SELECCIÓN – Ursula K. Le Guin


 

 Ursula

– Es ultrajante – dijo la joven peli­rroja -. Es un insulto. Es un error. ¡No voy a casarme con Harry Chang-Olivier!

-¿Tiene usted alguna razón, que pueda ser formulada en una forma aceptable para el Analizador, para tomar esta deci­sión? – preguntó el señor Gosseyn-Ho con una tímida voz zumbante, débil eco del potente estruendo de sus computadores.

La joven rugió como una pantera. A Gosseyn-Ho no le gustaba la forma en que mantenía unidas sus manos como para evitar el hacer daño a alguien.

– No – dijo felinamente -. No la tengo. He trabajado con Chang-Olivier durante varios meses, y lo conozco. ¡Deseo que se me seleccione otra combinación, señor Gos­seyn-Ho!

El ¡Ho! fue pronunciado en voz bas­tante alta, y le hizo dar un salto. Arre­glando el pequeño sombrero negro en su calva cabeza, murmuró:

– Pero, señorita Ekstrom-Ngungu, eso es imposible.

-¿Imposible?

– Si. Como sabe, en esos cálculos se usan una enorme cantidad de datos rele­vantes. La Selección Matrimonial es un área de Operación SocioActuacional de una sensibilidad típicamente alta. Déjeme re­cordarle lo que dice el Manual de Socio­metría: «Hay pocos factores que sean más importantes para tales colonias que la unión de matrimonios seleccionados para una pro­babilidad de descendencia óptima junto con un nivel máximo de satisfacción-eficiencia. Cuando en tales colonias un joven da su nombre para una Selección Matrimonial, se activan todos los datos de tal persona: su expediente genético completo y toda la información recogida desde su nacimien­to. Todos esos datos son comparados cui­dadosamente con los datos relevantes que conciernen a todas las unidades ofrecidas en la escala de edades adecuadas del sexo opuesto. » Señorita Ekstrom-Ngungu, ¡usted misma podrá darse cuenta de la magnitud de la operación cuando le diga que he visto como un Tipo XIV empleaba entre dieci­ocho y veintitrés minutos para realizarla! Bien, comprenda que la selección se limita bastante rápidamente, y que a menudo el número de combinaciones surgidas para un caso particular se halla entre una y tres. En su caso, tan sólo surgió una.

Ella le miró por un momento, aquietada, hasta con la mirada un tanto vidriosa, tal como hace mucha gente tras haber estado escuchando hablar a un computadorista. Y al final (pues tan sólo era una simple biólogo, desacostumbrada a la exacta ter­minología usada por los sociometristas) preguntó:

-¿Quiere usted decir que es el único hombre de este planeta con el que me puedo casar?

 – La única combinación aceptable sur­gida en su caso confirmó Gosseyn-Ho.

Tras un silencio, ella dijo:

– Y si retiro… – pero se le quebró la voz y enrojeció. Los colonizadores de Beta Cisne III odiaban el tener que admitir una derrota en cualquier cosa que emprendie­sen, llegando a hacer casi lo imposible para evitar fallar; eran un pueblo orgulloso y obstinado, Una selección cuidadosa y cua­tro generaciones de educación habían fun­damentado su orgullo y obstinación. Pues ningunas otras cualidades habrían mante­nido a unos seres humanos con vida en los pálidos e insidiosos páramos del tercer planeta.

– Oh sí, naturalmente, puede usted re­tirar su solicitud; supongo que también querrá volver con sus padres en el domo Iota, ¿no? Después de todo fue usted misma quien presentó su nombre como Elegible.

El computadorista admiró su sofoco: cabello rojo y una tez cobriza coloreada por el rubor. Era de una belleza asom­brosa. ¿Habían existido panteras rojas?

-¡Pero yo pensé que sus cerebros de lata encontrarían a alguien que al menos fuera algo compatible conmigo! – dijo irritada, casi a punto de llorar. No llegó a hacerlo, pero se saltó la regla que prohibía que una muchacha soltera admitiese cualquier emo­ción fuerte respecto a un joven -. ¡ODIO a ese hombre! – gritó.

– Se da un alto grado de compatibilidad de personalidades aquí entre los habitan­tes del Tercer Planeta. El índice de compa­tibilidad para la población total es man­tenido en un mínimo del 89,6 por lo menos, y se le mantiene cuidadosamente en ese nivel o en uno superior mediante la educa­ción y selección de personal. Una emoción interpersonal negativa en una población como esta corresponde usualmente a unos sentimientos ocultos de miedo o inadap­tación… En cualquier caso, señorita Ek­strom-Ngungu, todo lo que le puedo decir es que lo tome o lo deje, ¿comprende?

Le hizo un pequeño gesto con la ca­beza, acompañado de una sonrisa.

– Oh dijo la muchacha -, oh… oh… oh, ¡malditos sean sus Analizadores y Socio­metría y todas sus máquinas de lata! ¡Tanto usted como sus cerebros de lata no tienen ni la menor idea de biología humana!

Y, saltándole chispas de su cabello rojo, desapareció.

El señor Gosseyn-Ho arregló su pequeño sombrero negro y murmuró, dirigiéndose a la silla vacía que ella había ocupado:

– Creo que si la tenemos…

 

Harry Chang-Olivier era un individuo alto, de cabello oscuro. A la pálida luz del día del Tercer Planeta, su rostro casi res­plandecía con tonos dorados, tan brillante como una vista del Sol de la Tierra en los visores. Tenía unos pulmones que parecían bombas atmosféricas, y una potente voz de tenor. En un mundo más tranquilo ha­bría cantado los papeles de los héroes de las Superóperas dodecafónicas y sido un fa­moso artista, pero aquí, en la Ciudad-domo Kappa, era tan sólo un químico orgánico. Día tras día se dedicaba a medir la pro­ducción de enzimasas en los tanques de crecimiento, sin estar descontento por ello. Era un hombre alegre. La alegría era otra de las cualidades buscadas y cultivadas por el Plan Sociométrico de Beta Cisne III. Si exceptuamos su asombrosa, pero irre­levante voz, Harry Chang-Olivier era, pro­bablemente, el colonizador ideal para un computador: una especie de esquimal, edu­cado y emprendedor.

Joan Ekstrom.Ngungu miró de reojo a su rostro dorado inclinado sobre un mi­croscopio, y lo odió.

Iban a casarse el viernes.

El silencio colgaba como una nube de cloroformo sobre el laboratorio, reflejando las emociones de Joan.

Ekstrom – dijo Chang-Olivier, alzando su simpático rostro: ¿quiere echarse atrás?

-¿LO QUIERE USTED?

-¿Yo? No, no lo quiero. – Sonrió, y por un momento la miró directamente. Ella en­rojeció de ira y le dio la espalda, susu­rrando:

– Sinvergüenza…

En las ocho abarrotadas colonias-bur­buja del Tercer Planeta, los dos sexos te­nían que compartir el trabajo como igua­les y colaboradores; no había posibilidad de mantener a los jóvenes separados du­rante las horas de trabajo. Y, no obstante, en esas colonias todos los casamientos eran arreglados: el matrimonio por impulso o inclinación estaba totalmente prohibido. El Manual explicaba la ley hablando princi­palmente de evitar la concatenación aza­rosa de los temperamentos incongruentes y la combinación inefectiva de formaciones del ADN antitéticas en la descendencia. Pero la verdadera razón, más válida, era que así los muy atareados jóvenes, aunque se hallasen continuamente juntos, al menos no debían sufrir las peores tensiones y preocupaciones de la adolescencia. Otros se ocuparían de eso. Todo lo que ellos te­nían que hacer era no enamorarse hasta que les hubiera sido elegido un cónyuge.

Existían numerosos métodos para evitar que surgiesen romances premaritales, e in­fluenciaban las costumbres, ética, vestidos, deportes, dieta, en fin, todo. Por ejemplo, la vestimenta de las muchachas solteras era siempre igual para todas: pantalones cortos de color negro y sujetadores blan­cos. Los computadores habían probado, ya hacía mucho, que no había nada menos atractivo -a la larga- que una mujer casi desnuda – Las muchachas (y muchachos) del Tercer Planeta veían con envidia y reticen­cia las grabaciones llegadas de Arturo y Centauro, bellos mundos lujuriosos en los que las vestimentas de las mujeres iban desde cintas de Moebius un año a sacos de patatas el siguiente, o eran medio lona y medio gasas de seda, ocultando-mostran­do, crujientes y tintineantes, perfumadas…

No se suministraban perfumes a los colonos solteros del Tercer Planeta.

También existía la costumbre, que no era una ley pero sí una regla básica de actuación, de que los jóvenes de ambos sexos no se mirasen nunca frente a frente. Una muchacha a la que se la mirase así se iba a su casa para encerrarse en su habitación a llorar en secreto, convencida de que debía de haber actuado en alguna forma poco correcta para que se la hubiera avergonzado en tal forma. Y el muchacho que miraba sabía, en lo más profundo de su ser, que estaba arriesgando su propio autorrespeto como hombre.

En un mundo duro, un cierto purita­nismo puede ser de una gran ayuda.

-¡Siga entonces! – gruñó Joan, aún vuelta de espaldas. Usaba el tono de con­versación respetuoso que se suponía que debía emplearse en las conversaciones en­tre chicos y chicas, por lo que prosiguió: -¡Con todo el respeto, tenga la amabilidad de seguir, entonces!.. A menos que los dos estemos de acuerdo en un Rehuse-Mutuo, estoy atrapada.

– Es cierto, estamos atrapados – dijo alegremente el hombre. Siguió un silencio, luego ruido de tubos de ensayo tintineando. En el firmamento, brillaba la apagada luna gris.

– Malditos computadores estúpidos… – murmuró ella -, como si las matemáti­cas lo pudieran resolver todo.

– Con todo el respeto – dijo repentina­mente Chang-Olivier con aquella voz vi­brante y arrogante que siempre la hacía dar un respingo -, tenga la amabilidad de en­frentarse con los hechos, Ekstrom. Los computadores parecen hacerlo bien; al me­nos yo no sé que hayan demasiados matri­monios infelices por aquí. Pero no es eso lo que importa. Cuando vi que a usted no le hacía dichosa la idea, yo también hablé con Gosseyn-Ho, para ver si habla elecciones alternativas. No las hay.. El Tipo XIV me eligió a mí para usted, y a usted para mí… y nadie más. Si es que queremos casarnos, tendremos que hacerlo, el viernes, y el uno con el otro. Tenga la amabilidad de acep­tarlo o rechazarlo. Yo pretendo aceptarlo y tratar de que vaya bien, y espero que su sentimentalismo no le impedirá a usted el hacer lo mismo.

Su voz se cortó en seco, y se inclinó de nuevo hacia su microscopio. Joan no dijo nada, pero en la placa de Petri de cultivo bacterial que estaba inoculando con Pseu­dovirus betacygni, cayó una gota de agua salada que esterilizó un área circular.

 

La tabuladora Matthew-VII cliqueteó, ta­bleteó, resopló, zumbó y escupió una nueva cinta con el programa de Trabajos Ocasio­nales Rotativos para los habitantes del Domo Kappa. Ajustando cansadamente su sombrero sobre la parte calva de su cabeza, el computadorista Gosseyn-Ho comenzó a escribir a máquina (con sólo dos dedos) una versión inteligible de la columna de símbolos que surgía como una larga lengua amarilla de la boca cuadrada de la má­quina: «Comprobación de enzimas: Sra. García-Katastrovich y Srta. Demos-Stein. Tanques Gamma: Sr. Smith-Smith. Basu­ras: Sr. y Sra. Chang-Ekstrom. . . »

 

Joan se ató los esquíes motorizados y se puso en pie. Tras ella, el Domo Kappa brillaba a la lechosa luz del sol como una gran burbuja que reflejara el débil res­plandor solar y el blanco cielo nuboso. Frente a ella, su marido se erguía sobre una baja colina, enfundado en su resplan­deciente escafandra plateada, con el fusil calorífico colgado al hombro; una figura alta y heroica enfrentándose con la sinies­tra desolación de un planeta aún no do­meñado.

…¡Maldito presuntuoso! – gruñó Joan, esquiando trabajosamente hacia él.

-¿Qué? – preguntó una educada y arro­gante voz en su auricular. Se había olvidado de la conexión radial.

– He dicho que empecemos.

-¡Correcto! – aceptó él, y desapareció. Se había criado en el Domo Beta, cerca de los llamados Alpes, donde les gustaba esquiar por deporte. Con la barbilla alzada y los dientes apretados, Joan se esforzó por seguirlo, mientras sus esquís trataban con­tinuamente de escapar de sus pies y a su alrededor se alzaban grandes nubes de pol­vo bacterial, por entre las que, de vez en cuando, podía contemplar la brillante figura que se deslizaba precediéndola.

Iniciaron su ronda a diez kilómetros del domo. Era una operación rutinaria; estaban buscando cualquier rastro de infección pro­cedente de la ciudad en el domo: organis­mos escapados que pudieran alterar el ela­borado equilibrio ecológico de la vida bac­teriana nativa del Planeta Tercero. El planeta era un lugar monstruoso para la gente, pero un paraíso para las bacterias y las formas inferiores de hongos. Una bacteria activa de tipo terrestre, huida a través de las bombas y los filtros, podía multiplicarse tan rápidamente que uno po­día contemplar como se extendía su área de acción; y unos pocos bacteriófagos es­capados en cierta ocasión habían causado muchos kilómetros de destrucción.

En lo referente a las bacterias y virus nativos, algunos de ellos eran usados en la producción de la vacuna contra la sar­coma-carcinoma (esta era la razón de la existencia de colonias en el Tercer Planeta). Todas ellas eran bastante inofensivas, a menos que fueran inhaladas: una vez en el aparato respiratorio se multiplicaban en tal forma, sin que nada pareciese detenerlos, que el afectado moría en unos cinco días.

Los recién casados esquiaron alrededor del domo, una y otra vez, haciendo cada vez más estrecha su espiral. Alrededor suyo se alzaban nubes de caliente y húmeda nieve bacterial que quedaban danzando en el aire. En el acuoso cielo blanco el débil solecillo se arrastraba a lo largo de su recorrido diario, hundiéndose con dolorosa lentitud hacia el Norte.

– Tenga la bondad de comprobar sus tanques de aire – dijo el auricular de Joan a las dos de la tarde. A las dos semanas de su casamiento, ninguno de los dos ha­bía adoptado aún las formas conversacio­nales familiares que ahora les era posible usar.

– Con todo el respeto, no tiene por qué recordármelo. Tengo un reloj.

Pero a las tres en punto la voz repitió:

– Tenga la bondad de comprobar sus tanques de aire, Ekstrom.

-¡Tenga la bondad de comprobar los suyos!

– Ya lo he hecho – dijo él alegremente. A las tres y treinta dos, él estaba can­tando «O Spazio, addio» de la ópera Aida de Altair. A Joan siempre le había gustado la música vibrante, y tenía que admitir que, en realidad, Chang tenía una magnífica voz. Sonaba como una trompeta. El de­sierto cálido, húmedo y espectralmente blanco los rodeaba por todas partes, sordo a la música, ocupado tan sólo en comer, reproducirse e infectar. En el centro de este desorden eterno, una voz cantaba mar­cando la presencia de la belleza, la habili­dad, la coherencia…

– Lo siento – dijo su auricular -. Me olvidé que estaba usted en conexión.

No le diría que continuase cantando: ya estaba lo suficientemente envanecido; pero echaba a faltar la canción.

– Tenga la bondad de comprobar sus tanques de aire.

-¿Tendrá usted la bondad de dejar de recordarme eso? ¡Soy lo suficientemente capaz como para acordarme por mí misma!

– No cabe duda – replicó él; pero a las cinco en punto le pidió que comprobase los tanques de aire.

A las cinco y dieciocho descubrieron un brote de moho: el penicillinium se había adaptado con facilidad al Tercer Planeta. Lo destruyeron y a las cinco y veintidós estaban esquiando de nuevo, rodeados por las polvorientas nubes de gérmenes, bajo un horizonte que casi no cambiaba y un sol que se ponía interminablemente hacia el norte.

Poco antes de las seis, Joan dijo:

– Si estuviéramos más separados, la nieve de sus esquíes no obstruiría mi visión.

– Correcto. Tenga la bondad de permi­tirme que le recuerde el comprobar sus tanques de aire. – Y se deslizó hacia la derecha, ejecutando algunos magistrales slaloms por una pendiente, empequeñecién­dose hasta que no fue sino poco más que un punto brillante que describía una ór­bita más amplia en la distancia. Libre al fin de la presión de su constante presencia, Joan esquió en una especie de duermevela vigilante. Lentamente se oscureció el atar­decer. Hasta un día de treinta horas ter­mina por acabarse. Comenzó a sentir ham­bre, y se preguntó cuando sugeriría él que regresasen a la burbuja. Pero no dijo nada. Deseaba que ella admitiese ser la primera en estar cansada. ¡Y un rábano lo iba a hacer! Continuó, atontada por el sonido de los esquíes motorizados. Las luces del Domo Kappa brillaban doradas; y se dio cuenta, despertando de la monotonía del movimiento, de que ya era demasiado tarde para ver lo suficiente como para realizar el trabajo, y que él no le había pedido a las ocho que comprobase los tanques de aire.

-¿Chang?

Cuando no hubo respuesta, su corazon comenzó a palpitar más fuerte. El pálido, informe y sin sentido anochecer colgaba a su alrededor, y pudo notar el horror que contenía. No es que estuviera perdida, pues se hallaba a la vista de una ciudad ilumi­nada que tan sólo se encontraba a unos pocos kilómetros… ¿pero dónde demonios estaba él, y por qué permanecía en silencio?

Había aún la suficiente luz como para poder volver atrás, siguiendo sus propias huellas. Lo hizo, mirando hacia la izquier­da, gritando de vez en cuando su nombre con el volumen al máximo. Nada. La luz se desvanecía lentamente, y ya era más di­fícil seguir las huellas que iban siendo borradas por la erupción de la vida sobre la que habían sido marcadas.

¿Habría vuelto al domo sin decírselo? Este pensamiento la golpeó en tal forma que casi se detuvo. Seguramente él no ha­ría nada ilegal, y dejar a un compañero solo fuera del domo era ilegal excepto cuando se trataba de una emergencia… y en cualquier caso era una falta de tacto increíblemente monstruosa. Pero, ¿no es­taría enfadado con ella por la frialdad y rudeza que había estado demostrando? Tal vez estaba tratando de darle una lección, o gastándole una broma pesada. Continuó, cansada, molesta, hambrienta, nerviosa, imaginándoselo riendo con sus sonoras y alegres carcajadas, seguro y a gusto en el Refectorio en…

Pero ahí estaba, a menos de cinco me­tros de ella. Describió un círculo, apagó los motores de sus esquíes, y se inclinó hacia él. Yacía cabeza abajo en una pendiente, y en la grisácea oscuridad pudo ver lo que le había ocurrido: al llegar sobre la cresta de la cuesta había descendido esquiando hasta encontrarse con una superficie de roca desnuda, en un lugar en que uno de los virulentos bacteriófagos nativos había eliminado a toda otra vida y luego muerto por falta de alimento, dejando unos pocos metros de superficie desprovistos de nieve durante un día o dos. Las rocas brillaban con raros colores a la moribunda luz.

– Ha sufrido usted un buen golpe – Co­mentó ella -. ¿Por qué estaba aún tan atrás?

Él no alzó la cabeza. Y tan sólo enton­ces se dio ella cuenta de que no se acababa de caer, sino que yacía allí desde hacía una hora o más.

Se arrodilló a su lado tan bien como supo. La roca desnuda le lastimaba las rodillas, haciéndola moverse cuidadosamen­te para que su traje protector no resultase dañado… ¿Qué habría pasado con el de él?

Le alzó la cabeza para poderle ver la cara. Oyó un raro sonido en su auricular, un rugido atronador que la asustó, hasta que se dio cuenta de que tan sólo era la entrecortada respiración de él y que su comunicador estaba puesto a todo volumen. Su rostro era una masa gris bajo el bri­llante plástico protector.

-¡Harry! – dijo suavemente.

Sus ojos se abrieron; tosió y gruñó, trató de alzar la cabeza y no pudo. Dijo algo, un rugido en su auricular. Bajó el volumen.

– Encienda el foco de su casco – mur­muraba él.

Sintiéndose muy estúpida, hizo lo que él decía. Al no haber salido nunca de noche, no había recordado que el traje llevaba iluminación propia.

-¿Tiene el traje roto, Harry?

– No lo se.

– Dése la vuelta y podré comprobarlo; tengo un parche dispuesto.

– No puedo.

Su rostro se veía serio y concentrado y, a la luz de la lámpara, su frente y me­jillas destellaban con gotitas de sudor.

– Creo que… se me cruzaron los esquíes…

– Se encontró con un trozo de roca y chocó.

– Bueno, me duele la pierna.

Giró la cabeza y dio un respingo cuando el foco iluminó la extraña posición de su pierna derecha.

– A cuarenta kilómetros por hora, no es raro que le pasase esto – dijo con calma; pero tomó su mano.

– Ayúdeme a incorporarme.

– No; tal vez tenga un hueso roto; y si hay un desgarrón en su traje lo mejor que puede hacer es taparlo con su cuerpo. Encenderé un par de bengalas. Y, ahora, quédese quieto.

Así lo hizo, y ella se arrastró un poco más lejos para plantar una bengala cohete y encendería. La estrella roja estalló por encima de sus cabezas. Una flor de luz que creaba rápidas sombras sobre las enormes extensiones pálidas de la nieve viva. Murió. La noche gris regresó.

– Lo mejor será, Joan, que esquíe en busca de ayuda.

-¿Y dejarle aquí? No sea tonto. Ade­más, es ilegal… Encenderé la otra bengala dentro de unos minutos. Sacarán el trineo y estarán aquí mucho más pronto de lo que yo podría tardar en llegar allí. Qué­dese quieto ahora.

Se había sacado los esquíes y también se los quitó a él, y luego se sentó a su lado, cogiendo su mano enguantada con la suya, mientras la amarilla luz del foco de su casco creaba un estanque de luminosidad a su alrededor.

– Me alegra que esté aquí – dijo él. A ella le dolía mucho el saber que estaba asus­tado y sufriendo, por lo que contestó tan severamente como pudo:

– Y aquí me quedaré, Harry…

Primavera en Beta Cisne III. Las crip­toesporas violetas estaban en plena proliferación, casi ocultando durante una semana o dos la incolora nieve bacterial, posándose por encima de todo el domo de la cúpula hasta que la débil luz del sol adquiría una tonalidad amatista. A esa luz, el niño de la señora Chang-Ekstrom parecía ser verde. Pero el señor Gosseyn-Ho, pensando que probablemente era un niño de tez amari­llenta y que su madre indudablemente lo creía hermoso, dijo en tono adulador:

– Sí, indudablemente se trata de un muchachito muy hermoso.

– Se parece a su padre – dijo orgullo­samente Joan.

– No cabe duda. ¿Y qué tal se halla el señor Chang-Ekstrom?

-¡Oh, muy bien, gracias! Ahí llega.

– Harry Chang-Ekstrom llegó andando por la Calle Este entre los árboles y rosales, cojeando ligeramente con la pierna en la que había sufrido una fractura múltiple hacía un año, pero sonriendo como un tigre a la vista de su mujer e hijo. También se le veía de color verdoso a la luz de esta extraña y poco prometedora primavera; pero parecía muy dichoso. Saludó a Gos­seyn-Ho con calor, y el computadorista alzó su sombrero, sonriendo débilmente.

-¿Qué tal van los cerebros de lata este mes?

– Como siempre, terriblemente sobre­cargados de trabajo. ¡No se puede llevar una planificación sociométrica correcta con tan pocos instrumentos! Necesitamos al menos otros dos Tipo XIV y un Coordina­dor Luke para manejar la programación del nuevo subdomo y de los excavadores de bacterias de Lambda.

-¡Creo que los computadores hacen un trabajo maravilloso! – dijo Joan Chang­Ekstrom con apasionamiento.

– Oh, sí, no cabe duda de que, con la ayuda de los colonizadores, lo hacen – dijo Gosseyn-Ho, asintiendo con la cabeza. Lue­go contempló como la joven pareja se alejaba: eran dos seres bellos y afectuosos, que se reían juntos de algo, mientras su verdoso pero risueño niño contemplaba feliz desde el hombro de su padre el bien planificado y construido pequeño mundo ordenado del domo.

– Sí, no cabe duda – murmuró para sí mismo Gosseyn-Ho, regresando por la Calle Este hasta su oficina. La agenda del día se hallaba sobre el escritorio de su pequeño despacho, tras el cual, en sus inmensas salas, los computadores dique­teaban y retumbaban y zumbaban y charloteaban. Siguiente trabajo: Entrar a Rosa Yurishevsky-Puraswami como Elegi­ble para Selección Matrimonial. Procedi­miento usual.

Mientras tomaba de un archivador los nombres de todos los jóvenes clasificados como Elegibles en las ocho ciudades-domo, trató de recordar si la señorita Yurishevs­ky-Puraswami era la diminuta pero her­mosa morena de Lambda o la chica de ojos grises de Radiología. Bien, no importaba. Con un poco de suerte, siempre iba bien. Escribió a máquina (con dos dedos) el nombre de la chica y su ciudad y el número de su Habitación de Soltera en un Impreso de Certificación de Selección Matrimonial. Luego cogió su sombrero negro, lo colocó boca arriba sobre sus rodillas, y se rascó la porción calva de su cráneo, que le pi­caba. Tras él, los computadores rugían, trabajando para enfrentarse con todos los problemas de un mundo atareado. Sonrió confortadoramente a través de las puertas de cristal a las grandes máquinas. Induda­blemente, tenían sus limitaciones. Luego dejó caer las fichas de los cincuenta mu­chachos en su sombrero, cerró los ojos, y extrajo una.

 

 

 

Traducción de Z. Alvarez

 

 

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