Los grandes descubrimientos perdidos – Fredric Brown


 

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LA INVISIBILIDAD

Tres grandes descubrimientos se llevaron a cabo, y se perdieron trágicamente, durante el siglo XX. El primero de ellos fue el secreto de la invisibilidad.

Fue descubierto en 1909 por Archibald Praeter, embajador de la corte de Eduardo VII en la del sultán Abd-el-Krim, regente de un pequeño Estado aliado en cierto modo con el Imperio Otomano.

Praeter, un biólogo amateur pero entusiasmado autodidacta, inyectaba a ratones diversos sueros, con el propósito de encontrar una sustancia reactiva que ocasionara mutaciones. Cuando inoculaba a su ratón número 3019, éste desapareció. Aún estaba allí; podía sentirlo bajo su mano, pero no lograba verle ni un pelo. Lo colocó cuidadosamente en su jaula y, dos horas más tarde, el animalito reapareció sin sufrir daño alguno.

Continuó experimentando con dosis cada vez mayores y observó que podía hacer invisible al ratón durante un período de veinticuatro horas. Las dosis mayores lo enfermaban o le producían torpeza en sus movimientos. También advirtió que un ratón que moría durante un periodo de invisibilidad, aparecía de nuevo en el momento mismo de la muerte.

Dándose cuenta de la importancia de su descubrimiento, envió telegráficamente su renuncia a Inglaterra, despidió a sus sirvientes y se encerró en sus habitaciones, para experimentar con él mismo. Empezó con pequeñas inyecciones que lo hacían invisible durante unos cuantos minutos y la aumentó hasta verificar de que su tolerancia era igual que la de los ratones; la dosis que le hacía invisible más de veinticuatro horas, lo enfermaban. También descubrió que, aunque nada de su cuerpo era visible, la desnudez era esencial; la ropa no desaparecía con el preparado.

Praeter era un hombre honesto y de bastantes recursos económicos, así que no pensó en el crimen. Decidió volver a Inglaterra y ofrecer su descubrimiento al gobierno de su Majestad, para ser empleado en el servicio de espionaje o en acciones bélicas.

Pero antes decidió permitirse un capricho. Siempre había sentido curiosidad por el celosamente guardado harén del Sultán en cuya corte estuvo destinado. ¿Por qué no echarle un vistazo desde el interior?

Por otra parte, algo que no podía precisar con exactitud le preocupaba de su descubrimiento. Quizá hubiese alguna circunstancia en la cual… Pero no podía pasar de ese punto en sus pensamientos. El experimento estaba definitivamente concluido.

Se desnudó y se hizo invisible inyectándose la máxima dosis tolerable. Fue muy sencillo pasar entre los guardianes eunucos e introducirse en el harén. Pasó una tarde muy entretenida e interesante admirando a las cincuenta y tantas beldades en las ocupaciones diurnas de mantenerse bellas, bañándose y ungiendo sus cuerpos con aceites aromáticos y perfumes.

Una de ellas, una circasiana, lo atrajo extremadamente. Se le ocurrió, como a cualquier otro hombre en su lugar, que si se quedaba durante toda la noche, perfectamente a salvo ya que permanecería invisible hasta la tarde siguiente, podría averiguar cuál era la habitación de la belleza y, después de que las luces se hubiesen apagado, seducirla; ella se imaginaría que el sultán le hacía una visita.

La vigiló hasta ver a qué cuarto se retiraba. Un eunuco armado ocupó su puesto junto al cortinaje del pórtico y los demás se distribuyeron en cada una de las entradas a los diversos aposentos. Archibald esperó hasta que estuvo seguro de que ella dormía, y entonces, en el momento en que el eunuco miraba hacia otro lado y no podía percibir el movimiento de la cortina, se deslizó a su interior. Aquí la oscuridad era completamente absoluta, aunque andando a tientas pudo encontrar el lecho. Con cuidado extendió una mano y acarició a la mujer dormida. Ella se despertó y gritó aterrorizada. (Lo que él no sabía era que el sultán nunca visitaba el harén por la noche, sino que enviaba a por una o algunas de sus esposas para que lo acompañasen en sus propias habitaciones).

De pronto, el eunuco que estaba de guardia en la puerta entró y lo agarró opresivamente de un brazo. Lo primero que pensó fue que ahora sabía con precisión cuál era la circunstancia más desdichada de la invisibilidad: que era completamente inútil en la oscuridad absoluta. Y lo último que escuchó fue el siseo de la cimitarra bajando hacia su cuello desnudo.

LA INVULNERABILIDAD

El segundo gran descubrimiento perdido fue el secreto de la invulnerabilidad. Fue descubierto en 1952 por un oficial de radar de la Marina de los Estados Unidos de América, el teniente Paul Hickendorf. El aparato era electrónico y consistía en una pequeña caja que podía llevarse incluso en el bolsillo; cuando se accionaba cierto dispositivo de la caja, la persona que la llevaba se veía rodeada de un campo de fuerza cuyo poder, en función de lo que podía medirse mediante las excelentes matemáticas de Hickendorf, era virtualmente infinito.

El campo también resultaba completamente impermeable a cualquier grado de calor y a cualquier cantidad de radiación.

El teniente Hickendorf llegó a la conclusión de que cualquier hombre – mujer, niño o perro – encerrado en dicho campo de fuerza, podría resistir la explosión de una bomba de hidrógeno a bocajarro, sin resultar afectado en modo alguno.

No se hacían explotar bombas de hidrógeno en aquellas fechas, pero mientras terminaba de ajustar su artefacto, el teniente se encontraba en un barco, un crucero, que navegaba por el Océano Pacífico en ruta hacia un atolón llamado Eniwetok, y se rumoreaba que tendrían que presenciar la detonación de la primera bomba de tales características.

El teniente Hickendorf decidió esconderse en la isla que servía de blanco y permanecer allí hasta el momento del estallido de la bomba, para después salir ileso; demostrando de este modo, fuera de cualquier género de duda, que su descubrimiento era operativo: una defensa infalible contra el arma más poderosa de todos los tiempos.

Fue difícil, pero pudo ocultarse con éxito y allí estaba, a unos cuantos metros de la bomba H, después de haberse acercado lo más que pudo al lugar de la explosión.

Sus cálculos fueron absolutamente correctos y no sufrió ni la menor lesión, ni un rasguño, ni una quemadura.

Pero el teniente Hickendorf no previó la posibilidad de que sucediera algo imprevisto, y eso fue lo que ocurrió. Salió disparado de la superficie terrestre, con una velocidad de aceleración mayor que la de escape, en línea recta, ni siquiera en órbita. Cuarenta y nueve días más tarde cayó en el sol, aún sin lesión alguna pero, desdichadamente, muerto hacía ya bastante tiempo, puesto que el campo de fuerza admitía sólo el aire suficiente para respirar unas cuantas horas, y así su descubrimiento se perdió para la humanidad, por lo menos durante el transcurso del siglo XX.

 

LA INMORTALIDAD

El tercer gran descubrimiento que se perdió en el siglo XX fue el secreto de la inmortalidad, descubierto por un oscuro químico de Moscú llamado Ivan Ivanovitch Smetakovsky, en 1978. Smetakovsky no dejó registrado cómo hizo su descubrimiento o cómo supo que tendría éxito antes de probarlo, por dos razones.

Tenía miedo de revelarlo al mundo porque sabía que una vez que lo ofreciera, aun a su propio gobierno, el secreto se filtraría a través del Telón de Acero y causaría el caos. La U.R.S.S. podría manejarlo, pero en las naciones bárbaras e indisciplinadas el resultado inevitable de una droga para inmortalidad sería una explosión demográfica que con toda seguridad conduciría a una agresión a los países comunistas.

Y temía emplearla en sí mismo, porque no tenía la seguridad de querer ser inmortal. Tal como estaban las cosas, incluso en la U.R.S.S., por no mencionar el resto del mundo, ¿valía la pena vivir para siempre?

Se comprometió a no dársela a nadie ni a tomarla, hasta que adoptase una decisión al respecto.

Durante ese tiempo llevó consigo la única dosis de la droga que obtuvo. Era solamente una pequeña cantidad envasada en una cápsula insoluble que podía ser escondida incluso en la boca. La sujetó a una de sus piezas dentales postizas, haciéndola descansar entre ésta y la mejilla para no correr el peligro de tragársela inadvertidamente.

De esta forma tenía la posibilidad de decidir en cualquier momento, pues no tendría más que sacar la cápsula de la boca, romperla con la uña y tragar su contenido para ser inmortal.

Así lo decidió un día cuando, después de enfermar de neumonía y ser llevado a un hospital de Moscú, comprendió, tras escuchar una conversación entre el doctor y una enfermera que pensaban erróneamente que dormía, que esperaban su muerte en un plazo de horas.

El temor a la muerte demostró ser mayor que el de la inmortalidad, cualquiera que fuesen los riesgos que ésta trajera, así es que, tan pronto como el doctor y la enfermera abandonaron la habitación, rompió la cápsula y tragó el contenido.

Esperaba, ya que la muerte parecía tan inminente, que la droga actuase a tiempo para salvarle la vida. Y la droga dio resultado, pero cuando hizo su efecto él ya había caído en un estado de semicoma y delirio.

Tres años más tarde, en 1981, todavía permanecía en el mismo estado y los médicos rusos diagnosticaron finalmente el caso y dejaron de sentirse intrigados por él.

Obviamente, Smetakovsky había tomado alguna especie de droga para hacerse inmortal, una droga que les era imposible analizar o aislar, y que le impedía morir. No cabía duda de que el efecto se prolongaría indefinidamente, si es que no era eterno.

Pero, por desgracia, la droga también hizo inmortales a los neumococos de su cuerpo, las bacterias (diplococcipneumoniae) que le causaron originalmente la neumonía y que ahora continuarían viviendo para siempre manteniéndolo en estado de coma. Por tanto, los médicos, siendo realistas y no viendo ninguna razón para prestarle atención y cuidados a perpetuidad, simplemente lo enterraron.

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