LOS SECRETOS DEL CORAZON – Gibrán Khalil Gibrán


 Khalil-Gibran

La majestuosa mansión se encontraba bajo las alas de la noche silente, como la Vida bajo la envoltura de la Muerte. En su interior, una doncella sentada ante un escritorio de marfil, reclinada su bella cabeza sobre suave mano, como una lila marchita sobre sus pétalos. Miraba, alrededor de sí y se sentía una miserable prisionera que lucha por atravesar los muros del calabozo para contemplar a la Vida, marchando en el cortejo de la Libertad.

Las horas pasaban como los espectros de la noche, como una procesión entonando el fúnebre canto de su pena, y la doncella se sentía segura derramando sus lágrimas en angustiosa soledad. Cuando no pudo resistir más su sufrimiento y se sintió en plena posesión de los secretos de su corazón, tomó la pluma y, mezclando lágrimas y tinta sobre el pergamino, escribió:

Amada hermana:

Cuando en el corazón se apiñan los secretos, y arden los ojos por las quemantes lágrimas, y las costillas parecen estallar con el creciente confinamiento del corazón, no se puede hallar otra expresión de ese laberinto salvo una oleada de liberación como ésta.

Las personas melancólicas gozan lamentándose, y los amantes hallan alivio y condolencia en sus sueños, y los oprimidos se deleitan cuando causan conmiseración. Te escribo porque me siento como un poeta que imagina la belleza de las cosas y compone en versos sus impresiones, presa de un poder divino… Soy como el niño del hambriento que llora por su alimento, haciendo caso omiso de la condición de su pobre y piadosa madre y de su fracaso en la vida.

Escucha mi dolorosa historia, querida hermana, y llora conmigo, pues sollozar es como una plegaria y las lágrimas de piedad son caridad porque surgen de un alma buena y sensible y no se derraman en vano. Fue la voluntad de mi padre que me casara con un hombre noble y rico. Mi padre era como la mayoría de los hombres ricos que, por temor a la pobreza, sólo gozan de la vida cuando pueden acrecentar su riqueza y agregar más oro a sus cofres, para ganar con su esplendor el favor de la nobleza, anticipándose así a los ataques de los días aciagos… Y ahora descubro que soy, con todo mi amor y mis sueños, una víctima sobre un altar de oro que odio, y dueña de un honor heredado que desprecio.

Respeto a mi esposo porque es amable y generoso con todos; trata de hacerme feliz y gasta su oro para complacer mi corazón, pero he descubierto que todas estas cosas no valen lo que un momento de verdadero y divino amor. No te burles de mí, hermana, pues ahora soy una persona muy instruida acerca de los anhelos del corazón de una mujer -ese palpitante corazón como un pájaro en el vasto cielo del amor-, como una copa vuelta a colmar con el vino de los tiempos, añejado para las almas sedientas… como un libro en cuyas páginas se leen capítulos de felicidad y desventura, regocijo y dolor, alegría y pesar. Nadie puede leer este libro, excepto el verdadero compañero que es la otra mitad de la mujer, y que ha sido creado para ella desde el principio del mundo.

Sí, me he convertido en la más sabia de las mujeres en lo que atañe al objeto del alma y el sentido del corazón, porque he descubierto que mis magníficos corceles y carruajes y relucientes cofres de oro y sublime nobleza no valen lo que una mirada de ese pobre joven que espera pacientemente, sufriendo los tormentos de la aflicción y la desventura… Ese joven oprimido por la cruel voluntad de mi padre, prisionero en la estrecha y melancólica celda de la Vida…

Por favor, querida mía, no urdas nada para consolarme, pues la calamidad por medio de la cual he descubierto el poder de mi amor es mi gran consuelo. Ahora miro hacia adelante a través de mis lágrimas, y espero la llegada de la Muerte, que me llevará donde pueda encontrarme con la otra mitad de mi alma, para abrazarlo como lo hacía antes de llegar a este extraño mundo.

No pienses mal de mí, porque cumplo con mi deber de esposa fiel y acato con paciencia y tranquilidad las leyes y reglas del hombre. Lo honro con mi mente, lo respeto con mi corazón y lo venero con mi alma. Pero Dios hizo que diera parte de mí a mi amado antes de conocer a mi esposo.

El cielo ha querido que pasara mi vida junto a un hombre que no me estaba destinado, y mis días se consumen en silencio de acuerdo con la voluntad divina, pero si no se abren las puertas de la Eternidad, continuaré con la bella mitad de mi alma y volveré la vista hacia el Pasado, y ese Pasado es este Presente… Miraré a la vida como la Primavera mira al Invierno, contemplaré a los obstáculos de la Vida como aquél que ha llegado a la cima de la montaña después de trepar por la senda más escarpada.

En ese momento, la doncella dejó de escribir y, ocultando el rostro en el hueco de sus manos, sollozó amargamente. Su corazón se negaba a confiar a la pluma sus más sagrados secretos, pero aceptaba derramar estériles lágrimas que se dispersaban rápidamente, confundiéndose con el éter, refugio de las almas de los amantes y del espíritu de las flores. Después de un momento retomó la pluma y añadió:

¿Recuerdas a ese joven? ¿Recuerdas los destellos que emanaban de sus ojos, y los signos de pesar en su rostro? ¿Recuerdas su risa, que hablaba de las lágrimas de una madre separada de su único hijo? ¿Puedes reconstruir su voz serena, como el eco de un distante valle? ¿Lo recuerdas cuando meditaba, escrutando nostálgica y plácidamente los objetos y hablando de ellos con extrañas palabras, para luego agachar la cabeza suspirando como si temiera revelar los grandiosos secretos de su corazón? ¿Recuerdas sus sueños y creencias? ¿Recuerdas todo esto de un joven a quien la humanidad contaba entre sus hijos, y a quien mi padre miraba con ojos de superioridad porque estaba por encima de la voracidad terrenal y era más noble que la grandeza heredada?

Debes saber, querida hermana, que soy una mártir de este mundo insignificante, y una víctima de la ignorancia. ¿Te condolerás de una hermana que se sienta en el silencio de la horrible noche para verter todo lo que su yo interior encierra, y revelarte los secretos de su corazón? Estoy segura que te condolerás de mí, porque sé que el Amor ha visitado tu corazón.

Llegó el alba, y la doncella se rindió al Sueño, esperando hallar sueños más dulces y placenteros que los que había hallado en la vigilia…

 

COMPATRIOTAS

¿Qué buscáis, Compatriotas?

¿Deseáis acaso que construya para

Vuestros gloriosos palacios, decorados

Con palabras vacías de sentido, o

Para vuestros templos techados con sueños?

¿O me ordenáis que destruya aquello

Que los mentirosos y tiranos han construido?

¿Debo desarraigar con mis manos

Aquello que los hipócritas y los malvados

Han implantado? ¡Decid cuál es vuestro insensato

Deseo!

¿Qué querríais que hiciera,

Compatriotas? Debo ronronear como

Un gatito para satisfaceros, o debo rugir

Como un león para complacerme? He

Cantado para vosotros, pero vosotros no habéis

Danzado; ante vosotros he llorado, pero

No habéis sollozado. ¿Debo acaso cantar

Y llorar al mismo tiempo?

Vuestras almas sufren los tormentos

Del hambre, y sin embargo el fruto del

Conocimiento es más feraz que

Las piedras de los valles.

Vuestros corazones se marchitan de

Sed, y sin embargo las fuentes de la

Vida manan junto a vuestros

Hogares. ¿Por qué no bebéis?

Tiene el mar sus flujos y reflujos,

La Luna, crecientes y menguantes

Fases, y las Épocas sus

Inviernos y veranos, y todas las

Cosas varían como la sombra

De un Dios futuro oscilando entre

La tierra y el sol, pero la Verdad no

Puede cambiarse, ni tampoco disiparse;

¿Por qué, entonces, intentáis

Desfigurar su semblante?

Os he llamado en el silencio

De la noche para mostraros la

Gloria de la luna y la dignidad

De las estrellas, pero habéis salido,

Sobresaltados, de vuestro letargo y cogiendo

Con temor vuestras espadas, habéis gritado:

“¿Dónde está el enemigo? ¡A él debemos matar

Primero!” Al alba, cuando

El enemigo llegó, os volví a llamar,

Pero no salisteis esta vez

De vuestro letargo, porque estabais

Encerrados en el miedo, luchando contra

Las procesiones de espectros de

Vuestros sueños.

Y os dije: “Trepemos a

La cima de la montaña y veamos la

Belleza del mundo.” Y me

Respondisteis diciendo: “En las profundidades

De ese valle vivieron nuestros padres,

Y a su sombra vivieron, y en

Sus grutas fueron sepultados. ¿Cómo podríamos

Abandonar este lugar por otro

Que ellos no honraron?

Y os dije: “Vayamos a la

Llanura cuya magnificencia llega hasta

El mar.” Y tímidamente me hablasteis,

Diciendo: “El rugido del abismo

Atemorizaría nuestros espíritus, y el

Terror a las profundidades consumiría

Nuestros cuerpos.”

Os he amado, Compatriotas, pero

Mi amor por vosotros es doloroso para mí

E inútil para vosotros; y hoy os

Odio, y el odio es un diluvio

Que arrasa con las hojas secas

Y las temblequeantes casas.

He tenido lástima de vuestra debilidad,

Compatriotas, pero mi lástima sólo ha servido

Para aumentar vuestras flaquezas, exaltando

Y nutriendo la pereza, que

Es inútil a la Vida. Y veo hoy

Vuestra enfermedad, a la que mi alma aborrece

Y teme.

He llorado por vuestra humillación

Y sumisión; y aunque manaron mis lágrimas

Cristalinas, no pudieron encrespar

Las turbias aguas de vuestra debilidad;

Quitaron, sin embargo, el velo de mis ojos.

Mis lágrimas nunca han llegado a

Vuestros petrificados corazones, pero

Han disipado la oscuridad dentro de mí.

Me burlo hoy de vuestro sufrimiento

Pues la risa es como el airado trueno que

Precede a la tempestad, y que nunca ruge

Cuando la tempestad ha pasado.

¿Qué deseáis, Compatriotas?

¿Queréis que os muestre

El espectro de vuestro semblante sobre

El rostro de las quietas aguas? ¡Venid,

Ahora y ved cuán horrible sois!

¡Mirad y meditad! El miedo

Ha tornado vuestros cabellos grises como las

Cenizas, y la disipación ha marcado

Vuestros ojos convirtiéndolos en

Negros agujeros, y la cobardía

Ha tocado vuestras mejillas que parecen

Ahora tenebrosos despeñaderos del

Valle, y la Muerte ha besado

Vuestros labios, dejándolos amarillos

¿Qué buscáis, Compatriotas?

¿Qué pedís de la Vida a quien ya no os

Cuenta más entre sus hijos?

Vuestras almas se hielan en las

Garras de los sacerdotes y

Hechiceros, y tiemblan vuestros

Cuerpos ante las zarpas de los

Déspotas y los derramadores de

Sangre, y vuestro país se estremece

Bajo las botas en marcha del

Enemigo conquistador; ¿qué podéis, entonces,

Esperar, aunque estéis orgullosamente erguidos

Ante el rostro del sol? Vuestras espadas se

Herrumbran en sus vainas, y están rotas

Vuestras lanzas, y resquebrajados

Vuestros escudos; ¿por qué, entonces,

Permanecéis en el campo de batalla?

La hipocresía es vuestra religión, y la

Falsedad vuestra vida, y la

Nada vuestro fin; ¿por qué vivís,

Entonces? ¿No es acaso la

Muerte el único solaz

Para los miserables?

La vida es la determinación que

Acompaña a la juventud, y la diligencia

Que sucede a la madurez, y la

Sabiduría que persigue a la senilidad; pero

Vosotros, Compatriotas, habéis nacido viejos

Y débiles. Y se marchitó vuestra piel

Y se consumió vuestro cráneo, y luego os

Convertisteis en niños, que juegan

En el fango y se arrojan piedras

Unos a otros.

El conocimiento es una luz que enriquece

El calor de la vida, y todos los que la buscan

Pueden ser parte de ella; pero vosotros,

Compatriotas, perseguís la oscuridad

Y evitáis la luz, esperando que el agua

Mane de las rocas, y la

Miseria de vuestra nación es

Vuestro crimen… No perdono

Vuestros pecados, porque vosotros sabéis

Lo que hacéis.

La humanidad es un río brillante

Que canta en su cauce, llevando

Los secretos de la montaña hasta

El corazón del mar; pero vosotros,

Compatriotas, sois turbios

Pantanos infectados de insectos

Y serpientes.

El Espíritu es una sagrada antorcha

Azul, que quema y devora las

Plantas mustias, que crece en

La tormenta e ilumina

Los rostros de las diosa’!; pero

Vosotros, Compatriotas… vuestras almas

Son como cenizas que el viento

Dispersa en la nieve, y que

Las tempestades esparcen para siempre

Sobre los valles.

No temáis al fantasma de la Muerte,

Compatriotas, pues su grandeza

Y piedad se negarán a acercarse

A vuestra pequeñez; no os atemoricéis

Ante la Daga, porque rehusará

Alojarse en vuestros huecos corazones.

Os odio, Compatriotas, porque

Vosotros odiáis la gloria y la grandeza.

Os desprecio porque vosotros os despreciáis.

Soy vuestro enemigo, porque os negáis

A daros cuenta de que sois

Los enemigos de las diosas.

 

LA ENCANTADORA HURÍ

¿Hacia dónde me llevan, Oh Encantadora

Hurí, y cuánto más debo seguirte

Por este ríspido camino sembrado de

Espinas? ¿Por cuánto tiempo nuestras almas

Ascenderán y descenderán penosamente por este sinuoso

Sendero rocoso?

Como un niño que sigue a su madre, así

Te sigo, asido a tus ropas

Olvidando mis sueños y

Admirando tu belleza; mis ojos,

Presa de tu hechizo, están ciegos a la

Procesión de espectros que se cierne sobré

Mí, y me atrae hacia ti una fuerza

Interior que no puedo negar.

Detente y momento y déjame ver

Tu semblante; y mírame un

Momento: quizá descubra los

Secretos de tu corazón en tus extraños

Ojos. Detente y descansa, pues estoy fatigado,

Y tiembla mi alma de miedo al transitar

Esta horrible senda. Detente, pues

Hemos arribado a esa terrible encrucijada

Donde la Muerte abraza a la Vida.

¡Oh, Hurí, escúchame! Yo era libre

Como los pájaros, explorando valles y

Bosques, y volando por el vasto

Cielo. Al atardecer reposaba sobre las

Ramas de los árboles, meditando sobre los

Templos y palacios de la Ciudad de las

Coloridas Nubes, que el Sol edifica

En la mañana y destruye antes del

Anochecer.

Yo era como un pensamiento, caminando solo

Y en paz de Este a Oeste del

Universo, regocijándome con la

Belleza y alegría de la Vida, y cuestionando

El magnífico misterio de la

Existencia.

Yo era como un sueño que se deslizaba bajo

Las amistosas alas de la noche,

Penetrando por las ventanas cerradas

En los aposentos de las doncellas, retozando

Y despertando sus esperanzas… Luego me

Sentaba junto a los jóvenes y alborotaba sus

Deseos… Luego exploraba los cuartos

De los mayores y me adentraba en sus pensamientos

De plácido contentamiento.

Entonces tú cautivaste mi fantasía, y desde

Ese hipnótico momento me sentí como un

Prisionero arrastrando sus cadenas e

Impelido hacia un hogar desconocido…

Tu dulce vino, que ha robado mi voluntad,

Me ha intoxicado. y ahora descubro

Que mis labios besan la mano

Que con rigor me golpea. ¿Acaso no puedes

Ver con los ojos de tu alma la

Opresión de mi corazón? Detente un

Momento: estoy recobrando mis fuerzas

Y liberando mis cansados pies de las

Pesadas cadenas. He destruido la

Copa de la que bebí tu

Gustosa ponzoña… Pero ahora estoy

En tierra extraña, y perplejo:

¿Qué camino he de seguir?

He recuperado mi libertad, ¿Me aceptarás

Ahora como dispuesto acompañante,

Que mira el Sol con vidriosos

Ojos, y empuña el fuego

Con firmes dedos?

He desplegado mis alas y estoy

Pronto a descender, ¿Acompañarás a

Un joven que pasa sus días vagando

En las montañas como el águila solitaria y

Malgasta sus noches deambulando en los

Desiertos como el león inquieto?

¿Te contentarás con el

Afecto de uno que considera al amor

Sólo como un anfitrión y se niega

A aceptarlo como amo?

¿Aceptarás a un corazón que ama

Pero jamás se rinde? ¿Y que arde, pero

Jamás se funde? ¿Estarás cómoda

Con un alma que se estremece ante la

Tempestad, pero jamás se somete a ella?

¿Aceptarás como compañero a uno

Que ni esclaviza ni es un

Esclavo? ¿Serás mi dueña, pero sin

Poseerme, tomando mi cuerpo pero no mi corazón?

Entonces aquí está mi mano… estréchala

Con tu bella mano; y aquí está mi

Cuerpo… abrázalo con tus amantes

Brazos; y aquí están mis labios… prodígales

un beso profundo y embriagador.

MUERTOS ESTABAN LOS MÍOS

(Escrito en el exilio, durante el hambre en Siria)

“PRIMERA GUERRA MUNDIAL”

Los míos se han ido, pero yo aún existo

Llorándolos en soledad…

Muertos están mis amigos y por su

Muerte mi vida es nada más que un gran

Desastre.

Las colinas de mi país están inmersas

En lágrimas y sangre, pues se han ido los míos

y mis amados, y yo estoy aquí

Viviendo como lo hacía cuando los míos y mis

Amados disfrutaban de la vida y sus

Alegrías, y cuando las colinas de

Mi país estaban benditas y rodeadas

Por la luz del sol.

Los míos murieron de hambre, y aquel que

No pereció de inanición fue despedazado

Por la espada; y aquí estoy yo

En esta tierra distante, vagando

Entre gente feliz que duerme

Sobre lechos mullidos y que sonríe al día,

Y el día les sonríe.

Los míos tuvieron una muerte dolorosa

Y vergonzosa, y aquí estoy yo viviendo en la paz

Y la abundancia… Es esta una gran tragedia

Siempre representada en el escenario de mi

Corazón; a muy pocos les importa presenciar el

Drama, pues los míos son como pájaros

Con las alas rotas que la bandada deja atrás.

Si estuviera hambriento y viviera entre mi

Famélico pueblo, y si fuera perseguido junto con

Mis oprimidos compatriotas, la carga

De estos días negros pesaría menos

Sobre mis desasosegados sueños, y la

Oscuridad de la noche sería menos

Sombría ante mis hundidos ojos y mi

Apesadumbrado corazón y mi alma herida.

Porque aquel que comparte con los suyos

Los pesares y agonías sentirá el

Supremo alivio que sólo el sufrimiento

Y el sacrificio engendran. Y estará

En paz consigo mismo cuando muera,

Inocente junto a sus compañeros inocentes.

Pero no vivo con mi hambriento

Y perseguido pueblo, que camina

En el cortejo de la muerte hacia el

Martirio… Estoy aquí, al otro lado

Del ancho mar, viviendo a la sombra de la

Tranquilidad, y a la luz de la

Paz… Estoy distante de la triste

Arena y de los acongojados, y de nada

Puedo enorgullecerme, ni siquiera de mis propias

Lágrimas.

¿Qué puede hacer un hijo exilado por

Su hambriento pueblo, y de qué vale

Para su pueblo el lamento de un

Poeta ausente?

Si yo fuera una mazorca de maíz plantada en la tierra

De mi país, los niños hambrientos me

Seguirían para alejar con mis granos

La mano de la Muerte de su alma. Si fuera

Un fruto maduro de los jardines de mi país

Las hambrientas mujeres me arrancarían

Para alimentar la vida. Si fuera

Un pájaro volando en el cielo de mi país,

Mis hambrientos hermanos me darían caza y

Con la carne de mi cuerpo alejarían de

Sus cuerpos la sombra de la tumba.

Pero ¡Ay de mí! No soy una mazorca de maíz

Plantada en las llanuras de Siria, ni un

Maduro fruto de los valles del Líbano:

Esta es mi desventura, la muda calamidad

Que me humilla ante mi alma

Y ante los fantasmas de la noche…

Esta es la dolorosa tragedia que atiesa mi lengua

Y maniata mis brazos y me apresa, despojado

de fuerza, acción y voluntad.

Esta es la maldición marcada a fuego

Sobre mi frente

Ante Dios y ante los hombres.

Y a menudo me han dicho:

“La desventura de tu país no es

nada comparada con la calamidad que aqueja

Al Mundo, y las lágrimas y la sangre vertidas

Por tu pueblo no son nada comparadas

con los ríos de sangre y lágrimas

Derramados cada día y cada noche en los

Valles y llanuras de la tierra.

Sí, pero la muerte de los míos es

Una silenciosa acusación; es un crimen

Concebido por la mente de invisibles

Serpientes… Una tragedia sin

Música ni decorados… Y si los míos

Hubieran atacado a los déspotas

Y opresores para morir como rebeldes,

Yo hubiera dicho: “Morir por

La libertad es más noble que vivir a la

Sombra de la débil sumisión, porque

Aquel que abrace a la muerte con la espada

De la Verdad en la mano, se eternizará

En la Eternidad de la Verdad, pues la Vida

Es más débil que la Muerte, y la Muerte

Más débil que la Verdad.

Si mi nación hubiera participado en la guerra

De todas las naciones y hubiera muerto en el

Campo de batalla, yo diría que fue

La rugiente tempestad quien quebró

Con su furia las tiernas ramas; y una

Muerte violenta bajo un cielo de

Tormenta es más noble que morir

Lentamente en los brazos de la senilidad.

Pero no hubo salvación de esas

Fauces… Los míos cayeron

Y lloraron con los sollozantes ángeles.

Si un terremoto hubiera desgarrado

A mi país en dos y la tierra hubiera

Engullido a los míos en su seno,

Yo hubiera dicho: “Una gran ley misteriosa

Ha actuado por voluntad de la fuerza divina,

Y sería una locura si nosotros

Frágiles mortales, intentáramos escudriñar

Sus profundos secretos…”

Pero los míos no murieron en rebeldía;

No los mataron en el campo

De batalla; ni tampoco un terremoto

Destrozó mi país para avasallarlos.

La muerte fue su único salvador, y

El hambre su único menoscabo.

Los míos murieron en la cruz…

Murieron con las manos

Extendidas hacia Oriente y Occidente,

Mientras los despojos de sus ojos

Miraban la oscuridad del

Firmamento… Murieron en silencio.

Pues la humanidad había cerrado sus oídos

A sus gritos. Murieron por no

Favorecer a su enemigo.

Murieron por amar a sus

Vecinos. Murieron por depositar

Su confianza en la humanidad.

Murieron por no oprimir

Al opresor. Murieron

Porque eran las flores

Aplastadas, y no los aplastantes pies.

Murieron porque eran pacíficos.

Perecieron de hambre en una tierra

Rica en leche y miel.

Murieron porque se levantaron

Los monstruos del infierno y destruyeron

Todo lo que crecía en sus campos,

Y devoraron sus últimas reservas…

Murieron porque las víboras y

Los hijos de las víboras escupieron veneno

En el espacio donde los Cedros Sagrados y

Las rosas y el jazmín exhalaban

Su fragancia…

Los míos y los tuyos, Hermano

Sirio, están muertos… ¿Qué se puede

Hacer por los que mueren? Nuestros

Lamentos no paliarán su

Hambre y nuestras lágrimas no saciarán

Su sed; ¿Qué podemos hacer para

Salvarlos de la férreas garras del

Hambre? Hermano mío, la bondad

Que te impele a ofrecer una parte de tu vida

A cualquier ser humano que esté en

Camino de perder su vida, es la única virtud Que te hace digno de la luz del

Día y la paz de la

Noche… Recuerda, hermano mío,

Que la moneda que dejas caer en

La marchita mano que se tiende hacia

Ti es la única cadena de oro que

Enlaza tu rico corazón

Con el amante corazón de Dios.

LA VIOLETA AMBICIOSA

Había en un bosque solitario una bonita violeta que vivía, satisfecha, entre sus compañeras.

Cierta mañana, alzó su cabeza y vio una rosa que se alzaba, por encima de ella, radiante y orgullosa.

Gimió la violeta diciendo:

-Poca suerte he tenido entre las flores. ¡Humilde es mi destino! Vivo pegada a la tierra y no puedo levantar mi cara hacia el sol como lo hacen las rosas!

Y la Naturaleza la oyó y le dijo a la violeta:

– ¿Qué te ocurre, hijita mía? ¿Las vanas ambiciones se han apoderado de ti?

-Te suplico, oh, Madre Poderosa -dijo la violeta-, que me transformes en rosa, tan siquiera por un día.

-No sabes lo que estás pidiendo -respondió la Naturaleza-. Ignoras los infortunios que se esconden tras la apariencia de las grandezas.

-Transfórmame en una rosa esbelta -insistió la violeta-. Y todo lo que me acontezca será consecuencia de mis propios deseos y aspiraciones.

La Naturaleza extendió su mágica mano y la violeta se transformó en una rosa suntuosa.

Y en la tarde de aquel día, el cielo se oscureció y los vientos y la lluvia devastaron el bosque. Y los árboles y las rosas cayeron abatidas. Solamente las humilde violetas escaparon a la masacre.

Y una de ellas, mirando alrededor de sí, dijo a sus compañeras:

-Mirad, hermanas, lo que la tempestad hizo de las grandes plantas que se levantaban con orgullo e impertinencia. -Nosotros nos apegamos a la tierras-dijo otra-, pero escapamos a la furia de los huracanes.

Y dijo una tercera -Somos pequeñas y humildes, pero las tempestades no pueden con nosotras.

Entonces, la reina de las violetas vio a la rosa que había sido violeta, extendida sobre el suelo, como muerta. Y dijo: -Ved y meditad, hijas mías, sobre la suerte de la violeta ilusionada por sus ambiciones. ¡Que su infortunio les sirva de ejemplo!

Y oyendo esas palabras, la rosa agonizante se estremeció y, apelando a todas sus fuerzas, dijo con voz entrecortada: -Oídme, ignorantes, satisfechas y cobardes. Ayer era como vosotras, humilde y segura. Mas la satisfacción que me protegía también me limitaba. Podía continuar viviendo como vosotras, pegada al suelo, hasta que el invierno me envolviera con su nieve y me llevase hasta el silencio eterno, sin conocer los secretos y las glorias de la vida, más allá de lo que innumerables generaciones de violetas conocieron, desde que hubo violetas en el mundo.

“Pero escuché, en el silencio de la noche; y oí al mundo superior decir a este mundo: “El objetivo de la vida es alcanzar lo que hay más allá de la vida.” Pedí, entonces a la Naturaleza -que no es sino la exteriorización de nuestros sueños invisibles- me transformara en una rosa. Y la Naturaleza accedió a mi deseo.

“Viví una hora como rosa. Viví una hora como reina. Y vi el mundo con los ojos de una rosa. Y oí la melodía del éter con los oídos de una rosa. Y acaricié la luz con los pétalos de una rosa. ¿Puede, alguna de vosotras vanagloriarse de tal honra?

“Muero ahora, llevando en el alma lo que el alma de violeta alguna jamás experimentó. Muero sabiendo lo que hay más allá de los horizontes estrechos en que nací. Y este es el objetivo de la vida.

LAS LETRAS DE FUEGO

Grabad sobre la placa de mi sepulcro:

“Aquí yacen los restos de quien escribió

su nombre en agua”. KEATS.

¿Este es el fin de las noches?

¿Así nos extinguimos bajo los pies del destino?

¿Así nos doblegan los siglos y no nos guardan más que un nombre que escriben sobre sus páginas, en agua en vez de tinta?

¿Se apagarán aquellas luces y desaparecerán aquellos amores?

¿Se esfumarán aquellas esperanzas?

¿Destruirá la muerte todo lo que edificamos, o dispersará el viento todo lo que decimos?

¿Y la sombra cubrirá lo que hacemos?

¿Es esta la vida?

¿Esun pasado que se fue y desaparecieron sus restos? Es un presente que corre siguiendo el pasado, o es un futuro misterioso hasta tanto se haga presente o pasado?

¿Desaparecerán todos los placeres de nuestros corazones y todas las tristezas de nuestras almas sin saber su resultado? ¿Así debe ser el hombre, cual espuma de mar que al roce de la ventisca se desvanece y se apaga como si no hubiera existido?

¡No por mi vida! La verdad de la Vida es una vida cuyo principio no está en el pecho y cuyo fin no es el sepulcro. Estos no son más que unos instantes de una vida eterna.

Nuestra vida mundana, como todo lo que contiene, es un sueño a la par del despertar que llamamos la muerte horrorosa. Un sueño, pero todo lo que en él hemos visto y hecho quedará eterno en la perpetuidad de Dios.

La brisa lleva cada sonrisa y cada suspiro de nuestros corazones y guarda el eco de cada beso nacido del amor. Los ángeles cuentan cada lágrima que la aflicción vierte de nuestros ojos; y los espíritus que vagan en el infinito devuelven cada canción que la alegría ha improvisado en nuestras sensibilidades. Allí en el mundo venidero veremos la tristeza y sentiremos las vibraciones de nuestros corazones; allí recordaremos la esencia de nuestra idolatría, que despreciamos ahora, incitados por la desesperación.

El extravío que aquí llamamos debilidad aparecerá mañana como un necesario eslabón para completar la cadena de la vida del hombre.

Los trabajos penosos que no nos compensan, vivirán entre nosotros y publicarán nuestra gloria.

Las desgracias y los infortunios que soportamos serán aureolas de nuestro orgullo.

Eso… y si hubiera sabido Keats, aquel ruiseñor melodioso, que sus canciones aún siguen infundiendo el espíritu

del amor a la belleza en el corazón de los hombres, habría exclamado:

Grabad sobre la placa de mi sepulcro:

“Aquí yacen los restos de quien escribió

su nombre sobre la faz del cielo con letras

de fuego.”

 

 

 

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