Pájaro de celda – Kurt Vonnegut


 

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PRÓLOGO

Sí, Kilgore Trout está otra vez de vuelta. No pudo triunfar fuera. Lo cual no es ninguna desgracia. Hay muchísima buena gente que no puede triunfar fuera.

***

Recibí una carta esta mañana (16 de noviembre de 1978) de un desconocido, un joven llamado John Figler, de Crown Point, Indiana. Crown Point es famoso porque de su cárcel se fugó el atracador de bancos John Dillinger en plena Gran Depresión. Dillinger escapó amenazando a su carcelero con una pistola hecha con jabón y betún. Su carcelero era una mujer. Descanse en paz su alma, y también la de ella. Dillinger fue el Robin Hood de mi primera juventud. Está enterrado cerca de mis padres (y cerca de mi hermana Alice, que le admiraba aún más que yo), en el cementerio de Crown Hill, en Indianapolis. También está allí, en la cima de Crown Hill, en el punto más alto de la ciudad, James Whitcomb Riley, «el poeta de Indiana». Mi madre conoció a Riley muy niña aún.

Dillinger fue sumariamente ejecutado por agentes del FBI. Le acribillaron en un lugar público, aunque él no intentó escapar ni ofrecer resistencia. Por eso no tiene nada de reciente el poco respeto que me inspira el FBI.

John Figler es un estudiante de bachiller muy respetuoso de la ley. Dice en su carta que ha leído casi todo lo mío y que ya está en condiciones de exponer la única idea que  subyace en el núcleo de la obra de mi vida hasta hoy. Le cedo la palabra: «Puede fallar el amor, pero prevalecerá la cortesía.»

Esto me parece cierto… y completo. Así que me veo aho­ra en la vergonzosa posición de tener que admitir, a los cin­co días de mi cincuenta y seis aniversario, que no tenía por qué haberme molestado en escribir varios libros. Habría bas­tado con un telegrama de ocho palabras.

En serio.

Pero este vislumbre genial del joven Figler me llegó de­masiado tarde. Casi había acabado ya otro libro… éste.

***

Hay en él un personaje secundario, «Kenneth Whistler», inspirado en un hombre de Indianapolis de la generación de mi padre. El inspirador se llamaba Powers Hapgood (1900-1949). Se le menciona a veces en las historias del movimien­to obrero norteamericano por sus valerosas proezas en huel­gas y en las protestas por las ejecuciones de Sacco y Vanzetti, y demás.

Sólo le vi una vez. Comí con él y con mi padre y con mi tío Alex, el hermano más pequeño de mi padre, en el restau­rante Stegemeier’s, en el centro de Indianapolis, cuando re­gresé a casa de la parte europea de la Segunda Guerra Mun­dial. Fue en junio de 1945. Aún no se había tirado la prime­ra bomba atómica en el Japón. Eso pasaría un mes después. Imaginaos.

Yo tenía veintidós años y aún llevaba uniforme: era un soldado de primera clase que había colgado los estudios de química en la Universidad de Cornell antes de ir a la guerra. Mis perspectivas no parecían buenas. No había negocio de la familia en el que entrar. La empresa de arquitectura de mi padre estaba ya difunta. Mi padre, arruinado. De todos modos, acababa de comprometerme a casarme, pensando: «¿Quién si no una esposa dormiría conmigo?»

Mi madre, como ya he dicho ad nauseam en otros libros míos, había renunciado a seguir viviendo, dado que ya no podía ser lo que había sido en la época de su matrimonio: una de las mujeres más ricas de la ciudad.

***

Fue mi tío Alex quien concertó aquella comida. Él y Powers Hapgood habían sido compañeros en Harvard. Harvard aparece constantemente en este libro, aunque yo nunca estudié allí. Enseñé luego allí, brevemente y sin sobresalir por nada… mientras mi hogar se hacía pedazos.

Confié esto a uno de mis alumnos, lo de que mi hogar se hacía pedazos.

A lo cual dio esta respuesta: «Se nota.»

El tío Alex era tan conservador políticamente que no creo yo que hubiese comido con Hapgood a gusto si no hubieran sido condiscípulos en Harvard. Hapgood era por entonces empleado de un sindicato, vicepresidente del CIO local. Su mujer, Mary, había sido candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el partido socialista varias veces.

De hecho, la primera vez que yo voté en unas elecciones nacionales, voté por Norman Thomas y Mary Hapgood, sin saber siquiera que ella era de Indianapolis. Ganaron Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman. Yo creía ser socialista. Creía que el socialismo sería bueno para el hombre corriente. Como soldado de infantería de primera, yo era, sin duda, un hombre corriente.

***

La comida con Hapgood se debió a que yo le había contado al tío Alex que quizás intentase buscar trabajo en un sindicato cuando me licenciasen. Por entonces, los sindicatos eran instrumentos admirables para arrancar algo así como justicia económica a los patronos.

El tío Alex debió pensar más o menos esto: «Válgame Dios. Hasta los dioses luchan en vano contra la estupidez. Pero, en fin, al menos hay un hombre de Harvard con quien se puede hablar de este sueño ridículo.»

(Fue Schiller el primero que dijo eso de la estupidez y de los dioses. Esta fue la respuesta de Nietzsche: «Hasta los dioses luchan en vano contra el aburrimiento.»)

Así que el tío Alex y yo nos sentamos en una mesa de Stegemeir’s, delante, y pedimos cervezas y esperamos a que llegasen mi padre y Hapgood. Venían cada uno por su cuenta. Si hubiesen venido juntos, no habrían tenido de qué hablar por el camino. Por entonces, mi padre había perdido ya todo interés por la política y la historia y la economía y cosas semejantes. Le había dado por decir que la gente hablaba demasiado. Para él, las sensaciones significaban más que las ideas… sobre todo la sensación de materiales naturales en la yema de los dedos. Unos veinte años después, cuando ya se estaba muriendo, llegó a decir que le hubiese gustado ser alfarero para poder hacer todo el día tortitas de barro.

Eso fue para mí muy triste… porque mi padre era una persona muy culta. Y me parecía que estaba desechando sus conocimientos y su inteligencia, lo mismo que un soldado en retirada puede desechar el fusil y el macuto.

A otras personas les parecía maravilloso. Era un hombre muy querido en la ciudad. De manos extraordinariamente hábiles. Y era siempre cortés e inocente. Consideraba santos a todos los artesanos, por muy ruines o estúpidos que fueran.

Por cierto que el tío Alex no era capaz de hacer nada con las manos. Ni tampoco mi madre. Ni siquiera era capaz de preparar un desayuno o coser un botón.

Powers Hapgood sabía extraer carbón. Eso fue lo que hizo tras graduarse en Harvard, mientras sus condiscípulos ocupaban sus puestos en los negocios de la familia y en corredurías y en bancos y demás: él extraía carbón. Creía que un verdadero amigo de los trabajadores también debía ser trabajador él… y bueno, además.

Así que he de decir que mi padre, en la época en que llegué a conocerle, cuando también yo era ya más o menos adulto, era un buen hombre en plena retirada de la vida. Mi madre ya se había rendido y había desaparecido de nuestro cuadro de organización. Así que yo siempre he tenido un aura de derrota por acompañante. Y por eso me han encantado siempre los bravos veteranos como Powers Hapgood y tros, aún ávidos de información de lo que pasaba realmente, llenos aún de ideas para arrebatar la victoria de las fauces mismas de la derrota. «Si voy a tener que seguir viviendo —he pensado—, será mejor seguirles.»

***

Una vez intenté escribir un relato en el que mi padre y yo nos reuníamos en el cielo. De hecho, una primera versión de este libro empezaba así. Yo tenía la esperanza de llegar a ser en el relato un buen amigo suyo. Pero el relato se com­plicaba perversamente, como suele pasar con los relatos cuando tratan de individuos reales a quienes hemos conoci­do. Al parecer, en el cielo la gente podía tener la edad que quisiera, siempre que hubiera vivido tal edad en la tierra. Así, por ejemplo, John D. Rockefeller, el fundador de la Standard Oil, podía tener cualquier edad hasta los noventa años. King Tut, cualquiera hasta los veintinueve, y así suce­sivamente. Me desilusionó, como autor del relato, el que mi padre decidiese tener sólo nueve años en el cielo.

Yo, por mi parte, había decidido tener cuarenta y cua­tro: respetable, pero también muy atractivo aún. Mi desilu­sión con mi padre se convirtió en vergüenza y rabia. Era igual que un lémur, como lo son los niños a los nueve años, todo ojos y manos. Tenía una reserva inagotable de lápices y cuadernos y andaba siempre siguiéndome los pasos, dibujándolo todo e insistiendo en que admirase los dibujos que acababa de hacer. Los recién conocidos me preguntaban a veces quién era aquel chiquillo tan raro, y yo tenía que decir la verdad porque en el cielo no se podía mentir: «Es mi padre.»

Los abusones disfrutaban haciéndole sufrir, porque no era como los otros niños. No se entretenía con las conversa­ciones de los niños ni con los juegos de los niños. Así que le perseguían y le agarraban y le quitaban los pantalones y los calzoncillos y los tiraban por la boca del infierno. La boca del infierno era como una especie de pozo de los deseos sin cubo ni polea. Podías asomarte y oír los alaridos desmayados de Hitler y Nerón y Salomé y Judas y gente así, allá, a lo lejos, abajo, muy abajo. Yo me imaginaba a Hitler, que sufría ya el máximo calvario, encontrándose periódicamente la cabeza cubierta con los calzoncillos de mi padre.

Y siempre que le robaban sus prendas, mi padre acudía corriendo a mí, rojo de rabia. Y yo a lo mejor estaba con alguien a quien acababa de conocer y a quien estaba impresionando con mi urbanidad… y aparecía mi padre, dando alaridos y con el pajarito ondeando al viento.

Me quejé a mi madre del asunto, pero me dijo que no sabía nada de él ni sobre él, pues sólo tenía dieciséis años. Así que no me quedaba más remedio que aguantarle, y lo único que podía hacer era gritarle de vez en cuando: «¡Por el amor de Dios, papá, por qué demonios no quieres crecer!»

En fin, el relato insistía tanto en ser desagradable, que dejé de escribirlo.

***

Pero entonces, en julio de 1945, padre entró en el Restaurante Stenegeir’s, aún muy vivaz. Tenía más o menos la edad que tengo yo ahora, era viudo y no sentía el menor interés por volver a casarse ni manifestaba deseo visible de ningún género de amante. Tenía un bigote como el que tengo ahora yo. Yo entonces iba afeitado del todo.

Estaba terminando una prueba terrible: un colapso económico mundial seguido de una guerra mundial. Los soldados empezaban a regresar a casa en todas partes. Lo natural sería pensar que mi padre comentara eso, aunque fuera un comentario sobre la marcha, y que hablase de la nueva era que nacía. Pero no fue así.

Habló, por el contrario, de un modo absolutamente delicioso, de una aventura que le había sucedido aquella mañana. Yendo en coche por la ciudad, había visto que estaban derribando una casa vieja. Se detuvo y decidió echar un vistazo más de cerca al armazón. Advirtió que el umbral de la puerta principal era de una madera extraña, que decidió, por último, que era álamo. Creo que tenía unas ocho pulgadas por cuatro pies de longitud. Tanta admiración demostró por aquella madera, que los del derribo se la dieron. Le pidió a uno un martillo y sacó todas las puntas que vio.

Luego la llevó a un taller… para que le hicieran tablas con ella. Ya decidiría más tarde qué hacer con las tablas. Quería, sobre todo, ver las vetas de aquella madera insólita. Tuvo que garantizar en el taller que no quedaba ninguna punta en la madera. Lo garantizó. Pero quedaba una. Había perdido la cabeza y no se veía. La sierra circular lanzó un chirrido aterrador al tropezar con la punta. Salió humo de la cinta que intentaba hacer girar la sierra atorada.

Mi padre tuvo que pagar una sierra nueva y una cinta nueva, además, y le dijeron que no volviera a aparecer por allí con madera usada. De cualquier modo, estaba encantado. La historia era una especie de cuento de hadas, con una moraleja para todos.

Tío Alex y yo no mostramos una reacción demasiado intensa ante aquel relato. Como todos los de mi padre, quedaba tan limpiamente empaquetado y tan cerrado como un huevo.

***

En fin, pedimos más cervezas. Con el tiempo, el tío Alex sería uno de los cofundadores del capítulo de Alcohólicos Anónimos de Indianapolis, aunque su esposa decía a menudo, y con ahínco, que él, personalmente, jamás había sido alcohólico. Empezó a hablar de la Empresa Conservera Columbia, una fábrica de conservas que William, el padre de Powers Hapgood, también hombre de Harvard, había fundado en Indianapolis en 1903. Fue un famoso experimento de democracia industrial, pero yo nunca había oído hablar de él. Eran muchas las cosas de las que nunca había oído hablar yo.

La Empresa Conservera Columbia hacía salsa de tomate y chile y «catsup» y algunas cosas más. Dependía enormemente de los tomates. La empresa no tuvo beneficios hasta 1916. Pero en cuanto los tuvo, el padre de Powers Hapgood empezó a dar a sus empleados una parte, pues consideraba que los trabajadores tenían derecho a ello en todo el mundo. Los otros dos principales accionistas eran sus hermanos, también hombres de Harvard… y estaban de acuerdo.

Así pues, formó un consejo de siete obreros, que debía recomendar al consejo de dirección cuáles debían ser los salarios y las condiciones de trabajo. El consejo, sin que nadie le estimulase a hacerlo, había declarado ya que no habría períodos de paro forzoso estacional, pese a tratarse de una industria tan estacional, y que habría vacaciones pagadas, y que los servicios médicos de los trabajadores y de quienes de ellos dependiesen serían gratuitos, y que se pagaría a los enfermos y que habría un plan de jubilaciones y que el objetivo último de la empresa era que ésta, mediante un plan de distribución de acciones-beneficios, pasase a ser propiedad de los obreros.

—La empresa fracasó —dijo el tío Alex, con firme y torva satisfacción darwiniana.

Mi padre nada dijo. Puede que ni escuchase.

***

Tengo ahora a mano un ejemplar de The Hapgoods, Three Earnest Brothers* de Michael D. Marcaccio (The University Press of Virginia, Charlottesville, 1977). Los tres hermanos del subtítulo eran William, el fundador de Empresa Conservera Columbia, Norman y Hutchins, también hombres de Harvard, ambos periodistas y editores y escritores de libros de tendencia socialista en Nueva York y sus proximidades. Según el señor Marcaccio, Empresa Conservera Columbia fue un éxito muy notable hasta 1931, en que la Gran Depresión la golpeó mortalmente. Se desprendió entonces de muchos trabajadores, y los que quedaron vieron mermado su salario en un cincuenta por ciento. Se debía mucho dinero a Continental Can, que insistía en que la empresa se comportase de un modo más convencional con sus empleados… aunque éstos fuesen accionistas, como lo eran la mayoría. El experimento había terminado. Ya no había dinero para pagarlo. Los que habían recibido acciones por la participación en beneficios poseían ahora pequeños fragmentos de una empresa que estaba casi muerta.

Tardó un tiempo en hundirse del todo. En realidad, seguía existiendo cuando el tío Alex y mi padre y Power Hapgood y yo comimos juntos aquel día. Pero era ya una empresa distinta, que no pagaba ni un céntimo más que cualquier otra. Por último, en 1953, se vendió lo que quedaba de ella a una empresa más fuerte.

***

Por fin entró Powers Hapgood en el restaurante; era un anglosajón del Medio Oeste muy normal, con un traje barato. Llevaba un emblema del sindicato en la solapa. Estaba contento. Conocía un poco a mi padre. Al tío Alex le conocía muy bien. Se disculpó por llegar tarde. Había estado en el Juzgado declarando sobre posibles violencias de un piquete de huelga de hacía unos meses. Él no había tenido nada que ver personalmente con el asunto: ya quedaban atrás sus tiempos heroicos. Nunca volvería a pelear con nadie, ni volverían a pegarle palos en las rodillas ni a meterle en la cárcel.

Era un gran conversador, con muchas más historias maravillosas de las que hubiesen contado nunca mi padre o mi tío Alex. Le encerraron en un manicomio después de dirigir los piquetes cuando la ejecución de Sacco y Vanzetti. Tuvo enfrentamientos con los organizadores del United Mine Workers de John L. Lewis, al que consideraba demasiado de derechas. En 1936, fue agente del CIO en una huelga contra la RCA en Camden, Nueva Jersey. Le detuvieron. Cuando varios miles de huelguistas rodearon la cárcel en una especie de linchamiento a la inversa, el alguacil consideró preferible ponerle de nuevo en libertad. Y más historias, muchísimas más. Como digo, he puesto lo que recuerdo de algunas de las cosas que contó en boca de un personaje imaginario de este libro.

Al parecer, había estado también contando historias toda la mañana en el Juzgado. El juez estaba fascinado, y también casi todos los demás que asistieron al juicio… probablemente por aquellas aventuras tan nobles y generosas. Al parecer, el juez había animado a Hapgood a seguir y seguir. En aquellos tiempos, la historia del movimiento obrero era una especie de pornografía, y aún más en éstos. En las escuelas públicas y en los hogares de la gente bien, era y sigue siendo bastante tabú explicar historias de los sufrimientos y hazañas de los obreros.

Recuerdo el nombre del juez. Se llamaba Claycomb. Lo recuerdo con tanta facilidad porque su hijo «Moon» y yo habíamos sido compañeros de clase en el instituto.

El padre de Moon Claycomb, según Powers Hapgood, le hizo esta pregunta justo antes de la hora de comer:

—Señor Hapgood —le dijo—. ¿Por qué un hombre de familia tan distinguida y de tan excelente educación como usted decidió vivir así?

—¿Por qué? —dijo Hapgood, según Hapgood—. Por el Sermón de la Montaña, Señoría.

Y el padre de Moon Claycomb, dijo esto entonces:

—Se aplaza la sesión hasta las dos.

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¿Qué era exactamente el Sermón de la Montaña?

La predicción que hizo Jesús de que los pobres de espíritu recibirían el reino de los cielos; que todos los que llorasen serían consolados; que los mansos heredarían la tierra; que los que tuviesen hambre y sed de justicia serían hartos; que los misericordiosos alcanzarían misericordia; que los limpios de corazón verían a Dios; que los pacíficos serían llamados hijos de Dios; que los perseguidos por causa de la justicia recibirían también el reino de los cielos. Y etc. etc.

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El personaje de este libro inspirado por Powers Hapgood está soltero y tiene problemas con el alcohol. Powers Hapgood estaba casado y, que yo sepa, no tenía problemas graves con el alcohol.

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Hay otro personaje secundario, al que llamo «Roy M. Cohn». Está sacado del famoso anticomunista y abogado y hombre de negocios llamado, bastante directamente, hemos de admitirlo, Roy M. Cohn. Le incluyo con su amable permiso concedido ayer (2 de enero de 1979) por teléfono. Le prometí que no le perjudicaría y que le presentaría como un abogado asombrosamente eficaz en la acusación y en la defensa de cualquiera.

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Mi querido padre guardó silencio durante buena parte de nuestro viaje de vuelta a casa tras aquella comida con Powers Hapgood. Íbamos en su Sedan Plymouth. Conducía él. Unos quince años después le detuvieron por saltarse un semáforo en rojo. Y se descubrió entonces que llevaba veinte años sin permiso de conducir: lo que significa que no tenía permiso de conducir aquel día que comimos con Powers Hapgood. Su casa quedaba fuera, más o menos en el campo. Cuando llegamos al límite de la ciudad, dijo que, si teníamos suerte, veríamos a un perro muy divertido. Era un pastor alemán, dijo, que apenas podía mantenerse en pie por la cantidad de veces que le habían atropellado los automóviles. El perro aún salía arrastrándose a cazarlos, con los ojos llenos de valor y rabia.

Pero no apareció aquel día. Existía realmente. Le vi otro día que iba yo solo. Estaba allí acurrucado al borde de la carretera, dispuesto a hundir sus dientes en el neumático delantero derecho. Pero su ataque resultaba patético. Apenas si le funcionaban ya los cuartos traseros. Podría haber arrastrado igual un baúl de camarote con la potencia de sus patas delanteras sólo.

Fue precisamente el día que tiraron la bomba atómica en Hiroshima.

***

Pero volvamos al día en que comí con Powers Hapgood.

Cuando metió el coche en el garaje, mi padre dijo al fin algo sobre la comida. Le desconcertaba la forma apasionada con que había analizado Hapgood el caso Sacco y Vanzetti, sin duda uno de los errores judiciales más agriamente discutidos de la historia norteamericana.

—Sabes —dijo mi padre—, yo no tenía ni idea de que se pusiese en duda su culpabilidad.

Hasta tal punto era mi padre puramente artista.

***

En este libro se menciona un violento enfrentamiento entre huelguistas y policía y soldados llamado la Matanza de Cuyahoga. Es una invención, un mosaico compuesto con fragmentos tomados de relatos de muchos motines de este tipo de tiempos no tan lejanos.

Es una leyenda en la mente del personaje principal de este libro, Walter F. Starbuck, cuya vida quedó accidentalmente conformada por la Matanza, aunque tuviese lugar ésta la mañana de Navidad de 1894, mucho antes de que Starbuck naciese.

La cosa fue así:

En octubre de 1894, Daniel McCone, fundador y propietario de la Cuyahoga Bridge and Iron Company, entonces la principal empresa de Cleveland, Ohio, informó a sus obreros, a través de los capataces, que tenían que aceptar una reducción del 10 por ciento en sus salarios. No había sindicato. McCone era un ingenierillo mecánico tenaz e inteligente, autodidacta, hijo de unos obreros de Edimburgo, Escocia.

La mitad de su fuerza de trabajo, unos mil hombres, bajo la dirección de un vulgar fundidor con dotes oratorias, Colin Jarvis, abandonó el trabajo, forzando el cierre de la fábrica.

Les resultaba casi imposible alimentar y cobijar y vestir a sus familias ya sin aquella reducción en los salarios. Todos eran blancos. La mayoría nacidos en Estados Unidos.

La naturaleza se condolió aquel día. El cielo y el lago Erie eran de color idéntico, el mismo gris peltre mortecino.

Las casitas hacia las que se dirigieron cansinamente los huelguistas quedaban cerca de la fábrica. Muchas de ellas eran propiedad, al igual que las tiendas del barrio, de la Cuyahoga Bridge and Iron Company.

***

Entre los cansinos huelguistas, tan amargados y marginados como los demás, al parecer, había espías y agentes provocadores contratados y muy bien pagados, en secreto, por la Agencia de Detectives Pinkerton. Esa agencia aún existe y prospera, y es ahora una subsidiaria propiedad absoluta de la RAMJAC Corporation.

Daniel McCone tenía dos hijos, Alexander Hamilton McCone, que contaba por entonces veintidós años, y John, de veinticinco. Alexander se había graduado honrosamente en Harvard el mayo anterior. Era dulce, tímido, tartamudo. John, el hijo mayor y el aparente heredero de la empresa, había abandonado sus estudios en el Instituto de Tecnología de Massachusetts en el primer curso, y había pasado a ser desde entonces el ayudante de más confianza de su padre.

Todos los trabajadores, huelguistas y no huelguistas, odiaban al padre y a su hijo John, pero reconocían que éstos sabían más en cuanto a moldear hierro y acero que ninguna otra persona del mundo. En cuanto al joven Alexander: les parecía afeminado y estúpido y demasiado cobarde hasta para acercarse a los hornos y las fraguas y los martillos, donde se hacía el trabajo más peligroso. Los obreros a veces le decían adiós con el pañuelo, para proclamar su futilidad como hombre.

Cuando Walter F. Starbuck, en cuya mente está esta leyenda, preguntó años más tarde a Alexander por qué se le había ocurrido ir a trabajar a un lugar tan inhóspito después  de Harvard, teniendo además en cuenta que su padre no había insistido en ello, tartamudeó una respuesta que, una vez descifrada, decía así: «Yo creía entonces que un rico debía tener alguna idea del sitio del que salía su riqueza. Fue un detalle muy juvenil por mi parte. Las grandes riquezas deben aceptarse sin ponerse en entredicho o rechazarse de plano.»

En cuanto a los tartamudeos de Alexander antes de la Matanza de Cuyahoga eran poco más que notas de adorno que expresaban su excesiva modestia. Nunca se quedaba mudo más de tres segundos, con todos sus pensamientos aprisionados dentro.

Y, en cualquier caso, no habría podido hablar mucho en presencia de un padre y un hermano tan dinámicos. Aun así, su silencio era para ocultar un secreto que cada día le daba más satisfacciones: empezaba a entender el negocio tan bien como ellos; antes de que ellos anunciasen una decisión, él casi siempre sabía cuál sería y cuál debería ser… y por qué. Nadie más lo sabía aún, pero, qué demonios, él también era industrial e ingeniero.

***

Cuando llegó la huelga de octubre, se le ocurrieron muchas posibles soluciones, aunque no hubiese pasado por una huelga nunca. Harvard quedaba a un millón de kilómetros de distancia. Nada de lo que allí había aprendido pondría en marcha la fábrica de nuevo. Pero lo haría la Agencia de Detectives Pinkerton, y lo haría la policía… y quizás la Guardia Nacional. Antes de que su padre y su hermano lo dijeran, Alexander sabía que había muchos hombres en otras partes del país lo bastante desesperados como para aceptar un trabajo casi a cualquier precio. Cuando su padre y su hermano lo dijeron, Alexander aprendió algo más sobre los negocios: había empresas, que se fingían con frecuencia sindicatos, cuyo único negocio era reclutar a tales hombres.

A finales de noviembre, las chimeneas de la fábrica eructaban humo de nuevo. A los huelguistas ya no les quedaba  dinero para el alquiler ni para la comida y el combustible. Todo gran empresario de trescientas millas a la redonda había recibido sus nombres, así que sabía lo alborotadores que habían sido. Su dirigente nominal, Colin Jarvis, estaba en la cárcel, esperando juicio por una acusación de asesinato amañada.

***

El 15 de diciembre, la mujer de Colin Jarvis, que se llamaba Ma, encabezó una delegación de veinte mujeres de otros huelguistas hasta la entrada principal de la fábrica. Dijeron que querían ver a Daniel McCone. Éste les mandó a Alexander con una nota garrapateada, que Alexander se sintió capaz de leerles en voz alta sin la menor dificultad de pronunciación. La nota decía que Daniel McCone estaba demasiado ocupado para conceder tiempo a desconocidos que no tenían nada que ver ya con los asuntos de la Cuyahoga Bridge and Iron Company. Indicaba también que habían tomado erróneamente la empresa por una organización caritativa. Decía que en sus iglesias o en sus comisarías de policía podrían darles una lista de organizaciones a las que era más razonable que pidieran ayuda… si de verdad necesitaban ayuda y creían merecerla.

Ma Jarvis dijo a Alexander que su mensaje era aún más simple: los huelguistas volverían al trabajo en las condiciones que fuera. Les estaban desahuciando de sus casas a casi todos y no tenían adonde ir.

—Lo siento —dijo Alexander—. Yo lo único que puedo hacer es volver a leer la nota de mi padre si usted quiere.

Alexander McCone diría, muchos años después, que este encuentro no le inquietó lo más mínimo por entonces. Se puso, en realidad, contentísimo, dijo, al ver que resultaba una «… maq-maq-máquina» tan eficaz.

***

Un capitán de policía dio entonces un paso al frente. Advirtió a las mujeres que estaban infringiendo la ley al  reunirse en tan gran número como para obstaculizar el tráfico y constituir una amenaza para la seguridad pública. Les ordenó que se dispersaran de inmediato, en nombre de la ley.

Así lo hicieron. Se retiraron cruzando la vasta plaza que había ante la entrada principal. La fachada de la fábrica se había proyectado para que recordase a las personas cultas la Piazza San Marco de Venecia, Italia. La torre del reloj de la fábrica era una reproducción a escala dos por uno del famoso campanario de San Marco.

Sería desde el campanario de esa torre desde donde Alexander, su padre y su hermano presenciarían la Matanza de Cuyahoga la mañana de Navidad. Llevaría cada uno sus propios prismáticos. Y llevaría también cada uno su pequeño revólver.

En el campanario, no había campanas. Y abajo en la plaza no había ni cafés ni tiendas. El arquitecto había proyectado la plaza sobre bases puramente utilitarias. Proporcionaba sitio suficiente a los carros, buggiss y tranvías tirados por caballos en su ir y venir. El arquitecto había sido también práctico respecto a las virtudes de la fábrica como fuerte. Si las turbas pretendían irrumpir por la puerta principal, tendrían que cruzar antes todo aquel espacio abierto.

Sólo un periodista, del Cleveland Plain Dealer, que es en la actualidad una publicación de la RAMJAC, se retiró, cruzando la plaza, con las mujeres. Le preguntó a Ma Jarvis qué pensaba hacer después.

Poco podía hacer ella, desde luego. Los huelguistas ya ni siquiera eran huelguistas, eran simples parados a quienes echaban de sus casas.

De todos modos, dio una valerosa respuesta: «Volveremos», dijo. ¿Qué otra cosa podía decir?

Le preguntó entonces cuándo volverían.

La respuesta probablemente no era más que poesía cristiana de la desesperanza, con marco invernal.

—La mañana de Navidad —dijo.

***

Esto se publicó en el periódico, y sus directores lo consideraron una promesa amenazadora. Y la fama de las inminentes Navidades de Cleveland se extendió por todas partes. Empezaron a llegar a la ciudad, como si esperasen alguna especie de milagro, gentes que simpatizaban con los huelguistas: predicadores, escritores, activistas sindicales, políticos populistas, etc., etc. Eran enemigos declarados del orden económico, tal como estaba estructurado entonces.

Edwin Kincaid, gobernador de Ohio, movilizó una compañía de infantería de la Guardia Nacional para proteger la fábrica. Eran campesinos de la parte sur del estado, elegidos porque no tenían amigos ni parientes entre los huelguistas, ninguna razón para considerarlos otra cosa que alteradores irracionales del orden. Representaban un ideal norteamericano: ciudadanos soldados sanos y animosos, que se ocupaban de sus actividades normales hasta el momento en que el país necesitaba un despliegue impresionante de armas y disciplina. Debían aparecer como surgidos de la nada, para consternación de los enemigos de la patria. Una vez resuelto el problema, desaparecían de nuevo.

El ejército regular del país, que había combatido a los indios hasta que los indios no pudieron combatir más, se reducía a unos treinta mil hombres; en cuanto a las utópicas milicias, estaban formadas casi en su totalidad por jóvenes campesinos, pues la salud de los obreros industriales era muy mala y su horario de trabajo muy prolongado. Por otra parte, en la guerra hispano-norteamericana iba a descubrirse que los milicianos eran peor que inútiles en el campo de batalla, tan deficiente era su instrucción militar.

***

Y esa fue sin duda la impresión que sacó el joven Alexander Hamilton McCone de los milicianos que llegaron a la fábrica la víspera de Navidad: que no eran soldados. Llegaron en un tren especial por un desvío que terminaba dentro de las altas verjas de hierro de la fábrica. Salieron de los vagones a la plataforma de carga como si fuesen pasajeros ordinarios que llegasen a resolver asuntos diversos. No llevaban abotonados del todo los uniformes, y a muchos hasta les faltaban botones. Algunos habían perdido los sombreros. Casi todos llevaban maletas y paquetes cómicamente anticastrenses.

¿Los oficiales? Su capitán era el administrador de correos de Greenfield, Ohio. Sus dos tenientes eran unos hijos gemelos del presidente del Banco de Greenfield. El administrador de correos y el banquero habían hecho favores al gobernador. Los nombramientos eran la recompensa. Y los oficiales, a su vez, habían recompensado a los que les habían complacido de algún modo, nombrándoles sargentos o cabos. Y los soldados, por su parte, electores o hijos de electores, tenían a su alcance, si les apetecía usarla, la posibilidad de destruir las vidas de sus superiores con el desprecio y el ridículo, que podían prolongarse generaciones.

Y en el andén de carga de la Cuyahoga Bridge and Iron Company, el viejo Daniel McCone tuvo que preguntar por fin a uno de los soldados que andaban dando vueltas por allí al tiempo que comían:

—¿Quién manda aquí?

Y quiso la suerte que le hiciera tal pregunta al propio capitán, que contestó:

—Bueno… supongo que soy yo, si es que hay alguien que mande.

Digamos en su favor que, aunque armados con bayonetas y municiones, los milicianos no harían daño a un alma al día siguiente.

***

Les alojaron en un taller de máquinas vacío. Durmieron en los pasillos. Todos traían comida de casa. Jamones y pollos asados, pasteles y tartas. Comían lo que les apetecía y siempre que les apetecía y convirtieron el taller de máquinas en una especie de merendero. Y lo dejaron como un basurero. Los pobres no se daban ni cuenta.

Sí, y el viejo Daniel McCone y sus dos hijos pasaron  también la noche en la fábrica: en catres plegables en sus oficinas, al pie de la torre del reloj, y con el revólver cargado debajo de la almohada. ¿Cuándo harían su banquete de Navidad? A las tres en punto de la tarde siguiente. Entonces el problema ya estaría resuelto. El joven Alexander utilizaría su magnífica formación cultural, lo había dicho su padre, para componer y recitar una buena oración de acción de gracias antes de la comida.

Entretanto, los guardias oficiales de la compañía, reforzados por agentes de Pinkerton y policías de la ciudad, patrullaron por turnos delante de las verjas de la empresa durante toda la noche. Los guardias de la empresa, que normalmente iban armados sólo con pistola, tenían también rifles y escopetas, prestadas por amigos o traídas de casa.

A cuatro hombres de Pinkerton se les permitió dormir toda la noche. Eran algo así como especialistas. Eran tiradores de primera.

No fueron los clarines los que despertaron a la mañana siguiente a los McCone. Fue un estruendo de martillos y sierras, que cotorreaba por toda la plaza. Los carpinteros estaban construyendo un andamiaje muy alto, junto a la puerta principal, al lado de las verjas. El jefe de policía de Cleveland debía subirse en él, para que le viese todo el mundo. En el momento oportuno, debía leer la Ley Antidisturbios de Ohio a la multitud. La ley exigía esta lectura pública. Y decretaba que cualquier reunión ilegal de doce o más personas debía disolverse en el plazo de una hora una vez leída la disposición. Si los reunidos no se dispersaban, incurrían en un delito que se castigaba con pena de diez años a cadena perpetua.

La naturaleza volvió a colaborar: empezó a caer una nieve menuda.

***

Sí, y un coche cerrado tirado por dos caballos blancos entró traqueteante en la plaza a toda prisa y se detuvo junto a la entrada. A la temprana luz del alba bajó de él el coronel George Redfield, yerno del gobernador (y enviado por él), que llegaba de Sandusky para ponerse al mando de los milicianos. Era propietario de una serrería y además estaba introducido en los sectores de la alimentación y del hielo. Carecía de experiencia militar, pero iba ataviado como si perteneciera a la caballería. Llevaba un sable que le había regalado su suegro.

Se dirigió inmediatamente al taller de máquinas para preparar a sus soldados.

Poco después, llegaron los carros de la policía antidisturbios. Eran policías normales de Cleveland, pero armados con escudos de madera y lanzas romas.

Ondeó una bandera norteamericana en lo alto de la torre del reloj, y se izó otra en el asta que había junto a la entrada principal.

Iba a ser sólo puro teatro, pensaba el joven Alexander. No habría muertos ni heridos. La actitud de los hombres lo indicaba. Los propios huelguistas habían comunicado que vendrían con sus mujeres y sus hijos, y que ninguno llevaría armas… ni siquiera un cuchillo con hoja de más de siete centímetros y medio.

«Sólo queremos —decía su carta— ver por última vez la fábrica a la que dimos los mejores años de nuestras vidas, y enseñar la cara a todos aquellos a quienes les pueda interesar mirarla; y mostrársela sólo a Dios Todopoderoso, si sólo él quiere mirar; para preguntar, plantados allí, mudos e inmóviles: “¿Merece un norteamericano la miseria y los sufrimientos que padecemos nosotros?”»

No fue insensible Alexander a la belleza de la carta. En realidad, la había escrito el poeta Henry Niles Whistler, que estaba en la ciudad para animar a los huelguistas… y que también había estudiado en Harvard. Alexander pensó que merecía una respuesta noble. Y le pareció que las banderas y las filas de ciudadanos soldados y la presencia solemne y firme de la policía servirían sin duda a este fin.

Se leería la ley en voz alta, la oirían todos, y todos se irían a casa. La paz no se rompería por ninguna causa.

Alexander pensaba decir en su oración de aquella tarde  que Dios debía proteger a los obreros de dirigentes como Colin Jarvis, que les habían empujado a echar sobre sí mismos tanta miseria y tanta aflicción. «Amén», dijo para sí.

***

Y la gente llegó, tal como había prometido. Venían a pie. Con el fin de desanimarles, los jerarcas de la ciudad habían suspendido todos los servicios de tranvía en la zona aquel día.

Entre los manifestantes había muchos niños, algunos en brazos. Uno de estos últimos, una niña en realidad, moriría de un tiro e inspiraría a Henry Niles Whistler el poema «Bonnie Failey», al que se pondría música más tarde y que aún se canta hoy.

¿Dónde estaban los soldados? Llevaban plantados ante las verjas de la fábrica desde las ocho en punto, con la bayoneta calada, con las mochilas llenas a la espalda. Aquellas mochilas pesaban veinte kilos o más. El coronel Redfield pensaba que así sus hombres resultarían más impresionantes. Estaban alineados en una sola fila, que se extendía a todo lo ancho de la plaza. El plan de combate era éste: Si cuando se diese a la multitud orden de dispersarse no lo hacía, los soldados debían enfilar las bayonetas y despejar la plaza lenta, pero irresistible, glacialmente: manteniendo una perfecta alineación erizada de acero, y avanzando, seguros siempre, firmes, un paso, luego dos, luego tres, cuatro…

Sólo los soldados llevaban desde las ocho al otro lado de la verja. La nieve había seguido cayendo. Así que cuando aparecieron los primeros manifestantes al fondo de la plaza, contemplaron la fábrica por encima de una extensión de nieve virgen. Las únicas huellas eran las que acababan de dejar ellos mismos.

Venía mucha más gente de la que tenía pendientes asuntos espirituales concretos con la Cuyahoga Bridge and Iron. Los propios huelguistas estaban perplejos, pues no entendían quiénes podrían ser todos aquellos desconocidos andrajosos… muchos de los cuales llevaban también consigo a sus familias. Aquellos forasteros no querían más que mostrar claramente a todo el mundo su necesidad y su miseria en plena Navidad. El joven Alexander, mirando por los prismáticos, leyó la pancarta que llevaba un hombre, que decía: «Erie Coal and Iron injusta con los obreros.» La Erie Coal and Iron no era siquiera una empresa de Ohio. Tenía su sede en Buffalo, Nueva York.

Así pues, había considerables posibilidades en contra de que Bonnie Failey, la niña asesinada en la Matanza, fuese realmente hija de un huelguista de la Cuyahoga Bridge and Iron, de que Henry Niles Whistler pudiese decir en el estribillo de su poema dedicado a ella:

 

Maldito, maldito, Dan McCone,

de alma de hierro y corazón de piedra…

El joven Alexander leyó la pancarta sobre la Erie Coal and Iron desde la ventana de una oficina del segundo piso contigua a la pared norte de la torre del reloj. Estaba en una galería larga, también de inspiración veneciana, que tenía ventanas cada tres metros y un espejo al fondo. El espejo hacía que la galería pareciese de longitud infinita. Las ventanas daban a la plaza. Fue en esta galería donde instalaron su cuartel general los cuatro tiradores de primera que había suministrado Pinkerton. Puso cada uno una mesa en su ventana preferida y colocó tras ella un asiento cómodo. En cada mesa había un soporte de rifle.

El tirador que estaba más próximo a Alexander había puesto encima de la mesa un saco terrero y había hecho en él una hondonada con el borde de su peluda mano. Allí apoyaría el rifle, con la culata asentada en el hombro, mientras miraba abajo, a una cara y otra de la multitud, desde su asiento. El tirador siguiente era mecánico de oficio y se había hecho un trípode bajo con una horquilla giratoria arriba. Lo tenía colocado sobre la mesa. Colocaría el rifle allí en la horquilla si había problemas.

—He solicitado la patente —le explicó a Alexander, refiriéndose al trípode y dándole al chisme unas palmaditas.

Todos tenían la munición y la baqueta y los trapos para limpiar y el aceite en la mesa, como si estuvieran a la venta.

Aún seguían cerradas todas las ventanas. En algunas de las otras, había hombres más furiosos y menos templados. Eran guardias oficiales de la empresa, que llevaban casi toda la noche sin dormir. Algunos habían estado bebiendo… «para mantenerse despiertos», decían. Les habían situado en las ventanas con rifles o con escopetas… por si la multitud atacaba la fábrica, a pesar de todo, y no había más medio de detenerla que fuego fulminante.

Estaban ya convencidos de que tal ataque se produciría inevitablemente. Su alarma y sus bravatas fueron los primeros indicios claros que percibió el joven Alexander, según contaría décadas después al joven Walter S. Starbuck, tartamudeante de nuevo, de que había «ciertos desequilibrios intrínsecos en el espectáculo».

Él, por su parte, llevaba también un revólver cargado en el bolsillo del abrigo… y lo mismo su padre y su hermano, que entraban ya en el pasillo a dar el visto bueno a los preparativos por última vez. Eran las diez de la mañana. Ya era hora de abrir las ventanas, dijeron. La plaza estaba llena.

***

Era hora de subir a lo alto de la torre, le dijeron a Alexander, que era desde donde mejor podía verse todo.

Así pues, se abrieron las ventanas y los tiradores de primera colocaron los rifles en sus diversos soportes.

¿Quiénes eran los cuatro tiradores de primera, en realidad… y existía realmente tal oficio? En aquella época había menos trabajo para los tiradores de primera que para los verdugos. A ninguno de los cuatro les habían contratado para semejante tarea hasta entonces y no era probable que volviesen a hacerlo, salvo que estallase la guerra. Uno de ellos trabajaba media jornada como agente de Pinkerton, y los otros tres eran amigos suyos. Los cuatro cazaban juntos normalmente y llevaban años prodigándose elogios recíprocos  por su extraordinaria puntería. Así que cuando la agencia Pinkerton comunicó que necesitaba cuatro tiradores de primera, se materializaron casi al instante, igual que la compañía de ciudadanos soldados.

El hombre del trípode había inventado el aparato para la ocasión. Y el del saco terrero era la primera vez que apoyaba el rifle en un saco terrero. Y lo mismo podemos decir de los asientos y las mesas y del limpio despliegue de municiones y demás: se habían puesto de acuerdo para comportarse como auténticos tiradores profesionales de primera.

Años después, Alexander McCone, a preguntas de Starbuck sobre cuál consideraba él la causa principal de la Matanza de Cuyahoga, respondería: «Esa falta de profesionalismo en asuntos de vida y muerte, tan norteamericana.»

***

Cuando se abrieron las ventanas, entró, con el aire frío, el murmullo oceánico de la muchedumbre. La gente quería mantenerse en silencio, y pensaba que había silencio… pero un individuo murmuraba algo, otro tenía que contestar, etc. En consecuencia, sonaba como un mar.

Fue más que nada esta especie de rumor de oleaje lo que oyó Alexander cuando se asomó con su padre y su hermano a la torre del campanario. Los defensores de la fábrica guardaban silencio. No habían emitido ninguna respuesta, aparte de los roces y ruidos al abrir las ventanas de la segunda planta.

El padre de Alexander dijo mientras esperaban: «Adaptar el acero y el hierro a las necesidades humanas no es nada agradable, hijos míos. No habría hombre en su sano juicio que hiciese ese trabajo si no fuera por miedo al frío y al hambre. La cuestión es la siguiente, hijos míos: ¿Necesita el mundo productos de acero y de hierro? Pues si alguien quiere alguno, Dan McCone sabe hacerlo.»

Hubo entonces una pequeña irrupción de vida en la parte interior de la verja. El jefe de policía de Cleveland, con un papel en el que estaba escrita la Ley Antidisturbios, subió las escaleras del estrado hasta arriba del todo. Aquél sería el punto culminante del espectáculo, suponía el joven Alexander, un momento de extraordinaria belleza.

Pero de pronto estornudó, allá arriba en el campanario. Y no sólo se le vaciaron de aire los pulmones sino que quedó destruida su visión romántica. Se dio cuenta de que lo que estaba a punto de suceder allá abajo no era majestuoso. Iba a ser demencial. No existía la magia y, sin embargo, su padre y su hermano y el gobernador y puede que hasta el presidente Grover Cleveland, esperaban que aquel jefe de policía se convirtiese en un mago, un Merlín, capaz de hacer desaparecer a la multitud con un conjuro mágico. «No resultará —pensó—. Es imposible.» No resultó, no.

El jefe de policía lanzó el conjuro. Sus gritos rebotaron en las paredes, lucharon con sus propios ecos y sonaron a babilonio cuando llegaron a oídos de Alexander. Y no pasó nada en absoluto.

El jefe de policía bajó del estrado. Su actitud indicaba que no esperaba que sucediesen grandes cosas, que había sencillamente demasiadas personas allí fuera. Y, con mucha humildad, se reincorporó a sus fuerzas de asalto, que estaban armadas de escudos y lanzas, pero seguras tras las verjas. No estaba dispuesto a pedirles que detuviesen a nadie, ni que provocasen de ningún modo a una multitud tan numerosa.

Pero el coronel Redfield estaba furioso. Hizo abrir un poco la puerta para poder salir y unirse a sus soldados medio congelados. Ocupó su puesto entre dos campesinos en el centro de la larga fila. Ordenó a sus hombres enfilar las bayonetas hacia lo que tenían delante. Después les ordenó dar un paso al frente. Lo dieron.

***

Mirando hacia la plaza, el joven Alexander pudo ver que los que formaban la primera fila de la multitud retrocedían empujando a los de atrás, huyendo del acero desnudo.

Pero los de más atrás, los del fondo, no tenían ni idea de lo que pasaba y no parecían dispuestos a irse para aliviar un poco la presión.

Los soldados dieron otro paso al frente y la gente retrocedió presionando no sólo a los que estaban detrás, sino también a los que estaban a los lados. Los que estaban en los extremos se vieron aplastados así contra los edificios. Los soldados que estaban frente a ellos no tuvieron valor para ensartar a gente tan impotente e inmovilizada, así que desviaron las bayonetas, dejando un espacio entre las puntas de las hojas de acero y las paredes que no cedían.

Cuando los soldados dieron otro paso al frente, según contaba Alexander ya en su vejez, la gente empezó «… a cho-cho-chorrear por los extremos de la fila de soldados como a-a-agua». El chorreo se convirtió en torrente, estrujando los flancos de la hilera de soldados y situando a cientos de personas en el espacio que había entre las verjas de la fábrica y las espaldas desguarnecidas de los soldados.

El coronel Redfield, echando chispas por los ojos y mirando al frente, no tenía ni idea de lo que estaba pasando a los lados. Dio orden de dar otro paso al frente.

Entonces, la multitud, que se había colocado detrás de los soldados, empezó a portarse francamente mal. Un joven saltó sobre la mochila de un soldado como un mono: El soldado cayó a plomo de culo y pugnó cómicamente por levantarse. Los soldados fueron derribados uno tras otro de este modo. Si uno volvía a incorporarse, volvían a derribarle. Así que empezaron a arrastrarse unos hacia otros intentando protegerse entre sí. Se negaron a disparar. Formaron únicamente un montón defensivo, una especie de puercoespín paralizado. El coronel Redfield no estaba entre ellos. No estaba en ningún sitio visible.

***

Nadie admitió nunca haber ordenado a los tiradores de primera y a los guardias de la fábrica abrir fuego desde las ventanas. Pero empezó el tiroteo.

Catorce personas murieron por impacto de bala (incluido un soldado). Hubo, además, veintitrés heridos graves.

El viejo Alexander contaría que el tiroteo parecía simplemente un rumor como de «pa-pa-palomitas de maíz en la sartén», y que pensó que abajo en la plaza soplaba un viento extraño, que parecía derribar a la gente y arrastrarla «como si fuesen ho-ho-hojas».

Cuando terminó todo, hubo satisfacción general porque el honor había quedado a salvo y se había hecho justicia. Se habían restablecido la ley y el orden.

El viejo Daniel McCone diría a sus hijos mientras contemplaba el campo de batalla, en el que ya sólo quedaban los cuerpos caídos:

—Os guste o no, hijos míos, ése es el tipo de negocio en el que estáis metidos.

El coronel Redfield aparecería en una calle lateral, desnudo y delirando, pero ileso, por lo demás.

El joven Alexander no intentó hablar después hasta que hubo de hacerlo, aquella misma tarde, en el banquete de Navidad. Le pidieron que se encargase él de la oración de acción de gracias. Descubrió entonces que se había convertido en tonto efervescente, que tartamudeaba tanto que era incapaz de hablar.

Nunca volvería a la fábrica. Se convertiría en el principal coleccionista de arte de Cleveland y en el primer donante del Museo de Bellas Artes de Cleveland, demostrando así que a la familia McCone le interesaba algo más que el dinero y el poder sólo por el dinero y el poder.

***

Su tartamudeo siguió siendo tan agudo durante toda su vida que raras veces se aventuraba fuera de su mansión de la avenida Euclides. Se había casado con una Rockefeller un mes antes de que su tartamudeo se agudizara tanto. De otro modo, como diría él mismo más tarde, puede que no hubiese llegado a casarse nunca.

Tuvo una hija, que se avergonzaba de él igual que su mujer. Sólo haría una amistad después de la matanza. Sería con un niño. El hijo de su cocinera y su chófer.

El multimillonario quería alguien con quien jugar al ajedrez varias horas al día. Así que sedujo, como si dijésemos, al muchacho, primero con juegos más simples, como «los corazones» y la mona, las damas, el dominó. Pero le enseñó a jugar también al ajedrez. Y pronto jugaron sólo a esto. Sus conversaciones se limitaban a las burlas y chanzas convencionales del ajedrez, que llevan mil años inmutables.

Ejemplos: «¿Has jugado antes a este juego? «¿De veras?» «Localízame una reina.» «¿Esto es una trampa?»

El chico era Walter F. Starbuck. Y estaba dispuesto a consumir su infancia y su juventud de un modo tan antinatural por esta sola razón: Alexander Hamilton McCone había prometido mandarle algún día a Harvard.

K. V.


* Los Hapgood, tres hermanos emprendedores. (N. de los T.)

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