La sed y el agua – Mario Arregui


Arregui

Como el sediento que duerme y en sueños ve un río y agotas insaciable agua ilusoria: así Venus engaña a los amantes con simulacros…

LUCRECIO

Érase un pueblo como muerto bajo el sol de la siesta; en ese pueblo, un barrio lateral que además de muerto parecía desollado; en ese barrio, una casa pequeña escondida entre árboles; en el único, cerrado, penumbroso, cálido dormitorio de esa casa, un hombre todavía joven acostado en una cama.

Se llamaba Pablo y estaba tendido boca arriba y fumaba un cigarrillo ya próximo al final. Una sábana húmeda de sudor -amontonada y como maltratada- lo cubría desde el bajo vientre hasta cerca de las rodillas. Su brazo izquierdo hacía el lento vaivén del cigarrillo, y tenía la flexibilidad un poco salvaje que adquieren los miembros desnudos y laxos. De cuando en cuando, soplaba las partículas de ceniza que le quemaban la piel, del pecho. El humo ascendía vacilando hasta disolverse en el aire quieto.

Cesó el leve rumor de la ducha en el cuarto de baño contiguo, y la mujer -a quien llamaban Vita- volvió al dormitorio. Era más joven que el hombre era más bien delgada y muy hermosa. Sólo tenía puesta una toalla chica en torno a las caderas.

Levantó los brazos al tiempo en que decía:

-¡Qué linda estaba el agua!

No terminó de aproximarse a la cama: permaneció de pie casi en el medio de la habitación, removiéndose el pelo con dedos ágiles y finos. Había una complacencia tranquila y mucho amor en los ojos con que miraba al hombre. Comenzó a sonreír.

-Cada vez te quiero más – dijo.

(Tal vez porque no eran demasiado jóvenes y habían aprendido a pedir al amor la totalidad de lo que debían pedirle pero nada más que eso, tal vez por otras razones en las que no pensaban y -que quizá fueran complejas -o simples pero veladas-, Vita y Pablo se amaban de modo intenso y siempre se instalaban naturalmente en la alegría de estar juntos; sus diálogos, en consecuencia, empleaban por lo general las palabras asistidas y alivianadas por el cariño, como subrayadas de bienquerencia para una mayor penetración o un mejor alcance… El otro diálogo, el de los cuerpos, era largo, obstinado y a veces hasta desesperado en las tardes y sobre todo en las noches de la pequeña casa suburbana. Estas noches eran pocas, ocasionales; las llamaban “noches sólo para nosotros” y se empeñaban en agotar en ellas toda comunicación carnal posible; ocurrió en alguna oportunidad que el alba -la asombrosa, increíble claridad del alba adelgazándose en los intercisitos de la ventana- los sorprendió despiertos: callados e inmóviles en la cama demasiado estrecha, mojados de un sudor que era mezcla de sus dos sudores y como caído cada uno dentro de su piel, pero todavía voluntariosos y negándose a aceptar que la noche estaba muerta.

Pablo encendió otro cigarrillo y se incorporó a medias para mirar a Vita y siguió fumando en silencio. Algo en los ojos de él hizo que ella se recordara prácticamente desnuda y dijera:

-¡Cómo he perdido el pudor contigo!

Y, siempre sonriendo, se acercó a la cama y se inclinó sobre su amante, que había vuelto a tenderse.

-¿Qué piensas?

El no contestó. – No podía contestar: había sido asaltado como a traición por un recuerdo de infancia, y de ese recuerdo, inexplicablemente, había derivado a pensar en otra mujer. Se llamaba Olga; hacía quizá quince años que no sabía nada de ella.

Recordaba a Olga llorando a su lado, boca abajo en la cama de una casa de citas, en la ciudad ahora lejana; recordaba la frase con que ella había contestado a su inevitable pregunta, la frase un poco balbuciente que reconstruía así: “Lloro porque te quiero y soy feliz.., pero también porque te quiero demasiado y tengo miedo.., y siempre hay algo que no se completa; abrázame fuerte y perdóname”.

-¿Qué piensas? – insistió Vita.

-Nada.

Vita se sentó en el borde de la cama; conocía esa actitud derrumbada y esa cara ida, conocía (y odiaba) ese cigarrillo moroso, conocía (y odiaba más, con odio y con formas del miedo) la voz que le dijo:

Hace calor…

No era la voz usual, civil, del hombre; era una voz asordinada, muy especial e íntima, y que se separaba de él como el humo, como el olor de su cuerpo.

…. mucho calor!

Lo que a la mujer le quedaba de sonrisa se le fue cayendo de la boca. Tuvo -lo mismo que en las otras veces en que la había escuchado- la impresión de que aquella voz nacía de un lugar donde el alma de Pablo se encerraba a solas consigo misma y al que ella no podía siquiera asomarse. Quiso llamarlo y lo miró en un llamado mudo; pero debió bajar la cabeza y la mirada, porque los ojos de él caminaban distraídamente – avergonzándola y hasta mortificándola con esa distracción: haciendo que se sintiera sustituible, anónima- por sus hombros y sus senos… Los hombros se doblegaron un poco, como si un leve peso los oprimiera.

-Sí, hace mucho calor – asintió con tristeza, algo aturdidamente, y quedó silenciosa, quieta y cada vez más triste, mirándose las manos y reprochándose haber hablado.

El silencio trajo por momento a la pieza la presencia de la tarde dormida, del pueblo aplastado por el sol de la siesta. Muy pronto, antes de que Vita se atreviera a levantar los ojos, la voz muy especial e íntima comenzó a subir. Venía de muy lejos, de más lejos que las otras veces, con algo de entrega cansada, con vacilaciones, entorpecimiento … Venía, llegaba, se separaba del hombre e iba a agazaparse o a perecer mansamente, resonando apenas, en los rincones de la habitación.

Hace unos minutos… después… cuando te acariciaba después, me acordé de repente de una noche terrible…

Vita se sintió desvalida y sintió, a la vez, que era allí una intrusa: aunque hablara para ella, la voz no se dirigía a nadie, no la buscaba -o la buscaba, le pareció, como si no quisiera encontrarla o como si apuntara a una fraudulenta imagen suya-. En seguida sintió miedo: miedo del hombre y de su alma masculina, de sus manos, su boca, su sexo… Y se miró más fijamente las venas de las manos.

..una noche que estaba, desde muchos años, como dormida en mi memoria, sin salir nunca a luz… lo mismo que el recuerdo de un sueño que parece olvidado, digo yo…

Ella cambió de posición, encogiéndose un poco, y recordó que de niña solía encogerse así, en seguida del relámpago, mientras esperaba el trueno.

Hace mucho tiempo; yo no tenía entonces más de diez o doce años… Era invierno; una noche muy oscura, pero mi caballo sabía el camino… Volvía para la casa de mis padres, de la estancia de un vecino, al galope, apurado por llegar. Atravesaba un potrero grande donde no había senda… El caballo tropezó y cayó. Quedé tendido en el pasto mojado. Cuando me incorporé, oí alejarse y perderse el galope. Y me encontré solo, completamente solo en medio de la inmensa noche de los campos… No me veía ni las manos; recién entonces.., o recién después, al acordarme, comprendí todo lo que se dice al decir que no se veía uno las manos…

Ella tembló y apartó la mirada de las suyas. Siguió con los ojos bajos, sentada en el borde de la cama, encogida como cuando esperaba el trueno. Aquel cuento que la voz contaba como para sí misma, aquella historia del niño perdido en la noche –una historia nada extraordinaria pero cuyo protagonista era el inimaginable niño que había sido el hombre que amaba-, se tocaba de algo mágico y un tanto pesadillesco. Y este sabor de pesadilla se hacia ominoso, malsanamente absurdo, al irrumpir en aquella tarde, en aquella pieza, en aquella hora en que ella, un minuto antes, no sabía qué hacer con tanto amor como el que la desbordaba. Hubiera querido estar muy lejos:

huir de él, de ella misma, del amor y el deseo siempre fiel que los unía, evadirse de aquella pieza que olía a cuerpos desnudos y usados y a tabaco, correr, salir del pueblo corriendo a través del campo inocente y ciego que comenzaba a pocas cuadras de allí, huir, remontar el tiempo, refugiarse en alguna tarde de su infancia…

Es espantoso agitarlas ante los ojos y no poder verlas. Ni una estrella había en el cielo, ni una luz en algún rancho Lejano, nada… Ni siquiera ruidos; era como si el frío y las sombras hubieran silenciado tantísimos ruidos de las noches del campo. Ni un ladrido, ni un balido, ni siquiera el grito de una lechuza, nada… Nada… Me invadió una angustia tremenda, negra y honda como la noche; una angustia enorme, que llenaba la noche con una realidad propia, separada de mí, y que me envolvía… Nunca me he sentido tan solo, tan irremediablemente solo…

También ella se sentía sola, desconsoladamente sola. Y pensó de manera confusa que su soledad es mucho peor que la del niño perdido: era en compañía del ser con quien quería matar para siempre todas las soledades.

Todo había desaparecido, todo. El mundo entero había sido abolido por la tiniebla y el silencio. Ni siquiera tenía mi cuerpo, nada… Aquella noche viví muchos años.., ha sido la experiencia más de muerte de toda mi vida… Yo era un punto de miedo en medio de un mundo que para mí ya no existía, que ya no tenía la facultad de darme las luces y los ruidos que mis sentidos pedían. con desesperación… Nunca fui más yo mismo que en aquella noche terrible.

La voz cesó como cortándose, como ajusticiada en el momento exacto, como si tras la culminación de la última frase se hubiera cerrado una puerta que la dejaba pasar, y quedó suspendida en el aire, en la semipenumbra, junto con el humo. El silencio volvió a traer la siesta a la pieza.

Olvidado entre los dedos de la mano que colgaba fuera de la cama, el cigarrillo no humeaba; el hombre lo reencendió y aspiró una gran bocanada.

La mujer levantó los ojos y los fijó en su amante: buscaba cualquier cosa que lo acercara, que lo restituyera al mundo compartido. Pero sólo encontró una cara que se iba detrás del humo. Y preguntó entonces con dolor y con dureza de ofendida:

-¿Por qué te acordaste de eso cuando me acariciabas?

-No sé – contestó Pablo con una voz que ya se parecía a la que le conocían los hombres.

Ella notó que de algún modo él le mentía, o que no quería saber ni hablar, y se puso de pie y fue a abrir la ventana. Su acto estuvo acuñado de evidente protesta, casi de venganza; su ademán se vio falseado por un dejo viril.

La luz del sol de febrero irrumpió en la habitación. De pie en medio de la atmósfera rota, Vita permaneció vacilando durante largos segundos, mientras Pablo – entrecerrando los ojos- le espiaba el cuerpo lleno de luz. Luego, arrepentida, volvió y se sentó de nuevo en el borde de la cama.

-¿Y después? – preguntó.

El interés era fingido, era casi una manera de pedir perdón.

-¿Qué?

-¿Cómo volviste?

-¡Ah, sí! Me encontraron mis hermanos.

La voz se parecía cada vez más a la que todos podían oírle.

-Salieron a buscarme con un farol -agregó-. Vi la luz y corrí gritando con todas mis fuerzas… Cerrá la ventana, por favor.

Ella le obedeció y volvió a él y se estuvo mirándole con grandes ojos y se inclinó después, suplicante:

-Decime por qué te acordaste ahora.

-Te digo que no sé. Es inexplicable. Además… Y en la forma excesivamente enérgica – desacostumbrada y casi brutal- en que Pablo se incorporó, la tomó de los hombros, la abatió en la cama y la besó en la boca, reconoció una decidida voluntad de silencio y el deseo vehemente de estrujar y matar pensamientos y tribulaciones sobre su piel.

Con amargura, con una sensación de servidumbre y resignada al mismo tiempo a no obtener nunca la respuesta de su pregunta, ablandó piadosamente los labios.

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