La última evolución – Tily Burgos


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“Pensaba que los profetas eran personas con buena imagen y gran talento para embaucar a sus oyentes; como los escritores de ciencia ficción pero con aires religiosos. Hoy al ver a mi hermana desnutrida, por no haber comido ni bebido nada en los últimos días, y aterrorizada al descubrir que, a pesar de su estado, no morirá por inanición, sino porque yo la asesinaré, bajo la mirada cómplice del cuadro de nuestro padre mostrando lo inmenso de la estancia, sé que los profetas nos advirtieron las necesidades que en el futuro tendrá la humanidad”.

-Tuhermann Bienes Raíces. Buenas tardes. Mi nombre es Fulanita, en ¿qué puedo servirle? 

-Mi nombre es Juan Domingo Felipe Pérez Esquivel (mi padre). Yo me comunico con ustedes con el fin de averiguar el valor de la estancia que queda en el Remanso de Tuhermann.

-La estancia de 200 hectáreas vale un total de…

-Discúlpeme, señorita, yo llamo por la de 10.000 hectáreas.

-Discúlpeme usted a mí, señor don Pérez Esquivel; no sabía que calzaba tanto.

“Mi padre calzaba muy bien, tanto que mi hermana que siempre fue la más inteligente de los dos, no pudo calcular en pies cuánto median las extensiones de nuestra tierra”

-Excavaciones El Brazuca. Habla el Brazuca.

-Quisiera que me excaven una laguna de doscientos metros de radio por veinte de profundidad. Mi estancia es el Remanso de los Pérez Esquivel, ex Remanso de Tuhermann.

“Gracias a la laguna que mandó a construir mi padre teníamos agua para nosotros tres, nuestros criados y el riego de todas nuestras tierras por cien años. Teníamos enormes reservas en granos y un excedente que se incrementaba al menos un 10% con cada cosecha. Tras la gran corrida financiera mundial hacia los bienes primarios, las desigualdades sociales generaron tal caos que el temor se apoderó de todos. Ese año dispusimos que los excedentes fueran destinados a la seguridad de la estancia y a la generación de la energía que nos fuese necesaria. Contratamos agentes que cuidaban nuestros intereses dentro y fuera del territorio familiar; construimos inmensos muros con la más avanzada tecnología en protección. Esos fueron tiempos de bonanza. Cuándo se sucedieron los primeros cambios climáticos, nuestra posición geográfica nos benefició a que pasáramos los temporales con pocos sobresaltos. Afuera la guerra por el agua devastaba a la humanidad. Dejamos de comerciar con el exterior, cómo así también de enterarnos de lo que afuera sucedía. Nuestros empleados de seguridad hablaban que el mundo externo sufría casos de vampirismo, canibalismo, apariciones milagrosas y de profecías sobre una sociedad avanzada que surgiría de las cenizas de esta. Los que habitábamos la estancia sólo nos preocupábamos por la lotería de las cosechas. Fueron pocos los días que pasábamos hambre, pero nunca como para cometer algún acto fuera de la moral. La suerte nos bendijo medianamente hasta que mi padre falleció. De ahí en más el alimento comenzó a mermar drásticamente. En la sucesión de bienes, nuestro abogado, tras hablar a solas con mi hermana, me separó del resto y me entregó una caja que, por orden de mi padre, no debía abrir hasta que no lo considerase la última ocasión posible. Lo guarde en mi bolsillo y me despedí del Doctor McKinsley y de todos los que abandonaban la estancia en busca de la tierra prometida donde la nueva sociedad evolucionaría. Los que quedamos comenzamos a mirarnos con recelo y decidimos compartir las escasas raciones en partes iguales. Las partes iguales no fueron suficientes y la gente empezó a desaparecer. Uno tras otro hasta que sólo quedamos cuatro personas: los dos más fuertes empleados de seguridad, mi hermana y yo. A mí no me mataron por respeto a mi padre; en el caso de mi hermana, al ser la única mujer, sería la anteúltima en morir, pues solo ella podía preservar a la especie. Utilizando sus armas de seducción consiguió que los dos empleados luchasen entre sí. Mientras los veíamos desgarrarse las carnes como perros de lucha; con mi hermana los ejecutamos. Ya pasaron dos semanas desde ese día, y hoy mi organismo me profetizó que no habrá mañana, por eso cuando desperté, abrí el paquete que me había dejado mi padre. Encontré una carta explicándome detalladamente todo lo que iba a suceder tras su muerte hasta este día y una dentadura de porcelana con dos afilados colmillos. Mi instinto supo enseguida que debía hacer. A tres metros se encuentra mi querida hermana. Me acerco lentamente cuidando cada uno de mis agotados movimientos. Ella tiembla pero permanece en el mismo lugar, creo que intenta guardar sus pocas energías para atacarme. Realizo movimientos felinos para asegurarme la presa. Estoy a un zarpazo de distancia. Arrinconada no se decide a atacar; intenta huir por mi lado izquierdo. Le atrapo su muñeca. La retengo con todas las fuerzas que me quedan. Ella forcejea y consigue soltarse por un instante. Mi supervivencia al verse amenazada hace desarrollar mis uñas y éstas crecen instantáneamente. Se las clavo hasta que veo manar el delicioso fluido rojo. Mientras bebo su sangre, rió de mi grandioso destino: hoy soy parte de la última evolución terrestre”

Es más fuerte que yo, siempre lo fue. Mi padre lo sabía, por eso le ordenó al Doctor McKinsley que me entregase los diarios originales de Darwin. Todos los días los leí preguntándome para qué me servirían. Hoy mi supervivencia lo sabe. A él le crecieron las uñas, pero a mí me crecieron los colmillos. Mi hermano se agacha y lo dejo beber la sangre de mi muñeca. Miro su cuello arqueado y percibo su yugular como mi Santo Grial.  

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