La demanda de las lágrimas de la reina – Lord Dunsany


Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles.

Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles… ¡eso nunca se había oído!… no tenía parangón en los anales del romance.

Y entonces ella les dijo que, si tenían necesidad de una demanda, ofrecería su mano al primero que la hiciera llorar; y la demanda sería llamada, para referirse a ella en las historias o canciones, la Demanda de las Lágrimas de la Reina, y el que las consiguiera se casaría con ella, aunque sólo fuera un insignificante duque de algún país desconocido en los romances.

Y muchos de ellos estallaron en cólera, pues esperaban alguna demanda sangrienta. Mas el anciano chambelán de los lores dijo, mientras murmuraban entre ellos en un lejano rincón de la cámara, que la demanda aunque ardua era sensata, porque si ella podía llorar alguna vez, también podía amar. Ellos habían conocido toda su niñez: ella nunca había suspirado. Muchos hombres había visto ella, tanto pretendientes como cortesanos, mas jamás había vuelto la cabeza cuando alguno de ellos pasó cerca. Su belleza era como los apacibles ocasos de esas tardes amargas en que todo el mundo está congelado: producía asombro y escalofríos. Era como una montaña soleada que se alzara en solitario, embellecida por el hielo, como un desolado y solitario resplandor, avanzada la tarde, lejos del mundo confortable y sin apenas acompañamiento de estrellas: la perdición de los montañeros.

Si ella pudiera llorar, dijeron ellos, podría amar.

Y ella sonrió agradablemente a aquellos ardientes príncipes, y a aquellos trovadores que ocultaban nombres regios.

Luego, uno a uno, cada príncipe pretendiente contó la historia de su amor, con los brazos extendidos y puesto de rodillas. Y fueron tan tristes y lastimosos los relatos, que con frecuencia lloró en los balcones alguna doncella de palacio. Mas la reina asintió muy cortésmente con la cabeza como una indiferente magnolia cuya radiante floración fuera sacudida inútilmente en plena noche por todos los vientos.

Y cuando los príncipes contaron sus desesperados amores y se fueron sin otro botín que el de sus propias lágrimas, llegaron los desconocidos trovadores y relataron sus historias en forma de canción, ocultando sus graciosos nombres.

Y hubo uno, Ackronnion, cubierto de harapos en los que se había depositado el polvo de los caminos, bajo los cuales llevaba una armadura abollada por los golpes, que, cuando tocó el arpa y cantó, hizo llorar a las doncellas en todos los balcones, e incluso gimotear al anciano chambelán de los lores, quien más tarde rióse con los ojos arrasados en lágrimas y dijo: “Es fácil conseguir que los ancianos lloren, o arrancar frívolas lágrimas a las chicas perezosas; mas no logrará que la Reina de los Bosques prorrumpa en llantos”.

Y ella asintió cortésmente con la cabeza. Y ese hombre fue el último en intervenir. Y aquellos duques y príncipes, y trovadores disfrazados, se marcharon desolados. Sin embargo, Ackronnion meditó mientras se iba.

Él era rey de Afarmah, Lool y Haf, señor de Zeroora y la accidentada Chang, y duque de Molóng y Mlash, lugares todos ellos familiarizados con el romance o no ignorados en la gestación de los mitos. Meditó mientras se ponía su ligero disfraz.

Todos aquellos que no recuerden su niñez, por tener otras cosas que hacer, deben saber que debajo del País de las Hadas, que está, como todos saben, en los confines del mundo, mora la Bestia Alegre. Un sinónimo de la alegría.

Es sabido que la alondra en su apogeo, los niños jugando al aire libre, las brujas buenas y los ancianos padres joviales, todos han sido comparados -¡y cuán apropiadamente!- con la mismísima Bestia Alegre. Sólo tiene una “pega” (si se me permite utilizar momentáneamente el argot para explicarme con mayor claridad), sólo un inconveniente, y es que a causa de la alegría de su corazón echa a perder las coles del Anciano que Cuida el País de las Hadas… y, por supuesto, es devoradora de hombres.

Debe sobreentenderse además que quienquiera que logre obtener las lágrimas de la Bestia Alegre en un cuenco y se embriague con ellas, es capaz de hacer derramar lágrimas de alegría a cualquiera, con tal que la posesión le mantenga inspirado para cantar o componer música.

Inmediatamente Ackronnion reflexionó de esta guisa: si él pudiera obtener las lágrimas de la Bestia Alegre por medio de su arte, absteniéndose de la violencia gracias al hechizo de la música, y si algún amigo suyo matara a la Bestia antes de que dejara de llorar -pues el llanto debe tocar a su fin, incluso entre los hombres-, él podría marcharse sano y salvo con las lágrimas, y bebérselas delante de la Reina de los Bosques, arrancando a ésta lágrimas de alegría. Por consiguiente buscó a un humilde caballero a quien no le importaba la belleza de Sylvia, Reina de los Bosques, y que en una ocasión, un verano de hace mucho tiempo, había encontrado por sí mismo a una doncella selvática. El hombre se llamaba Arrath y era un caballero armado de la guardia de lanceros, súbdito de Ackronnion. Y juntos se pusieron en camino a través de parajes de fábula hasta llegar al País de las Hadas, un reino expuesto al sol (como todos saben) en muchas leguas a lo largo de los confines del mundo. Y por un extraño sendero contiguo llegaron a la tierra que buscaban, en medio de un viento procedente del espacio que soplaba con una especie de sabor metálico a estrellas errantes. Aun así llegaron a la casa de paja expuesta al viento, en donde mora el Anciano que Cuida el País de las Hadas, sentado junto a las ventanas del salón que mira más allá del mundo. Les dio la bienvenida en su salón orientado hacia las estrellas, contándoles cuentos del espacio, y, cuando ellos mencionaron su peligrosa demanda, dijo que sería caritativo matar a la Bestia Alegre; pues con toda evidencia él era de esos a los que no les gustaban los modales alegres de aquélla. Y luego les condujo afuera por la puerta de atrás, pues la de delante no tenía acera ni siquiera escalones -por ella vaciaba el anciano su agua sucia sobre la Cruz del Sur-, y de esa manera llegaron al huerto donde crecían sus coles y esas flores que sólo brotan en el País de las Hadas, volviendo siempre sus rostros hacia el cometa; y él les señaló el camino hacia un lugar que llamó el Fondo, donde la Bestia Alegre tenía su guarida. Entonces se pusieron todos manos a la obra. Ackronnion tenía que ir por las escaleras con su arpa y un cuenco de ágata, mientras Arrath daría un rodeo por el otro lado. Luego, el Anciano que Cuida del País de las Hadas regresó a su casa expuesta al viento, murmurando airadamente según pasaba junto a sus coles, pues no le gustaban los modales de la Bestia Alegre y los dos amigos partieron por caminos separados.

Nadie les descubrió salvo aquel ominoso cuervo, ya saciado de carne humana por demasiado tiempo.

Soplaba un viento frío procedente de las estrellas.

Al principio la escalada fue peligrosa; luego, Ackronnion llegó a los amplios y lisos peldaños que partían del borde de la guarida, y en aquel momento oyó en lo alto de las escaleras las continuas risitas de la Bestia Alegre.

Temió entonces que la alegría de la Bestia fuera insuperable, que no pudiera entristecerla ni la más doliente canción. No obstante, no se volvió atrás, sino que ascendió las escaleras silenciosamente y, depositando el cuenco de ágata en un peldaño, empezó a cantar una canción titulada Dolorosa. Ésta mencionaba desolados y lamentables sucesos que acontecieron hace mucho en los albores del mundo. Contaba cómo los dioses, las bestias y los hombres hace mucho tiempo habían sido muy aficionados a las bellas compañías, aunque infructuosamente. Mencionaba una dorada multitud de alegres esperanzas, mas no su realización. Contaba cómo el Amor menospreciaba a la Muerte, mas también hablaba de las risas de ésta. De pronto cesaron las risas contenidas de la Bestia Alegre dentro de su guarida. Ésta se levantó y tembló. Estaba bastante triste. Ackronnion siguió cantando la canción titulada Dolorosa. La Bestia Alegre se acercó a él lúgubremente. A causa de su pánico, Ackronnion no se detuvo, sino que siguió cantando. Cantó sobre la malignidad del tiempo. Dos lágrimas brotaron de los ojos de la Bestia Alegre. Ackronnion movió el cuenco con el pie hasta colocarlo convenientemente. Cantó sobre el otoño y sobre el paso del tiempo. Entonces la Bestia lloró, como lloran las heladas colinas durante el deshielo, y las lágrimas cayeron a raudales en el cuenco de ágata. Ackronnion siguió cantando desesperadamente; mencionaba las cosas agradables que pasan desapercibidas a los hombres, la luz del sol que apenas se advierte en los rostros ahora marchitos. El cuenco estaba lleno. Ackronnion se desesperó: la Bestia estaba tan cerca. Por un momento pensó que su boca estaba llorosa…, mas lo único que ocurría era que las lágrimas de la Bestia corrían por sus labios. ¡Se sentía como si fuera a ser devorado! ¡La Bestia estaba dejando de llorar! Cantó sobre mundos que han defraudado a los dioses. Y de pronto se oyó un estallido y la fiel lanza de Arrath dio en el blanco por detrás del hombro, y las lágrimas y los jubilosos modales de la Bestia Alegre se terminaron para siempre.

Y se llevaron con cuidado el cuenco de las lágrimas, dejando el cuerpo de la Bestia Alegre como una alternativa de alimentación para el ominoso cuervo; y, al pasar cerca de la casa de paja expuesta a los vientos, se despidieron del Anciano que Cuida el País de las Hadas, el cual, al escuchar la hazaña, se frotó sus grandes manos y masculló una y otra vez: “Y además algo estupendo: ¡mis coles!, ¡mis coles!”.

Y poco después, Ackronnion volvió a cantar en el palacio selvático de la Reina de los Bosques, no sin antes haberse bebido las lágrimas de su cuenco de ágata. Y fue una noche de fiesta, y toda la corte se congregó allí, y los embajadores del país del mito y la leyenda, e incluso algunos procedentes de Terra Cognita.

Y Ackronnion cantó como nunca lo había hecho antes y ya no volverá a hacerlo. ¡Oh, cuán espinosas son las sendas de los humanos, cuán crueles sus contados días y su aflicción final, cuán vano su empeño! Y de la mujer… ¿qué diremos?… su perdición ha sido escrita junto a la del hombre por dioses apáticos, negligentes, con sus rostros vueltos a otras esferas.

Comenzó más o menos así y luego la inspiración le embargó. No me es posible poner por escrito la conflictiva belleza de su canción: había en ella mucha alegría, mezclada con dolor; era como las vidas de los humanos; como nuestro destino.

La canción provocó sollozos, los suspiros volvían en forma de ecos: los senescales y los soldados sollozaban y las doncellas gritaban; las lágrimas caían como lluvia de balcón en balcón.

Alrededor de la Reina de los Bosques había un frenesí de sollozos y pesares.

Mas no, ella no lloró.

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