RUISEÑOR DEL LODO – Oliverio Girondo


Oliverio Girondo

 

 

“RUISEÑOR DEL LODO”

 

Corbière

 

¿POR QUÉ bajas los párpados?

Ya sé que estás desnudo,

pero puedes mirarme con los ojos tranquilos.

Los días nos enseñan que la fealdad no existe.

Tu vientre de canónigo

y tus manos reumáticas,

no impiden que te pases la noche en los pantanos,

mirando las estrellas,

mientras cantas y oficias tus misas gregorianas.

Frecuenta cuanto quieras el farol y el alero.

Me entretiene tu gula

y tu supervivencia entre seres recientes:

“parvenus” de la tierra.

Pero has de perdonarme

si no te doy la mano.

Tú tienes sangre fría.

Yo, demasiada fiebre.

 

 

MILONGA

 

Sobre las mesas, botellas decapitadas de “champagne” con corbatas blancas de payaso, baldes de níquel que trasuntan enflaquecidos brazos y espaldas de “cocottes”.

El bandoneón canta con esperezos de gusano baboso, contradice el pelo rojo de la alfombra, imanta los pezones, los pubis y la punta de los zapatos.

Machos que se quiebran en un corte ritual, la cabeza hundida entre los hombros, la jeta hinchada de palabras soeces.

Hembras con las ancas nerviosas, un poquitito de espuma en las axilas, y los ojos demasiado aceitados.

De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan un corcovo y pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme espejo se derrumba con las columnas y la gente que tenía dentro; mientras entre un oleaje de brazos y de espaldas estallan las trompadas, como una rueda de cohetes de bengala.

Junto con el vigilante, entra la aurora vestida de violeta.

 

 

 

JUERGA

A D. Eugenio d‘Ors

 

Los frescos pintados en la pared

transforman el “Salón Reservado”

en una “Plaza de Toros”, donde el suelo

tiene la consistencia y el color de la “arena”:

gracias a que todas las noches

se riega la tierra con jerez.

Jinetes en sillas esqueletosas,

tufos planchados con saliva,

una estrella clavada en la corbata,

otra en el dedo meñique,

los tertulianos exigen que el “cantaor”

lamente el retardo de las mujeres

con ¡aves! que lo retuercen

en calambres de indigestión.

De pronto,

en un sobresalto de pavor,

la cortina deja pasar seis senos

que aportan tres “mamás”.

Los párpados como dos castañuelas,

las pupilas como dos cajas de betún,

negro el pelo,

negras las pestañas

y las extremidades de las uñas,

las siguen cuatro “niñas”, que al entrar,

provocan una descarga de ¡oles!

que desmaya a las ratas que transitan el corredor.

La servilleta a guisa de “capote”,

el camarero lidia el humo de los cigarros

y la voracidad de la clientela,

con “pases” y chuletas “al natural”,

o “entra” a “colocar” el sacacorchos

como “pone” su vara un picador.

Abroqueladas en armaduras medioevales,

en el casco flamea la bandera de España,

las botellas de manzanilla

se agotan al combatir a los chorizos

que mugen en los estómagos,

o sangran en los platos

como toros lidiados.

Previa autorización de las “mamás”,

las “niñas” van a sentarse

sobre las rodillas de los hombres,

para cambiar un beso por un duro,

mientras el “cantaor”,

muslos de rana

embutidos en fundas de paraguas,

tartamudea una copla

que lo desinfla nueve kilos.

Los brazos en alto,

desnudas las axilas,

así dan un pregusto de sus intimidades,

las “niñas” menean, luego, las caderas

como si alguien se las hiciera dar vueltas por adentro,

y en húmedas sonrisas de extenuación,

describen con sus pupilas

las parabólicas trayectorias de un espasmo,

que hace gruñir de deseo

hasta a los espectadores pintados en la pared.

Después de semejante simulacro

ya nadie tiene fuerza ni para hacer rodar

las bolitas de pan, ensombrecidas,

entre las yemas de los dedos.

Poco a poco, la luz aséptica de la mañana

agrava los ayes del “cantaor”

hasta identificar

la palidez trasnochada de los rostros

con la angustiosa resignación

de una clientela de dentista.

Se oye el “klaxon” que el sueño hace sonar

en las jetas de las “mamás”,

los suspiros del “cantaor”

que abraza en la guitarra

una nostalgia de mujer,

los cachetazos con que las “niñas”

persuaden a los machos

que no hay nada que hacer

sino dejarlas en su casa,

y sepultarse en la abstinencia

de las camas heladas.

 

 

 

12

 

Se miran, se presienten, se desean,

se acarician, se besan, se desnudan,

se respiran, se acuestan, se olfatean,

se penetran, se chupan, se demudan,

se adormecen, despiertan, se iluminan,

se codician, se palpan, se fascinan,

se mastican, se gustan, se babean,

se confunden, se acoplan, se disgregan,

se aletargan, fallecen, se reintegran,

se distienden, se enarcan, se menean,

se retuercen, se estiran, se caldean,

se estrangulan, se aprietan, se estremecen,

se tantean, se juntan, desfallecen,

se repelen, se enervan, se apetecen,

se acometen, se enlazan, se entrechocan,

se agazapan, se apresan, se dislocan,

se perforan, se incrustan, se acribillan,

se remachan, se injertan, se atornillan,

se desmayan, reviven, resplandecen,

se contemplan, se inflaman, se enloquecen,

se derriten, se sueldan, se calcinan,

se desgarran, se muerden, se asesinan,

resucitan, se buscan, se refriegan,

se rehuyen, se evaden y se entregan.

 

 

 

13

 

Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Gol!… en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva?… Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.

¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!. Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme. Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías. Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar —¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba, entre los brazos de los árboles.

A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.

Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas… a los pececillos de color…

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