. Estaba en los textos y eso era todo.

– Un círculo – dijo Trafalgar – se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible.

– Momento, momento – dijo Flynn -. Si en un mundo oscuro como ése vos prendés una luz, en cierto, modo se forma un círculo, pero no se forma cuando apagás la luz, ¿estamos?

– ¿Me dejás terminar? Yo no te estoy explicando nada. Te cuento lo que decían los textos que leyó Simónides y que eran la traducción que hizo en sueños Veri Halabi en base a un alfabeto quíntuple que ella no conocía.

– Qué tío – dijo el Payo.

– Un círculo – empezó de nuevo Trafalgar – se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible de cada recinto lejano. Como el cuarzo ignora el aullido del animal salvaje y si llueve sobre el páramo es improbable que las raíces lo sepan, todos los recintos vienen a tocarse por las aristas hasta que el conocimiento borra lo construido. Su medida depende no de las rocas sino del torrente.

– Y eso qué quiere decir – preguntó Cirito.

Flynn se sirvió más whisky.

– No sé – dijo Trafalgar -. Simónides tenía una teoría, él siempre tenía teorías para todo y creo que, a veces, no se equivocaba. Casi triunfante me dijo que Anandaha-A era un mundo de símbolos. Yo me permití sugerirle que todos los mundos funcionan a símbolos así como todos los triciclos funcionan a pedal pero él me dijo que hay mucha diferencia entre de símbolos y a símbolos. Me parece que tiene razón. Y decía que apagar el candil es dejar la mente en blanco, no pensar en nada, y que eso es algo que se dice muy fácilmente pero que es difícil de hacer como que es nada menos que eliminar lo consciente y dejar paso a lo inconsciente, qué tal. Que el reino es la calidad, la esencia de ser hombre, y el juego sensible es la conciencia y cada recinto lejano es cada individuo. Cuando el candil está prendido los recintos están lejos unos de otros, cada uno está solo. Lo del cuarzo y el animal salvaje y la lluvia y el páramo y las raíces significa, según Simónides, que aunque el universo funciona aparentemente dividido en partes infinitas o no tan infinitas según se mire, es todo único y uno, indivisible y el mismo en todos sus puntos. ¿Entienden?

– No.

– Yo tampoco. Sigo. Entonces, como el universo es uno y único en todos sus puntos si cada individuo deja en suspenso la conciencia y apaga el candil, todos se encuentran, no están solos, se unen y lo saben todo sin necesidad y a pesar de las grandes creaciones intelectuales. Y el saber es tanto más profundo cuanto más total sea el esfuerzo de cada individuo y no cuantos más individuos haya. Eso vendría a ser lo de la medida.

– Ingenioso – dijo Flynn.

– Mierda – dijo el Payo -, no entiendo un pito.

Cirito no dijo nada.

– Y así por el estilo – siguió Trafalgar -. Había un texto sobre cómo proyectar estatuas pero Simónides no sabía si era proyectar en el sentido de dibujo previo a la tarea de esculpir o proyectar a través del espacio. También un diálogo entre Dios y el hombre en el cual por supuesto el único que hablaba era el hombre. Una lista de las voluntades nocivas: no me pregunten, Simónides tampoco sabía lo que era y si tenía una teoría se olvidó de contármela. Teoremas, un montón de teoremas. Un diario de viaje. Un método para doblar pero no sé doblar qué. Y pilas de cosas más. Pero todo eso se perdió. Simónides anotó lo poco que recordaba y por ahí debo tener una copia que me regaló. Por que mientras él leía a Veri Halabi le dio el gran ataque, se levantó y empezó a romper papeles y hasta le quitó a Simónides los que él tenía en la mano y los hizo trizas.

– Qué loca – dijo el Payo.

– Ajá – dijo Trafalgar -, eso es lo que uno piensa cada vez que alguien hace algo que uno no entiende. Pero esperate un poco y decime después si estaba loca. El doctorcito largó todo y se ocupó de ella y le dio algo para dormir. Me comentó que no había habido tal ataque, que simple y desdichadamente en ese momento el juego sensible había terminado de invadirla y ella había abandonado el reino. Preferí no pedir explicaciones pero le pregunté si no era posible reconstruir los textos y me dijo que no, que eran papel picado y que de todos modos no eran textos que corrieran el peligro de perderse. También le pregunté si él creía que eran la traducción correcta de los libros de metal y me miró como si yo le hubiera preguntado si él creía que dos más dos son cuatro y me dijo que claro que sí. Y que les cuento que al día siguiente la Halabi se levanta fresca como una lechuga y se dedica a seguir trabajando en la traducción.

– ¡Pero cómo! – dijo el Payo -. ¿No la había hecho ya y la había roto? ¿Otra vez la hacía?

– No. Era la misma vez. Ella no quería creer que lo que había roto fuera la traducción, y despierta, trabajaba haciendo funcionar la lógica, el razonamiento, la información, es decir fuera del reino, en el juego sensible, sin saber ya y sin tratar de formar un círculo. Entonces la vida sigue como siempre y aquí no ha pasado nada y durante dos días no hay bailes. Al tercero a Romeo Fineschi Montesco se le ocurre proponernos a todos que demos un paseo. Un paseo en ese mundo de porquería, imaginensé. Pero claro que si va y la invita a Julieta

Halabi Capuleto sola, se queda de araca porque ella le dice que no. Fuimos. Dalmas, Lundgren, Marina, Simónides, yo, Fineschi, la Halabi, otros dos ingenieros y hasta el sociólogo. Muy divertido no fue porque ya les dije que las atracciones naturales de Anandaha-A son lamentables. Hablábamos pavadas y Simónides describía monumentos y parques imaginarios con voz de guía de turismo hasta que se cansó porque mucho apunte no le llevábamos. El único que la pasaba posta era Fineschi que charlaba hasta por los codos con la Halabi supongo que de temas tan románticos como el grado de saturación salina del agua del Danubio inferior. íbamos volviendo cuando empezó la música y Veri Halabi gritó. Fue un grito como para poner los pelos de punta, de bestia acorralada como dicen los escritores de ciencia ficción.

– Y otros que no escriben ciencia ficción – acotó Flynn.

– No lo dudo. Yo aparte de ciencia ficción y policiales no leo más que Balzac, Cervantes y el Corto Maltés.

– Muy lejos vas a llegar con esa mescolanza absurda.

– ¿Dónde absurda, dónde? Son de los pocos que tienen todo lo que se le puede pedir a la literatura: belleza, realismo, diversión, qué más querés.

– Acabenlá, ché – dijo el Payo -. ¿Por qué gritó la mina?

– Se grita por dolor o miedo o sorpresa – dijo Flynn -. Con menos frecuencia por alegría. Aunque creo que no era éste el caso.

– No era. Gritó. Un grito largo que parecía que le venía de los talones y que le raspaba la garganta. Se quedó un momentito parada ahí como una estaca con la mandíbula que le llegaba a las rodillas y los ojos como el dos de oros y después salió corriendo para el lado del campamento. La música sonaba muy aguda, urgente, pero nosotros en vez de ir a ver la seguimos, Fineschi al trote y los demás caminando apurados. Simónides fue a verla y la encontró sentada en la cama como idiotizada. Esta vez no se había encerrado ni se tapaba los oídos. El doctorcito lo echó a patadas a Fineschi, que no hacía más que joder tratando de hablar con ella, la miró un rato, le tomó el pulso, hizo esas cosas que hacen los matasanos y la dejó sola. Ella, como si nada. Todos estábamos un poco apabullados y la música seguía y algunos se fueron a ver. Los otros nos quedamos y comimos. Fineschi se paseaba y fumaba una pipa que se apagaba cada dos por tres. Los demás volvieron, comieron y todos nos sentamos en una especie de sobremesa tétrica.

De vez en cuando Simónides iba a verla y al volver no decía nada. En eso, cuando estábamos por ir a acostarnos, apareció ella en la puerta. La música seguía y la chica se puso a hablar. La macana fue que no entendimos nada. Hablaba y hablaba en un idioma desconocido en el que había muchas más vocales que las que parece que tiene que haber. La escuchábamos sin movemos y cuando Fineschi quiso acercársela, el doctorcito no lo dejó, habló durante toda la noche.

– No puede ser – dijo Flynn.

– Vos qué sabés. Habló durante toda la noche y nosotros la escuchamos durante toda la noche. Fineschi lloraba de a ratos. Marina Solim estaba sentada al lado mío y me agarraba del brazo y no me soltó hasta que no se le acalambró la mano. Cuando amaneció, que eso sí es una figura literaria como para meterla en este cuarto porque ahí no amanece, se levanta el solcito violeta y está menos oscuro y eso es todo, cuando amaneció la música seguía sonando y ella seguía hablando. Y de repente dejó de hablar pero la música no paró. Yo estaba entumecido y hasta tenía frío y seguro que los demás también, pero cuando Veri Halabi salió nos levantamos y nos fuimos detrás de ella. Caminaba como si tuviera que ir a depositar guita al banco y fueran las cuatro menos un minuto y nosotros atrás, para donde estaba la música. Allá al pie de una de las colinas cavadas, junto al río negruzco, los tipos de Anandaha-A bailaban con tantas ganas que parecía que acababan de empezar. Y Veri Halabi corrió y se metió entre ellos y bailó y mientras bailaba se arrancaba la ropa y sacudía la cabeza hasta que el pelo negro le tapó la cara como a todos y ya no la podíamos distinguir. Pasó una hora más y locos de sueño y de cansancio y con la sensación de que había pasado algo más inevitable que la muerte, retrocedimos hasta el campamento. Simónides y Dalmas tuvieron que arrastrar lo a Fineschi que no quería irse. Nos acostamos y nos dormimos todos, Simónides el último porque anduvo repartiendo pastillas y te dio una inyección al Montesco. Yo dormí diez horas y fui uno de los primeros en despertarme. Marina Solim se puso a hacer café y el sociólogo fumaba pero no escribía a máquina. Después apareció Simónides y de a poco todos los demás. Tomamos café y comimos sandwiches de salchichas. Y la música que había seguido sonando y no se por qué porque dormí como un tronco, yo sabía que había sonado todo el día, la música se apagó con la última miga de la comida. Fineschi anunció que iba a buscarla a la chica y allá fuimos de nuevo todos en procesión pero fue inútil.

– ¿No estaba? – preguntó el Payo.

– Sí que estaba. Al principio no la vimos. Los nativos se habían sentado o tirado por ahí como siempre mirando fijo a alguna parte. Era difícil distinguirla. Ahora estaba vestida con una funda abierta a los costados y sentada en el barro con las piernas cruzadas, entre dos mujeres y un hombre, tan parecida a ellos, con los ojos muy abiertos, sin pestañear, muda y más bella que antes porque se había vuelto bella como los señores de Anandaha-A, miraba frente a ella pero no nos veía. La llamamos y yo estuve seguro de que nos estábamos portando como unos estúpidos. No nos oía. Simónides agarró al sociólogo y a Lundgren y fue a buscarla. Yo lo sujeté a Fineschi. En cuanto le pusieron las manos encima empezó otra vez la música y todos se levantaron y bailaron, ella también, y bailando rechazaron a los tres hombres que salieron a reculones del torbellino y ya la perdimos de vista. En tres días hicimos cinco intentos más. No hubo caso. Finalmente fue Fineschi, y eso me sorprendió, el que dijo que teníamos que darnos por vencidos.

El Payo dijo no ves que estaba loca y Cirito dijo quién sabe y Trafalgar tomó más café.

– No estaba loca – dijo -. Había vuelto a su casa, al círculo. Vean, si lo pienso mucho no tengo más remedio que decir que sí, que se volvió loca. Pero si me acuerdo de ella bailando, diciéndonos bailando que la dejáramos en paz porque había dejado de buscar, de resistirse, de estudiar, pensar, escribir, razonar, acumular y hacer, reconozco con algo de satisfacción, una satisfacción triste porque yo no llevo el prodigio en mi sangre, que ella había atravesado el reino de punta a punta y nadaba fresca y linda en el torrente. Simónides lo explicó de otra manera y Marina Solim lo apoyó con datos muy concretos. Los tipos que bailaban eran de veras los descendientes de los que habían dejado las ruinas. Anandaha-A conoció quizás una estrella amarilla y caliente y un cielo limpio y una tierra fértil y allí se fabricaron cosas y se escribieron poemas mucho antes que nosotros nos diéramos el lujo del estegosaurio y el escafites. Tal vez tuvieron joyas, conciertos, tractores, guerras, universidades, caramelos, deportes y material plástico. Deben haber viajado a otros mundos. Y llegaron tan alto y tan hondo que cuando la estrella murió ya no les importaba nada. Después de visitar mundos muertos, vivos o por nacer, después de dejar su simiente en algunos de ellos, después de curiosearle todo y saberlo todo, no sólo dejaron de interesarse por la muerte de la estrella sino por el resto del universo y les bastó con la sensatez del círculo. No conservaron más que la música que bailaban y que era todo lo que Simónides había supuesto y mucho más. No sabemos qué más pero si alguien nos lo dijera no lo entenderíamos. Y Veri Halabi reconoció a los suyos pero la luz del juego sensible le impedía verlos y entrar en el reino donde hay posibilidad de apagar el candil, y tironeada entre la luz y la urgencia nostálgica de algunas de sus células que tenían el sello de los argonautas de Anandaha-A, los odiaba. Cuando la luz se apagó a fuerza de música y ella habló todas las palabras de su raza, las que había aprendido en sueños, ya no los odió ni los amó ni nada. Le bastó con volver.

Dice el Payo que se quedaron callados todos. Incluso Flynn que es discutidor y le gusta llevar la contra, no encontraba nada que decir. Cuando Cirito comentó que Fina había llamado por teléfono para avisarle que se quedaba en Salta una semana más y hablaron de otras cosas y tomaron más whisky y Trafalgar más café, Flynn admitió que Trafalgar podía tener razón, que el asunto, si se lo pensaba bien, parecía descabellado, pero que él tenía la impresión de que no era tan extraño. Cirito dijo:

– Me gustaría ir a Anandaha-A.

– Te lo regalo – dijo el Payo.

– ¿Era tan linda Veri Halabi? – preguntó Flynn.

– Ahora es más linda – dijo Trafalgar.

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