El hombre que no quería estrechar manos – Stephen King


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Stevens sirvió las bebidas y pronto, después de las ocho en aquella noche glacial de invierno, la mayoría de nosotros nos fuimos con ellas a la biblioteca. Por un momento, nadie dijo nada; lo único que se oía era el chisporrotear del fuego en la chimenea, el lejano chasquido de las bolas de billar y, desde el exterior, el gemido del viento. No obstante, allí se estaba bastante caliente, en el nº 249 B de la calle Este 35.

Recuerdo que aquella noche David Adley estaba sentado a mi derecha, y a mi izquierda Emlyn McCarron que una vez nos contó una historia espeluznante sobre una mujer que había dado a luz en extrañas circunstancias. Después de él estaba Johanssen, con su Wall Street Journal doblado sobre las rodillas.

Entró Stevens con un pequeño paquete blanco y se lo entregó a George Gregson sin hacer la menor pausa. Stevens es el mayordomo perfecto a pesar de su ligero acento de Brooklyn ( o quizá por causa de él) pero su mayor atributo, por lo que a mí se refiere, es que siempre sabe a quien debe entregar el paquete aunque nadie lo reclame.

George lo captó sin protestar y permaneció un momento sentado en un sillón de alto respaldo y orejas, contemplando la chimenea que es lo bastante grande como para asar un buey. Vi como sus ojos se dirigían momentáneamente a la inscripción grabada en la piedra. LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.

Abrió el paquete con sus dedos viejos y temblorosos y tiró su contenido al fuego. Por un instante las llamas se transformaron en un arcoiris, y se oyeron risas apagadas. Me volví y vi a Stevens allá lejos, en la sombra, junto a la puerta. Tenía las manos cruzadas a la espalda. Su rostro se mostraba cuidadosamente inexpresivo. Supongo que todos nos sobresaltamos un poco cuando su voz ronca, casi quisquillosa rompió el silencio; yo confieso que sí.

-Una vez vi asesinar a un hombre en esta misma habitación- nos dijo George Gregson-, aunque ningún jurado hubiera condenado al que mató. Pero, al final, se acuso así mismo…, y actuó como su propio verdugo.

Siguió una pausa mientras encendía su pipa. El humo envolvió su rostro arrugado en una nube azulada, y apagó el fósforo de madera con el gesto lento, teatral, del hombre cuyas articulaciones le producen gran dolor. Tiró el palito a la chimenea, donde cayó sobre los restos quemados del paquete. Contempló como las llamas tostaban la madera. Sus agudos ojos azules parecían cavilar bajo sus hirsutas cejas entrecanas. Su nariz era grande y ganchuda, sus labios delgados y firmes, sus hombros alzados hasta casi la base de su cráneo.

-No nos mantengas en ascuas, George- refunfuñó Peter Andews- ¡Suéltalo ya !

-Ni lo sueñes. Ten paciencia- y todos tuvimos que esperar hasta que su pipa quedó prendida a su gusto.

Cuando unas brasas se encendieron perfectamente repartidas en la enorme cazoleta de brezo, George cruzo sus manos grandes, ligeramente temblorosas, sobre una de sus rodillas y dijo:

-Está bien. Tengo ochenta y cinco años y lo que voy a relataros ocurrió cuando yo tenía más o menos veinte.

-En todo caso, sé que fue en 1919 y acababa de regresar de la Gran Guerra. Mi novia había muerto cinco meses antes, de la gripe. Sólo tenía diecinueve años y yo me lancé a beber y jugar a las cartas mucho más de lo que hubiera debido. Me había esperado dos años, ¿comprenden?, y durante todo ese tiempo recibí fielmente, una carta todas las semanas. Quizá podrán comprender por qué me abandoné tanto. No tenía creencias religiosas; la idea general y las teorías del cristianismo me resultaban algo cómicas en las trincheras, y no tenía familia que me ayudara. Así que puedo decir con sinceridad que los buenos amigos que me ayudaron en este tiempo de prueba, rara vez me abandonaron. Eran cincuenta y tres (más de lo que tiene la mayoría): cincuenta y dos naipes y una botella de whisky “Cutty Stark”. Me habían instalado en el mismo lugar en que sigo viviendo ahora, en Brennan Street. Pero entonces era mucho más barato y había muchas menos botellas de medicinas, y píldoras y demás, llenando las estanterías. Sin embargo, pasaba la mayor parte de mi tiempo aquí, en el 249 B, porque siempre había alguna partida de póquer en marcha.

David Adley interrumpió, y aunque sonreía, no creo que estuviera bromeando:

-¿Y ya estaba Stevens aquí, entonces, George?

George se volvió a mirar al mayordomo:

-¿Era usted, Stevens, o era su padre?

Stevens se permitió la sombra de una sonrisa.

-Como 1919 fue hace más de sesenta y cinco años, señor, debo decir que se trataba de mi abuelo.

– Debemos, pues, entender que su empleo es hereditario- musitó Adley.

-Tal como dice, señor- respondió Stevens imperturbable.

-Ahora que lo pienso- comentó George-, hay un parecido sorprendente entre usted y su… ¿dijo usted abuelo, Stevens?

-Si señor eso dije.

-Si les pusiera de lado, me costaría decir quien es quien…

-¿Pero esto no tiene nada que ver, verdad?

-No, señor -Me encontraba en la sala de juego…, al otro lado de esta pequeña puerta, allá…, haciendo solitarios, la primera y única vez que nos encontramos Henry Brower y yo. Éramos cuatro dispuestos a sentarnos y jugar una partida de póquer; solamente necesitábamos un quinto para que la velada empezara. Cuando Jason Davidson me dijo que George Oxley, nuestro habitual quinto, se había roto la pierna y estaba en cama con la pierna enyesada y colgada de una polea, pareció que aquella noche nos íbamos a quedar sin partida. Empecé a pensar en la posibilidad de terminar la noche con nada mejor para distraer mis pensamientos que hacer solitarios y soplar la mayor cantidad de whisky que pudiera, cuando un individuo sentado al fondo de la habitación dijo con voz tranquila y agradable:

-Si ustedes, caballeros, estaban hablando de póquer, disfrutaría mucho jugando una mano, si no tienen nada que objetar.

-Había estado escondido tras el World de Nueva York hasta aquel momento, así que cuando levanté la mirada lo vi por primera vez. Era un hombre joven con cara de viejo, no sé si me entienden. Algunas de las huellas que vi en su rostro había empezado a descubrirlas en el mío, desde la muerte de Rosalie. Algunas…, no todas. Aunque el joven no podía tener más de veintiocho años a juzgar por su cabello, sus manos, y el modo de andar, su rostro parecía marcado por la experiencia y sus ojos, que eran muy oscuros, parecían más que tristes: parecían atormentados. Era guapo, con un bigote pequeño y recortado y cabello rubio oscuro. Vestía un buen traje de color marrón y se había soltado el botón del cuello.

-Me llamo Henry Brower- dijo

-Davidson se precipitó a través de la estancia para estrecharle la mano, pero ocurrió una cosa extraña: Brower dejó caer el periódico y levantó ambas manos, lejos de su alcance. La

expresión, en su rostro, era de horror.

Davidson se detuvo, confuso, más estupefacto que indignado. Sólo tenía veintidós años… ¡Cielos, que jóvenes éramos todos en aquellos días!, y era como un cachorrillo.

-Perdóneme – se excuso Brower con suma gravedad- pero nunca estrecho la mano de nadie.

Davidson parpadeo:

-¿Nunca? Qué curioso. ¿Y por qué no?

Bueno ya les he dicho que Davidson era algo así como un cachorro. Brower no se molestó y lo tomó con una sonrisa (algo turbada) abierta.

-Acabo de llegar de Bombay- explicó-. Es un lugar extraño, populoso, sucio, lleno de pestilencia y enfermedades. Los buitres se pasean y presumen sobre los muros de la ciudad, por millares. Hace dos años estuve allí en misión comercial y se me contagió el horror a nuestra costumbre occidental de estrechar manos. Sé que es una tontería y una incorrección, pero no puedo remediarlo. Así que si no les importa que me retire y me perdonan…

-Con una condición- dijo Davidson sonriéndole.

-¿Cuál será?

-Que se acerque a la mesa y comparta conmigo un vaso del whisky de George, mientras voy a por Baker, French y Jack Wilden.

Brower le sonrío, asintió y dejó el periódico. Davidson le hizo un gesto de aceptación y corrió en busca de los otros.

Brower y yo nos acercamos a la mesa cubierta de fieltro verde y cuando le ofreció la bebida rehusó, dándome las gracias, y encargó su propia botella. Supuse que tendría que ver algo con su extraña manía y no dije nada. He conocido hombres cuyo horror por los, microbios y enfermedades va mucho mas lejos…, como los habréis conocido vosotros.

Hubo gestos de asentamiento.

-Es estupendo estar aquí -me dijo Brower pensativo- He evitado toda compañía desde que llegué de mi destino. ¿No es bueno, para un hombre, estar solo, sabe? ¡Creo que incluso para aquellos que se valen por si solos, el estar aislados del resto de la humanidad debe ser la peor forma de tortura!- todo eso lo dijo con un curioso énfasis, y yo asentí.

Había experimentado semejante soledad en las trincheras, generalmente por la noche. Volví a sentirla de nuevo, más anunciante, después de enterarme de la muerte de Rosalie.

Me sentí atraído por él pese a su declarada excentricidad.

-Bombay debió haber sido un lugar fascinante- le dije.

-¡Fascinante … y terrible! Hay cosas allí que nuestra filosofía no puede ni soñar. Su reacción a los automóviles, es divertida: los niños se apartan de ellos cuando pasan pero luego los siguen manzanas enteras. Encuentran que el avión es terrorífico e incomprensible. Naturalmente, nosotros los americanos, los contemplamos con completa ecuanimidad… incluso con complacencia…, pero le aseguro que mi reacción fue como la de ellos cuando vi por primera vez a un mendigo callejero tragarse un paquete entero de alfileres de acero y luego ir sacándolos uno a uno de las heridas abiertas que tenia en la punta de los dedos. No obstante, eso es algo que los nativos de aquella parte del mundo encuentran perfectamente natural. Quizás- añadió sombrío-, no estaba previsto que ambas culturas fueran a mezclarse, sino que debíamos mantener separadas sus respectivas maravillas. Para un americano como usted o como yo, tragarse un paquete de alfileres significaria una muerte lenta y horrible. En cuanto al automóvil… – se calló y una expresión torturada asomo a su rostro.

Yo me disponía a hablar, cuando Stevens, el viejo, apareció con la botella de whisky escocés de Brower, y tras él, Davidson y los demás.

Davidson explicó antes de hacer las presentaciones:

Les he contado su pequeña manía, Henry, así que no tiene nada que temer. Éste es Darrel Baker, que no era muy buen jugador, perdió unos ochocientos (aunque ni siquiera iba a notarlo: su padre era el propietario de tres de las mayores fabricas de zapatos de New England y los demás compartían la perdida de Baker conmigo, casi a partes iguales.

Davidson, un poco por encima y Brower un poco por debajo: sin embargo para Brower aquello era toda una hazaña, porque sus cartas habían sido malísimas casi toda la noche. Eran tan hábiles en la modalidad tradicional de cinco cartas como en la nueva variedad de siete, y yo me dije que a veces me había ganado dinero en faroles que yo no me hubiera atrevido a intentar.

Pero me fijé en una cosa; aunque bebía mucho- para cuando French estuvo listo para dar la última mano, había casi terminado una botella entera de escocés-, hablaba con toda claridad, su habilidad en el juego jamás se altero, y su obsesión sobre no tocar manos tampoco cedió. Cuando ganaba, nunca tocaba el montón si alguien tenía que poner fichas o dinero o si alguien “estaba distraído” y tenía aún que entregar fichas. Una vez, cuando Davidson dejo su vaso demasiado cerca de su codo, Brower se aparto bruscamente, tirando casi la bebida. Baker pareció sorprendido, pero Davidson lo dejó pasar con un vago comentario.

Jack Wilden había comentado un poco antes que tenía ante él un viaje a Albany, en coche, para última hora de la mañana, y que una vuelta más le bastaría. Así que le toco dar a French, y decidió jugar a siete cartas.

Recuerdo aquella última mano tan claramente como mi nombre, y en cambio me vería en un apuro si tuviera que decirles lo que comí ayer o con quien comí. Misterios de la edad, supongo, aunque creo que si vosotros hubierais estado allí lo recordarías como yo.

Me dio dos corazones, cubiertos, y una carta descubierta. No puedo decir lo que tenían Wilden o French, pero el joven Davidson tenía el as de corazones y Brower el diez de pique.

Davidson apostó dos dólares- cinco eran nuestro límite-, y volvió a repartir cartas. Davidson había cogido un trío que no parecía mejorar su mano, sin embargo echo tres dólares al pozo.

-¡La última mano- anunció alegremente-. Hay una dama en la ciudad que quería salir conmigo mañana por la noche!

No creo que hubiera creído ha una echadora de cartas si hubiese dicho cuantas veces me atormentaría esta frase a ratos perdidos, hasta hoy en día.

French repartió la tercera vuelta. No tuve suerte con mi escalera, pero Baker, que era siempre el gran perdedor, logró unas parejas… de reyes, creo. Brower había logrado un par de diamantes que no parecían servir para gran cosa. Baker apostó hasta el límite por su pareja y Davidson subió a cinco. Todos nos quedamos en el juego. Y llegó nuestra última carta descubierta. Yo saqué el rey de corazones para mi escalera, Baker sacó una tercera para sumar a su pareja y Davidson un segundo as que le hizo brillar los ojos.

Brower recogió una reina de pique, y les juro que no comprendí por qué no abatía. Sus cartas parecían tan malas como todas las que había tenido aquella noche.

Pero las apuestas fueron subiendo. Baker apostó cinco, Davidson llegó a cinco, Brower también. Jack Wilden dijo:

-No sé, pero creo que mi pareja no vale gran cosa -y tiró las cartas-. Yo canté y volví a poner cinco. Baker también.

-Bueno, no voy aburriros con el relato de las apuestas. Solamente os diré que había un límite de tres alzas por persona, y Baker, Davidson y yo hicimos tres pujas de cinco dólares. Brower se limitó a repetir cada envite y apuesta, siempre cuidando de no poner su dinero en el pozo hasta que todas las manos estaban lejos. Y había mucho dinero…, algo más de doscientos dólares…, cuando French nos sirvió nuestra última carta cubierta.

Hubo una pausa mientras todos nos miramos, aunque a mí no me importaba; yo ya tenía mi juego y por lo que podía ver sobre la mesa, era bueno. Baker puso cinco, Davidson también y esperamos para ver lo que iba a hacer Brower. Su rostro estaba algo congestionado por el alcohol, se había quitado la corbata y desabrochado el segundo botón de la camisa, pero parecía tranquilo. “Voy…, y pongo cinco”, dijo.

Yo parpadee un poco porque esperaba que abatiera. No obstante, las cartas que yo tenía en la mano me decían que debía jugar para ganar, y puse cinco más. Seguimos jugando sin tener en cuenta el límite de pujas que podían hacerse sobre la última carta, y el pozo creció extraordinariamente. Yo fui el primero en pararme en vista del gran juego que alguien debía tener. Baker lo hizo después que yo, parpadeando nervioso desde el par de ases de Davidson a las cartas desconcertantes y sin valor que debía tener Brower. Baker no era un gran jugador, pero era lo suficientemente bueno para presentir algo importante.

Entre los dos, Davidson y Brower pujaron lo menos diez veces más, o mucho más. Baker y yo nos sentimos arrastrados, no queriendo despedirnos de nuestras enormes inversiones. Los cuatro habíamos terminado las fichas y ahora eran billetes los que cubrían el montón enorme de fichas.

-Bueno -dijo Davidson, después de la última puja de Brower-. Creo que voy a bajar. Si lo suyo ha sido un farol, Henry, Ha sido un gran farol. Pero he ganado y Jack tiene un largo camino ante el mañana – y al decirlo puso otro billete de cinco dólares sobre el montón y

anunció-: Me paro.

Ignoro lo que pensaban los demás, pero me sentí realmente aliviado sin que eso tuviera nada que ver con la gran cantidad de dinero que había dejado en el pozo. El juego había ido volviéndose peligroso y mientras que Baker y yo podíamos permitirnos perder, el pobre Jase Davidson, no. Siempre estaba en apuros, vivía de una renta, no muy grande, que le había dejado una tía suya. Y Brower, ¿podía permitirse perder? Recuerden caballeros, que en aquel momento había bastante más de mil dólares sobre la mesa.

George dejó de hablar. Se le había apagado la pipa.

-Bien ¿qué ocurrió? -preguntó Adley- No nos tenga sobre ascuas, George. Nos tiene a todos sentados al borde de las sillas. Déjenos caer o sientenos bien otra vez.

-Paciencia -dijo George, imperturbable.

Sacó otra cerilla, la frotó en la suela de su zapato y volvió a chupar. Esperamos impacientes, sin hablar. Fuera, el viento ululaba y gemía en los aleros.

Cuando la pipa estuvo bien encendida y tirando bien, George continuó:

-Como sabéis, las reglas del póker establecen que el primero que ha anunciado juego, debe mostrar sus cartas. Pero Baker estaba demasiado impaciente por acabar con la tensión; levanto una de sus cartas ocultas y mostró cuatro reyes.

-Me ganas, -le dije- color.

-Te gano yo -declaró Davidson y descubrió dos de sus cartas ocultas. Dos ases, que sumaban cuatro -he jugado bien- y empezó a recoger el enorme pozo.

-¡Esperen!-exclamó Brower-. No hizo el menor movimiento, ni tocó la mano de Davidson como hubieran hecho muchos, pero bastó con su voz. Davidson se paró a mirar y abrió la boca…, se quedó con la boca abierta como si todos sus músculos se hubieran relajado.

Brower descubrió sus tres cartas ocultas revelando una escalera de color, del ocho a la reina.

-Creo que esto gana a sus ases, ¿verdad? -preguntó correctamente Brower.

Davidson enrojeció, luego palideció.

-Sí -murmuró despacio como si descubriera él echo por primera vez-. Sí en efecto.

Daría una fortuna por conocer los motivos que empujaron a Davidson a hacer lo que hizo. Conocía la extremada aversión de Brower a ser tocado; el hombre lo había demostrado de cien maneras distintas aquella noche. Tal vez Davidson lo olvidó sencillamente, en su afán por demostrar a Brower, y a todos nosotros, que podía hacer frente a sus pérdidas y aceptarlas deportivamente. Les he dicho que era como un cachorro, y aquel gesto encajaba con su carácter. Pero los cachorros también pueden morder cuando se les provoca. No son asesinos…, un cachorro no te saltara nunca a la garganta; pero a muchos hombres les han tenido que coser los dedos como castigo por molestar a un perrito con una zapatilla o un hueso de goma. Esto también podría ser parte del carácter de Davidson, tal como lo recuerdo, Daría una fortuna, como ya he dicho, por saber…, pero supongo que lo que importa es el resultado.

Cuando Davidson apartó las manos del pozo, Brower alargó las suyas para recogerlo. En aquel instante, el rostro de Davidson se iluminó con algo así como cordial camaradería y cogió la mano de Brower y se la estrecho diciéndole:

-Brillante, Henry, que juego, simplemente brillante. No creo que jamas haya…

Brower le interrumpió con un alarido, casi femenino, que resultó espantoso en el silencio desierto de la sala de juego, y se apartó. Las fichas y el dinero se desparramaron de cualquier modo al sacudir la mesa que por poco se cae.

Todos nos quedamos inmóviles por el inesperado giro de los acontecimientos, incapaces de dar un paso.

Brower se alejó a trompicones de la mesa, manteniendo su mano en alto, delante de sí, como una versión masculina de Lady Macbeth.

Estaba blanco como un cadáver y el terror reflejado en su rostro era tal que aún hoy soy incapaz de describirlo. Sentí que me embargaba una oleada de horror como jamás había experimentado antes, o después, ni siquiera cuando me entregaron el telegrama con la noticia de la muerte de Rosalie.

A continuación empezó a gemir. Era un lamento profundo, horrible, de ultratumba. Recuerdo que pensé: Este hombre está completamente loco, y entonces dijo algo de lo más raro “El conmutador… he dejado el conmutador encendido en el coche… ¡Oh Dios,

cuanto lo siento!”, Y se precipitó por la escalera hacia el vestíbulo.

Fui el primero en reaccionar, Salté de mi silla y corrí tras él, dejando a Baker y Wilden y Davidson sentados alrededor del enorme montón de dinero que Brower había ganado. Parecían estatuas incas guardando un tesoro tribal.

La puerta principal aún se movía cuando salí a la calle y vi a Brower enseguida, de pie al borde de la acera, buscando inútilmente un taxi. Cuando me vio se encogió tan angustiado que no pude evitar sentir una mezcla de pena y asombro.

-¡Venga -dije-, espere! Siento mucho lo que ha hecho Davidson y estoy seguro de que ha sido sin pensar; de todos modos si tiene que irse por ello, no lo retengo. Pero ha dejado mucho dinero y debe recogerlo.

-No debí haber venido -gimió-. Pero estaba tan desesperado por cualquier tipo de compañía humana que yo…, yo -sin darme cuenta alargue la mano para tocarle… -el gesto más elemental de un ser humano a otro cuando esta aplastado por el dolor…-, pero Brower se apartó de mí y grito: “¡No me toque! ¿No basta con uno? Oh, Dios, ¿por qué no puedo morir?”

Sus ojos febriles descubrieron de pronto a un pobre perro flaco y sucio, sarnoso, que andaba por el otro lado de la calle desierta a esa hora de la mañana. Iba con la lengua colgando y andaba agotado, cojeando, sobre tres patas. Supongo que andaba buscando cubos de basura donde revolver y comer algo.

-Aquél podría ser yo -dijo pensativo, como para sí-. Rechazado por todos, obligado a caminar solo y a salir al exterior solo cuando los demás seres vivientes están a salvo tras sus puertas cerradas. ¡Perro paria!

-Venga -le insistí severamente porque lo que estaba diciendo me sonaba a melodramático-. Ha sufrido una impresión desagradable y es obvio que algo le ha ocurrido que le ha puesto los nervios en mal estado, pero en la guerra vi miles de cosas que…

-¿No me cree, verdad? -preguntó-. ¿Cree que estoy poseído de una especie de histeria, verdad?

-Amigo, realmente no sé de que esta poseído o de que es víctima, pero lo que sí sé es que si continuamos aquí fuera, con toda esta humedad, los dos seremos presa de la gripe. Ahora, si tiene la bondad de regresar conmigo, sólo hasta la entrada, si lo prefiere, pediré a

Stevens que…

Había tal locura en sus ojos que me sentí tremendamente inquieto. Ya no se veía en ellos el menor atisbo de cordura y lo que más me recordaba era a los psicóticos, agotados por la batalla, que había visto trasladar en carretas, desde el frente: cascaras humanas, con ojos

vacíos como pozos del infierno, gimiendo y murmurando.

-¿Quiere ver como una paria responde a otro? -me preguntó, sin enterarse de lo que le había estado diciendo.

-¡Mire, pues, y vera lo que he aprendido en extraños puertos de arribada!

Y de pronto alzo la voz y dijo imperiosamente:

– ¡Perro!

El perro levantó la cabeza, le miro con desconfianza, girando los ojos (uno con un brillo de locura; el otro, cubierto por una catarata) y, bruscamente, cambió de dirección y vino cojeando, de mala gana, a través de la calle, hasta donde estaba Brower.

Estaba claro que no quería venir; gemía y gruñía y escondía el muñón apolillado de su rabo, entre las patas; pero, no obstante, se sentía atraído. Llegó a los pies de Brower, y entonces se echo gimiendo, encogido y tembloroso. Sus flancos descarnados, entraban y salían como un fuelle y su ojo sano se revolvía en su cuenca.

Brower lanzó una carcajada horrible, desesperada, que todavía oigo en mis sueños, y se agachó junto al animal.

-¿Lo ve? -dijo- sabe que soy uno de los suyos…, ¡y sabe lo que le traigo!

Alargó la mano para tocar al perro y este lanzó un aullido lúgubre. Enseñó los dientes.

– ¡Déjelo! -grité vivamente- ¡Le morderá!

Brower no me hizo ni caso. A la luz del farol de la calle vi su rostro lívido, horrible, con los ojos como agujeros quemados en un pergamino.

-Tonterías -salmodió- tonterías. Solo quiero estrecharle la mano…, como su amigo hizo conmigo -y, de golpe, agarro la pata del perro y se la estrechó. El perro lanzó un aullido horrible, pero no intentó morderle.

Luego, Brower se enderezó. Sus ojos se habían aclarado algo y, excepto por su extrema palidez, podía volver a ser el hombre que se había ofrecido, cortésmente, a jugar con nosotros aquella noche, unas horas antes.

-Me voy ahora -dijo- por favor, presente mis excusas a sus amigos y dígales cuanto siento haberme comportado como un imbécil. Quizás, en otra ocasión, tendré la oportunidad de redimirme.

-Somos nosotros lo que debemos pedirle perdón. ¿Ha olvidado usted el dinero? Hay bastante más de mil dólares.

-¡Oh, sí El dinero! – y su boca se curvó en la más amarga de las sonrisas que jamás haya visto.

– No se preocupe por tener que entrar otra vez. Si me promete que me esperará aquí se lo traeré ¿Le parece bien?

-Si lo desea, esperaré….- mirando reflexivo al perro que seguía quejándose a sus pies, y añadió-: A lo mejor querrá venir a mi casa y comer decentemente por una vez en su miserable vida- y reapareció la amarga sonrisa.

Entonces le dejé, antes de que lo pensara mejor, y bajé a la sala de juego. Alguien, probablemente Jack Wilden, siempre había tenido una mente ordenada, había cambiado todas las fichas por billetes y los había amontonado cuidadosamente en el centro del tapete verde.

Ninguno dijo nada cuando me vieron recogerlo. Backer y Jack Wilden fumaban en silencio; Jason Davidson estaba sentado, con la cabeza agachada, mirandose los pies. Su rostro era la imagen de la desolación y la vergüenza. Le toqué en el hombro al irme hacia la escalera y me miró agradecido.

Cuando llegué a la calle, estaba absolutamente desierta.


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