Un cantante muerto – Michael Moorcock


Michael+Moorcock

 

—No es la velocidad, Jimi—dijo Shakey Mo—, es la H lo que debe preocuparte.

A Jimi le gustó la ocurrencia.

—Bueno—comentó Jimi—, eso nunca me fue muy bien.

—No te perjudicó, al fin y al cabo—rió Shakey Mo. Apenas podía controlar el volante.

La Mercedes, una gran camioneta, tomó otra curva muy mal iluminada. La lluvia caía con fuerza contra el parabrisas. Mo encendió las luces. Tanteó con su mano izquierda en la caja que había en el suelo junto a él, buscó un cartucho y lo introdujo en el estéreo. Los sintetizadores del último álbum de Hawkwind, fuertes, impetuosos en su ritmo, fantásticos, hicieron que Mo se sintiera mucho mejor.

—Esta es la fuente de la energía—dijo Mo.

Jimi se recostó. Asintió, relajado. La música llenó el vehículo.

Shakey Mo siguió contemplando las alucinaciones de la velocidad sobre la carretera. Ejércitos que atravesaban su camino; nazis bloqueando la carretera; niños en fuga alcanzados por las explosiones; grandes incendios que empezaban de repente; profanadores que aparecían y desaparecían. Le costó mucho controlarse y seguir conduciendo entre todo aquello. Las imágenes eran familiares y no le alucinaban. Estaba contento conduciendo para Jimi. Desde su regreso (o resurrección, como prefería llamarlo Mo).Jimi no había tocado la guitarra ni cantado una sola nota, prefiriendo escuchar la música de otra gente. Estaba tomándose un largo descanso para recuperarse de lo que le había sucedido en Ladbroke Grove. El color de su tez había vuelto a brotar hacía muy poco, y seguía vistiendo la camisa de seda blanca y los tejanos, igual que cuando Shakey Mo le vio por primera vez, encontrándole casualmente en el hidroavión de las Imperial Airways que se dirigía al desembarcadero de Derwent Water. ¡Vaya verano aquel!, pensó Mo. Formidable.

El cartucho empezó a girar por segunda vez. Mo tocó el botón para cambiar la pista, luego lo pensó mejor. Apagó el estéreo.

—Muy bueno—Jimi volvía a estar pensativo. Estaba casi dormido cuando se tendió en la banqueta, con los ojos medio cerrados fijos en la oscura carretera.

—Todo mejorará pronto—dijo Mo—. No puede durar, ¿verdad? Quiero decir que todo está muerto. En realidad, ¿qué hemos tenido aparte de Hawkwind? Y Bowie, tal vez. ¿De dónde vendrá la vitalidad, Jimi?

—Lo que me preocupa es dónde está esa vitalidad, ¿sabes?

—Supongo que tienes razón. —Mo no lo entendía. Pero Jimi debía estar en lo cierto.

Jimi siempre había sabido lo que se hacía, hasta cuando murió. Eric Burdon había estado en la TV para decir: “Jimi sabía que era el momento de irse”. Así ocurría con las grabaciones y las actuaciones. Algunas no habían parecido tan logradas y otras hasta fueron un poco alocadas. Difíciles de digerir. Pero Jimi siempre había sabido lo que se hacía. Había que confiar en él.

Mo sintió el peso de su responsabilidad. Era un buen conductor, pero los había mucho mejores que él. Mucha gente a la que se podía confiar un gran secreto. Jimi no lo había dicho, pero era evidente que no creía que el mundo estuviera ya preparado para su regreso. ¿Pero por qué Jimi no había elegido uno de los verdaderos ases del volante? Todo tenía que estar dispuesto para el gran concierto. ¿Quizá el Shea Stadium? ¿El Albert Hall? ¿O el Olympia de París? O cualquier escenario clásico. ¿O un festival? Un festival especial para celebrar la resurrección. Woodstock o Glastonbury. Tal vez algo nuevo del todo, algún nuevo lugar sagrado. ¿La India…? Jimi lo diría en el momento oportuno. Mo había dejado de hacer preguntas en seguida, poco después de que Jimi le llamara y le dijera dónde podía recogerle. Con su acostumbrado tacto, Jimi había dejado de lado las preguntas. Con amabilidad, pero quedó claro que no había deseado responder.

Y Mo lo aceptó.

Lo único realmente penoso que Jimi había pedido era que Mo dejara de poner sus viejos discos, y entre ellos “¡Hey, Joe!”, el primer single. Antes de eso, ni un solo día había dejado Mo de poner algo de Jimi. En su piso de Lancaster Road, en la camioneta cuando había conducido para Light y, después, para The Deep Fix, hasta cuando fue a la Casa, durante su breve conversión a la cienciología, tuvo tiempo para conectar el auricular en su cassette durante una hora. Aunque la presencia física de Jimi era una gran compensación y aliviaba lo peor de los síntomas de abatimiento, seguía siendo difícil. Drogas, velocidad, alcohol… no había nada que pudiera vencer su ansia por la música y, en consecuencia, sus temblores empeoraban un poco cada día. A veces, Mo pensaba que estaba pagando de alguna forma la confianza que Jimi había puesto en él. Era un buen karma, así que no le preocupaba. Además, ya estaba acostumbrado a los temblores. Uno se podía acostumbrar a todo. Miró sus brazos, fuertes y tatuados, extendidos ante él, y las manos agarradas al volante. La serpiente del mundo volvía a retorcerse. Negra, roja y verde, se enroscaba lentamente en su piel, rodeaba su muñeca y avanzaba hacia el codo. Volvió a fijar los ojos en la carretera.

Jimi se había quedado profundamente dormido. Estaba tumbado en el asiento, detrás de Mo, con la cabeza apoyada en la vacía funda de la guitarra. Respiraba pesadamente, como si algo oprimiera su pecho.

El cielo exhibía su rosada amplitud. A lo lejos había un grupo de colinas azuladas. Mo estaba cansado. Sintió el hormigueo de la vieja paranoia. Tomó un porro nuevo del estante y lo encendió. Necesitaba dormir un par de horas.

Sin despertar a Jimi, Mo condujo el vehículo hacia la cuneta, cerca de un río, ancho y poco profundo, repleto de piedras calizas blancas y planas. Abrió la puerta y caminó despacio por la hierba. No sabía dónde estaban, quizá en Yorkshire. Todo eran colinas alrededor. Era una templada mañana de otoño, pero Mo sintió frío. Bajó hasta la orilla del río, se arrodilló, metió las dos manos en el agua cristalina y bebió. Se tendió con el harapiento sombrero de paja sobre la cara. Las perspectivas eran oscuras en aquel momento. Tal vez por ello le costaba tanto a Jimi adaptarse.

Mo se sintió mucho mejor al despertar. Debía ser mediodía. El sol le calentaba la piel. Aspiró profundamente aquel aire puro y apartó el sombrero de su cara. La Mercedes, con sus adornos cromados, seguía estando en la hierba, cerca de la carretera. Mo notó la sequedad de su boca. Volvió a beber agua y se puso en pie, sacudiendo las plateadas gotas de sus morenos dedos. Caminó lentamente hacia la camioneta, abrió la puerta y miró por encima del asiento del conductor. Jimi no estaba allí, pero oyó ruidos en la parte trasera del vehículo. Mo saltó sobre los dos asientos y abrió la puerta intermedia. Jimi estaba sentado en una de las camas. Había levantado la mesa y dibujaba en un gran cuaderno rojo. Su sonrisa era distante cuando entró Mo.

—¿Buen sueño?—preguntó.

—Sí, lo necesitaba—afirmó Mo.

—Claro—dijo Jimi—. Quizá debería conducir un rato.

—No hay problema. A menos que quieras ir más deprisa.

—No.

—Haré algo para desayunar. ¿Tienes hambre?

Jimi negó con la cabeza. Durante todo el verano, desde que abandonó el hidroavión y se unió a Mo, Jimi parecía no haber comido nada. Mo se preparó unas salchichas con judías en el pequeño hornillo, abriendo la puerta trasera para que el olor saliera de la camioneta.

—A lo mejor voy a bañarme —dijo colocando el plato en la mesa y sentándose lo más lejos posible de Jimi, para no molestarle.

—Vale—dijo Jimi, absorto en lo que dibujaba.

—¿Qué estás haciendo? Parece una tira de comics. Me gustan mucho los comics.

Jimi se alzó de hombros.

—Sólo garabatos, chico, ya sabes.

—Compraré algunos cuando volvamos a pararnos —dijo Mo, que ya había terminado el desayuno—. Algunos de los nuevos son los nuevos dioses. ¿Los has visto?

—No—repuso Jimi, con una sonrisa irónica.

—Realmente audaces. Guerras cósmicas, viajes en el tiempo. El material normal pero distinto, ¿sabes? Mejor. Más espectacular. Sensacional, chico. Oh, has de verlo. Compraré algunos.

—Espectaculares—dijo Jimi pensativo. No había estado escuchando.

Cerró el cuaderno y se recostó en los almohadones de plástico, recogiendo los brazos sobre su camisa blanca. De repente pareció pensar que a lo mejor había herido los sentimientos de Mo.

—Si—dijo—, yo también leía muchos comics. ¿Conoces los japoneses? Unas revistas muy gruesas. Oh, chico… son realmente espectaculares. Tipos ardiendo, violaciones. Todo eso.—Rió, agitando la cabeza—. ¡Oh, muchacho!

—¿Si?—dijo Mo, riendo dubitativo.

—¡Bien!—Jimi se asomó a la puerta, con una mano apoyada en cada lado de ella, y miró el paisaje—. ¿Dónde estamos, Mo? Se parece a Pennsylvania. El valle de Delaware. ¿Lo conoces?

—No estuve nunca en Estados Unidos.

—¿Entonces?

—Estamos en alguna parte de Yorkshire, creo. Quizá al norte de Leeds. Aquello, hacia alli, podría ser el Lake District.

—¿De ahí vine yo?

—Derwent Water.

—Bien, bien —Jimi contuvo la risa.

Aquel día Jimi estaba más animado. Tal vez le estaba costando mucho tiempo recuperar las energias que había necesitado para decidirse finalmente a revelarse ante el mundo. No se habían dirigido hacia un punto concreto. Jimi había dejado que Mo eligiera. Habían pasado por Gales, las montañas, el sudoeste, la mayoría de los condados próximos a Londres, por todas partes menos por Londres. Jimi se había mostrado receloso respecto a ir a Londres. El porqué era obvio. Malos recuerdos. Mo había estado en la ciudad varias veces, dejando la Mercedes y a Jimi dentro en un aparcamiento suburbano, paseando y errando por Londres para obtener sus anfetaminas. Compró algo de cocaína cuando pudo. Le gustaba respirar coca de vez en cuando. En Finch’s, en la esquina de Portobello Road, quiso explicar a sus mejores amigos lo de Jimi, pero Jimi le dijo que se callara, y cuando la gente le preguntó lo que estaba haciendo, qué era de su vida, tuvo que responder vagamente. El dinero no era problema. Jimi no tenía nada, pero Mo había conseguido mucho vendiendo el Dodge convertible blanco. Los Deep Fix le habían dado el coche cuando dejaron de hacer viajes por carretera. Además, tenía mucha droga en la camioneta. Suficiente para dos personas durante varios meses, aunque a Jimi no parecía gustarle demasiado.

Jimi volvió a la penumbra de la camioneta.

—¿Qué te parece si volvemos a la carretera?—preguntó.

Mo cogió el plato y los cubiertos, caminó hasta el río, lo lavó todo y lo guardó en el armario. Se sentó frente al volante y metió las llaves. El motor Wankel rugió. La Mercedes se alejó suavemente, hacia el norte, aplastando la hierba mientras volvía a la

carretera. La carretera era angosta, apropiada tan sólo para un vehículo, pero no vieron otros coches, ni por delante ni por detrás hasta que la abandonaron y se metieron en la A65, hacia Kendal

—¿Qué te parece el Lake District?—preguntó Mo.

—Vale. Soy el insensato guerrero de la gaviota, chico.—Sonrió—. ¿Podemos ir hacia el mar?

—No está lejos de aquí.—Mo señaló hacia el oeste—. ¿La Bahía de Morecambe?

La parte alta de los riscos estaba recubierta de musgo, tan uniforme como un canalizo. El mar suspiraba bajo ellos. Jimi y Mo estaban de buen humor, correteando por allí igual que niños.

A lo lejos, en la curva de la bahía, se vislumbraban los torreones, ferias y pequeñas pasajes de Morecambe. Pero allí todo estaba desierto y silencioso. De vez en cuando se oía chillar a una gaviota.

Mo reía. Luego empezó a gritar nerviosamente cuando vio que Jimi bailaba en el mismo borde del risco.

—¡Ten cuidado, Jimi!

—Tonterías. No pueden matarme.

Una sonrisa amplia, eufórica, llenaba su rostro. Su aspecto era realmente saludable.

—¡No pueden acabar con Jimi, chico!—repitió.

Mo recordó las actuaciones de Jimi. Un dominio total. Moviéndose entre flashes de luz, con la gran guitarra sobresaliendo de su cuerpo, apuntando a todos y a cada uno del público, haciéndoles sentir que estaban en contacto personal con Jimi.

—¡Claro!—Mo empezó a reír como un loco.

Jimi revoloteó al borde del risco, agitando sin cesar sus brazos.

—¡Soy el que los hace bailar! ¡Oh, muchacho! ¡No pueden hacerme nada!

—¡Claro!

En medio de movimientos sincopados, Jimi se dejó caer en el musgo, cerca de Mo. Jadeaba. Enseñaba los dientes.

—Ha vuelto, Mo. Fresco, nuevo.

Mo asintió, sin dejar de reír.

—Lo sé, chico. Está aquí.

Mo alzó la vista. Había gaviotas por todas partes. Chillaban. Daban la impresión de ser gente contemplando el espectáculo. Mo las odiaba. Había tantas…

—No dejes que sus jodidas plumas se te claven en el cuello —dijo Mo de repente.

Su rostro era sombrío. Se puso en pie y volvió a la camioneta.

—Mo, ¿qué te ocurre, muchacho?

Jimi se mostraba tan interesado como siempre, pero eso aún fue peor para Mo. La bondad había matado a Jimi la primera vez. Siempre había sido atento con todo el mundo. No pudo evitarlo. Gente con muchos problemas recurrió a él. Y agotaron a Jimi.

—Volverán a atraparte, Jimi. Sé que lo harán. Siempre. No puedes hacer nada. No importa la energía que tengas, ¿sabes? Te la chuparán toda y aún pedirán más. Quieren tu sangre, tío. Quieren tu semen, tus huesos y tu carne, tío. Te cogerán. Y volverán a devorarte.

—No. Yo… No, esta vez, no.

—Claro que sí.—Mo se rió burlonamente.

—Oye, ¿es que quieres desmoralizarme?

—No. Pero… —Mo empezó a crisparse.

—Tú no te preocupes, chico. ¿Okay? —La voz de Jimi era dulce y confiada.

—No sé cómo explicarlo, Jimi. Es como una premonición, ¿comprendes?

—Las explicaciones nunca han hecho nada de bueno por nadie. —Jimi reía. Era aquella risa tan suya, profunda—. Estás loco, Mo. Vamos volvamos a la camioneta ¿A dónde quieres ir?

Pero Mo no pudo contestar. Se sentó al volante y miró fijamente a través del parabrisas. Miró el mar y las gaviotas. Jimi tomó una actitud conciliadora.

—Mira, Mo—dijo—, tendré cuidado, ¿vale? Mucho cuidado. ¿O es que piensas que no voy a necesitarte?

Mo no entendía su repentino abatimiento.

—Mo, estarás conmigo, vaya a donde vaya—dijo Jimi.

IV

En las afueras de Carlisle vieron a un joven haciendo autostop. Parecía muy cansado. Estaba apoyado en una señal de tráfico. Aún tuvo fuerzas para levantar la mano otra vez. Mo creyó que debían recogerlo.

—Si tú quieres…—dijo Jimi, y se fue a la parte trasera de la camioneta, cerrando la puerta mientras Mo frenaba.

—¿A dónde vas?—preguntó Mo al autostopista.

—¿Qué me dirías de Fort William, eh?

—Sube.

El chico se llamaba Chris.

—¿Vas con un conjunto?—preguntó.

Echó un vistazo a la cabina. Las viejas etiquetas y el estéreo, los tatuajes de Mo, su cara pálida, su camisa Cawthorn, su chaqueta deshilachada, sus raídos tejanos con remiendos descoloridos, sus botas de cuero, que Mo había comprado hacía un año en el Emperor of Wyoming en Notting Hill Gate…

—Solía conducir para The Deep Fix—dijo Mo.

Los ojos de Chris estaban hundidos y las cuencas de sus ojos rojizas. El pelo negro, espeso y largo, le caía por encima de una cara pálida. Vestía una camisa de algodón Wrangler, rota, una chaqueta blanca Levi, sucia, y sus tejanos mostraban agujeros en ambas rodillas. Llevaba unos mocasines. Estaba nervioso e inquieto.

—Es un conjunto muy bueno. Con mucha fuerza.

—Exacto—dijo Mo.

—¿Qué hay detrás?—Chris se volvió para ver la puerta—. ¿Equipo?

—Algo así.

—Llevo tres días y tres noches haciendo autostop—dijo Chris. Llevaba sobre el hombro un paquete color caqui, manchado de aceite y descolorido por la lluvia—. ¿Te importa si echo una cabezada?

—No.

Una estación de servicio. Mo decidió parar y poner gasolina a la Mercedes. Chris ya estaba dormido cuando bajó del coche.

Mientras esperaba para volver a introducirse en el tráfico Mo se llenó la boca de pastillas. Algunas resbalaron de su mano y cayeron al suelo. No se preocupó en recogerlas. No tenía ánimos.

Chris despertó cuando recorrían Glasgow.

—¿Glasgow?—preguntó.

Mo asintió. No podía dominar su desasosiego. Delante suyo, los coches se movían con una exasperante lentitud. Los miró irritado. Todos los escaparates de las tiendas tenían una gran reja metálica delante. Los pubs parecían bunkers. Estaba fastidiado pero no sabía el porqué.

—¿A dónde te diriges?—preguntó Chris.

—A Fort William.

—Estupendo. ¿Sabes dónde puedo obtener algo de hierba en Fort William?

Mo extendió una mano y empujó un paquete de tabaco hacia Chris.

—Puedes quedarte con eso—dijo.

Chris tomó el paquete y lo abrió.

—¡Fabuloso! ¿De veras? ¿Puedo quedarme el paquete?

—Claro.

Mo odiaba a Chris. Odiaba a todo el mundo. Sabía que se le pasaría aquel mal humor.

—¡Oh fantástico! Gracias, tío.—Chris se metió el paquete en el bolsillo—. Fumaré uno cuando salgamos de la ciudad, ¿okay?

—Okay.

—¿Para quién trabajas ahora? ¡Otro conjunto?

—No.

—¿De vacaciones?

El chico estaba hablando demasiado. Mo se preguntó si habría recogido a un chalado. Aunque a lo mejor el problema era que había dormido muy poco.

—Algo así—contestó.

—Yo también. Bueno, eso fue al principio. Soy universitario. De Exeter. Mejor dicho, lo era. Decidí largarme. No pienso volver a ese montón de mierda. Ya estuve bastante tiempo. Pienso ir a las Hébridas. Conozco a alguien que vive en una comuna, en una de las islas. Tienen ovejas, cabras, una vaca. Nadie los molesta, ¿entiendes? Realmente libres. Me parece fabuloso.

Mo asintió.

Chris echó hacia atrás su pelo negro, grasiento.

—Quiero compararlo con un lugar como éste, por ejemplo. ¿Cómo hace la gente para aguantarlo? Es un jodido infierno.

Mo no respondió. Cambió la marcha cuando se encendió la luz verde y prosiguió adelante.

—¡Qué sorpresa!—dijo Chris. Había visto la caja de cartuchos en el suelo—. ¿Puedo poner música?

—Adelante.

Chris eligió un viejo disco, “Who’s Next”. Lo introdujo en la ranura de forma incorrecta. Mo se lo quitó con una mano y lo puso bien. Al oír la música se sintió mejor.

Mo dejó que el cartucho sonara una y otra vez. Estaban saliendo de Glasgow. Chris preparó dos cigarrillos y Mo fumó un poco, ya al borde de perder el control. A las cuatro de la tarde se sinti6 mejor y apag6 el estéreo. Avanzaban junto al lago Lomond. El helechal adquirió un tono castaño y relucía como la hierba en contacto con el sol. Chris había vuelto a dormirse, pero se despertó al cesar la música.

—Fabuloso—coment6 mirando el paisaje—. Jodidamente fabuloso.—Baj6 la ventanilla—. Es la primera vez que estoy en Escocia.

—¿Si?—dijo Mo.

—¿Cuánto tardaremos hasta Fort William?

—Ya queda poco. ¿Por qué vas a Fort William?

—Conozco a una chica que es de allí. Su padre es farmacéutico o algo así.

—A ver si adivinas a quién llevo ahí atrás—dijo Mo con toda tranquilidad.

—¿Una chica?

—No.

—¿A quién?

—Jimi Hendrix.

Chris se quedó con la boca abierta. Miró a Mo y soltó un silbido, deseando colaborar en la broma.

—¿De veras? ¿Nada menos que Hendrix? ¿Qué es esto, un frigorífico?—Aquella fantasía le había excitado—. ¿Crees que tocará algo para nosotros si le descongelamos?—Agitó la cabeza, sonriendo burlonamente.

—Está sentado ahí atrás. Vivo. Conduzco para él.

—¿De veras?

—Sí.

—Fantástico.

Chris casi estaba convencido. Pero Mo sabia que el chico se estaría preguntando en aquel momento si le estaban tomando el pelo. Chris contempló la puerta y no dijo nada durante un rato.

—Hendrix fue el mejor, ya sabes—dijo media hora más tarde—. Era el rey, tío. No sólo por la música, sino también por el estilo. Cuando me enteré de que había muerto no lo creía. Y aún sigo sin creerlo, ¿sabes?

—Claro—dijo Mo—. Pues bien, ha vuelto.

—¿Si?—Chris volvi6 a reír, confundido—. ¿Está ahí dentro? ¿Puedo verle?

—Todavía no está preparado.

—Comprendo.

Ya era de noche cuando llegaron a Fort William. Chris se tambaleó al bajar de la camioneta.

—Gracias. Esto está muy bien, ¿sabes? ¿Dónde pasarás la noche?

—Sigo conduciendo—dijo Mo—. Hasta otra.

—Sí. Hasta otra.

Chris se marchó. El aspecto de su cara seguía siendo de desconcierto. Mo sonrió para sus adentros cuando prosiguió su camino, hacia Oban. Ya en movimiento, se abrió la puerta y Jimi saltó por encima de los asientos para sentarse junto a Mo.

—¿Le has hablado de mí?—preguntó.

—No me creyó.

Jimi se alzó de hombros. Volvía a llover.

Ambos estaban tendidos entre los húmedos brezos, mirando el cielo. No se divisaba a nadie en muchos kilómetros. No había carreteras, pueblos o casas. Todo estaba en silencio, desierto, a no ser por un halcón. El ave se dejaba llevar por la corriente, a tanta altura que casi no podían verlo.

—Lo hace bien, ¿eh?—dijo Mo—. Es fantástico.

—Muy elegante—opinó Jimi, con una suave sonrisa.

Mo sacó una barra de dulce de chocolate de su bolsillo y la ofreció a Jimi, que negó con la cabeza. Mo empezó a comer la barra de chocolate.

—¿Qué piensas que soy, muchacho?—preguntó Jimi.

—¿Qué quieres decir?

—¿Diablo o ángel? Ya sabes…

—Eres Jimi. Eso me basta, chico. Un fantasma. Puede que sólo sea un fantasma.

—No.—Mo empezó a temblar.

—¿O un asesino?—Jimi se irguió y adoptó una pose—. El asesino sónico. O el Mesías, quizá. —Rió—. ¿Quieres escuchar mis parábolas?

—No se trata de eso.—Mo torció el gesto—. Palabras. La cuestión es que tienes que estar allí, Jimi. En el escenario. Con tu guitarra. Estas por encima de todo eso, de lo sobrenatural. Cualquier cosa que hagas… está bien hecha, ya lo sabes.

—Si tú lo dices, Mo.

Jimi parecía deprimido. Se agachó entre los brezos y se sentó con las piernas cruzadas, alisando sus tejanos blancos, limpiando de barro sus botas de charol negro.

—Después de todo, ¿no ha sido una mierda Easy Rider?

—¿No te gustó Easy Rider?—Mo estaba sorprendido.

—Lo mejor desde Lassie Come Home. —Jimi se alzó de hombros—. Todo lo que demostró es que Hollywood, pese a todo, podía cambiarlos, ¿sabes? Un par de éxitos engañosos y se hicieron millonarios. Un desastre, muchacho. Y aquellos tipos cayeron por eso. ¿Qué tengo que pensar de esto?

—Tú nunca has destrozado a nadie, Jimi.

—¿Sí? ¿Cómo lo sabes?

—Bueno, nunca lo hiciste.

—Toda esa mierda de vitalidad arrastrándose por cualquier sitio… Las cosas van mal.—Jimi había cambiado de tema. Mo no podía entender el cambio—. Todo el mundo interpreta la basura de The Byrds. Simon y Garfunkel. ¡Jesús! ¿Valió la pena hacerlo?

—Todo son oleadas. No puedes estar arriba todo el tiempo.

—Claro—se burló Jimi—. Este para todos los soldados que luchan en Chicago. Y Milwaukee. Y Nueva York. Y Vietnam. Abajo con la guerra y la polución. ¿Qué significó todo eso…?

—Bueno… —Mo tragó los restos de la barra de chocolate—. Mira, eso es importante. Me refiero a toda la gente que matan. Mientras nosotros nos hacemos millonarios. Y ofrecemos un montón de basura sentimental. Ahí es donde nos equivocamos. O estás en el negocio de la conciencia social o en el del espectáculo. Es una chorrada pensar que las dos cosas pueden combinarse.

—Oye, no. O sea, puedes decir cosas que la gente escuchará con gusto.

—Dices lo que el público quiere. Frank Sinatra canta a su público la basura que ellos quieres escuchar. Jimi Hendrix ofrece a su audiencia lo que ellos esperan. ¿Es eso lo que deseo para volver?

Pero Mo había perdido ya el hilo de sus palabras. Mo estaba mirando cómo los tatuajes serpeaban en sus brazos.

—Necesitas una música distinta para cada gusto—dijo en tono distante—. The Byrds están bien para hacer un “viaje”. Y Hendrix te eleva. Es algo así. Vaivenes, ¿comprendes?

—De acuerdo. Tienes razón. Pero lo estúpido es lo otro. ¿Por qué quieren siempre que digas algo? Si sólo eres un músico se supone que no has de ser otra cosa. Das un recital, grabas un disco… todo lo demás sobra. Que quieres ganar dinero o hacer un concierto gratis… pues vale. Pero tus opiniones deberían ser privadas. Quieren convertirnos en políticos.

—Hazme caso—dijo Mo, concentrado en sus brazos—. Nadie te exige eso. Haz lo que desees hacer.

—Nadie lo exige, pero siempre tienes la sensación de que te lo piden.—Jimi volvió a echarse hacia atrás, rascándose la cabeza—. Y luego culpas a la gente por obligarte a hacer eso.

—Poca gente piensa que deba algo a alguien—comentó Mo con suavidad, mientras un temblor recorría su piel.

—Quizá sea eso. Quizá sea eso lo que te mata. Jesucristo. ¿Sabes una cosa, muchacho? Psicológicamente eso significa que debes estar en un infierno de confusión. Jesucristo. Eso es suicidio, muchacho. Rastrero.

—Ellos te mataron.

—No, muchacho. Fue suicidio.

Mo observó cómo se arrastraba la serpiente del mundo. ¿Podía ser un impostor este Hendrix?

—Entonces, ¿qué piensas hacer?—preguntó Mo.

Se dirigían hacia Skye. La Mercedes estaba agotando la gasolina.

—Ha sido una imbecilidad volver —dijo Jimi—. Pensé que estaba obligado, en cierta forma.

—Es posible que lo estés.

—Y es posible que no.

—Claro.

Mo divisó una gasolinera. El depósito estaba casi vacío y la luz roja se encendía intermitentemente en el tablero. Siempre sucedía igual, y casi nunca había tenido problemas. Se miró en el espejo y vio unos ojos perversos, los suyos, observándole fijamente. Por un momento pensó en mover un poco el espejo para comprobar si el reflejo de Jimi estaba también allí. Pero rechazó el pensamiento. Más alucinaciones. Debía superarlas.

Mo fue al lavabo mientras el encargado llenaba el depósito. Entre los graffiti de la pared, vulgares la mayoría, hubo uno que le llamó la atención: “Hawkwind es fabuloso”. Quizá Jimi tenía razón. Quizá había pasado su momento y debía haberse quedado muerto. Mo se sintió angustiado. Hendrix había sido su único héroe. Se abrochó la bragueta y el esfuerzo agotó sus últimas fuerzas. Se tambaleó junto a la puerta. Cayó sobre aquel suelo asqueroso. Su boca estaba reseca, el corazón latía muy deprisa… Intentó recordar cuántas pastillas había tomado recientemente. ¿Había llegado al límite?

Se apoyó en la manivela de la puerta y se levantó penosamente. Se agachó en el lavabo y se metió un dedo en la boca. Todo daba vueltas. El lavabo estaba vivo. Una boca hambrienta intentando devorarle. Las paredes se alzaban y movían hacia él. Escuchó un sonido de silbido. No salía nada. Abandonó la idea de vomitar, se giró, y se concentró en no caer otra vez. Algunos hombrecillos blancos se pegaron a él intentando sostenerle. Se los quitó de encima, abrió la puerta de un golpe y salió. El encargado ya estaba poniendo la tapa del depósito. Se secó las gruesas manos en un trozo de trapo y volvió a guardarlo en los zahones, musitando algo. Sacó dinero del bolsillo y se lo dio al encargado.

—¿Estás bien, chaval?—preguntó una voz.

La mirada del hombre mostraba una preocupación sincera.

Mo murmuró algo y subió a la cabina.

El hombre reaccionó cuando Mo puso en marcha el motor, mostrando monedas y billetes.

—¿Qué pasa? —dijo Mo.

Intentó bajar la ventanilla. La cara del hombre tomó un aspecto de malicia, Mo vio al demonio. Pero ya estaba acostumbrado.

—¿Que hay?

—Tu amigo ya me ha pagado—le pareció oír a Mo.

—Sí, es cierto—intervino Jimi.

—Quédeselo —dijo Mo.

Tenía prisa por conducir. En cuanto estuviera en la carretera podría controlarse mejor. Sacó un cartucho al azar y lo introdujo en la ranura. Sonó un disco de los Stones, ya empezado. Oír a Jagger cantando Let it Bleed era un sedante para Mo. Las serpientes dejaron de subir y bajar por sus brazos y la carretera le pareció segura y menos confusa. Nunca le habían gustado demasiado los Stones. Una pandilla de masturbadores, realmente, aunque había que admitir que Jagger poseía un estilo personal que nadie podía imitar. Pero tan masturbadores como los demás saltarines de moda, como Morrison y Alice Cooper, como Bolan en otro estilo… ¿No perdía el tiempo pensando sólo en conjuntos? Pero en qué otra cosa iba a pensar? ¿De qué otra forma había que tomarse la vida? Lo místico no significaba mucho para él. La cienciología era un montón de mierda. Al menos, él no pudo descubrir nada en ella. Los tipos que manejaban todo aquello parecían más desesperados que los que se suponía necesitaban de su ayuda. Y era igual con otras muchas cosas. La mayoría de la gente que decía querer ayudarte sacaba algo de ti en cierta forma. Hasta el momento había conocido a una multitud de alucinados. Sufistas, Hare Krishnas, monstruos de Jesús, meditadores, procesores, iluminadores divinos… Todos podían hablar mejor que él, pero le dieron la impresión de que necesitaban mucho y podían ofrecer muy poco. En pleno viaje se podía penetrar en la gente. El ácido le había servido mucho en ese sentido. Había podido reconocer con tanta facilidad a los vendedores de droga en esos momentos… Y por eso Jimi no podía ser una falsificación. Jimi era Jimi. Algo jodido ahora, pero era Jimi.

La carretera era uniforme, blanca. De pronto, se convirtió en un pedregal. Mo no sabía si el pedregal era real o no. Siguió conduciendo, cambió de idea y frenó bruscamente. Detrás suyo, un coche rojo evitó la camioneta y el conductor insultó a Mo al pasar a su lado. El pedregal desapareció. Mo temblaba de la cabeza a los pies. Sacó la grabación de los Stones y la cambió por “American Beauty” de Grateful Dead.

—¿Te encuentras bien?—preguntó Hendrix.

—Sí. Sólo un poco débil.—Mo volvió a poner en marcha la Mercedes.

—¿Prefieres parar y dormir un rato?

—Ya veremos cómo estoy dentro de un rato.

El sol se estaba poniendo cuando Jimi comentó:

—Parece que vayamos hacia el sur.

—Sí—dijo Mo—. Debo volver a Londres.

—¿Vas a por droga?

—Sí.

—A lo mejor voy contigo esta vez.

—¿Sí?

—O a lo mejor no.

 

Mo se detuvo en la gasolinera más próxima antes de llegar a Landbroke Grove. Por entonces se encontraba completamente consumido. Las imágenes se formaron ahora dentro de su mente. Imágenes de Jimi cuando le vio por primera vez en TV cantando “Hey, Joe” (en aquella época Mo aún iba a la escuela), imágenes de Jimi actuando en Woodstock, en festivales y conciertos por todo el país. Jimi vestido con grandes sombreros de plumas, camisas multicolores, originales, con varios anillos en todos los dedos, tocando con la Fender blanca. Agitando la guitarra por encima de su cabeza, tocando las cuerdas con los dientes, introduciendo el instrumento entre sus piernas separadas, arrancando lloros, gemidos y vibraciones de la guitarra, sacando más partido de ella que cualquier otro músico. Sólo Jimi podía dar vida a la guitarra de aquella forma, convirtiendo la máquina en una criatura orgánica y, al mismo tiempo, en un hombre, una mujer, un caballo blanco, una serpiente escurridiza… Mo miró sus brazos, pero ya no se movían. El sol desapareció cuando entraron en Lancaster Road. Mo conducía más por costumbre e intuición que por tener realmente fuerzas y saber lo que hacía. Ahora Jimi se le apareció como un ladrón de almas, arrebatando la vitalidad del público. En lugar de mártir, Jimi era un vampiro. Mo se daba cuenta de la gravedad de sus alucinaciones. Tenía que darse prisa en obtener anfetaminas. No podía culpar a Jimi de su situación. Había estado sin dormir durante dos días. Eso era todo. Jimi lo había dado todo a su público, hasta su vida.

Subió penosamente las escaleras de una casa de Lancaster Road y tocó el tercer timbre. No hubo respuesta. Los temblores eran terribles. Se sentó en las escaleras de cemento, intentando calmarse, pero aquello empeoraba. Pensó que iba a desmayarse.

Una puerta se abrió detrás suyo.

—¿Mo?

Era la chica de Dave, Jenny, que llevaba un vestido de brocado. El cabello pelirrojo de la muchacha, recién teñido, brillaba.

—¿Mo? ¿Estás bien?

Mo tragó saliva.

—Hola, Jenny. ¿Dónde está Dave?

—Ha ido al Mountain Grill a por algo de comer. Hace media hora. ¿Te encuentras bien, Mo?

—Cansado. ¿Sabes si Dave tiene anfetaminas?

—Consiguió muchas ayer.

Mo respiró aliviado.

—¿Puedes venderme un par de libras?

—Mejor se lo pides a él, Mo. No sé para quién son.

Mo asintió y se puso lentamente en pie.

—¿Quieres entrar y esperarle, chico?—dijo Jenny.

Mo negó con un movimiento de cabeza.

—Iré al Mountain. Hasta luego, Jenny.

—Hasta luego, Mo. Ten cuidado.

Mo se arrastró penosamente por Lancaster Road y dobló la esquina de Portobello Road. Creyó ver la Mercedes, negra y cromada, atravesando la otra punta de la calle. Los edificios se echaban sobre él. Eran grises, inmensos. Todo el mundo parecía querer sostenerle. Se reían disimuladamente, le miraban de reojo, hablaban de él. Veía polizontes por todas partes. Una mujer le gritó algo. Siguió andando, como pudo, hasta llegar al Mountain Grill. Cruzó la puerta a trompicones. La cafetería estaba llena de drogadictos, pero no reconoció a ninguno de ellos. Todos tenían una expresión diabólica, reservada, y cuchicheaban.

—Jodidos —murmuró.

Todo el mundo simuló no estar escuchando. Vio a Dave.

—¿Dave? ¡Hey, chico!

Dave alzó la mirada, reprimiendo una mueca.

—Hola, Mo. ¿Cuándo has vuelto?

El liso y redondeado rostro de Dave tenía un aspecto de vileza. Llevaba una camisa de algodón nueva, limpia, con añadidos recientes. En uno de ellos se leía “Star Rider”.

—Ahora mismo.—Mo se inclinó sobre la mesa, sin importarle que otros le miraran, y susurró en la oreja de Dave—: Me han dicho que tienes anfetaminas.

Dave se puso muy serio.

—Sí. ¿Ahora?

Mo asintió.

Dave se levantó lentamente y pagó su consumición a la obesa mujer negra de la caja.

—Gracias, Maria.

Dave tomó a Mo por el hombro y le ayudó a salir de la cafetería. Mo se preguntó si Dave pensaría denunciarle. Recordó que en más de una ocasión se había sospechado de él.

—¿Cuánto necesitas, Mo? —dijo Dave en voz baja, mientras andaban.

—¿A qué precio van?

—Las tendrás a dos chelines la unidad.

—Pues quiero cinco libras. ¿Hace?

—De acuerdo.

Volvieron a Lancaster Road y Dave entró abriendo dos cerraduras, una Yale y otra Maltis. Subieron una escalera oscura peligrosa. El piso de Dave era sombrío, lleno de incienso, con postigos adornados tapando las ventanas. Jenny estaba sentada al borde de un colchón escuchando a Stray Dog en el estéreo. Estaba haciendo punto.

—Hola, Mo—dijo la chica—. Veo que lo has encontrado.

Mo se sentó en el colchón, al otro lado.

—¿Cómo va todo, Jenny?

No le gustaba Dave, pero sí Jenny. Hizo un gran esfuerzo para no pasarse. Dave estaba de pie junto a una cómoda, extrayendo una caja que estaba bajo una pila de cortinas con borlas. Mo miró más allá y vio a Jimi. Iba vestido con una camisa de seda blanca, pintada a mano, recubierta de rosas. Un talismán de jade colgaba de una cadena de plata que rodeaba su cuello. Tenía la Strat blanca en sus manos, y la tocaba con los ojos cerrados. Casi al momento, Mo supuso que estaba mirando un poster.

Dave introdujo un centenar de anfetaminas en un frasco de aspirinas. Mo metió la mano en sus tejanos y buscó dinero. Le dio un billete de cinco libras y Dave le entregó el frasco. Mo lo abrió e ingirió un montón de pastillas, tragándoselas de prisa. No eran de efecto instantáneo, pero se sintió mejor tomándolas. Se puso en pie.

—Hasta luego, Dave.

—Hasta luego, muchacho. A lo mejor nos vemos en Finch’s.

—Si.

 

Mo no pudo recordar cómo empezó la pelea. Había estado tranquilamente sentado en un rincón del pub, bebiendo su pinta de cerveza, cuando aquel asqueroso gordo, siempre allí buscando jaleo, decidió meterse con él. Recordaba haberse levantado y pegado al gordo, que luego hubo un barullo impresionante, y que había lanzado al tipo contra la barra. Luego algunos conocidos le sacaron de allí y le llevaron a un sótano de Latimer Road, para escuchar música.

Fue “Band of Gipsies” el disco que le despertó. Escuchando “Machine Gun”, advirtió de repente que no le gustaba. Fue hasta el montón de discos y encontró otros de Hendrix. Puso “Are You Experienced”, el primer L.P., y “Electric Ladyland”, que le gustaba mucho más. Y después volvió a oír “Band of Gipsies”.

Echó una ojeada a la oscura habitación. Todos parecían estar muy lejos.

—Murió en el momento oportuno—dijo—. Todo se había terminado para él. No debería haber vuelto.

Buscó el frasco de anfetaminas en su bolsillo. Había menos de las que pensaba. Quizá alguien le había robado algunas en el pub. Cogió unas cuantas, tragándoselas con el vino que había en la mesa. Volvió a poner “Are You Experienced” en el tocadiscos y se echó hacia atrás.

—Fue algo fabuloso —comentó.

Se quedó dormido. Empezó a temblar ligeramente. Su respiración fue haciéndose cada vez más pesada. Nadie advirtió que dormido, empezaba a vomitar. En aquel momento todo el mundo pensaba en otras cosas. Poco a poco, se fue ahogando, hasta dejar de respirar.

Al cabo de una hora, un negro entró en la habitación. Era alto y elegante. Irradiaba vitalidad. Vestía una camisa de seda blanca y unos tejanos blancos. Llevaba unas botas de cuero, llamativas, relucientes. Cuando el hombre se presentó, una chica empezó a despertarse. La muchacha parecía mareada.

—Hola —dijo el recién llegado—. Busco a Shakey Mo. Tenemos que irnos.

Echó una ojeada a todos los que dormían y se concentró en uno de ellos, algo apartado de los otros. Su cara y su camisa estaban llenas de vómitos. Su piel tenía una tonalidad verdusca, cadavérica, sucia. El hombre negro pasó entre los otros y se arrodilló junto a Mo. Escuchó su corazón y le tomó el pulso.

La chica le miraba estúpidamente.

—¿Está bien?

—Muerto —dijo en voz baja el recién llegado—. Se ha ido. ¿Quieres llamar a un médico o lo que sea, preciosa?

—¡Oh, Jesús!

El hombre negro se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—¡Hey! —dijo la chica—. Te pareces a Jimi Hendrix, ¿le conoces?

—Claro.

—Tú no puedes ser… No lo eres, ¿verdad? Quiero decir, Jimi está muerto.

Jimi meneó la cabeza y mostró su famosa y espléndida sonrisa.

—Tonterías, cariño. No pueden acabar con Jimi.

Se fue riendo.

La chica bajó los ojos para contemplar aquel cuerpo pequeño, consumido, cubierto por sus propios vómitos. Se inclinó un poco para rascarse los muslos. Se puso muy seria. Y después salió de la habitación tan deprisa como pudo, tropezando con su vestido de algodón, hacia la calle. Estaba a punto de amanecer. Hacía frío. El tipo alto de la camisa y los tejanos blancos parecía no advertir el frío. Subió a una camioneta grande, una Mercedes, aparcada cerca del Bingo Hall. La camioneta se puso en movimiento y la chica corrió tras ella.

El vehículo se detuvo ante un semáforo rojo en el cruce con Ladbroke Grove.

—¡Espera! —gritó la mujer—. ¡Jimi!

Pero la camioneta ya estaba en marcha antes de que pudiera alcanzarla.

Se dirigía al norte, hacia Kilburn.

La muchacha enjugó el húmedo sudor de su rostro. Debía ser una alucinación. Volvió al sótano. Confiaba en no encontrar ningún hombre muerto cuando llegara. No quería encontrarlo.

 

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