Cosa Cercana – Robin Scott Wilson


Supondría para el planeta Garyon un largo período de estrecheces y pobreza. Un largo período… tal vez dos generaciones, pero tenían que hacerlo.

Los garyoni eran una raza joven y fuerte, y su proliferación había sido demasiado rápida. Solamente su reciedumbre y amor por la lucha personal, causa de numerosísimas bajas, evitó que su población sufriera una explosión demográfica y acabara en la inanición y la miseria. Incluso este feroz encarnizamiento iba perdiendo terreno entre las nuevas generaciones de jóvenes garyoni. La raza iba degenerando a causa de la deficiente alimentación y los habitantes de Garyon ya no eran los bravos guerreros que habían sido.

El Consejo Supremo había comisionado a un equipo de especialistas para que hallasen la solución. Garyon debía expansionarse. O moriría. Los técnicos llegaron a una conclusión: se enviaría alrededor de mil sondas automáticas dirigidas a las lejanas estrellas en busca de alguna que ofreciese garantías de vida para los garyoni. Se necesitaba una especial combinación de radiación solar, agua y atmósfera.

Se proveyó a las sondas de suficiente cantidad de combustible con el mandato de agotarlo en busca de sus objetivos. Más de novecientas sondas terminaron el combustible y, tras emitir un débil informe negativo, acabaron en la inhóspita zona de gravedad de alguna estrella desconocida.

Pero al fin llegó un comunicado positivo. El equipo de telemedición de Garos, la capital de Garyon, captó un tono diferente. Los técnicos comisionados en la empresa, se dedicaron inmediatamente a la tarea de descifrar el mensaje. Al fin pudieron dar una buena noticia: de los tres planetas que presentaban características de radiación y magnitud negativa idénticas al sol, uno de ellos proporcionaba, además, una esperanzadora evidencia espectrográfica, agua abundante y una atmósfera que guardaba gran semejanza con la atmósfera de dióxido de carbono-oxígeno-nitrógeno que había permitido tal exuberante vida en Garyon.

Las calles de Garos, capital de Garyon, desbordaban alegría tras estas noticias. El Consejo otorgó el Honorífico Aro de Oro al jefe máximo del programa de pruebas. Se facilitó a todos los ciudadanos una tarjeta complementaria de raals o raciones de alegría. (El placer y el regocijo estaban racionados en Garyon.) Con todo, para contrarrestar los efectos «adversos» de esta dádiva, el Consejo procedió a reducir el precio de las armas de fuego a la mitad y redobló las pruebas de análisis en las bebidas tóxicas expendidas en tabernas bajo control directo del Consejo.

Las buenas noticias pusieron en marcha las sucesivas etapas del programa de investigación. Fundamentándose en la gran posibilidad que existiese un planeta con características semejantes a Garyon, sus técnicos habían previsto ya la existencia en él de una vida indígena propia. En consecuencia, el Alto Mando ordenó un fuerte incremento en la producción de armas de destrucción en masa y, del mismo modo, la organización y adiestramiento de escuadrones expedicionarios para la investigación planetaria. Se eligieron jovencísimos garyoni y solamente aquellos que habían demostrado una elevada aptitud en el manejo de las armas.

Los expedicionarios elegidos debían ser jóvenes. Pasarían mucho tiempo adiestrándose antes de poder actuar. La prueba siguiente, que consistía en posar la sonda automática en el nuevo planeta y realizar un análisis definitivo, tardaría siete años en llegar a su destino. Su informe tardaría otros siete años hasta ser recibido en Garyon. Y la fuerza expedicionaria emplearía otros siete años en acudir a su objetivo.

La prueba definitiva estuvo pronto en marcha y Garyon se vio envuelto en una marea de vida, muerte y ansiedad.

La sonda dirigida entró en órbita solar confirmando el halagüeño informe de los datos recibidos anteriormente. Se desplazó hacia el interior con la misión de interceptar al tercer planeta en su ruta orbital. Las noticias positivas fueron causa de nuevas muestras de alegría en las calles de Garos. Se facilitó una nueva ración complementaria de raal, y Gehazil, un joven y valioso colaborador de la empresa, fue ascendido al cargo máximo: Director Jefe del Programa de Pruebas.

Por fin se alcanzó la órbita planetaria. Llegaba el momento culminante. Fueron dispuestos los mandos de modo que la sonda tomase tierra en el planeta objeto de estudio. Una vez disparado el retropropulsor, la cápsula de pruebas con todo su instrumental atravesó silbando la atmósfera al mismo tiempo que frenaba para posarse con suavidad en la superficie.

La superficie resultó ser una zanja que corre paralela a la Carretera Federal 47, justo en el punto que inicia el ascenso a las zonas industriales de la margen del río Passaic. En Nueva Jersey era una hora punta y el ruido que produjo la llegada de la cápsula experimental quedó ahogado por el traqueteo de una hilera de camiones diesel que subían la cuesta, lanzando por sus tubos de escape los desechos de la mala combustión de sus motores. A esta serie de camiones, se añadía la de los vehículos particulares, que en aquella hora acostumbraban a abarrotar el trayecto hasta el puente.

La cápsula quedó unos momentos en silencio, el tiempo necesario para ordenar sus mandos internos y organizar el resto del programa previsto. Una vez todo a punto, elevó una pequeña antena y lanzó su breve mensaje al detector que se encontraba en órbita y que habría de servir de enlace transmisor con el planeta base. Siete años más tarde, las noticias de su afortunada llegada fueron motivo de condecoraciones y felicitaciones para su diseñador y constructor.

El programa seguía su curso. La cápsula desplegó su instrumental para pruebas atmosféricas, comenzó a tomar muestras del aire circundante dando a conocer sus informes al mismo tiempo que los iba obteniendo:

«Presión: 97 grugs por klinz cuadrado», leyó en los ordenadores Gehazil, el Director del Programa siete años después.

-¡Magnífico, perfecto! -gritaron a coro los técnicos y hombres del Consejo, congregados junto al panel de lecturas. Zingal, diseñador de la cápsula de pruebas atmosféricas, asió tan fuertemente a su ayudante y con tanta alegría, que allí mismo tuvo que arrancar un cupón de su racionamiento de raal.

«Composición atmosférica» -leyó Gehazil.

«Oxígeno: 734.954 partes por millón.»

«Nitrógeno: 240.758 partes por millón.»

«Vapor de agua: 10.602 partes por millón.»

«Argón: 9.103 partes por millón.»

La lectura de los informes era más lenta y pausada a medida que los elementos compuestos que aparecían eran más complejos. En Garos reinaba casi el histerismo. Los resultados, era patente, demostraban que la composición del planeta desde el punto de vista atmosférico, se asemejaba muchísimo a la de Garyon. Si los informes anunciaban una pequeña cantidad de dióxido de carbono, la atmósfera sería perfecta. Solamente una ínfima cantidad de ese producto supondría la presencia de complejos hidrocarbonados y, algo muy importante, la existencia de ambiente para subsistir.

La cápsula prosiguió emitiendo lentamente:

«Dióxido de carbono: 300 partes por millón.»

Las calles de Garos semejaban centros de verdaderas orgías. Las cartillas de racionamiento de raal revoloteaban como hojas caídas en otoño.

De repente sucedió lo imprevisto:

«Monóxido de carbono: 250 partes por millón…»

La alegría de la multitud enmudeció. Una fuerte emoción se adueñó de Garos. Intentando reponerse, el viejo Saankel, Jefe del Consejo de la Comisión para la Atmósfera, doblegó sus tentáculos en un gesto de esperanza y habló de la posibilidad de los filtros, de los milagros de la ingeniería atmosférica… Unos pocos tentáculos se alzaron en ademán de protesta. Tal vez sería peor…

Más lentamente, a medida que la complejidad del análisis aumentaba, seguía el informe:

«Helio: 4 partes por millón.»

«Criptón: 3 partes por millón.»

«Neón y Xenón: 2 partes por millón, cada uno de ellos.»

Tras la conmoción inicial, los técnicos comenzaron a hacerse cargo de la situación. Iban alzándose más tentáculos e incluso algunos optimistas distraídos, como si tuvieran que celebrar algo, empezaron a tomar su racionada parte de alegría. Se dictaron órdenes para que la fuerza expedicionaria que estaba embarcando en la terminal de Garos, fuera equipada con aparatos de filtro y caretas antigás. Era muy improbable la evolución de cualquier forma de vida agresiva en un planeta con tanto monóxido de carbono. Sin embargo, nunca se podía asegurar, quizá existiera algún sistema de filtración natural…

La cápsula, junto a la ruta nacional, siguió transmitiendo elementos constitutivos más complejos todavía…

«Etileno: 2 partes por millón.»

«Dióxido de nitrógeno: 1,75 partes por millón.»

«Sulfito de hidrógeno: 17 partes por millón…»

Zingal, diseñador del complejo analizador atmosférico, fue el primero en comprender que nada podía esperarse. Atravesó las cuarenta plantas del edificio donde se encontraba la sala de lecturas y se lanzó a la calle entre la desorientada multitud que circulaba en todas direcciones. Gehazil dio una nueva orden. Aquellas muchedumbres alegres y callejeras fueron presa de la más total decepción. El problema de la superpoblación de Garyon quedaba en suspenso por el momento.

En las afueras de Garos, el Jefe del Estado Mayor anuló la orden de los filtros y mandó que fuese retirada la fuerza expedicionaria interplanetaria. Su ayudante le preguntó con un último destello de esperanza:

-¿No podríamos construir unos filtros para las restantes materias que se encuentran en esa atmósfera, señor?

El Jefe del Estado Mayor afirmó pesadamente con un movimiento de su cabeza:

-Quizá sí, pero no se puede colonizar un planeta si no se cuenta con una atmósfera básicamente no tóxica, o al menos una atmósfera que tolere ciertas formas de vida comestibles. En tal ambiente no podría cultivarse ni el más encajinado tameel.

—————–

La cápsula había finalizado su análisis atmosférico. Prescindiendo del hecho que ya nadie se interesaba por el resto de la información, prosiguió su tarea. La última fase consistía en desplegar un tubo flexible y blindado en cuyo extremo se hallaba adherido un sistema de conducción acuosa. El tubo se arrastró automáticamente por el suelo recorriendo las zonas circundantes, hasta llegar al sector del río Passaic y terminar sumergiéndose en su lecho. Se abrieron las válvulas e iniciaron su movimiento unas bombas aspiradoras. El agua del río entró en la cápsula para ser analizada.

Hubo una precipitada absorción de residuos industriales y diversos elementos mal disueltos. La cápsula se elevó a continuación y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. El ruido del despegue quedó ahogado entre los que producían los camiones y las industrias.

Nadie más en Garyon volvió a preocuparse del asunto.

Anuncios