Contraluz (Extracto) – Thomas Pynchon


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La luz sobre las cumbres


—¡Aligeren cabos!

—Ahora con brío…, con tiento… ¡Muy bien! ¡Preparados para largar!

—¡Ciudad del Viento, allá vamos!

—¡Hurra! ¡Arriba!

Entre tan animadas exclamaciones, la aeronave de hidrógeno Inconvenience, con la góndola envuelta en banderitas patrióticas y una tripulación de cinco jóvenes, miembros del famoso club aeronáuti­co conocido como los Chicos del Azar, ascendió con agilidad hacia la mañana y no tardó en aprovechar el viento del sur.

Cuando la nave alcanzó altitud de crucero y todos los detalles de­jados atrás, en el suelo, se habían empequeñecido a tamaño casi mi­croscópico, Randolph St. Cosmo, el comandante, ordenó:

—Disuelvan el Piquete de Maniobra de Despegue.

Y los chicos, todos pulcramente vestidos con el uniforme de ve­rano compuesto por blazer de rayas rojas y blancas y pantalones azul celeste, obedecieron alegremente.

Ese día se dirigían a la ciudad de Chicago, a la Exposición Mun­dial Colombina que se había inaugurado hacía poco. Desde que ha­bían recibido la orden, el «runrún» que corría entre la excitada y cu­riosa tripulación había versado casi exclusivamente sobre la fabulosa «Ciudad Blanca», su gigantesca noria, los templos de alabastro del comercio y la industria, los lagos chispeantes, y sobre las mil maravi­llas más, de naturaleza tanto científica como artística, que les aguar­daban allí.

—¡Ay va! —exclamó Darby Suckling, inclinado sobre los andarive­les para contemplar cómo el corazón del país giraba en un remolino verde y borroso allá abajo, mientras sus mechones bicolores se agita­ban al viento por fuera de la góndola como una bandera a sotavento. (Darby, como mis fieles lectores recordarán, era el «niño» de la tripu­lación y hacía las veces de factótum y de mascotte; además, cantaba las difíciles partes del tiple cada vez que a estos aeronautas adolescentes les resultaba imposible reprimir sus ganas de cantar.)

—¡Me muero de ganas! —exclamó.

—Por lo que se ha ganado usted cinco puntos negativos más —le recriminó una severa voz pegada a su oreja mientras se veía brusca­mente agarrado por la espalda y alzado por encima de los andarive­les—. ¿O deberían ser diez? ¿Cuántas veces —prosiguió Lindsay Noseworth, segundo de a bordo y reputado por su impaciencia con todas las manifestaciones de la desidia— se le ha advertido, Suckling, contra el habla descuidada?

Con una destreza que se adquiere sólo tras mucha práctica, puso a Darby boca abajo y lo sostuvo por los tobillos, y el chico, un peso mosca, se balanceó en el espacio vacío —pues la terra firma quedaría ya a casi un kilómetro allá abajo—; entonces procedió a sermonearle so­bre los numerosos males del descuido en la expresión personal, entre los cuales no era el menor la facilidad con que podía desembocar en la blasfemia, y en cosas peores aún. Pero, visto que Darby no paraba de chillar aterrorizado, no está claro cuántos de aquellos útiles consejos llegaron a su destino.

—Eh, basta ya, Lindsay —le advirtió Randolph St. Cosmo—. El chico tiene trabajo que hacer, y si lo asusta tanto no va a servir de gran cosa.

—Muy bien, menudillo, démosle la vuelta —murmuró Lindsay, y de mala gana volvió a poner de pie al aterrorizado Darby.

En sus funciones de Oficial a cargo de la disciplina a bordo de la nave, Lindsay realizaba su trabajo con una severidad arisca que un ob­servador imparcial podría haber tomado fácilmente por monomanía. Pero teniendo en cuenta la facilidad con que la fogosa tripulación en­contraba excusas para desmandarse —lo que más de una vez daba lugar al tipo de situaciones que acaban con un «salvados por los pelos» y que son el terror de los aeronautas—, Randolph solía permitir que su se­gundo pecara de vehemencia.

Desde el extremo más alejado de la góndola llegó un estrépito prolongado, seguido de un murmullo destemplado que hizo que Ran­dolph, como siempre, frunciera el ceño y se llevara las manos al es­tómago.

—¡Sólo he tropezado con una de esas cestas de picnic! —gritó el Aprendiz Miles Blundell—, la que tenía toda la vajilla, o eso parece… Me temo que no la vi, Profesor.

—Tal vez el exceso de familiaridad —sugirió Randolph quejum­broso— la volvió temporalmente invisible para usted.

Su reproche, aunque bordease lo cáustico, estaba más que funda­do porque Miles, por mucho que tuviera buenas intenciones y el me­jor corazón de todo el grupo, sufría esporádicamente cierta confusión en sus funciones motoras, lo que de vez en cuando tenía consecuen­cias divertidas, pero con igual frecuencia ponía en peligro la integri­dad física de la tripulación. Mientras Miles recogía las piezas de la va­jilla dañada, le dio la risa a un tal Chick Counterfly, el miembro más reciente de la tripulación, que, apoyado en un estay, le observaba.

—¡Ja, ja, ja! —rió el joven Counterfly—, ¡eres el tipo más patoso que he conocido en mi vida! ¡Ja, ja, ja!

Una réplica irritada saltó a los labios de Miles, pero se contuvo, recordándose a sí mismo que, dado que la provocación y el insulto surgían de manera natural en la clase de la que procedía el recién llegado, había que atribuir los malos modos del mozalbete a su mal­sano pasado.

—¿Por qué no me das alguna pieza de esa lujosa vajilla, Blundell? —prosiguió el joven Counterfly—, Y cuando lleguemos a Chicago bus­camos una casa de empeños y…

—Te recuerdo —replicó educadamente Miles— que toda la vajilla que lleve la insignia de los Chicos del Azar es propiedad de la Orga­nización y que debe mantenerse a bordo de la nave para utilizarla en las comidas oficiales.

—Como si estuviéramos en la catequesis —murmuró el joven dia­blillo.

En un extremo de la góndola, completamente ajeno al trajín de la cubierta, dando con el rabo expresivos golpes contra la tablazón y con el hocico metido entre las páginas de un volumen del señor Henry James, estaba tumbado un perro de raza indeterminada, absorto, pare­cía, en las páginas del texto que tenía delante. Desde que los Chicos, en el curso de una misión secreta en La Capital de Nuestra Nación (véase Los Chicos del Azar y el perverso Halfwit), rescataron a Pugnax, por aquel entonces un simple cachorro, de una feroz batalla bajo la som­bra del Monumento a Washington entre dos jaurías rivales de perros salvajes del Distrito, había adquirido la costumbre de investigar las pá­ginas de cuanto material impreso llegara a bordo del Inconvenience, desde tratados teóricos de artes aeronáuticas hasta materiales a me­nudo mucho menos apropiados, como las novelas baratas, «de diez cen­tavos», aunque sus preferencias se decantaban más bien hacia relatos sentimentales sobre su propia especie, antes que hacia aquellos que mostraban los excesos del comportamiento humano, se diría que de­masiado escabrosos para su gusto. Con la rapidez característica de los canes, había aprendido a pasar las páginas con suma delicadeza uti­lizando el hocico o las patas, y quien lo observara concentrado en la lectura no dejaría de percibir las expresiones cambiantes de su rostro, sobre todo las de unas cejas excepcionalmente articuladas que contri­buían a dar una impresión general de interés, empatía y —la conclusión difícilmente puede eludirse— comprensión.

Ahora, convertido ya en un viejo lobo de los cielos, Pugnax, como el resto de la tripulación, también había aprendido a responder a las «llamadas de la naturaleza» satisfaciéndolas en el costado a favor del viento de la góndola, lo que daba lugar a sorpresas entre las gentes de la superficie, aunque no con la frecuencia ni la notoriedad suficien­tes para que alguien de abajo intentara dejar constancia, ni mucho menos coordinar algún informe sobre estas agresiones escatológicas caídas de los cielos. Así que pasaron a formar parte del folclore, de la superstición o, si uno no tiene reparos en estirar la definición, de lo religioso.

Darby Suckling, tras recuperarse de su reciente excursión atmos­férica, abordó al estudioso can:

—Y yo me digo, Pugnax, ¿qué estás leyendo ahora, viejo amigo?

—Rr Rff-rff Rr-rr-rrf-rrf —respondió Pugnax sin levantar la vis­ta, y Darby, que, como los demás tripulantes, se había acostumbrado a la voz de Pugnax (ciertamente más fácil de entender que algunos acentos regionales americanos que los chicos escuchaban durante sus viajes), lo interpretó como «La princesa Casamassima».

—Ah. Una de esas… novelas románticas italianas, ¿me equivoco?

—Su tema —le informó con presteza el siempre alerta Lindsay Noseworth, que había oído sin querer la conversación— es la inexorable marea del Anarquismo Mundial, que, mire por dónde, se encuentra es­pecialmente difundido en nuestro inmediato destino, una siniestra en­fermedad a la que ruego que no tengamos ocasión de vernos expues­tos de manera más directa que la que puede experimentarse, como hace Pugnax en este momento, sin mayor peligro, entre las páginas de ficción de un libro. —Aplicó a la palabra «libro» un énfasis despectivo que sólo podrían igualar, tal vez, los Consejeros de Administración de las Grandes Empresas.

Pugnax olisqueó brevemente en dirección a Lindsay, intentando detectar la combinación de «notas» olfativas que había aprendido a distinguir en otros humanos. Pero, como siempre, ese aroma le fue es­quivo. Debía de haber alguna explicación, aunque no estaba convenci­do de que tuviera que empeñarse en encontrarla. Por lo que sabía, las explicaciones no eran algo que los perros buscaran o a lo que tuvie­ran derecho. En especial los que, como Pugnax, pasaban tanto tiempo aquí arriba, en los cielos, muy por encima del inagotable entramado de olores que había en la superficie del planeta de abajo.

El viento, que hasta entonces se había mantenido estable en su ale­ta de estribor, empezó a cambiar. Dado que las órdenes recibidas les indicaban que se dirigieran a Chicago sin demora, Randolph, tras es­tudiar una carta aeronáutica del país que se extendía bajo sus pies, exclamó:

—Suckling, arriba con el anemómetro; Blundell y Counterfly, qué­dense junto a la Hélice —refiriéndose con ese término a un disposi­tivo de propulsión aeronáutica que los más científicos de nuestros jó­venes lectores recordarán de aventuras anteriores de los chicos (Los Chicos del Azar en el Krakatoa, Los Chicos del Azar en busca de la Atlántida) y que servía para aumentar la velocidad de crucero del Inconvenience, inventado por su viejo amigo el Profesor Heino Vandeijuice de New Haven, alimentado por un ingenioso motor de turbina cuya caldera se calentaba quemando el gas hidrógeno sobrante extraído de la envoltura mediante una distribución especial de las válvulas, aun­que el invento fue, como era de prever, menospreciado por los nu­merosos rivales del Doctor Vandeijuice, que lo consideraban una simple máquina de movimiento perpetuo, en flagrante violación de la ley de la termodinámica.

Miles, con sus reducidas dotes de coordinación, y Chick, con una falta de presteza igual de perceptible, ocuparon sus puestos ante los paneles de control del aparato, mientras Darby Suckling subía gatean­do por los flechastes y los obenques de la gigantesca envoltura elip­soidal de la que pendía la góndola, hasta la misma cima, donde el flu­jo de aire no se interrumpía nunca, con la intención de leer, en un anemómetro de Robinson, las medidas precisas del viento, como re­ferencia para conocer la velocidad a la que se desplazaba la nave, y después transmitir la información al puente mediante una nota escri­ta que se introducía en una pelota de tenis y seguidamente se hacía bajar en un trozo de cabo. Se recordará que este método de transmitir información lo adoptó la tripulación durante su breve aunque inútil viaje «al sur de la frontera», donde lo habían visto en práctica entre los elementos de baja estofa que malgastaban sus vidas apostando so­bre los resultados de los partidos de ‘pelota’. (Para los lectores que se acerquen por primera vez a nuestra pandilla de jóvenes aventureros, debe subrayarse enseguida que —tal vez con la excepción del todavía insuficientemente conocido Chick Counterfly— ninguno habría en­trado jamás en la atmósfera moralmente ponzoñosa del ‘frontón’, como se denominan esos antros por allá abajo, de no haber sido esencial para las actividades de recolección de información de los Chicos para las que habían sido contratados entonces por el Ministerio del Interior del Presidente Porfirio Díaz. Para más detalles de sus hazañas, véase Los Chicos del Azar en el Viejo México.)

Aunque el riesgo extremo era obvio para todos, el entusiasmo de Darby por la tarea encomendada había creado, como siempre, una capa mágica alrededor de su figura de duendecillo que parecía prote­gerle, aunque no de los sarcasmos de Chick Counterfly, que ahora le gritaba a la mascotte en plena ascensión:

—¡Eh, Suckling! ¡Sólo un bobo se jugaría la vida para ver a qué velocidad sopla el viento!

Al oírlo, Lindsay Noseworth frunció el ceño con perplejidad. Asu­miendo incluso su poco ortodoxo pasado —una madre, se decía, que había desaparecido cuando él todavía era un bebé; un padre que lle­vaba una mala vida, a la deriva por la Vieja Confederación—, la propen­sión de Counterfly al insulto gratuito había empezado a suponer un riesgo en su periodo de prueba con los Chicos del Azar, por no men­cionar el peligro que, de hecho, entrañaba para la moral del grupo.

Dos semanas antes, junto a un río de aguas negras del Profundo Sur, mientras los Chicos intentaban saldar una lamentable «cuenta» to­davía pendiente de la Rebelión de hacía treinta años —un asunto que aún no es recomendable poner sobre papel—, Chick se había presen­tado una noche en su campamento presa del pánico, perseguido por una banda de jinetes nocturnos con túnicas blancas y siniestras capu­chas puntiagudas, que los jóvenes reconocieron inmediatamente como el temido «Ku Klux Klan».

Su historia, según lo que pudieron desentrañar entre los bruscos cambios de registro que caracterizan la voz adolescente, exacerbados en este caso por la peligrosidad de la situación, era la que sigue: el padre de Chick, Richard, al que todos conocían como «Dick», procedía del Norte, pero había vivido varios años en la Vieja Confederación, em­prendiendo diversos negocios, ninguno de los cuales, desgraciadamen­te, había salido adelante, es más, bastantes le habían llevado, como solía decirse por aquellos lares, a las puertas de la penitenciaría. Finalmen­te, ante la inminente llegada de un pelotón de ciudadanos armados que se habían enterado de su plan para vender el estado de Mississippi a un misterioso consorcio chino con sede en Tijuana, México, «Dick» Counterfly se había evaporado rápidamente en la noche, de­jando a su hijo tan sólo con un bolsillo lleno de calderilla y un tierno consejo: «Lárgate, chaval, y escríbeme si encuentras trabajo». Desde entonces, Chick había vivido a salto de mata, hasta que, en la ciudad de Thick Bush, no lejos del campamento de los Chicos, alguien lo re­conoció como el hijo del mal afamado y muy buscado «politicastro del Norte», y sugirió la aplicación inmediata de alquitrán y plumas a su persona.

—Por más que sintamos inclinación a ofrecer nuestra protección —había informado Lindsay al alterado joven—, aquí, en el suelo, nos ve­mos constreñidos por nuestra Carta, que nos prohibe terminantemen­te interferir en los usos legales de ninguna localidad en la que haya­mos aterrizado.

—Ustedes no son de por aquí —replicó Chick con cierta brusque­dad—, Cuando estos mendas van a por alguien, la legalidad no pinta nada, o corres que te las pelas o te pelan.

—En el habla educada —se apresuró a corregirle Lindsay—, «no tie­ne nada que ver» es preferible a «no pinta nada».

—¡Noseworth, por piedad! —exclamó Randolph St. Cosmo, que había estado mirando con angustia a las figuras encapuchadas y con túnicas que se mantenían al otro lado del perímetro del campamen­to; las antorchas llameantes que sostenían iluminaban cada pliegue y cada arruga de su tosco ropaje con una precisión casi teatral y pro­yectaban extrañas sombras sobre los túpelos, los cipreses y los noga­les americanos—. No hay nada más que discutir, a este hombre se le va a conceder asilo y, si lo desea, se le hará miembro provisional de nuestra unidad. Lo que está claro es que aquí abajo no tiene ningún futuro.

Fue una noche de insomne precaución, por si las chispas de las antorchas de la turba, llevadas por el viento, se acercaban un poco si­quiera al aparato generador de hidrógeno, con la consecuente devas­tación. Sin embargo, en un momento dado, aquellos rústicos ominosamente embozados, tal vez por miedo supersticioso a la propia ma­quinaria, se dispersaron y regresaron a sus casas y guaridas. Y Chick Counterfly, para bien o para mal, se quedó con ellos…

El dispositivo Hélice no tardó en acelerar la nave hasta una velo­cidad que, añadida a la del viento que daba a popa, la volvió práctica­mente invisible desde el suelo.

—Avanzamos a más de una milla por minuto —comentó Chick Counterfly desde la consola de control, incapaz de disimular el asom­bro en su voz.

—Eso nos pondrá en Chicago antes de que anochezca —admitió Randolph St. Cosmo—. ¿Está bien, Counterfly?

—¡Pistonudo! —exclamó Chick.

Como le ocurría a la mayoría de los «novatos», al principio Chick había tenido dificultades para acostumbrarse no tanto a la velocidad cuanto a la altitud y a los cambios en la presión del aire y la tempera­tura que conllevaba. Las primeras veces que voló cumplió con sus de­beres sin queja, pero un día lo pillaron revolviendo sin permiso una ta­quilla que contenía diversas piezas de ropa ártica. Cuando le abordó Lindsay Noseworth, el chico sólo pudo tartamudear en su defensa:

—¡F-f-f-frío!

—Ni se le pase por la cabeza —le instruyó Lindsay— la idea de que al subir a bordo del Inconvenience haya escapado a un reino de lo contrafactual. Puede que aquí no haya manglares ni se aplique la ley de Lynch, pero aun así debemos vivir con las constricciones del mundo existente, entre las cuales destaca el descenso de la temperatura a me­dida que se asciende. Con el tiempo, su sensibilidad al respecto debe­ría moderarse y, mientras tanto —añadió lanzándole una capa imper­meable de piel de cabra negra japonesa con la leyenda propiedad de ch. del a. estarcida en amarillo brillante en la espalda—, esto debe con­siderarse un atuendo de transición, hasta que llegue el momento en que se haya adaptado a estas altitudes y, si ha habido suerte, haya aprendi­do las lecciones de una estancia imprevista en ellas.

—Se lo voy a decir en pocas palabras —le confió más tarde Ran­dolph—: subir es como ir hacia el norte. —Se quedó inmóvil, parpa­deando, como si esperara algún comentario.

—Pero —se le ocurrió por fin a Chick— si uno va hacia el norte mu­cho tiempo, y al final pasa el Polo, entonces vuelve a ir hacia el sur.

—Sí. —El comandante de la aeronave se encogió de hombros con incomodidad.

—Así que… si fuésemos lo bastante arriba, ¿acabaríamos volviendo a bajar?

—¡Chisss! —le reconvino Randolph St. Cosmo.

—¿Nos acercaríamos, tal vez, a la superficie de otro planeta? —insis­tió Chick.

—No exactamente. No. Sería otra «superficie», pero terrestre, en cualquier caso. Con frecuencia, para nuestra desdicha, demasiado terres­tre. Dicho lo cual, soy reticente a dar más…

—Estos son los misterios de nuestra profesión —supuso Chick.

—Ya lo descubrirá. A su debido tiempo, claro.

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